martes, 30 de septiembre de 2014

ESCRIBO Y NO ODIO A LA ESTEBAN, 

¿ES GRAVE, DOCTOR? (1)



Belén Esteban firmando ejemplares de su libro


La primera vez que uno escribe es como esa otra en la que deja de ser mocito. Uno se desvirga para perder la inocencia, o para no ser el único de la pandilla que no ha mojado, que viene a ser lo mismo. Pero las siguientes tienen que ser por otros motivos: por conocer gente, por puro placer, por aprender, por mejorar, por vicio (¡Ñam, ñam!), por aburrimiento o por añadir una muesca al cabecero… ¡Ah, y por amor, claro (no hay que descuidar a las lectoras románticas en este laberinto editorial)!
Está bien que la primera vez que uno pone FIN a una obra propia sienta la emoción de lo inédito y suspire con alivio. Y, si fuma, que se eche un pitillito y mande aros de humo al techo. Pero en las siguientes –¡Ay, las siguientes!– el autor ya debe saber qué espera de su trabajo. ¿Que no es un trabajo? ¿Que es una vocación, una misión, un sacerdocio, una cruzada por la excelencia y la belleza? Ya… En ese caso, amable lector, deja de leer aquí mismo porque lo que sigue no es para ti. Estas líneas van para los que pretenden que la inversión en ideas, investigación y redacción les sea rentable. O, al menos, virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
En estos días me he metido de lleno en aprender a promocionar "El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café)", ebook que subí a Amazon hará ya ocho meses. Entre unas cosas y otras (entre otras, seguir escribiendo), lo eché al mundo como sus padres echan a los pajarillos del nido: a volar y búscate el alpiste. Craso error, salvo que con haber firmado una novela baste. No es mi caso.
¿Qué es lo primero que he aprendido en este nuevo empeño? Generosidad. No, mejor así: GENEROSIDAD. Hay un montón de gente que, a través de blogs, webs, grupos y foros, te enseña a publicar tu ebook, a subirlo a la plataforma, a promocionarlo en la red y, si te descuidas, a encuadernarlo en genuino cordobán. Insisto: un alarde de generosidad. Para los interesados, basta con teclear en Google "publicar con éxito un ebook" o "cómo vender ebooks en Amazon".
¿Y qué más he descubierto? Pues otro despliegue, pero este, en cambio, negativo. Me he topado con un purgatorio repleto de victimismo. Igual que hay ciberescritores con mayor o menor experiencia echando una mano, hay otro puñado que le arrojan al mundo su desprecio y sus lágrimas porque, como la mayoría de nosotros, no se comen un colín. En las pandillas pasaba igual: el que menos se batía en el cuerpo a cuerpo era el más plañidero. Y es que el sexo regular y la venta de libros relajan mucho y pintan una sonrisa en la cara.
De hecho, ese purgatorio llega a tales magnitudes que me he encontrado con un grupo autodenominado "de escritores incomprendidos". ¿Y no será que escriben en pastún? Vamos a ver, alegres camaradas, cuando uno se lanza a un proyecto personal semejante lo mejor es meter el victimismo en una canasta y dejarlo en la puerta de una iglesia, como a los antiguos expósitos. Para los seguidores del crucificado el victimismo es como el pan nuestro de cada día. Igual os lo agradecen.
Sí, sí, vale, ¿pero qué tiene que ver Belén Esteban con todo esto? Fácil. Uno de los tópicos de los autores incomprendidos (y de muchos otros, la verdad) es el desprecio por la de San Blas. "¿Cómo es posible que no me publiquen a mí y que esa arrabalera tenga un libro? ¿Cómo es posible que yo no venda ni una escoba y que a esa se los quiten de las manos", se duelen. La Princesa del Pueblo se convierte así en una escupidera colmada de indignación y resentimiento.
Pues lo siento, pero no estoy de acuerdo. En absoluto. Hasta donde yo sé, la Esteban no me ha quitado a mí ninguna oportunidad. Y lo puedo explicar, pero será en la próxima entrada de este blog. Esa es otra lección, salvo que ya la traía aprendida: titular impactante y final cliff-hanging, o sea, colgados sobre el abismo. Y así, hasta la semana que viene...

