jueves, 31 de diciembre de 2015

Un cuento de Navidad, más o menos, de El viento de mis velas (y 2)



Hace una semana te conté un cuento. Lo escribí para mi primera novela publicada, El viento de mis velas, y quise adaptarlo para este blog. Había en él brasas de hogar, humo de pipa, fraternidad ante la fría noche de ahí fuera y espectros, como en todo cuento de Navidad que se precie. 
Hoy, día de Nochevieja, te ofrezco la segunda parte y te deseo que el tránsito al Año Nuevo te traiga regeneración y esperanza, que bien te las has ganado


Del caldero a las brasas

[Resumen de lo anterior: en una noche de temporal, al amor de una brasero y unas pipas bien cebadas, el veterano fusilero irlandés Sean Green -a quien llaman Xan-cuenta al librero don Gaspar y a su aprendiz, Yago, las peripecias increíbles de su vida en Londres, donde, como tahúr, se ganaba la vida y echaba a perder las de otros. El cuento se interrumpe cuando Green confiesa que un aciago día jugó una mano de cartas con el mismísimo diablo...]

El temporal rebotaba en las paredes de la librería y en las losas de la calle como si cayera un chaparrón de piedras. Xan suspiró profundamente, buscando bálsamo en el aire humoso. Tomó su castaña, le puso los labios en la boca y bebió un trago largo de güisqui. Luego de chasquear la lengua, siguió hablando.
–Cuando volví a la vida, pues me sentí morir, el diabólico tahúr, envuelto en una levita verde como sus ojos, se perdía en la penumbra. Le oí marcharse, pero no con el taconeo de un zapato, sino con el repique elegante de la montura de un dragón del rey. Solo una vez se volvió a mirar ¡Y ojalá no lo hubiera hecho! Sus ojos, ahora rojos como el as de diamantes, cegaron los míos, pero antes de perder la razón vi una cola de sierpe que asomaba por el faldón de su atavío antiguo. Y de nuevo creí morir. O peor aún, vivir para siempre en un cuerpo con el corazón seco.
Un relámpago que entró por las rendijas de las contras le iluminó la faz al irlandés. La centella me sacudió el espinazo de arriba a abajo y me puso a temblar. Salté a pegarme a los pies de don Gaspar, bien arrebujado en mis pieles. Xan se llevó la mano al pecho y apretó con más fuerza, como doliéndose. Luego musitó algo, quizás una plegaria, y se sirvió otro trago de güisqui.
–Jamás, mientras viví de tahúr, bebí una gota de licor, pues emborrona las figuras, hace perder las cuentas y libera la lengua del benéfico cepo de los dientes. Y ya ven ahora... Les digo esto porque, cuando goberné de nuevo mis sentidos, escapé de aquel tabuco y entré en derechura en la primera taberna abierta. Y no a buscar agua, que en Londres solo la beben quienes se han cansado de vivir, sino a olvidar los ojos, las pezuñas y el rabo de Villán, duque infernal de las legiones de tahúres que pueblan el mundo, pues no era otro el extranjero.
–¿Y las ganancias? –me alarmé yo.
–¿Qué ganancias, botarate? ¿Acaso no has entendido nada? –me soltó– La fortuna que dejé en la mesa era el precio de mi alma. Ingenuo de mí, pensé que compraría mi salvación dejándosela al garitero.
–¿Y no fue así? –se interesó mi patrón.
–¡Quia!
El guapo truhán irlandés se convirtió, desde aquella funesta madrugada, en comensal de ratas, cortejo de murciélagos y huésped en la mansión de un topo. No de otra manera se puede explicar que nadie volviera a saber de él.
