lunes, 1 de julio de 2013

¡Última hora!

EL VIENTO DE MIS VELAS

ON THE BEACH...

REACCIONES ANTE EL

POSADO PLAYERO DE LA NOVELA


Las reacciones ante el posado playero de El viento de mis velas no se han hecho esperar. La mayoría de las opiniones consultadas han coincidido en que ya era hora de que alguien se atreviera, con elegancia y desenfado, a ocupar el trono que Ana García Obregón dejó vacante cuando cesó de convocar a los medios, verano tras verano, a la orilla del mar.

Hay novelas que cogen color antes que otras...

 Tras la exclusiva publicada en la página de Facebook de la novela, Eva María, la popular musa de Fórmula V, ha declarado que, desde que se fue, ha encontrado el sol, la playa y El viento de mis velas. Y ha añadido: "Por su tamaño, grosor y flexibilidad es la mejor opción para mis lecturas estivales. Yo puedo tomar el sol sin mi bikini de rayas -¡Recórcholis!, decimos nosotros-, pero nunca sin Yago Valtrueno".


La crítica ha dicho: "Es una novela
que mantiene muy bien el tono"

Concha Velasco, que salía de adquirir toallitas higiénicas en un chino de primera línea de playa, se ha sumado al festival de declaraciones: "Si te digo la verdad, a mí es que me parece una novela muy ye-yé".
La nota de color nos la ha querido regalar Georgie Dann. Con ese peculiar gracejo suyo, y sacando un ejemplar de su abrigo de esquimal, ha sentenciado: "¡Al chiringuito, al chiringuito, yo nunca voy sin mi librito!".

¡Nos vemos a la vuelta!

Y sin más que añadir, Yago Valtrueno, el padre Verboso, Morceguiño y yo, su autor, os deseamos un feliz -y largamente esperado- verano.  ¡Hasta el comienzo de curso!


NOTA: Estas fotos y toda la sesión, making off incluido, se pueden disfrutar en la página de Facebook de El viento de mis velas.

sábado, 15 de junio de 2013

¡La mía, sin pepperoni!

¿Comió o no comió pizza Yago Valtrueno?


El colmo de la angustia de un novelista no es comerse la edición entera de su obra porque nadie la compre. ¡Qué va! Es mucho peor que un lector perspicaz eche por tierra su trabajo de documentación. Al fin y al cabo, más vale honra sin ventas que ventas sin honra… ¿No?
El caso es que el día que presentamos El viento de mis velas en Arenas –aún no hace un mes– tuve uno de esos momentos de sudor frío. Paco Vázquez, con la seguridad que lo acompaña –y, a mayores, con cinco años en Roma y una sonrisa amable–, dudó de que Yago Valtrueno hubiese comido pizza en la Coruña del siglo XVIII. Y no porque no hubiéramos tenido un figón italiano en la ciudad, sino porque la pizza margarita –argumentó el ex embajador– se creó en 1889 en honor de la reina Margarita de Saboya.
El apunte crítico salió del siguiente pasaje de la novela: «la mesonera llegó con un pan chato y grande como la rueda de un carro. Venía humeante, crujiente y, a tramos, agujereado, como si el calor hubiera escapado por ahí como escapan lava y vapores de las chimeneas de un volcán». Yago añade que, por encima, traía ajo, perejil, orégano, albahaca y una salsa de tomate.

Focaccia
Después del comentario de Paco Vázquez, allá que me fui yo a consultar mis notas. Y confirmé que él tenía razón; pero yo también. ¡Qué alivio! Recordé, además, que los antiguos latinos ya comían pizza, como bien cuenta Virgilio en el séptimo libro de La Eneida: «Eneas y sus nobles capitanes […] entre la hierba tenían colocados los manjares sobre tortas de harina». Incluso hacen bromas con aquellas pizzas primitivas: «¡Mirad, nos comemos las mesas!».
Usar panes sin levar como soporte de otros alimentos es costumbre antiquísima. Dario el Grande comía dátiles y requesón sobre tortas finas; los griegos, sus enemigos mortales, las llamaban plakuntos y las aliñaban con hierbas, especias, ajo y cebolla. Los legionarios romanos cocían panes de campaña –focaccia– de origen etrusco, quizá como los que dice Virgilio que comió Eneas, padre legendario de Roma. Y, por si esto fuera poco, en el año 997 encontramos en un texto en latín la palabra pizza; se trata de un documento municipal con atribución de diezmos, en Gaeta, cerca de Nápoles.

