sábado, 29 de noviembre de 2014

"NO SABE USTED QUIÉN SOY YO"


No hay nada más viejo que el periódico de ayer fue una de las primeras sentencias sobre mi profesión que aprendí en la facultad. Denota la esencia del periodismo y connota una de sus perversidades: la celeridad del tráfago noticioso por un lado y, del otro, el desprecio por la memoria, magnífico antídoto contra las falsas novedades. Se diría que la memoria está bien para los ordenadores, pero no para las conciencias. Otro periodista, Ben Hecht, el primer guionista de Hollywood que consiguió un Oscar, lo plasmó en Luna nueva (Howard Hawks, 1940): un pescadero toma una hoja de un diario y envuelve un pescado. Para eso sirve el periódico de ayer...


Rosalind Russell y Cary Grant en Luna Nueva (1940) 


Viene esto a cuento del pícaro Nicolasete, que cae con toda propiedad en este blog dedicado a las aventuras de un buscavidas coruñés, de cuyas memorias no soy más que un entregado escribiente. Nicolasito -agente secretito, tal y como Anacleto fue agente secreto- ensaya una nueva aparición en la noche de Telecinco mientras escribo este artículo. Los de Vasile han encontrado su enésimo filón; son buenos en lo suyo, los condenados. Decía lo de la memoria porque la aparición de este aprendiz de embaucador ha borrado el recuerdo de otro más diestro que él. Y no han pasado más que dos años desde que fue noticia. ¿Nadie se acuerda ya de Jacinto Rosselló Solivellas? Perdón, quería decir de "Su Alteza Serenísima, el príncipe de Salina y Sismano", entroncado con la realeza por su "pertenencia" a las casas de Borbón y Borbón-Parma, amén de "Príncipe Corsini y duque (o conde, dependiendo) de Oleza".

Yo también me reiría, Jacinto / Vanity Fair
Este figura, primo postizo de Felipe VI, se tiró la friolera de veinte años estafando a las más reputadas casas de banca de Occidente: Credit Suisse, Merrill Lynch, UBP o Stanford. A los últimos les sacó 200.000 dólares al año más comisiones. Al revés que Guindos, que vino de la banca a burlar al electorado. ¿Qué les vendía Jacinto a los sagaces banqueros? Su linajuda agenda, falsa como un euro de escayola, y un arte envidiable para dejar caer nombres: Felipe de Borbón, Iñaki Urdangarín, Alicia Koplowitz, Rosario Nadal, princesa de Preslav... Les prometía a los zorros de las finanzas que llevaría hasta ellos, como gallinitas cebadas, los caudales de la aristocracia de toda Europa. Pero con discreción, eso sí, sin tanta foto ni tanto selfie como Nicolasete. Veinte años. ¿De qué me extraño? Si yo hubiera sido el lince que lo contrató, se me habría comido la lengua el gato. Que siga suelto y vaya a estafar a la competencia, ¿no? Eso, o lo suyo parecerá un accidente; no hay otra...

El siglo XVIII -el de Yago Valtrueno- es, en muchos aspectos, mellizo del nuestro. Coincidimos en las muy ajadas ideas del Progreso y la Justicia Universal y en la devoción religiosa por la Ciencia; pero también en el concepto de la vida como espectáculo, en el desarrollo del ocio, en la entrega a las modas superfluas, tomadas como fuente de riqueza, y en la exaltación del erotismo y la pornografía (otro día traeré algunos ejemplos de la descarada literatura, escrita y gráfica, de la época). En aquella edad ilustrada que sirve como paisaje a El viento de mis velas también hubo, como hoy, grandísimos embaucadores.

Uno de los más conocidos es el príncipe Grigori Potemkin (1739-91), amante de Catalina la Grande. Combatió con éxito a turcos y cosacos y conquistó la península de Crimea, salida rusa al Mediterráneo. Por allí le organizó, en 1787, un viaje triunfal a la zarina. Aquí, Potemkin se mostró como el antecesor de los productores ejecutivos de televisión, creando una ficción que su soberana, mujer de grandes apetitos, se comió enterita. Con el pretexto de la seguridad de Catalina, la comitiva pasó al galope por zonas que Potemkin juraba haber colonizado. Ella disfrutó, de lejos y aprisa, de un paisaje plagado de nuevas construcciones que no eran más que tramoya desmontable que volaba hacia la siguiente mentira. ¿Hay qué explicar quién se quedó con los fondos de aquella superburbuja inmobiliaria? Merecido se lo tenía la emperatriz, quien, para llegar al trono, embaucó a su suegra, mostrándose como una vigorosa arribista.

Un poco más al oeste, en Montenegro, apareció por entonces un individuo atractivo y elocuente que juraba ser el zar Pedro III, derrocado y asesinado por los amantes de su esposa, Sí, ella: Catalina la Grande. El pequeño país balcánico, amenazado siempre por la Sublime Puerta, no contaba con un gobierno fuerte. Tuvo que ser el descaro y el vigor del aparecido, cuyo verdadero nombre era Stefan Mali, lo que llevó a los montenegrinos a creer a ciegas su estafa, y más teniendo en cuenta que el zar fue, en vida, enfermizo e incompetente. Mali gobernó con tanto acierto en Montenegro que Rusia, recelosa, intentó derrocarlo sin éxito. El falso rey venció a los turcos y a sus aliados venecianos y sobrevivió a las intrigas gracias al terror. En 1773, su barbero lo mató mientras dormía; los turcos habían apresado a sus familiares y amenazaron con matarlos si el raspabarbas no se prestaba al magnicidio.