–No es que desapareciera en los culos de saco o en las catacumbas de la nueva capital del mundo. No se moleste conmigo, don Gaspar, por titular así a Londres –mi patrón negó con amabilidad–, pero a España, como a un fullero al que se le adivinan las flores, se le está cayendo la casa encima. Decía que no es que me perdiera de vista, sino que nunca salía de día, resucitando cada noche como una polilla sedienta, en busca de un trago mientras pude pagármelo y de limosna e indecencias cuando no me quedó en las faltriqueras ni el aire, que se escapaba por los agujeros.
Abrumado por la culpa, redimido a destiempo, con las puertas del Paraíso cerradas, Sean Green vagó entre putas, asesinos y apestados, tirado entre rameras tísicas y putañeros a los que el mercurio no libró de las purgaciones. Si nadie lo vio, no fue porque no anduviera entre sus compinches de antes, ni entre las damas que conocían cada lunar de su cuerpo.
–Una vez me planté ante el tablajero que fue mi dueño. No me reconoció. Y cuando un tahúr compasivo quiso darme barato, el cabrón sacó un vergajo y me batió la mano con él. Luego me echaron a patadas del cubil.
El hermoso joven que fue una vez no guardaba en sí más aliento que el suspiro de un grillo, ni más encanto que el de una pella de moho. Macilento y desbaratado, cuando se dormía con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando a que la Parca cortase el hilo, bien que pasaba por la Jolly Roger, el pabellón negro con las tibias bajo la calavera.
–Si el Ángel Exterminador se hubiera dejado caer por Londres con una lista de pecadores en la que mi nombre fuera el principal, habría pasado junto a mi sombra sin verme. Y digo bien, pues yo no era más que una mancha en las paredes.
Pero aquel espantajo no se había librado de las aprensiones del tahúr que una vez fue. Cuando Sean Green jugaba, no permitía que nadie lo distrajera de un par de guiños que le dedicaba a Fortuna, la veleidosa. Uno era anudar entre sí los cordones de unos zapatones de colegial que siempre llevaba puestos. Con ese lazo tendido entre ambos pies señalaba su determinación de no levantarse de la mesa hasta arruinar a todo el que mostrara el valor o la insensatez de compartir tablaje con él.
La otra extravagancia era la de tomar un cigarro como si fuera un hisopo, mojarlo en su taza de café y bendecir la mesa con aquel líquido negro. Luego chupaba la punta mojada, se colocaba el tabaco en la oreja y juraba: «¡Hasta cien no hay quien!». Con ello prohibía fumar en su presencia hasta que él ganase los cien primeros tantos. Los rufianes que lo escoltaban obligaban a los temerarios a comerse los cigarros si tenían la osadía de encenderlos antes.
–Aunque desahuciado y en un tris de perder la razón, si no la tenía ya perdida, no me desprendí de aquellos conjuros. Una noche, sentado en el suelo y apoyado en un marmolillo, repetía insanamente los dos guiños. Había enlazado mis zapatones, abiertos por la punta como dos rapes, y me aplicaba a mojar una colilla en un charco, a bendecir a todo el que pasara por delante y a chuparla luego con fruición. Les juro a sus mercedes que me sabía a una mezcla de tabaco brasileño y de la mejor infusión arábiga; luego dicen que los locos no son felices. ¡Y más que lo seríamos si nos dejaran en paz!
»Después, al grito de "¡Hasta cien no hay quien!", me llevaba la toba a la oreja. Y volvía a la misma tema una y otra vez –Xan bebió un trago y suspiró–. Los más se reían y los menos se apiadaban de mí; el resto me escupía insultos y salivazos. Yo, barrenado hasta el colodrillo, me reía despepitadamente con cada ronda de aquella chifladura. Hasta que Fortuna, harta de burlas y desdeñosa con los perdedores que se acuerdan de ella, vino a regalarme un encuentro desgraciado.
–¿Y qué más desgracia necesitaba su merced? –se extrañó don Gaspar.
–La de encontrarme con mi antiguo patrón y con uno nuevo...