Pizza blanca
Desde ese momento hasta el siglo XVIII, los italianos comieron pizza bianca, pues el tomate aún no se había descubierto; cuando llegó de América fue considerado venenoso y su uso se limitó a la jardinería exótica. La primera constancia de una pizza napolitana cubierta con salsa de tomate es de 1734.
En fin, que, al menos en las páginas de El viento de mis velas, fue posible comer pizza en Coruña en el siglo XVIII; para más señas, en el figón de donna Sofía, una matrona siciliana amiga del primer empresario de teatro que hubo en la ciudad: Nicolás Setaro. Dice Yago que el mesón estaba en la calle de los Cartuchos. Y digo yo que si pasárais por allí con los ojos del alma y no con los que lleváis a los lados de la nariz, podríais embriagaros aún con los deliciosos aromas de aquel horno… ¿Existió? Yago dice que sí.


Figón de Los Cartuchos

jueves, 30 de mayo de 2013

"Y, a mayores, es erótica..."

Paco Vázquez, presentador excepcional de El viento de mis velas

 
Dos meses sin una sola entrada: mucho tiempo, aunque justificado. Estamos metidos en proyectos nuevos, en promocionar las aventuras de Yago Valtrueno, en conseguirle más distribución y, esta semana, en un esguince que ha afirmado nuestra fe en la sanidad pública. Bendita lesión, que nos da tiempo para retomar este contacto.
Más que una entrada sobre las historias e historietas de los días de Yago y sus compinches, hoy os traemos una crónica, la de una reciente presentación en Coruña. Es verdad que El viento de mis velas fue presentada en diciembre y vuelta a presentar en Betanzos, ciudad del padre Verboso. Pero no contábamos con que a Paco Vázquez, una de las personalidades coruñesas que recibió la novela, le gustase tanto que quisiera presentarla otra vez.
 

Francisco Vázquez, alcalde y embajador
El caso es que, hace un mes, él mismo nos lo propuso;  ni corto ni perezoso, se puso en contacto con Manuel Arenas, propietario de la conocida librería que lleva su apellido, y el día 23 de mayo, hace una semana, a las ocho y media de la tarde, celebramos el acto.
El local estaba abarrotado y la mesa de ponentes también. Junto a Paco Vázquez nos sentamos mi editor, José Luis Saavedra; el prologuista de la novela y catedrático de Compostela, José Luis Castro de Paz; y yo, el feliz autor.
El que fuera durante veintitrés años alcalde de Coruña y luego embajador, se maravilló, para empezar, de la valentía del editor, que se atreve a publicar en estos tiempos oscuros. Luego ponderó el esfuerzo de documentación y el uso del lenguaje en El viento de mis velas. Discrepó con Castro de Paz en que fuera una novela picaresca: "Yo creo que es, más bien, costumbrista". En esa línea, afirmó que el lector llega a oler la Coruña de Yago Valtrueno.
Del olfato pasó al gusto, pues recordó el capítulo dedicado a la accidentada irrupción del chocolate en el imperio de los Austria; y también habló del imaginario figón italiano abierto en la calle de los Cartuchos, refugio del histriónico Nicolás Setaro, fundador del primer teatro coruñés.
 