Carlos Genoveva de Beaumont, espía andrógino
Volviendo al mundo de los espías, en el que nuestro Nicolasito asegura sentirse como pez gato en agua turbia, no queda otra que traer aquí al Caballero D'Eon -también conocido como Madame Beaumont-, agente francés al servicio de Luis XV. Lo más notorio de su notoria vida fue que vivió como hombre casi cincuenta años y como mujer poco más de treinta, sin que aún hoy se pongan de acuerdo sus biógrafos sobre el género de tal personaje. Durante su vida, entre 1728 y 1810, se cruzaron apuestas millonarias entre los que defendían una u otra condición. Casanova juró que era hembra, mientras que los médicos que lo examinaron tras su muerte, dictaminaron su virilidad. Lo peor fue que, tras muchos servicios, la monarquía francesa dictó que era mujer, lo licenció y desterró a Londres, donde murió. Sus padres no ayudaron a solucionar el enigma: su primer nombre fue Charles y el segundo Genevieve. Carlos Genoveva de Beaumont. Su androginia le sirvió para encandilar a unas y otros en sus servicios a Francia.

Tal y como sucede hoy, las terapias alternativas tenían su público en el siglo de la Ilustración, especialmente entre la gente de buen bolsillo. Una antología de los embaucadores del XVIII tiene que incluir, aunque sea de soslayo, a Cagliostro y a Mesmer, curanderos "magnéticos", y al inmortal conde de Saint Germain, protagonista de toda una serie de leyendas urbanas de las que José María Iñigo se aprovechó en su momento, entrevistando a su enésima reencarnación (o lo que fuese) en TVE.

Ripperdá, un arribista en la Corte de España
La última muestra del catálogo de embaucadores del siglo ilustrado es española. Para ser exacto, España se convirtió en la pardilla. Fue consecuencia de la debilidad del primer Borbón de nuestra Historia, Felipe V, y del sometimiento a la voluntad de su mujer, Isabel de Farnesio. La reina tomó bajo su protección a un aventurero que llegó a primer ministro de la Monarquía Hispánica: Juan Guillermo Ripperdá (1680-1737), un hidalgo holandés. Con la vista propia de la mayoría de estos personajes, el embaucador captó la principal obsesión de la Farnesio, que no era otra que la de conseguir tronos para todos sus hijos. Con gran audacia, le prometió que su primogénito, Carlos (futuro rey de España), sería, gracias a él, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico. Los imperiales fueron, justamente, enemigos de Felipe V en la Guerra de Sucesión. Aún así, Ripperdá muñó un tratado entre Madrid y Viena que resultó favorable para su ambición, negativo para España al endeudarla con Austria y odioso para Gran Bretaña. Destituido finalmente tal y como dimiten los ministros actuales, con privilegios, pidió asilo en la embajada inglesa, pero fue detenido y encerrado en el Alcázar de Segovia. Escapó tras seducir a una sirvienta, huyó a Londres y acabó en Marruecos, donde sus intrigas lo apartaron de la vida pública. Una de las herramientas del arribismo de Ripperdá fue su inconstancia religiosa: de católico a calvinista, regresó al catolicismo y se dice que terminó musulmán. Al fin y al cabo, si Dios solo hay uno, qué importa cómo se le rece si, al rezarle, te llena la bolsa.

Jacinto Rosselló, el falso príncipe de hace solo dos años, es, como todo embaucador, un magnífico fabricante de titulares, el combustible de mi profesión. En una entrevista de entonces para Vanity Fair, reconoció que había dicho "tal sarta de mentiras que ahora nadie me cree. Y eso me duele". ¡Qué lástima! Francisco Nicolás Gómez Iglesias, el pequeño Nicolás, se gasta ese mismo victimismo. Los estafadores nunca dejan de ser, a pesar de su falta de vergüenza y escrúpulos, de su astucia y su malicia y de su edad y vivencias, críos que malamente aceptan la responsabilidad de sus actos. No es difícil de entender: como Narciso, estas personas nunca se han visto realmente. Solo llegan a vislumbrar su imagen, volteada e irreal como en un reflejo, cuando son desvelados y expuestos. Y ahí llegan al enamoramiento definitivo de sí mismos, frente al espejo de la fama. También ahí acaban escupiendo, igual que Nicolás cuando amenaza con tirar de la manta, un impotente "no sabe usted quién soy yo". Solo hay una respuesta y es terrible: "Claro que no. Y tú tampoco".


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jueves, 27 de noviembre de 2014

PIPICÁN PARA FÜHRERS CANIJOS



Autor: Pawel Kuczynski

Si te digo que esta entrada es fuera de serie, me vas a entender mal. Y si te digo que es extraordinaria, no lo mejoro. Pero es verdad. Te prometí una serie de artículos sobre el "Salvaje Oeste español" y te salgo con esto y me salgo del orden de las próximas semanas. La culpa no es mía, sino del guionista y escritor (o viceversa) Jorge Díaz, que publicó en su página de facebook una reflexión que me puso a pensar: "Internet ha servido para que los estúpidos no se sientan solos", dijo él. Te doy un momento para que lo digieras y después sigo...