Teophilus Arbogast, ese era el nombre del garitero, estaba plantado como un beefeater de la Torre ante el espectro vivo del tahúr, escoltado por dos mamelucos grandes y peludos como bueyes escoceses. El muy cabrón había reconocido el lema y los guiños a la suerte de su antiguo patrocinado y, sin mediar palabra, comenzó a tundir al pobre irlandés con la vara que portaba, nudosa como vitis de centurión.
Cualquiera podría acusar al tabuquero de faltar a la misericordia que su nombre inspiraba, pues Teophilus quiere decir amigo de Dios, y no otra cosa. Pero ¿quién mejor que un amigo de tan alta instancia para mallar a un condenado que le vendió el alma a un duque de los Infiernos? Y, en todo caso, medir las costillas a su antiguo tahúr era una compensación banal por las muchas molestias y la sisa de beneficios que su incumplimiento de contrato le acarreó, como bien se lo hacía notar entre leñazo y leñazo.
Los parias que asistían al espectáculo de la cruel tunda creyeron que Sean Green había enloquecido del todo, pues se reía como un poseso y agradecía cada palo que le caía encima. Algunos, los más desarbolados, empezaron a corear sus carcajadas, con lo que cualquier paseante extraviado creería haberse perdido en los mismísimos corredores de la casa de salud de Bedlam. Pero sus mercedes, que conocen las tristes circunstancias de su vida, entenderán que el joven se llenara de júbilo desesperado por la llegada inminente de La Enjuta, que venía a dar reposo a sus huesos, aunque su alma no fuera a descansar nunca.
Entre la bruma de su desvarío y la sangre que lo cegaba, derramada de su frente abierta, Sean Green creyó ver como las dos torres de músculo que flanqueaban a míster Arbogast se venían abajo como las almenas de Jericó. Y se dio cuenta de que tan desaforadas eran las quejas del garitero y tan ciega su concentración en la paliza, que no vio venir el porrazo que le rompió la nuca como si fuera de caolín de Sevres.
Sean no sabía si respirar aliviado o lamentarse por la conclusión del lance, que le evitaba al fin morir. Pero no tuvo tiempo a decidirse. Salida de la penumbra del callejón, el pobre tahúr vio, tan cabalmente como yo lo veía a él, la cara del sarraceno de ojos verdes como ágatas que le había comprado el alma por una pirámide de oro.
–A veces, hay que perder para salir ganando... –juraba que le dijo, repitiendo las palabras con las que ya una vez lo sentenció.
Y Sean rodó por los escalones de un desmayo. Al despertar, una fragancia viva le recordó que una vez fue un hombre. Aquel perfume le regalaba sal y cielos abiertos, acompañado por el jolgorio de las gaviotas. Lástima que lo siguiente fuere una arcada, nacida del bamboleo del barco y del vacío de sus tripas. Pero peor aún que la náusea fue el dolor intenso que el esfuerzo le produjo, recordándole que convalecía de una zurra.
–¡Justo a tiempo, haragán! –oyó decir–. Estamos llegando a Coruña.
–¿A dónde? –preguntó con un hilo de voz.
–¿Nunca has estado en España? Pues espabila, porque vas a servir a su rey –y, al oír esto, Sean se desmayó otra vez.
Volvió en sí en un galpón de Santa Lucía, encima de unos sacos de trigo, entre voces gaélicas y una balada triste que hablaba de vagamundos con un hueco en el pecho, desterrados de su tierra siempre verde, en la que dejaron el corazón.
–¿Irlandeses? –preguntó en su lengua celta.
–Muertos de hambre y desesperados, ¿qué otra cosa podríamos ser? –le respondió uno con las mejillas hundidas.
–¿Y qué hago yo aquí? –preguntó Sean.
–¡Su Excelencia sabrá! Hasta donde llegan mis alcances, Villain, el cazador de desertores, te libró de la muerte, ahora le perteneces...
–¿Villain, dices? –y rompió a reír de un modo que espantó al resto–. Ya le pertenecía antes.