El editor, José Luis Saavedra
Vázquez tuvo palabras de exaltación para la figura del padre Verboso, ya que, según recordó, él mismo se siente betanceiro por parte de madre. Pero, sin duda, el momento estelar de su análisis de la novela llegó cuando afirmó, con sonrisa maliciosa y un marcado acento gallego: "Y, a mayores, es erótica". La carcajada fue general.
Me van ustedes a perdonar, pero que todo un ex embajador en la Santa Sede incluya en sus alabanzas a El viento de mis velas el erotismo de sus páginas es algo que, como autor, me deja un poso de satisfacción. Tiene razón el ex alcalde, que puso como ejemplo un lance en un palco del teatro que Setaro construyó en lo que hoy es la plaza del Humor. "No les digo más que el capítulo se llama El beso francés", añadió.
Y es que el siglo XVIII en Europa fue una época de consumo suntuario, de auge del espectáculo, de ocio, de inventos para entretener, de modas efímeras y extravagantes y de un ansia morbosa de mostrarse y de hacer de la vida un escenario (hoy diríamos pasarela o plató). ¿Cómo no iba a florecer, en semejante ambiente, el erotismo? De hecho, conocimos al padre Verboso el día que entró en la librería de don Gaspar en busca de Venus en el claustro, una obrilla del abate Duprat que detalla aventuras galantes en las celdas de un convento sáfico. En otro pasaje, Yago recuerda a Samaniego y La Fontaine, pero no por sus fábulas, sino por sus obras eróticas: "Alzándose en el aire el miembro fuerte, la moza en él clavada parecía un esclavo de los que empalan en Turquía", escribió el fabulista español en El jardín de Venus.
 
 
El XVIII es el siglo de las aventuras de Casanova, de Los dijes indiscretos (coños parlantes) de Diderot, del Arte de putas de Moratín, del Tom Jones de Fielding y de Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos. Cotejar estas obras con los best sellers eróticos de hoy en día sería como comparar el Quijote con el horóscopo de Diez Minutos.


Unos cuantos de aquellos autores eróticos eran clérigos de órdenes menores, abates mundanos y frívolos de los que ya hablamos en una entrada anterior. Otros, en cambio, eran filósofos anticlericales que desmentían en sus relatos la santidad de los pastores de la Iglesia. Todos juntos dieron a la posteridad pasajes memorables, tan actuales que han podido ser llevados al cine con gran éxito, incluso por Disney. ¿Sorprendidos? La bella y la bestia, de Madame Leprince de Beaumont, es considerada como un atractivo ejemplo de iniciación sexual de una doncella y, por ello, suele incluirse en las antologías eróticas.
Así que, estimado alcalde y embajador, cuando tiene usted razón, la tiene y hay que dársela: El viento de mis velas es histórica, picaresca, costumbrista y, a mayores, erótica...
 
Gracias: aparte, por descontado, del agradecimiento a Paco Vázquez por su complicidad en la difusión de El viento de mis velas, damos también las gracias a Manuel Arenas y a su equipo, por su atención y sus escaparatazos; a Emilio, de Marita Ron, y a su gente, por el torrente de gin tonics  en el agasajo posterior a la presentación; y a Eduardo Blanco por su feliz mediación en el evento. Aplausos y abrazos para todos...

 

 

 

miércoles, 10 de abril de 2013

Trescientos años, un suspiro…

FEIJOO Y EL CONTRABANDO

Historia e historietas de los días de Yago Valtrueno

 


