lunes, 20 de octubre de 2014

SUENAN CENCERROS EN PALACIO (1)

«La princesa está en el chasis, ¿qué tendrá la princesa?», se preguntan de tanto en tanto nuestros periodistas cortesanos. Ya sé que ahora es reina, pero quién soy yo para llevarle la contraria a Rubén Darío. No deja de maravillarme que una monarquía que se ufana de no tener corte disponga de semejante tropa de lisonjeros con licenciatura en Periodismo, una auténtica guardia de corps de la buena fama de sus reyes… ¡En fin, a lo que iba!

Dicen que a Letizia Ortiz le echaron encima el armiño real por la urgente necesidad de los Borbones de no acabar como los Austrias, endogámicos perdidos. ¿Que cómo acabaron los Austrias? De no haberse apareado entre ellos como si no quedase más gente en el mundo, el linaje de Felipe el Hermoso no habría degenerado hasta desaparecer con el pobre Carlos II, el Hechizado, un rey idiota (consultar DRAE) cuya cáscara sin semilla provocó la Guerra de Sucesión. La sangre villana pero entera, sin desnatar ni desleír, de la otra Princesa del Pueblo debía -y parece que así va siendo- traer vástagos sanos, rubios y con buen código genético a los Bourbon de toda la vida. 

Letizia Ortiz, reina consorte de España
Lo que alarma a los tribuletes áulicos es que, por haberse echado a la espalda semejante carga histórica, la señora de Borbón se nos esté consumiendo y dé mal en cámara por el mundo adelante; como si la Marca España no estuviese ya bastante enclenque. Por eso, cuando las lenguas de doble filo aseguran que la reina de España padece anorexia, saltan los apologistas diciendo que lo que pasa es que "se machaca [sic] en el gimnasio de la Zarzuela". ¡Aaaaaah, bueno! Entonces me quedo más tranquilo, Letizia de Borbón padece vigorexia, que es otro trastorno, pero más trendy. A mí, la verdad, no me extraña; si por irte en el puente de la Constitución a La Manga, por poner un ejemplo, y pasarte cuatro días fuera de casa no tocas el baño o no sales de él, ¿cómo no se te va a descomponer el cuerpo por saltar a las bravas de un adosado en Rivas Vaciamadrid a la Zarzuela? ¡Normal!

Esa sospecha recurrente de un desorden de conducta regio me ha hecho caer en la mala salud mental de los reyes de España durante los años de Yago Valtrueno, el lucido pícaro que protagoniza de "El viento de mis velas". Yago nació cuando reinaba el tibio Fernando VI y escribe sus memorias cuando está a punto de empezar uno de los períodos más abominables de la Historia de España, la tiranía de Fernando VII. Pero el campaneo de cencerros en los pasillos de palacio comenzó incluso antes, con la mismísima dinastía.


Felipe V, primer Borbón español
Felipe V, el rey francés que tomó las riendas de España tras vencer a los austracistas, sufrió toda su vida una manifestación delirante de la más baja autoestima. Se conoce hoy como síndrome de Cotard: quienes lo sufren pueden llegar a negar su propia existencia. El primer Borbón español pedía a gritos a sus guardias que lo enterrasen, pues juraba que estaba muerto. El pobre duque de Anjou había sido maltratado por su abuelo, Luis XIV, el Rey Sol, para aniquilar en él cualquier veleidad de reinar, pues no era más que un segundón. El resultado fue una ensalada de desvaríos: síndrome maníaco-depresivo, hipocondría, timidez invalidante, inseguridad morbosa, manía sexual, religiosidad extrema y delirios.

Su segunda mujer, Isabel de Farnesio, astuta como una raposa, empleó esa obsesión sexual que caracteriza a unos cuantos miembros de la dinastía borbónica para moldearlo a su antojo. Llegaba a negarle que "hiciera uso de ella" para empujarlo a dolorosas cuaresmas de las que el regio semental salía dispuesto a jurar que el caballo blanco de Santiago era una vaca rubia. En los peores momentos de sus delirios, Felipe V vivía de noche y dormía de día, arrastrando a la corte y al Imperio a tan trasnochada administración. Por esa época se le caían los calzones a jirones, por no mudárselos, y le crecían tanto las uñas de los pies que no podía andar.

Aparte del sexo, sólo la música lo aliviaba. Mandó contratar al castrado Farinelli para que cantase solo para él, siempre de noche. La estancia del castrato en Madrid, prevista para unos meses, se prolongó por más de dos décadas.

Hoy, como entonces, la música es un alivio para las almas atribuladas. También a horas nocturnas, la reina Letizia suele acudir a conciertos de grupos indies, actividad ociosa muy jaleada por los dicharacheros cronistas cortesanos. Los mismos que niegan la anorexia y proclaman la vigorexia de la consorte real. Bueno, nada nuevo: a Felipe V le colocaron el epíteto de El Animoso. Ya hemos visto cuánto…

(CONTINUARÁ)



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3 comentarios:

  1. Por tierras valencianas (desde donde te escribo) no guardamos buen recuerdo de Felipe V. El francés quemó varias ciudades, nos dejó sin fueros y aquí en Vila-real, a paser de haber rendido la plaza, tocó a degüello y pasó a cuchillo a todos. Ni te cuento lo que hizo por Xàtiva...
    Un gran monarca, sin duda, dejando bien alto el pabellón de los Borbones...en fin, en mi pueblo hay un dicho: "de fuera vendrán que de casa te echarán" y eso hizo el amigo Felipe V.
    Eso sí, el palacio de la Granja es una maravilla. Eso no se le puede negar.

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  2. Para empezar, muchas gracias por tu comentario. Y sí, es verdad, la posguerra de Sucesión fue traumática por allá, prácticamente en estado de ocupación militar. Conozco un libro, "Felipe V y los valencianos", de Enrique Giménez López, que abunda en lo que comentas. Y sí, La Granja está muy bien, no sé si por el palacio o por los riquísimos judiones. Un saludo, Jaume.

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  3. Por cierto, me acabo de suscribir a Excentrya. ..

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