Autor: Pawel Kuczynski

... ¿Ya? Ten en cuenta que Díaz es un profesional de los que hacen historia en la televisión, un tipo con kilómetros, horas de emisión y colmillo retorcido, un provocador más que competente. No juzgues a la ligera su comentario y piénsalo antes de indignarte. Aparte de eso, Jorge fue el primer escritor que me animó a continuar en mi aventura literaria hace ya más de cuatro años. También me avisó de que era un camino largo, árido, espinoso y, quizá, a ninguna parte. Se lo agradecí, pero aquí sigo. Sí, yo también soy uno de esos aspirantes a un anaquel a la altura de los ojos en la Fnac, lo que pasa es que no me gusta el victimismo y me concentro en el pico y pala (lo llevo en el apellido) hasta que la cordura me diga "¡Basta!". En días como hoy dudo de que ella no me haya abandonado y a mí me empuje la inercia, eso que los lechuguinos llaman "zona de confort".

En fin, a lo que iba. El comentario de Díaz me llevó a uno propio. Me ha dado por pensar que la Red es un inmenso pipicán (espacio arenoso para deposiciones caninas) donde soltamos a nuestros pequeños führers interiores para que orinen y caguen a gusto. En Internet le gritamos a todo el mundo lo que tiene que hacer con su vida con frases que, por culpa de lo escaso del espacio y la obsolescencia que acompaña al medio, suenan autoritarias. Es verdad, la mayoría parecen sentencias sumarias que no admiten recurso. De hecho, los ordenadores deberían tener una tecla que, al pulsarla, escribiera de corrido "¡Y punto!", para afirmar aún más nuestro juicio sobre las opiniones y los hábitos de los demás.


Autor: Pawel Kuczynski

Cualquiera -y digo "cualquiera" con todo lo que significa- se atreve a decirte en Internet qué comer, qué beber, qué ver, qué leer, cómo follar, cómo correr, cómo hacer abdominales, a quién votar, cuánto te tienen que gustar los perros, los gatos y los ornitorrincos y qué graciosos son los niños impertinentes y maleducados. Y lo hacen como los dueños de los perritos en un pipicán: mirándolos desde la barrera, estudiando sus heces y sonriendo con malicia al ver que un macho quiere montar a otro (en los perros -esto es científico-, se trata de un síntoma de estrés, no de dominio).

Permite que te hable del otro libro que tengo publicado -justamente- en la Red. Se titula "Sálvame: la telebasura como autoayuda" (SB e&books). Es, básicamente, una sátira contra los tópicos, los lugares comunes y los nuevos censores lobunos con pellejo de cordero progresista. Tengo mi ensalada de odios, como cualquiera, pero esta, la de los disfraces, es de las más agrias. En una de las páginas de tal ensayo sobre Jorge Javier Vázquez puedes leer este párrafo:

Mira, lee, oye, ama, bebe, come, fuma lo que te dé la gana, lector, y elige el canal que te parezca. Es cosa tuya. Pero luego no me vengas con que es culpa mía por haberte animado a ser responsable y, por tanto, libre de equivocarte. Las tabacaleras no te provocan el cáncer, eres tú cada vez que enciendes un cigarrillo.

Eso es lo que echo en falta en facebook, twitter y demás: responsabilidad. Tiras la piedra, escondes la mano y si alguien se molesta y te bloquea, es culpa suya por susceptible. Como en el caso de nuestros políticos: la responsabilidad es de los demás. Algo muy propio de adolescentes, tanto en La Moncloa como en la Red. Hace tres años nos avisaron de que Rajoy estaba empeñado en infantilizar a la ciudadanía y ahora nos damos cuenta de que nos gobiernan mozalbetes que no aceptan culpas. Lo de Mato es un paso atrás para coger impulso, no te engañes.

No creas que me molesta el ruido que hacen todos nuestros pequeños Duces interiores, con sus gruñidos y ladridos. En primer año de Periodismo tuve un profesor que nos obligaba a escribir noticias ficticias mientras aporreaba las mesas con un bastón, gritando y cantando sin parar para que entendiéramos que el periodista convive con el ruido pero puede, como Sting en pleno anticipo del orgasmo tántrico, abstraerse. Yo pude y se lo agradecí. Recuerdo con mucho cariño los tiempos en los que mandaba callar a un bar entero o les pedía, por favor, que hicieran ruido -según el ambiente que requiriera la crónica- mientras salía en directo por RNE, por la COPE o por Antena 3 desde un teléfono de monedas en la esquina de la barra. ¡Cuántas rondas me gané después por llevarles el espectáculo al barrio! Hablo para los que nacieron antes del 80; a los demás, los de la generación del móvil, les haré otro día un croquis.