Tuvo Galicia en el siglo XVIII otro Feijoo célebre, bautizado Benito Jerónimo. También aquel nació en Orense (Casdemiro, Pereiro de Aguiar, 1676). Primogénito de una familia hidalga, eligió labrarse una carrera eclesiástica entre los muros de Samos y las aulas de Salamanca. Aquello que aprendió de los antiguos, más las novedades que llegaban de Europa, le hicieron entender que la primera virtud de un hombre político era el sincero, inteligente y leal interés por la cosa pública.
El benedictino Feijoo se convirtió en un defensor de la Razón, de la Ilustración francesa y del intercambio de ideas. Tanto lo estimaban los déspotas ilustrados, que Fernando VI prohibió por decreto –¡Valiente paradoja!– que fuera criticado de ningún modo. Hay que reconocerle al Feijoo de entonces que sí sabía elegir sus amistades…
Yago Valtrueno recuerda en sus memorias la admiración de don Gaspar, su tutor, por el muy racional Feijoo. El librero lo cita para que su pupilo reniegue de su fe en trasgos y diaños:
«Muchos años y lecturas después [recuerda Yago], encontré un argumento que hubiera desbaratado los de mi maestro. Feijoo no creería en duendes, pero sí creía en el hombre anfibio de Liérganes. No sé qué es peor.»
Nada humano escapaba al afán enciclopédico de Feijoo y a su lealtad al pensamiento racional. Una de sus Cartas eruditas y curiosas está, por ejemplo, dedicada a la conservación del tabaco en polvo:
«El guardar mucho tiempo el Tabaco, no le mejora (…) si la custodia de él no es mucho más estrecha que la de reos de pena capital (…) entre aquellos sutiles corpúsculos, hallándose encarcelados, se excita una especie de fermentación con que se exalta más el olor»
La conservación del tabaco no era, por entonces, un asunto de poca monta. Aspirar tabaco tenía categoría de vicio capital al que no escapaban ni rey ni Roque. La Monarquía era la que acaparaba, manufacturaba y vendía en exclusiva el tabaco que llegaba de Indias. Con la excepción de Fernando VI, que según Yago, «prefería la peor de las diplomacias a la mejor de las guerras», los Borbones del Siglo de las Luces fueron monarcas belicosos. Con cada declaración de guerra, el precio del tabaco –y el de otros monopolios, naipes incluidos– subía para hacer frente a los gastos bélicos. Como antídoto, ya fuere a través de Gibraltar, de puertos franceses, ingleses y holandeses o de navíos ultramarinos con fletes no declarados, los fardos de labores indianas colmaban las ávidas napias de los inhaladores hispánicos de tabaco en polvo.
Aparte de aquel otro Feijoo, también tuvo Galicia en el siglo XVIII su buen trasiego de toda clase de matute. La raya con Portugal –y la orensana con mucha intensidad–, el abrupto perfil del litoral, la pericia de los navegantes de cabotaje, el trajín de cuadrillas de segadores a Castilla y la habilidad de los arrieros maragatos traían de cabeza al Resguardo, fuerza paramilitar encargada de que no faltase ni un maravedí en la Hacienda del Rey y a la que Goya dedicó una de sus pinturas. Aunque en la imagen parezcan bandoleros, son, en realidad, el germen de los futuros carabineros.
De todo aquel contrabando galaico, el de tabaco no era como humo liviano que se esfumara con un soplido. Otro ilustrado, Juan de Iriarte, resumía así la afición de los gallegos por el tabaco en polvo: 
Más contribuyen al Rey
Con la nariz los gallegos
Que los demás españoles
Juntos con todo su cuerpo.
Y, sin embargo, estudios actuales concluyen que el consumo de tabaco en la Galicia dieciochesca estaba por debajo de la media española. Quizá se deba a que esos trabajos toman como referencia las cuentas de la Real Renta de Tabacos –el monopolio de la Corona– y eluden el desconocido –por razones obvias– impacto del contrabando.
De hacer caso a los estudios mencionados, obispos, abades, hidalgos y mercaderes monopolizaron, como reyezuelos, aquel matute, convirtiéndose, a ojos de sus parroquianos, en benefactores locales. No pocos funcionarios prefirieron medrar a la negra sombra de aquellos oscuros emprendedores que a la del rey, más alargada, pero difuminada en la distancia.
Llegado el siglo a su fin, unos cuantos de aquellos filántropos defraudadores ascendieron a corsarios rapaces y, a mayores, a prósperos traficantes de negros para los ingenios de Cuba. Hablamos de Historia, y no de historietas, al recordar que, desde Finisterre hasta Creus, no pocos blasones se labraron a golpe de látigo. 

