miércoles, 10 de abril de 2013

Trescientos años, un suspiro…

FEIJOO Y EL CONTRABANDO

Historia e historietas de los días de Yago Valtrueno

 


Tuvo Galicia en el siglo XVIII otro Feijoo célebre, bautizado Benito Jerónimo. También aquel nació en Orense (Casdemiro, Pereiro de Aguiar, 1676). Primogénito de una familia hidalga, eligió labrarse una carrera eclesiástica entre los muros de Samos y las aulas de Salamanca. Aquello que aprendió de los antiguos, más las novedades que llegaban de Europa, le hicieron entender que la primera virtud de un hombre político era el sincero, inteligente y leal interés por la cosa pública.
El benedictino Feijoo se convirtió en un defensor de la Razón, de la Ilustración francesa y del intercambio de ideas. Tanto lo estimaban los déspotas ilustrados, que Fernando VI prohibió por decreto –¡Valiente paradoja!– que fuera criticado de ningún modo. Hay que reconocerle al Feijoo de entonces que sí sabía elegir sus amistades…
Yago Valtrueno recuerda en sus memorias la admiración de don Gaspar, su tutor, por el muy racional Feijoo. El librero lo cita para que su pupilo reniegue de su fe en trasgos y diaños:
«Muchos años y lecturas después [recuerda Yago], encontré un argumento que hubiera desbaratado los de mi maestro. Feijoo no creería en duendes, pero sí creía en el hombre anfibio de Liérganes. No sé qué es peor.»
Nada humano escapaba al afán enciclopédico de Feijoo y a su lealtad al pensamiento racional. Una de sus Cartas eruditas y curiosas está, por ejemplo, dedicada a la conservación del tabaco en polvo:
«El guardar mucho tiempo el Tabaco, no le mejora (…) si la custodia de él no es mucho más estrecha que la de reos de pena capital (…) entre aquellos sutiles corpúsculos, hallándose encarcelados, se excita una especie de fermentación con que se exalta más el olor»
La conservación del tabaco no era, por entonces, un asunto de poca monta. Aspirar tabaco tenía categoría de vicio capital al que no escapaban ni rey ni Roque. La Monarquía era la que acaparaba, manufacturaba y vendía en exclusiva el tabaco que llegaba de Indias. Con la excepción de Fernando VI, que según Yago, «prefería la peor de las diplomacias a la mejor de las guerras», los Borbones del Siglo de las Luces fueron monarcas belicosos. Con cada declaración de guerra, el precio del tabaco –y el de otros monopolios, naipes incluidos– subía para hacer frente a los gastos bélicos. Como antídoto, ya fuere a través de Gibraltar, de puertos franceses, ingleses y holandeses o de navíos ultramarinos con fletes no declarados, los fardos de labores indianas colmaban las ávidas napias de los inhaladores hispánicos de tabaco en polvo.
Aparte de aquel otro Feijoo, también tuvo Galicia en el siglo XVIII su buen trasiego de toda clase de matute. La raya con Portugal –y la orensana con mucha intensidad–, el abrupto perfil del litoral, la pericia de los navegantes de cabotaje, el trajín de cuadrillas de segadores a Castilla y la habilidad de los arrieros maragatos traían de cabeza al Resguardo, fuerza paramilitar encargada de que no faltase ni un maravedí en la Hacienda del Rey y a la que Goya dedicó una de sus pinturas. Aunque en la imagen parezcan bandoleros, son, en realidad, el germen de los futuros carabineros.
De todo aquel contrabando galaico, el de tabaco no era como humo liviano que se esfumara con un soplido. Otro ilustrado, Juan de Iriarte, resumía así la afición de los gallegos por el tabaco en polvo: 
Más contribuyen al Rey
Con la nariz los gallegos
Que los demás españoles
Juntos con todo su cuerpo.
Y, sin embargo, estudios actuales concluyen que el consumo de tabaco en la Galicia dieciochesca estaba por debajo de la media española. Quizá se deba a que esos trabajos toman como referencia las cuentas de la Real Renta de Tabacos –el monopolio de la Corona– y eluden el desconocido –por razones obvias– impacto del contrabando.
De hacer caso a los estudios mencionados, obispos, abades, hidalgos y mercaderes monopolizaron, como reyezuelos, aquel matute, convirtiéndose, a ojos de sus parroquianos, en benefactores locales. No pocos funcionarios prefirieron medrar a la negra sombra de aquellos oscuros emprendedores que a la del rey, más alargada, pero difuminada en la distancia.
Llegado el siglo a su fin, unos cuantos de aquellos filántropos defraudadores ascendieron a corsarios rapaces y, a mayores, a prósperos traficantes de negros para los ingenios de Cuba. Hablamos de Historia, y no de historietas, al recordar que, desde Finisterre hasta Creus, no pocos blasones se labraron a golpe de látigo. 