Si me conoces personalmente de no hace mucho e intuyes que esa altanería postiza mía oculta una timidez casi enfermiza, concluirás que cuadra muy poco con tales hazañas radiofónicas (también presenté programas durante años). Siempre recuerdo lo que me dijo una vez una catedrática en una revisión de notas en su despacho: "De grandes tímidos, grandes osados". No te equivocas: será una de esas cosas de las que me arrepienta cuando sea viejo del todo. Ahora estoy completamente seguro de que no se refería a cuestiones profesionales. Y sí, estaba buena, muy buena; y sí, me habría gustado demostrarle allí mismo que tenía razón... ¡Qué se le va a hacer! Volviendo a lo que nos trae, te diré que lo que en realidad me molesta de Internet es esto otro que también cuento en "Sálvame...":

De niños nos juzgan todos los adultos: padres, familiares, maestros, profesores y un señor de Castellón que pasaba por ahí. Luego se unen al tribunal nuestros amigos y compañeros. Apenas nos hemos endurecido cuando llega el otro género y, finalmente (o eso creemos), los jefes. Cuando pensamos aliviados que el círculo se ha cerrado, se dibuja de nuevo con la parentela política y con los hijos. Agobiados por tanto juicio, queremos descansar un momento y entonces –¡Zas, en toda la boca!– aparecen los críticos de televisión. Éramos pocos y parió la mula.

Estoy seguro de que mi timidez -como la tuya- tiene mucho que ver con los juicios interminables que teníamos que soportar, muchos de ellos, sin duda, necesarios, especialmente los que te marcaban límites que muchos críos de hoy no conocen. Pero cuando tales exámenes diarios venían cargados con las taras de tus adultos la consecuencia era el apocamiento. Cuántos años de lucha para superarlo, cuánto crecimiento a pulso para que una herramienta tan poderosa como la Red se convierta en el eco del "¡Haz lo que te digo!" paterno. Eso es lo que odio de Internet y eso es lo que, desde hoy, me he propuesto no repetir en mi relación contigo. Si alguna vez te juzgo, házmelo saber. Quizá mi opinión no cambie, pero te respetaré por respetarte.

Autor: Pawel Kuczynski

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martes, 25 de noviembre de 2014

EL SALVAJE OESTE... ESPAÑOL


La Norteamérica española a finales del siglo XVIII / Wikipedia

Me estoy creciendo. Dije dos entradas atrás que, en realidad, lo que los nacionalistas catalanes quieren es que Barcelona sea la capital de España, y van el PP y el PSOE y coquetean con la idea de trasladar instituciones del Estado a Cataluña. Proponen que el Senado; yo digo que también el Consejo de Ministros, las diputaciones, TVE con Mariló Montero incluida y todas las autonómicas; así, cuando se independicen, se quedarán con la morralla y los demás empezaremos de cero.

Días después hablé de la falta que hace, para el caletre y la cartera, que haya más ficción histórica en España, aprovechando mismamente nuestra Historia; pues va Scorsese y anuncia un proyecto sobre Hernán Cortés con Benicio del Toro de cómplice. ¡Atención, que voy a anunciar el Gordo de este año! No, mejor me lo callo: tó pa'mí; ni sobre pal'Manu ni hostias...

Portada de la revista Desperta ferro: "La conquista de México" (Nº 12)
¿Por qué no hemos producido en España películas o series con aquellos conquistadores de imperios? Ya propuse un par de explicaciones en la entrada anterior de este blog: problemas de financiación, vanidad hidalga y, como consecuencia de esta, ausencia de espíritu comercial. Y, en el caso de los personajes históricos que tuvieron que ver con Iberoamérica, añado sentimiento de culpa e ignorancia. Como nos sentimos culpables, echamos un velo sobre aquellos capítulos y corremos a disculparnos.

Lo del sentimiento de culpa no solo me parece innecesario, sino también ajeno: un arma usada por nacionalismos distintos del español, si es que hay algo con este nombre -nacionalismo español- más allá de un caricaturesco torrentismo de barra, del ¡Lololo! en los campos de fútbol y del fascismo de toda la vida. Quien me diga que la derecha y el centro izquierda españoles son nacionalistas están más cegatos que yo, que lo soy magno; los corsarios que saquean su propia nación no son patriotas, son traidores, bonito término que habría que recuperar para adjetivar a tanto corrupto. Y digo que la culpa es innecesaria porque los hombres de este tiempo somos consecuencia, pero no deudores, de lo que nuestros antepasados hicieran.

Me siento tan culpable del fin del imperio azteca como de la caída de la dinastía Ming. Pedir que los españoles de hoy nos disculpemos ante los indígenas de Iberoamérica me parece tan frívolo como que el ayuntamiento de Lérida exija al gobierno italiano que lo indemnice porque Escipión derrotó y mató a Indíbil y crucificó a Mandonio. ¿Te imaginas que, con la que está cayendo en Siria, algún lunático demandara excusas del gobierno de Damasco, corte de los primeros califas, por Guadalete y los siglos de la España musulmana? Ni siquiera me interesa que el Papa de Roma pida perdón por los desmanes de los cruzados o las torturas de la Inquisición. Persecución de los pederastas con alzacuello y entrega a las autoridades civiles, amén del pago de los impuestos que a la Iglesia le corresponden y promesa eterna de no meter sus santos hocicos en los asuntos del mundo y prometo ir de rodillas hasta... Bueno, ya no tengo edad para ir de rodillas a ningún sitio, pero ahí se ganaría la Iglesia Católica mi respeto. No antes.

El caso es que por no molestar a tal o cual minoría en un sistema político que prima a las mayorías, me huelo que nos estamos volviendo intelectualmente pusilánimes. Está bien pensar lo que se va a decir y practicar la tolerancia (que no implica simpatía, sino respeto), pero la prudencia no exige que gastemos más papelillo de fumar en cogérnosla con dos deditos que en canutos. La consecuencia de esa debilidad de espíritu se traduce en un para qué nos vamos a meter en líos si por levantar una estatua de Blas de Lezo en Madrid se cogen un cabreo de tres pares en Barcelona. ¡Ay, benditos líos! ¿Qué sería la vida sin ellos?