 ¡ALBRICIAS!: damos la bienvenida a LA PAPELERA FERROLANA al grupo de librerías que ponen a vuestra disposición El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café en el Reino de Galicia). La Papelera se ha unido esta semana a las tiendas de libros coruñesas en las que ya estábamos presentes: Arenas, Fnac, Nova Colón, Maside, Molist, Cascanueces, Xiada, Couceiro y Lume. También nos felicitamos porque la Biblioteca de Estudios Locales (Durán Loriga, 10-Coruña), de la red de bibliotecas municipales de Coruña, haya adquirido varios ejemplares de la novela para sus fondos. Muchas gracias por tanto apoyo e interés.

 

lunes, 1 de abril de 2013


Desentrañando "El viento de mis velas"


UN CURA DE BETANZOS (y 2)


Orígenes del padre Verboso según Yago Valtrueno


 Teníamos previsto publicar esta entrada del blog hace dos semanas, así que ahí va una disculpa. El retraso no tiene que ver con la falta de interés, ni mucho menos; la «culpa», en realidad, es de nuestro editor, José Luis Saavedra. A este emprendedor le sobra fuelle como para hinchar un ciento de velas, y si no anda craneando algo, no está tranquilo. Así que la demora tiene que ver con un proyecto nuevo del que ya os informaremos y al que Yago Valtrueno no es ajeno. Pero a lo que íbamos, «que me pierdo yo y pierdo a sus mercedes», que diría nuestro pícaro.
Habíamos quedado en que, en la presentación de El viento de mis velas en Betanzos, el archivero de la villa realenga, Alfredo Erias, se centró en la figura del padre Verboso. Verboso tomó los hábitos por conveniencia, como muchos sacerdotes del siglo XVIII; menos hambre y menos impuestos eran razones suficientes como para abandonar el Mundo y sus tentaciones, al menos sobre el papel. Así recuerda Yago al clérigo betanceiro:
« (…) hizo herramienta de la confesión; y de su secreto, escoria de fundición. Así llegó a saber tanto y tan jugoso de tanta gente que, desde entonces, vivió como una polilla de los salones, volando de tertulia en refresco y de refresco en chocolatada, libando el néctar de los mejores panales, invitado en muchas partes y agasajado en todas; por si las moscas. Así que, siendo sacerdote, vivió, pues, como un abate a la moda.»
Clérigo dieciochesco frívolo y cortesano es una ajustada definición de abate, eclesiástico de órdenes menores más preocupado por su copete que por la cura de almas. Sin ir más lejos, Giacomo Casanova es un insuperable ejemplo de uno de ellos, un abate petimetre que valoraba a su peluquero tanto o más que a sus amantes. En justicia hay que decir que muchos de ellos fueron intelectuales, literatos e, incluso, agitadores políticos.
Al cura betanceiro le sobraban vigor físico y debilidad espiritual como para poder cumplir con su voto de castidad. Yago no escatima elogios al referirse a la sexualidad homérica de su compinche:
«Coincidía que el cura de Betanzos se alistó, desde el momento mismo en que puso el pie fuera del seminario, en ese regimiento bravo y cumplidor que es el de los curas putañeros. Y que él, lejos de andarse en la retaguardia, apartado de las trampas del enemigo, fue uno de sus más señalados capitanes. Cuentan las lenguas –y no las malas– que el cura de Betanzos cargaba tercerola de caballería, tan cadenciosa en tiros y atinada en puntería como un mosquete de Ripoll. Y aseguran que su munición no era de salva, sino de pólvora seca de mucha calidad, con proyectiles de buen calibre. No por otro, sino por él, se inventó esta conseja sabia: nunca digas de este vino no beberé, ni este cura no es mi padre

La tercerola es un arma de fuego. Los jinetes de los siglos XVII y XVIII la portaban como arma de ataque contra las filas de infantería. Hablamos, en realidad, de la abuela de la carabina, representada aquí en manos de un coracero de los tercios de Flandes.

El padre Verboso llegó al culmen de sus hazañas en Cádiz. Allí cambió el vino de consagrar por el de los Jerónimos de Pajarete y la pila de agua bendita por una moda francesa que hacía furor entre las gaditanas, la del bidé. Así conoció a una Afrodita mestiza que «tenía el monte de Venus tan ajardinado que… » Y hasta ahí podemos leer; el resto, en las mejores librerías coruñesas. ¡Hasta la próxima entrada, amigos!