(Continuará)




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martes, 23 de septiembre de 2014

POR NO MOVERNOS, LOS GANDULES

NO PEDIMOS NI CLEMENCIA



Robert Louis Stevenson haraganeando en Samoa


A ver, no es que no la queramos, es que maldita la falta que nos hace. No necesita abogado defensor quien nunca se preocupó de los juicios y sentencias de los demás. Porque eso es, básicamente, un holgazán: un risueño ajeno a la bilis, los celos y la envidia -al escándalo, en fin- que provoca su desidia en quienes, con sus propias manos, se encadenan al banco de galeras.
El perezoso es, además, subversivo, un antisistema descarado, sin pasamontañas, a braga quitada. Si es verdad que un día vamos a salir de esta, el maula no se sumará al cortejo cívico que suba por la ladera del agujero. Y eso es porque el haragán nunca bajó al hoyo, pues se quedó dormido en el borde de mullido y perfumado césped mientras los demás se despeñaban. Como la cigarra que miraba a la ajetreada hormiguita bajar a las profundidades de su luctuoso laberinto.
Dicho esto, vagaba yo hoy mismo sin nada que hacer -no hay nada mejor que no hacer nada- cuando de buenas a primeras, como si mi cigarra madrina me lo hubiese soplado al oído, me di de bruces con un ensayo de Robert Louis Stevenson que no conocía: "En defensa de los ociosos" (Editorial Gadir). ¡Qué valor!... Siendo, como es, una apología del holgazán, el librito no tiene más que 46 páginas, pero empieza en la once e incluye la biografía del autor, claro. El caso es que, con más miedo que vergüenza (miedo a herniarme), me lo he leído de un tirón. ¡Pa'haberme matao!
No tengo intención de hacer una recensión de la obrilla: no las hacía en el instituto, ¡me voy a poner ahora! Qué va. Me quedo con la página dieciséis, no sea que me dé una pájara. Tusitala, tal y como lo bautizaron los samoanos, aconseja en este punto que los maulas no caigamos en la adicción a la lectura. Él sabía de ambas cosas: era un lector consumado, pero consumido por la tisis y por el láudano. Así habla sobre la lectura el padre de Jekyll y Hyde:
"Los libros son, a su manera, beneficiosos, pero no dejan de ser un pálido sustituto de la vida"
Y remata:
"Asimismo, tal y como nos recuerda la vieja anécdota, si un hombre se entrega a leer, apenas tendrá tiempo para pensar"
Los integristas de la lectura me dirán que Stevenson está de broma, que usa la ironía, el sarcasmo y el cinismo, que quiere decir lo contrario de lo que dice. A pesar de su enfermedad, Stevenson recorrió el mundo buscando la vida que se le escapaba en cada ataque de tos. Y buscó vida en la Vida antes que en las páginas.
Me ha alegrado sobremanera descubrir que coincidí con mi admirado autor de "El club de los suicidas" cuando escribí mi primera novela, "El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café)". Un viejo librero, don Gaspar Méndez, aconseja esto al protagonista, Yago Valtrueno:
"Te incito, Yago, a que busques ánimo y consuelo en los libros, pero aprendas de la Vida las lecciones que sirven; considera que ellos son ventilla o casa de postas, más nunca el camino y, menos aún, el viaje. Es el arriero maragato el que conoce la vía; el ventero solo la imagina"
Eso me ha llevado a pensar que hoy, en las redes sociales, se pontifica y sentencia sobre los libros y la lectura igual que se lanzan vídeos de gatitos, frases de Coelho, pullas de la tediosa guerra de sexos o peticiones de firmas para hospitales públicos de mascotas (cuando nos quieren quitar los nuestros). Facebook o Twitter, sentenciosos y totalitarios por la necesidad de ser breves y lapidarios, no le hacen favor a los libros cuando quienes confunden ficción y vida los defienden a ultranza. En los anaqueles, como en el mundo, hay de todo, bueno, malo y peor.
He trabajado en televisión muchos años y encuentro que muchos lectores confunden las vidas de sus personajes favoritos con las suyas, como se confunde la realidad con las frivolidades de los magazines matinales o de los guirigays de sobremesa. Es peor, incluso: a veces creo que nos encerramos a leer como si tuviéramos que presentar un balance de lectura cada viernes; o como si compitiéramos por devorar más libros y más a la moda que mi vecina del quinto, que recita a Murakami del revés. Así que como dice Stevenson, en esas condiciones, yo me prefiero ocioso que leído. Y no pido clemencia por soltar semejante herejía, que me entra la fatiguita...



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martes, 16 de septiembre de 2014

NO, LOS DE HOY NO SON PÍCAROS

-Historias e historietas de los tiempos de Yago Valtrueno-


Niños comiendo uvas, Murillo.