Dragones de cuera de las llanuras del sur de Norteamérica / J.M. Bueno

Dicho esto, voy a comenzar una serie de artículos sobre los verdaderos pioneros occidentales del Oeste americano, que no fueron Lewis y Clark, David Crockett o Daniel Boone, sino Cabeza de Vaca, Oñate, Ulloa o Anza, entre muchos. No llevaban winchesters ni colts, ni viajaron en carromatos conestoga; portaban morrión, espada, arcabuz y viejos escudos copiados de los jinetes nazaríes. Montaban caballos que, huidos de escaramuzas y saqueos, poblaron en libertad las llanuras para que pieles rojas y cowboys se apropiaran no solo de las manadas, sino del símbolo del centauro americano, que no inventaron.

Granaderos del regimiento de la Luisiana
e infantes pardos de La Habana en la batalla de Pensacola
Uno de los tópicos sobre el Imperio Hispánico afirma que el XVIII fue el siglo de la decadencia. Es cierto que las posesiones europeas de los Austrias españoles se repartieron entre las potencias continentales tras la Guerra de Sucesión. Aun así, los Borbones tuvieron Italia como campo de batalla y mesa diplomática durante mucho tiempo. También es verdad que la mayor extensión imperial se dio tras la anexión de Portugal por Felipe II, pero durante la vida de Yago Valtrueno, el protagonista de El viento de mis velas, España tuvo presencia en América desde Alaska hasta las Malvinas. ¿Te sorprende? Pues tengo más...

Durante ese período -primer siglo de los Borbones españoles-, lucharon en las llanuras, en los desiertos y en los bosques de Norteamérica granaderos de uniformes blancos y birretinas de piel de oso; artilleros de casacas azules y sombreros de tres picos; voluntarios irlandeses verdirrojos; fusileros pardos y morenos, hijos y nietos de africanos; y, por si quieres más color, destacamentos de dragones de cuera con lanza y adarga y exploradores de infantería ligera catalana, que se las tuvieron con bandas apaches y avanzadillas rusas . ¿Los imaginas? ¿Los ves? Yo sí... ¡Qué cantidad de historias!

...Continuará



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lunes, 24 de noviembre de 2014

¡MAMÁ, MAMÁ, ME HAN HECHO UNA ENTREVISTA!





Ana y Sofía, las chicas de MI SALA DE LECTURA, sí que se han adelantado a El Corte Inglés (esta mención va de mi bolsillo, pero que no sirva de precedente) y a Papá Noël. Contradiciendo eso de que nunca segundas partes fueron buenas, vuelven a regalarme un espacio en su blog. Si el primero fue una ficha de autor novel, la sinopsis de El viento de mis velas y un comentario, esta vez se trata de una entrevista. La tenéis justamente en este enlace y, como ya digo bastante en ella, ahora mismo me callo:

http://www.misaladelectura.blogspot.com.es/2014/11/hoy-entrevistamos-a_22.html

¡Regracias, chicas!



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jueves, 20 de noviembre de 2014

CON LO RENTABLE QUE ES 

LA HISTORIA (con mayúsculas)...


Colón entrando en Cádiz tres siglos tarde


Hoy me voy a dar el lujo de empezar con un tópico. Un tópico es a la creatividad lo que una patada al caldero es a una dieta de adelgazamiento. Al caldero de acelgas, claro. Cuando estás harto de disciplina, te comes la primera porquería que pillas. Eso es un tópico para un escritor, creo yo.

Pues ahí va: tenemos Historia en España como para haber trabajado todos haciendo películas y series históricas en vez de inflar la burbuja inmobiliaria y las cajas B de los partidos y, a mayores, abrir enotecas (al ritmo que se abren, yo creo que no son de vino blanco, sino del blanqueado). Si hubiéramos cambiado una burbuja por otra (porque al final la codicia lo infla todo), tendríamos corruptos más guapos que los que sufrimos. ¿Te has fijado en que la mayoría de ellos son más feos que Picio y más babosos que Jabba the Hutt? No dan en cámara ni los buenos días... Te concedo que Bárcenas tenga un aire a Stewart Granger, pero hasta ahí.


¿Por qué los gringos, con poco más de doscientos años de Historia, producen y producen películas y series sobre aventuras antiguas y nosotros apenas hemos empezado? Por presupuesto, me dirás. Sin duda, por eso también. Pero yo creo que el peor obstáculo es la pompa que nos gastamos por aquí, que es pedantería en los que leemos y suficiencia mal calibrada en los que no. Me da en la nariz que los españoles, en cuanto tenemos un título y algunas lecturas, nos volvemos de un elitismo insoportable y vacuo. Como diría Yago Valtrueno, el protagonista de El viento de mis velas: "Aprendemos antes a levantar la punta de la nariz que a sonarnos los mocos".

En España, los historiadores aún están decidiendo si los que nos dedicamos a la novela histórica merecemos la horca o un balazo. En el mundo anglosajón, en cambio, abundan los historiadores que producen obras de este género y son, justamente, los que tienen más claro que lo suyo es un producto editorial. Nosotros, herederos de los hidalgos de tripas vacías, aún creemos que lo comercial es propio de villanos y de judíos. De eso se aprovecharon los luteranos, creadores de un Dios que solo reparte gracia a los ganadores.

