martes, 5 de marzo de 2013

 
Desentrañando "El viento de mis velas"
UN CURA DE BETANZOS (1)
Orígenes del padre Verboso según Yago Valtrueno

 El viernes pasado, primer día de marzo del año cero tras el apocalipsis maya, presentamos EL VIENTO DE MIS VELAS en la muy noble y realenga villa de Betanzos. No fue casualidad: uno de los protagonistas de la novela es el padre Ramón Verboso, un cura betanceiro. El acto se celebró en el Archivo-Liceo de la ciudad y llenamos su Salón Azul. Bien es verdad que mi editor, José Luis Saavedra, recurrió al infalible ardid de presentar gastronomía comarcal al terminar el acto, ofrecida por Refuxios do Mandeo, agrupación de hostelería rural de la zona.
El Archivo-Liceo, un magnífico edificio de estilo neoclásico, fue construido en la segunda mitad del siglo XVIII por orden de Carlos III. Tenía siete bóvedas, cerradas con siete llaves, que se correspondían con las siete provincias del antiguo Reino de Galicia: La Coruña, Santiago, Betanzos, Lugo, Orense, Mondoñedo y Tuy. Cada sala guardaría los archivos de una provincia.
Lástima que corriera la misma suerte entonces que han corrido hoy la Ciudad de la Cultura de Santiago y el aeropuerto de Castellón. Una vez construido, el archivo de Betanzos nunca se usó como tal, y los legajos se almacenaron en la Audiencia de La Coruña, sita en la Plaza de la Harina. Cosa de la competencia entre capitales…
Alfredo Erias, archivero y bibliotecario de la villa, hizo el viernes las presentaciones y le dedicó al padre Verboso parte de su intervención. Hoy, en esta entrada, quiero que Yago Valtrueno os cuente quién es este cura de Betanzos, "amante de las mesas y las mancebías bien surtidas".
Os diré, para empezar, que a mediados del siglo XVIII el número de religiosos en España superaba los 150.000 individuos, un 2% de la población -más o menos- que acumulaba -aunque con mucha desigualdad- el 40% de la riqueza. Era mucho más fácil ordenarse que recibir un título de nobleza o acceder a un oficio, por lo que suponía un modo inmejorable de evitar la pobreza y el hambre, al menos sobre el papel. Yago Valtrueno, protagonista de la novela, nos cuenta cómo llegó Ramón Verboso a hacerse cura:
"El padre Ramón Verboso era nieto de un hidalgo de Betanzos que tomó el partido del Archiduque. Al oponerse al Borbón, hizo una jugada de palomo y, tal y como dicen los tahúres, la casa se le vino encima. Con eso condenó a toda su estirpe a la pobreza y, por ende, al deshonor. De ahí se concluye que, siendo el primogénito, a Ramón no le quedara más salida que seguir una vocación insospechada, dedicándose a administrar la cabaña de Cristo, ya que no la tenía propia."
El Archiduque del que habla Yago es Carlos, bisnieto de Felipe III, aspirante al trono de España por la rama de los Austria y enemigo del duque de Anjou, el futuro Felipe V, primer borbón español. Y es que así empezaba el siglo XVIII en nuestro país: con una guerra civil causada porque Carlos II, El Hechizado -idiota y estéril- no pudo engendrar un heredero. Aquella guerra entre Austrias y Borbones se saldó a favor de la dinastía que ya todos conocemos, entre otros motivos, por su obsesión cinegética (ver entrada anterior: "DE CASTA LE VIENE AL BORBÓN").
Aquel primogénito, mayorazgo de la casa Verboso, tuvo muchas papeletas para haberse convertido en un rudo terrateniente o en un soldado corajudo, visto cómo lo describe Yago:
  "La voz tonante que hizo vibrar plomos, libros y anaqueles, y que puso a bailar el candil de cuatro mechas, era la de mosén Ramón Verboso, un cura ancho como la puerta de un presidio y velludo como un oso de los Ancares. Tenía los ollares amplios como las troneras de un navío de línea y oscuros como la boca de sus cañones; y no porque escupiera pólvora por ellos, sino porque aspiraba tabaco molido, que es un vicio consentido por el Papa."
Lo cierto es que era muy difícil no sentir la presencia del padre Verboso cuando entraba en un salón, en un teatro o en un lupanar, lugares mundanos en los que pasaba más tiempo que en la casa que Dios y su obispo le habían destinado. Así eran las sensaciones que el mosén le provocaba a Yago:
"Salvo cuando me breaba a pescozones, el padre Verboso, astuto confesor de matronas y peligroso tutor de doncellas, me era simpático. Quizá fuera por su humanidad hercúlea y desbordante, más propia de un pugilista que de un hombre de Dios; o por su incontinencia atrabiliaria, tan cómica las más de las veces; o por la sensación que le transmitía a un niño como yo de que, al lado de colosos como él, los afanes terminaban con un soplamocos de su mano zurda. La verdad es que el capellán aquel, cuando repartía, y no por caridad, daba hostias como panes."
Tanto vigor maridaba mal con el voto de castidad, como veréis en nuestra siguiente entrada, para la que tendréis que esperar unos días. "Paciencia, hijos míos, paciencia" –os recomendaría el padre Verboso, ofreciéndoos un consejo que malamente se aplicaba él. Continuará…