NOTA: la ilustración del jinete con tercerola que acompaña a esta entrada pertenece a la portada de la revista de Historia Militar ¡Desperta ferro! Su autor es José Daniel Cabrera Peña. 


martes, 5 de marzo de 2013

 
Desentrañando "El viento de mis velas"
UN CURA DE BETANZOS (1)
Orígenes del padre Verboso según Yago Valtrueno

 El viernes pasado, primer día de marzo del año cero tras el apocalipsis maya, presentamos EL VIENTO DE MIS VELAS en la muy noble y realenga villa de Betanzos. No fue casualidad: uno de los protagonistas de la novela es el padre Ramón Verboso, un cura betanceiro. El acto se celebró en el Archivo-Liceo de la ciudad y llenamos su Salón Azul. Bien es verdad que mi editor, José Luis Saavedra, recurrió al infalible ardid de presentar gastronomía comarcal al terminar el acto, ofrecida por Refuxios do Mandeo, agrupación de hostelería rural de la zona.
El Archivo-Liceo, un magnífico edificio de estilo neoclásico, fue construido en la segunda mitad del siglo XVIII por orden de Carlos III. Tenía siete bóvedas, cerradas con siete llaves, que se correspondían con las siete provincias del antiguo Reino de Galicia: La Coruña, Santiago, Betanzos, Lugo, Orense, Mondoñedo y Tuy. Cada sala guardaría los archivos de una provincia.
Lástima que corriera la misma suerte entonces que han corrido hoy la Ciudad de la Cultura de Santiago y el aeropuerto de Castellón. Una vez construido, el archivo de Betanzos nunca se usó como tal, y los legajos se almacenaron en la Audiencia de La Coruña, sita en la Plaza de la Harina. Cosa de la competencia entre capitales…
Alfredo Erias, archivero y bibliotecario de la villa, hizo el viernes las presentaciones y le dedicó al padre Verboso parte de su intervención. Hoy, en esta entrada, quiero que Yago Valtrueno os cuente quién es este cura de Betanzos, "amante de las mesas y las mancebías bien surtidas".
Os diré, para empezar, que a mediados del siglo XVIII el número de religiosos en España superaba los 150.000 individuos, un 2% de la población -más o menos- que acumulaba -aunque con mucha desigualdad- el 40% de la riqueza. Era mucho más fácil ordenarse que recibir un título de nobleza o acceder a un oficio, por lo que suponía un modo inmejorable de evitar la pobreza y el hambre, al menos sobre el papel. Yago Valtrueno, protagonista de la novela, nos cuenta cómo llegó Ramón Verboso a hacerse cura:
"El padre Ramón Verboso era nieto de un hidalgo de Betanzos que tomó el partido del Archiduque. Al oponerse al Borbón, hizo una jugada de palomo y, tal y como dicen los tahúres, la casa se le vino encima. Con eso condenó a toda su estirpe a la pobreza y, por ende, al deshonor. De ahí se concluye que, siendo el primogénito, a Ramón no le quedara más salida que seguir una vocación insospechada, dedicándose a administrar la cabaña de Cristo, ya que no la tenía propia."
El Archiduque del que habla Yago es Carlos, bisnieto de Felipe III, aspirante al trono de España por la rama de los Austria y enemigo del duque de Anjou, el futuro Felipe V, primer borbón español. Y es que así empezaba el siglo XVIII en nuestro país: con una guerra civil causada porque Carlos II, El Hechizado -idiota y estéril- no pudo engendrar un heredero. Aquella guerra entre Austrias y Borbones se saldó a favor de la dinastía que ya todos conocemos, entre otros motivos, por su obsesión cinegética (ver entrada anterior: "DE CASTA LE VIENE AL BORBÓN").
Aquel primogénito, mayorazgo de la casa Verboso, tuvo muchas papeletas para haberse convertido en un rudo terrateniente o en un soldado corajudo, visto cómo lo describe Yago:
  "La voz tonante que hizo vibrar plomos, libros y anaqueles, y que puso a bailar el candil de cuatro mechas, era la de mosén Ramón Verboso, un cura ancho como la puerta de un presidio y velludo como un oso de los Ancares. Tenía los ollares amplios como las troneras de un navío de línea y oscuros como la boca de sus cañones; y no porque escupiera pólvora por ellos, sino porque aspiraba tabaco molido, que es un vicio consentido por el Papa."
Lo cierto es que era muy difícil no sentir la presencia del padre Verboso cuando entraba en un salón, en un teatro o en un lupanar, lugares mundanos en los que pasaba más tiempo que en la casa que Dios y su obispo le habían destinado. Así eran las sensaciones que el mosén le provocaba a Yago:
"Salvo cuando me breaba a pescozones, el padre Verboso, astuto confesor de matronas y peligroso tutor de doncellas, me era simpático. Quizá fuera por su humanidad hercúlea y desbordante, más propia de un pugilista que de un hombre de Dios; o por su incontinencia atrabiliaria, tan cómica las más de las veces; o por la sensación que le transmitía a un niño como yo de que, al lado de colosos como él, los afanes terminaban con un soplamocos de su mano zurda. La verdad es que el capellán aquel, cuando repartía, y no por caridad, daba hostias como panes."
Tanto vigor maridaba mal con el voto de castidad, como veréis en nuestra siguiente entrada, para la que tendréis que esperar unos días. "Paciencia, hijos míos, paciencia" –os recomendaría el padre Verboso, ofreciéndoos un consejo que malamente se aplicaba él. Continuará…