También me dirás que no hacemos más ficción histórica porque ya no hay una nación que nos incluya a todos. Bueno, los americanos tienen a los tejanos y lo mismo filman películas de romanos -Peplum- que la defensa de El Álamo -Western-. En ambos casos, para más inri, se meten en lo nuestro: Roma invadió Hispania y el Imperio Hispánico colonizó el Sur y el Oeste de los Estados Unidos. No tenemos excusa.

Es verdad que el panorama está cambiando. Yo creo que desde Curro Jiménez no se aprovechaba tanto nuestro pasado para obtener audiencia y ganancias. Los más viejos recordaréis también a Diego de Acevedo, con un jovencísimo Paco Valladares interpretando a un oficial español en plena Guerra de la Independencia (por recordar estas cosas se me ve la edad). Saltando el abismo de los años, ahí están las recientes Águila RojaHispania o Isabel, que tendrá continuación con su nieto, Carlos I.

Francisco Valladares como Diego de Acevedo
Me parece alentador, me pongo a aplaudir como una foca cuando leo que esta o aquella productora se están planteando una serie histórica. Y me alegro con todas las consecuencias, incluidas las del escaso rigor. Colegas, tenéis que hacer un poco más de caso a los asesores históricos y no dejaros llevar por las veleidades de un realizador o de un productor ejecutivo. La carabelas de Colón, que eran, en realidad, dos carabelas y una carraca, no pueden recortarse al contraluz contra la catedral de Cádiz, que es del siglo XVIII, tal y como pasó en Isabel (ver foto de cabecera). Tampoco se nos puede ir la olla con que secuestren a Felipe IV en Águila Roja (la Película) o que el hijo del protagonista lleve unos quevedos que parecen de Tchin Tchin Afflelou. Y qué decir de los cascos de los legionarios romanos de Hispania -dando agua en la imagen-, alquilados a la producción de Gladiator -foto de la izquierda- y tan mal ubicados en la serie como en la película. Me dirás que un casco romano es un casco romano y punto. Pues no. Los Tercios de la Legión actual no llevan los morriones de los Tercios de Flandes, así como los legionarios republicanos que lucharon contra Viriato no tenían los mismos uniformes que sus colegas imperiales de tres siglos más tarde, aquellos con los que Marco Aurelio, el emperador de Gladiator, derrotó a los germanos. Los cascos históricos los tienes abajo; los de la serie y la película, si me apuras, parecen borgoñotas del XVII.



Cascos del período republicano (Angus McBride/Osprey)

Casco romano de los tiempos de Gladiator (siglo II d.C.)


En fin, que por aquí nos gastamos mucho liríli cursi y poco leréle de provecho. Y me alegra una barbaridad que seamos capaces de cambiar para ser más linces de los negocios históricos y un poco menos ratones de biblioteca. Soy de esos ingenuos que piensan que la curiosidad se puede aletargar en el ser humano, pero se muere con él y no antes. Por eso creo que popularizar nuestra Historia llevará a más españoles a querer conocerla y a entender el presente como ciudadanos adultos. Y, dicho esto, me voy a escribir la carta a los Reyes Magos...


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lunes, 17 de noviembre de 2014

GRACIAS A "MI SALA DE LECTURA"




Una de las delicias de manejar un blog propio es la de poder dar las gracias a quien te hace el favor de difundir tu trabajo. Al fin y al cabo, para eso formamos comunidades, y no solo para expresar nuestro malhumor, para sacar al pequeño führer que llevamos dentro o para compartir vídeos de gatitos.

Después de que El Escritorio del Búho y Páginatrece dedicaran un espacio a este blog y a mis obras, las chicas de MI SALA DE LECTURA se han añadido a mi "grupo de apoyo" en Internet. Ana y Sofía, las creadoras y mantenedoras de ese blog, se declaran "comprometidas con los autores noveles". Yo doy fe de su objetivo; y no creáis que es fácil: una de ellas, Ana, comparte esta tarea con las mil y una que acarrea el ser madre reciente. Como testimonio de ese empujoncito que me regalan, ahí va la ficha de autor que han abierto a mi nombre, con la correspondiente sinopsis de "El viento de mis velas" y un comentario sobre ella.


¡Muchas gracias, chicas!


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sábado, 15 de noviembre de 2014

LOS NACIONALISMOS 

NO RESPETAN EL D.E.P.



A veces creo que lo de Cataluña no se arreglará con referendos, sino entregando la capitalidad a los nacionalistas. La capitalidad de España, digo. Tengo a cualquier nacionalista por un individuo que prefiere ser cabeza de ratón que cola de león, pero empiezo a pensar que los nuevos condes catalanes lo que de verdad quieren ser es la testa de la fiera, con un tupé tan jovialmente repeinado como el de Artur Mas. Por eso regatean tanto.