Pirata y pícaro, dos tipos históricos con muy mala prensa hoy. Es un error, creo. Lo digo porque me parece que les hemos colgado el parche y la baraja trucada a contemporáneos que nada tienen que ver con el capitán Kidd o con El Buscón.
No, los corruptos de hoy, y quienes los encubren desde tantas instancias, no son piratas. Para serlo deberían atacar al sistema desde fuera y no devorarlo desde dentro, como un tumor maligno. En términos actuales, un pirata era un terrorista, pues sembraba el terror en los puertos de ultramar, entre las tripulaciones de los galeones de Indias y en la Hacienda del rey. Para los reyes de la Monarquía Hispánica, Barbarroja y Barbanegra se parecían más a un gudari etarra o a un verdugo muyahidín que al ex presidente mefítico de una comunidad autónoma histórica. 
Pujol, Matas, Fabra, Baltar, Bárcenas y demás germanía no son piratas, son corsarios. Como estos, han gozado de una patente real, encarnada en sus cargos jurados, para saquear a propios y extraños. Ahí está el quid de la cuestión: los corsarios españoles con patente de corso de los Austrias o los Borbones también cañoneaban, abordaban, saqueaban y hundían mercantes con bandera de casa, y no solo a malditos herejes. La pela ya era la pela y el océano una infinita y discreta fosa.
Tampoco son pícaros los ladrones de cuello blanco y tratamientos honorables de nuestros días. Los pícaros no llegaban a ricos, ni mucho menos a ricos impunes. Lázaro acabó sus días de pregonero cornudo -y contento a la fuerza- y a Don Pablos no le quedó otra que emigrar a América, como tantos de nuestros abuelos y unos cuantos de sus bisnietos, a los que unos viejos podridos les han robado el porvenir.
Los pícaros aprendían a base de palos y crecían con sopas de convento y propinas de tahúres. Los pícaros entraban en las cárceles; los que hoy se ganan tan noble título con tan malas mañas las pisan para recoger el indulto. 
Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café), es un pícaro coruñés. Un buscavidas -demasiado bondadoso para ser un criminal- que procura esquivar los golpes de Fortuna y de los flamantes mercaderes y usureros de su ciudad, una urbe que florece en un imperio que entona ya su canto del cisne. Yago es un gorrión entre buitres.
¿Y cómo nace esa palabra -pícaro- que hoy ha perdido tanto de su primitivo e inofensivo significado? Hay versiones para dar y regalar. Y ninguna definitiva.
Algunos lingüistas se van hasta los piqueros castellanos que regresaban de las campañas en la Picardía francesa. Parece tan obvio que algunos creyeron que era un explicación irrefutable. Pero cuando hablan de tales soldados se refieren a las guerras italianas, que nunca se libraron tan al norte, en la frontera picarda con los Países Bajos.
En principio, la palabra se aplicaba a los pinches de cocina, a los esportilleros y a los aprendices, es decir, a un crío no menor de ocho años. A un niño que era criado de alguien. Desde que los Reyes Católicos vencieron a la nobleza gallega levantisca, los señores que sobrevivieron emigraron a la Corte para no perder el favor real. Con aquellos nobles en busca de gracia viajaron sus criados, aún más bajos en el escalafón. Estos pinches, sollastres, recaderos y criados gallegos eran, propiamente, pícaros. Por ser tan abundantes en Madrid, dieron nombre a cualquiera que dependiera de otros para comer.
El término degeneró hasta definir a "un sujeto ruin y de mala vida", nunca un criminal, eso no. Fueron los cronistas a sueldo, apologistas de la nobleza, los que agruparon a buena parte de la población entre los estrechos límites de la picaresca. Quizá fueran mellizos de tanto contertulio y articulista de estómago caliente que hoy se ocupa en disparar de arriba abajo, haciéndonos a la gente del común responsable de una crisis que fabricaron sus dueños. En fin, que, hoy como entonces, nosotros somos los pícaros, pero ellos son los delincuentes.


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miércoles, 10 de septiembre de 2014

"CARAVANA ES MI PATRIA..."




¿Por qué un autor abandona su blog? No lo sé. ¿Y por qué lo retoma? Pues tampoco lo sé... Sólo puedo hablar de mí. Y yo lo dejé porque el desierto no se acaba. Y lo retomo porque no se acaba el desierto.
Este blog nació de una novela: "El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café en el Reino de Galicia)"; pretendía apoyarla y durante un tiempo lo hizo. Pero se cruzaron dos libros más -un ensayo y otra novela-, cada uno con sus espejismos, y el blog se quedó tirado, como el esqueleto pulido de un animal muerto en el desierto inacabable.
En medio aprendí que un blog es el diario de un sueño; un diario abierto y un sueño compartido. Escarmentado, reseco, casi cegado por la arena y el sol, entendí que cruzar el desierto a lomos de un blog es como arrimarse al amparo de una caravana: la vuestra. Bien hallados. Espero que seáis buenos guías, porque yo, la verdad, he perdido la estrella.
"Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía", León el Africano.


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