 ¡ALBRICIAS!: damos la bienvenida a LA PAPELERA FERROLANA al grupo de librerías que ponen a vuestra disposición El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café en el Reino de Galicia). La Papelera se ha unido esta semana a las tiendas de libros coruñesas en las que ya estábamos presentes: Arenas, Fnac, Nova Colón, Maside, Molist, Cascanueces, Xiada, Couceiro y Lume. También nos felicitamos porque la Biblioteca de Estudios Locales (Durán Loriga, 10-Coruña), de la red de bibliotecas municipales de Coruña, haya adquirido varios ejemplares de la novela para sus fondos. Muchas gracias por tanto apoyo e interés.

 

lunes, 1 de abril de 2013


Desentrañando "El viento de mis velas"


UN CURA DE BETANZOS (y 2)


Orígenes del padre Verboso según Yago Valtrueno


 Teníamos previsto publicar esta entrada del blog hace dos semanas, así que ahí va una disculpa. El retraso no tiene que ver con la falta de interés, ni mucho menos; la «culpa», en realidad, es de nuestro editor, José Luis Saavedra. A este emprendedor le sobra fuelle como para hinchar un ciento de velas, y si no anda craneando algo, no está tranquilo. Así que la demora tiene que ver con un proyecto nuevo del que ya os informaremos y al que Yago Valtrueno no es ajeno. Pero a lo que íbamos, «que me pierdo yo y pierdo a sus mercedes», que diría nuestro pícaro.
Habíamos quedado en que, en la presentación de El viento de mis velas en Betanzos, el archivero de la villa realenga, Alfredo Erias, se centró en la figura del padre Verboso. Verboso tomó los hábitos por conveniencia, como muchos sacerdotes del siglo XVIII; menos hambre y menos impuestos eran razones suficientes como para abandonar el Mundo y sus tentaciones, al menos sobre el papel. Así recuerda Yago al clérigo betanceiro:
« (…) hizo herramienta de la confesión; y de su secreto, escoria de fundición. Así llegó a saber tanto y tan jugoso de tanta gente que, desde entonces, vivió como una polilla de los salones, volando de tertulia en refresco y de refresco en chocolatada, libando el néctar de los mejores panales, invitado en muchas partes y agasajado en todas; por si las moscas. Así que, siendo sacerdote, vivió, pues, como un abate a la moda.»
Clérigo dieciochesco frívolo y cortesano es una ajustada definición de abate, eclesiástico de órdenes menores más preocupado por su copete que por la cura de almas. Sin ir más lejos, Giacomo Casanova es un insuperable ejemplo de uno de ellos, un abate petimetre que valoraba a su peluquero tanto o más que a sus amantes. En justicia hay que decir que muchos de ellos fueron intelectuales, literatos e, incluso, agitadores políticos.
Al cura betanceiro le sobraban vigor físico y debilidad espiritual como para poder cumplir con su voto de castidad. Yago no escatima elogios al referirse a la sexualidad homérica de su compinche:
«Coincidía que el cura de Betanzos se alistó, desde el momento mismo en que puso el pie fuera del seminario, en ese regimiento bravo y cumplidor que es el de los curas putañeros. Y que él, lejos de andarse en la retaguardia, apartado de las trampas del enemigo, fue uno de sus más señalados capitanes. Cuentan las lenguas –y no las malas– que el cura de Betanzos cargaba tercerola de caballería, tan cadenciosa en tiros y atinada en puntería como un mosquete de Ripoll. Y aseguran que su munición no era de salva, sino de pólvora seca de mucha calidad, con proyectiles de buen calibre. No por otro, sino por él, se inventó esta conseja sabia: nunca digas de este vino no beberé, ni este cura no es mi padre

La tercerola es un arma de fuego. Los jinetes de los siglos XVII y XVIII la portaban como arma de ataque contra las filas de infantería. Hablamos, en realidad, de la abuela de la carabina, representada aquí en manos de un coracero de los tercios de Flandes.

El padre Verboso llegó al culmen de sus hazañas en Cádiz. Allí cambió el vino de consagrar por el de los Jerónimos de Pajarete y la pila de agua bendita por una moda francesa que hacía furor entre las gaditanas, la del bidé. Así conoció a una Afrodita mestiza que «tenía el monte de Venus tan ajardinado que… » Y hasta ahí podemos leer; el resto, en las mejores librerías coruñesas. ¡Hasta la próxima entrada, amigos!

NOTA: la ilustración del jinete con tercerola que acompaña a esta entrada pertenece a la portada de la revista de Historia Militar ¡Desperta ferro! Su autor es José Daniel Cabrera Peña.