Viene esto a cuento de otra estúpida polémica entre políticos. Estos tipos que sufrimos son de una idiotez de libro, lo que no quita que estén animados por una astucia homérica para enriquecerse a costa de todos, como bien comprobamos en el tozudo día a día. En Madrid, por iniciativa particular, se ha levantado una estatua al marino Blas de Lezo, que derrotó a una armada inglesa en Cartagena de Indias en 1741. Pues bien, el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, Jaume Ciurana (CiU), salta contra dicha erección con la susceptibilidad y el victimismo propio de todo manipulador (esto es psicología, no es opinión, por muy opinable que sea la psicología). Dice el buen hombre que no se puede conmemorar a quien bombardeó Barcelona en 1714. ¡Vaya!, pero sí se puede reivindicar el fantástico origen catalán de Cristóbal Colón que, al fin y al cabo, fue el pionero de un genocidio continental y de la destrucción de civilizaciones y razas por el acero, la pólvora y la viruela (siempre según el decir de quienes lo entiendan así). 

Estatua a Blas de Lezo (Cádiz)
A ver; por mucho que el nacionalismo catalán quiera vender la Guerra de Sucesión como un conflicto entre España y Cataluña, eso no pasa de quimera. Aquello fue la disputa sangrienta entre dos dinastías, Austrias contra Borbones, una más extranjera que la otra. Una guerra civil convertida en otro de los muchos conflictos europeos del siglo XVIII, tan abarrotados de contendientes y de desgracias para los de a pie como la Primera Guerra Mundial, que este año recordamos. De hecho, casi todos fueron mundiales, porque se libraron en Europa, África del Norte y América, desde Canadá hasta las Malvinas.

Creo que ninguna de mis células está infectada por manifestación alguna del virus del nacionalismo: nací en Melilla de padres gallegos (mi padre era tendero, no militar); atravesé como pude mi adolescencia en una tierra de desarraigo, el cinturón industrial y emigrante de Madrid; viví cuatro años en Caracas y largas temporadas en Bogotá, Samaná, Nueva York, Palma, Sevilla y Valencia; al final, he acabado en Coruña disfrutando un par de hermosas aventuras, ambas del corazón, pues la literatura y el amor nacen en el mismo sitio. Así que no, no creo que pueda decir, con lealtad, de dónde soy... Y para evitar polémicas inútiles: distingo las banderas tanto como un daltónico las luces de un semáforo. Vengo así de serie.

Detalle de la estatua de Lezo
Tras cinco años de investigar, escribir, intentar publicar, investigar, escribir, reintentar publicar y lo que te rondaré morena, me tomé hace poco un respiro. De Coruña a Cádiz. ¡Ole, ole y ole Cádiz y los gaditanos! Se merecen bendiciones y no ese cuarenta y seis por ciento de paro que sufren. Pues bien, allí, en La Tacita, me topé con otra estatua de Blas de Lezo, un personaje de la Historia de España al que se quiere descubrir ahora, quizá como arma nacionalista contra otros nacionalismos; es lo que tienen los nacionalistas, que se vuelven analfabetos funcionales ante un Descanse en Paz. Así pinta al marino el patriótico padre Ramón Verboso en El viento de mis velas:

"Más allí se dieron de bruces [los ingleses] con el Almirante Patapalo. Un matador tuerto, cojo y manco que le cortó las dos orejas a John Bull y le dejó el rabo para que se fuera con él entre las piernas. La Marina de Su Puta Majestad conoció a manos del comandante general Blas de Lezo, titulado Mediohombre por la gloria de sus heridas, la mayor de sus derrotas".

Las palomas no saben de honores
Algunos de mis lectores agradecieron esa mención al marino vasco, que perdió un ojo, una mano y una pierna en las guerras de su rey. Y a todos les respondí igual: "¡Ojo! Está bien recuperar retales de Historia, pero sin olvidar la pieza entera". Porque la hazaña excepcional de Blas de Lezo en Cartagena de Indias fue precisamente eso, la excepción a una regla en un siglo en el que Inglaterra se enseñoreó de los océanos. Los británicos del siglo XVI tenían un dicho con respecto a los Tercios españoles: "Españoles en la mar quiero, porque si es en tierra, que San Jorge nos proteja". Admiración por la infantería de los Austrias y desprecio por sus marinos y por los que vinieron después. ¿Que duele? Imagino que a algunos sí, pero el caso es que, mientras De Lezo derrotaba a los ingleses en la actual costa colombiana, la Pérfida Albión conquistaba Gibraltar (1704- ¿?), Menorca (1708-1802), Manila (1762-64) y La Habana (1762-63), recuperada a cambio de La Florida). Este el rollo de tela de aquella Marina española derrotada en Trafalgar y rematada en Cuba.

Los retales de Historia son magníficos para escritores y guionistas, y con ellos deberíamos construir novelas, series y películas que dieran trabajo a muchos e ideas a otro montón. No digo que, además, no levantemos estatuas, sobre todo con dinero particular. Pero lo malo de las estatuas es que, al final, acaban de cagaderos de palomas, ya sea la de Blas de Lezo o sea la de Rafael Casanova, defensor de Barcelona en 1714.


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miércoles, 12 de noviembre de 2014


SUENAN CENCERROS EN PALACIO (y 2)




     ¿No te has enamorado, aunque solo fuera por un verano, de un primo o de una prima carnales a quienes no veías más que en vacaciones? ¡Qué desazón, qué genuino pecado, qué ganas de rebozarte en lo prohibido (¡Prohibidísimo!)! ¿Acaso no besaste a su mejor amigo, a su mejor amiga, con los ojos cerrados, saboreando el beso como si se lo estuvieras dando a tu tierno pariente?