miércoles, 20 de febrero de 2013

DE CASTA LE VIENE AL BORBÓN…

Historias e historietas de los días de Yago Valtrueno


De mosquito p'arriba, todo es cacería, dicen los caraqueños cuando salen a pillar cacho. ¡Qué lema tan apropiado para la rama española de los Borbón! Y no es chiste…
Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, nació con el tercero de ellos, Fernando VI, y creció con el siguiente, Carlos III. Fernando heredó de su padre, Felipe V, sus neurosis maniacodepresivas: en el desayuno, jolgorio, y en el almuerzo, velorio. Para aliviar los altibajos heredados de sus antepasados, el buen rey Carlos decidió entretenerse a todo entretener. Así que se concentró en adecentar su capital -Madrid-, en exprimir sus colonias hasta dejarlas más secas que la mojama y, por encima de todo, en cazar todos los días del año -por la mañana y por la tarde- salvo el Viernes Santo. Y no elefantes africanos, ni osos cosacos, ni zorras alemanas, sino piezas menores; y, entre ellas, más liebres que conejos. Hay que reconocerle que, para ser un Borbón, no fue nada sátiro.
De su manía cazadora da fe el cuadro de Goya que ilustra esta entrada. Llama la atención que vista una chupa rústica por debajo de la casaca de gala y de la banda de raso. Pero así cazaba el hombre, como si en vez de ir a la Casa de Campo fuese al Salón de Embajadores del Buen Retiro. Y es que al rey Carlos le ponían las liebres como a Felipe II las bolas de billar y a Franco los salmones: a huevo. Más que la caza, lo suyo era el pim pam pum.


Tal era su afición cinegética, que no le pesó estar ausente en una ocasión de cuerpo presente. El 10 de abril de 1771 el infante Javier murió de viruela: Bien -dijo el rey, su padre-, ya que nada puede hacerse, debemos llevarlo con resignación. Y, con las mismas, salió a matar madres de Bambi y camadas de Tamborcitos. Y eso que era piadoso, un auténtico chupacirios.
Cuando, ciento sesenta y siete años más tarde, María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias sufría los dolores del parto del futuro Juan Carlos I, el padre estaba fuera. El Conde de Barcelona no salió a comprar habanos, sino a matar fieras en un safari. No se le puede culpar: el crío se adelantó, nació sietemesino. Pudo ser peor. Y lo fue: mientras aquel Borbón, heredero sin trono, pegaba tiros en la sabana, españoles de los dos lados se mataban a tiros en la batalla de Teruel. Franco ganó y los Borbones, saltándose uno, recuperaron la corona.