     ¿Y por qué no nos atrevimos la mayoría a dar ese paso y a perder pie en el abismo, aferrados a una rama rota del Árbol del Bien y del Mal, es decir, de la Sabiduría? Pues por la maldición que los adultos echaban, vigilantes de nuestros juegos púberes, sobre tan definitivo, por incestuoso, pecado: "Los hijos de los primos hermanos salen subnormales [sic]". Sin embargo, los óptimos de entre nosotros (tal condición se les suponía a emperadores y reyes) se aparearon entre ellos a lo largo de la Historia, desde los hermanos faraónicos a los primos borbónicos. Por eso decía yo en la primera entrega de esta entrada que lo mismo Letizia Ortiz que Kate Middleton (en la imagen), un par de plebeyas, han entrado en los tálamos de sus respectivos y regios esposos con el vigor de un par de bebidas energéticas: para dar alas a los esmirriados genes de tan endogámicas dinastías.

Catalina de Cambridge
     Esa endogamia propia de las familias reales europeas dejó sin herederos a los Austrias españoles y nos condujo a la Guerra de Sucesión y al reciente referéndum, consulta o sesión vermú de Reus en Cataluña (discúlpame, pero son los nacionalistas de allá los que no dejan de repetir que de aquellos polvos vienen estos lodos...). El cambio de dinastía en aquella España todavía imperial no modificó -más bien reforzó- el apareamiento intramuros, lo que llevó a un vademécum inacabable de enfermedades del cuerpo y, desde luego, del alma. O de la mente, como quieras. Ya te hablé de la melancolía y la satiriasis del quinto Felipe. Prefiero satiriasis (y ninfomanía) a hipersexualidad porque los dos primeros resuenan a mitología y el tercero a lejía de hospital y a comunicador pedante (son una plaga). Poesía contra cursilería.

     El primer borbón español tuvo dos sucesores. Su primogénito Luis, el único en la Historia de España, conocido como El Bien Amado, que fue coronado en 1724. La viruela lo mató antes de cumplir un año de reinado. Es de ley decir que se fue, pero se fue suave, dada su fama de putañero, fruto de la proverbial lascivia de su apellido. Lo casaron con una pariente suya, Luisa Isabel de Orleáns, que sufría lo que hoy llamamos TLP: Trastorno Límite de la Personalidad, es decir, a medio camino entre la neurosis y la psicosis. Eran de órdago las andanadas de eructos que podía lanzar, por darse el gusto, no por gases, en actos cortesanos. Es recordada por su exhibicionismo desenfrenado y por ser una alegre dipsomaníaca.

     Al morir Luis, su padre volvió a reinar -muy a su pesar- hasta su muerte. Le sucedió, en 1746, Fernando VI (en la ilustración). De él dice Yago Valtrueno, el protagonista de El viento de mis velas, que prefería "la peor de las diplomacias a la mejor de las guerras". Su prudencia quizá tuviera que ver con el trastorno bipolar heredado y con la hipocondría: era más aprensivo que el Licenciado Vidriera. En una ocasión intentó suicidarse con unas tijeras, que luego esgrimió contra quienes pretendían impedírselo. Otras veces pedía veneno a sus médicos y armas a sus guardias, siempre con la extremada intención de matarse. Caía en ciclos dolorosos de ayuno y gula desenfrenada -¿anorexia y bulimia?- acompañados de terribles estreñimientos que hacía más crueles sentándose sobre muebles que le sirvieran, por su perfil y dureza, "de tapón".
Fernando VI cuando aún sonreía

     Ya, ya, ya sé que no he mencionado nada sobre su vida sexual. Pues ahí va: padeció priapismo, otro evocador nombre traído de los mitos. Príapo era un dios menor, fértil y fálico, permanentemente empalmado; lo que en él era bendición, es tortura en los mortales, por eso el rey prudente llegó a aliviarse en su esposa durante la agonía -real, no figurada- de la pobre mujer.

     Y por fin llegamos a Carlos III, con el que daré por finalizado este repaso a los cencerros palaciegos. No por falta de interés en Carlos IV y en su hijo, Fernando VII, quien rayó en la psicopatía, sino porque el primer volumen de las aventuras de Yago Valtrueno no llega tan lejos. El rey alcalde estaba poseído por otra de las obsesiones de su linaje: la caza (de bestias, se entiende). Se dice que era el más sano de todos, pero su falta de empatía raya en lo morboso: tal era su afición cinegética, que no le pesó estar ausente en el funeral de su hijo, el infante Javier. "Bien -dijo-, ya que nada puede hacerse, debemos llevarlo con resignación". Y, con las mismas, salió a matar conejos. Ciento sesenta y siete años más tarde, María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias sufría los dolores del parto del futuro Juan Carlos I. El Conde de Barcelona había salido, y no por los nervios, sino para matar fieras en un safari. No se le puede culpar: el crío nació sietemesino. Mientras aquel Borbón, heredero sin trono, pegaba tiros en África, los españoles se mataban a tiros en la batalla de Teruel. Franco ganó y los Borbones, saltándose uno, recuperaron su endogámica, gozona y cinegética corona.


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martes, 4 de noviembre de 2014

ENSEGUIDA VUELVO...


...Por reorganización vital, me tomaré unos días de descanso, lo que implica salir discretamente del mundo digital. Da miedito, ¿verdad?





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