lunes, 18 de febrero de 2013

DOS MESES DE MUCHAS GRACIAS

Historias e historietas de los tiempos de Yago Valtrueno


Hace dos meses presentamos en La Rectoral de Cines mi primera novela editada. Y digo editada porque no es la primera que he parido: hay otra, a la que eché del nido para que se hiciera mayor por el mundo adelante. Espero que vuelva a casa por Navidad (o un poco antes) y no con un turrón debajo del brazo, sino con un contrato editorial.
No creíamos que El viento de mis velas. Peripecias de un empedernido bebedor de café en el Reino de Galicia (me comentan que el subtítulo les gusta a los libreros tanto como el título) fuera a ser un éxito de ventas y que copáramos los titulares. No son tiempos de alegrías para el bolsillo -y la novela tendrá sus defectos, pero alegre es-, ni de que los medios se fíen de lo que no es género garantizado. Y, la verdad, resulta que teníamos más razón que un santo al no esperarlo. Pero aún así, no hay queja y aún guardamos algunas balas en la recámara, como ese magnífico twitter de Paula Vázquez, haciéndonos promoción y alegrándose por un antiguo compañero de trabajo y de bachatas en los peores antros de Samaná, entre tigres sin rayas a los que les asomaban las cachas de las pistolas por la cintura del pantalón. Primera edición de La Isla de los Famosos.
Por cierto, hablo en plural, pero no mayestático, como el del Papa o el rey. Es que en esta peripecia somos dos: el que suscribe y su editor, José Luis Saavedra, al que le sobra entusiasmo como para hinchar muchas velas. Pero hablo también, cómo no, de todos los que, de un modo u otro, nos habéis ayudado. Y ese es el motivo de esta entrada: dar las gracias.
Gracias a todos mis compañeros de profesión -algunos de ellos amigos-, que me animaron como si, al tomar mi decisión, una parte de su alma se viniera conmigo en esta aventura; gracias a mi hermana Luz y a Cristina, mi pareja (hay que ser una santa o tener unos ovarios colosales para aguantar a un novelista); gracias a un puñado de bares y restaurantes de Coruña, que fueron oasis en los desiertos literarios y fuente de inspiración; gracias a los que opinasteis, porque fuisteis como brújulas (en especial a José Luis Castro de Paz, todo un descubrimiento); a los que organizasteis la presentación (¡bravo, María!) y a los que acudisteis a nuestra llamada (y a los que no, también); gracias a las librerías que nos hicieron un hueco; a los que habéis leído el libro y a los que lo habéis dejado para cuando tengáis más tiempo. Y a mi agente, Ana, que sigue en la brecha a pesar del tremendo palo del ERE de Telemadrid. A mis padres poco más puedo decirles, ya tienen dedicatoria impresa.
En fin, gracias a todos los que habéis tenido algo que ver en estos dos meses tan excitantes.
Muchos besos y abrazos, repartidlos a discreción. En la próxima entrada, hablaremos del Gobierno;del de los tiempos de Yago, claro, que eran los del cuarto Borbón...

lunes, 4 de febrero de 2013

QUE UN VIENTO BUENO HINCHE NUESTRAS VELAS

Historias e historietas de los días de Yago Valtrueno


Con un novedoso viento en mis velas, zarpo anclas para surcar estas páginas electrónicas. Será como un cuadernillo en B gracias al que conoceréis cosas que Yago Valtrueno y sus compinches callaron en sus memorias, las mismas que dieron forma a mi primera novela publicada: El viento de mis velas. Peripecias de un empedernido bebedor de café en el Reino de Galicia. Os contaré anécdotas e historias del tiempo que les tocó vivir. Y confirmaréis, tan sorprendidos como yo, que trescientos años no son nada...