La placidez con la que tiraba de su cachimba y el sosiego al servirse otra copita de guinda indicaban que a don Gaspar le placía el cuento. ¿Qué mejor lugar y compañía con el diluvio helado que caía fuera? Yo pensaba lo mismo. El irlandés apuró su garrafa.
–Cuando mi salvador, el tal Villain, se presentó ante mí, lo negué tres veces, como Pedro al Cristo. Yo esperaba a un demonio y me encontré con un dublinés rubicundo y pelirrojo que me juró por todos los santos que las únicas palabras que salieron de su boca cuando me salvó fueron para ordenar a sus hombres que cargaran conmigo. Me encogí de hombros y callé prudente, ya saben sus mercedes la facilidad de los demonios para cambiar de forma. De todos modos, ahí me di cuenta de que había saltado de la sartén para caer en el fuego.
El pelirrojo era sargento mayor de los fusileros hibérnicos, al servicio del rey de España por católicos y porque se alimentan, desde la primera mamada, de odio al inglés. De tanto en tanto, el tal Villain –Cormac de nombre, Cosme para nosotros– recibía la comisión de alistar a paisanos suyos, de levar malentretenidos y de atrapar prófugos, alguno para la horca y el resto para las bocas de los mosquetes ingleses. Mejor la milicia que la soga: alguna que otra vez se cobra, alguna más se come y, con ello, se resucita, mientras que del patíbulo malamente se vuelve.
¿Por qué se interesó el reclutador por un miserable al que mazaban a palos en el barrizal de una calleja? De primeras no le importó; era un hombre discreto que no metía sus narices en los negocios de otros. Pero en el guirigay de palos, insultos y risas locas, adivinó un «¡San Patricio, acógeme!» y medio por completar su cupo, medio por ayudar a un paisano, se lanzó en ayuda de Sean con el ardor ya descrito.
–Al principio lamenté no haber muerto en aquel callejón de Whitechapel –se lamentó Xan–. Habría terminado de una vez
–Ya se ve que no vino a Galicia a tomar las aguas –bromeó mi patrón.
–Y usted que lo diga, don Gaspar.
Si a Villán le vendió su alma, a Cosme Villain le vendió su vida. Y no por gratitud. El reclutador se llevaba un tanto por pieza; pero no lo sacaba de la Hacienda Real, sino de la soldada del reclutado. Así que el nuevo fusilero no cobraba del contador del regimiento, sino del pelirrojo, que le descontaba un tanto. Si necesitaba reponer una pieza del uniforme por desgaste o extravío, Villain se la proporcionaba previo pago. Y si no, tal y como los tuvo míster Arbogast, el reclutador contaba con sus propios mamelucos, que, armados con baquetas y rebenques, le llevaban las cuentas al sargento y se mostraban pedagogos con los olvidadizos, haciendo ábaco de sus costillas.
Al no haberse acordado nunca más de ella, Fortuna, no menos coqueta que cualquier madama, volvió los ojos hacia el antiguo tahúr que ya no la cortejaba; y quiso devolverle sus favores por ver si el fusilero le rendía armas de nuevo. En una de sus descubiertas, Villain y los de su partida entraron en el valle del Pas en busca de unos desertores, todos hermanos y nacidos en Galway. Los prófugos planearían embarcar en Santoña con rumbo a Francia: a Burdeos si podían y, si no, a Bayona. Pero los cazadores fueron a darse de bruces con una cuadrilla de contrabandistas pasiegos, gente recia que andaba al palo cargada con sus cuévanos, henchidos con setenta libras de tabaco cada uno.
Ahí terminó la vida rapaz del pelirrojo Cosme Villain, que quiso aligerar a los matuteros de su carga y, en cambio, lo aliviaron a él de la suya, de modo que partió ligero hacia la galera de Belcebú, en la que le guardaban banco de galeote para toda la eternidad. Desde aquel día, el fusilero Sean Green empezó a cobrar su paga íntegra, eso sí, cuando llegaba, que nunca hay dicha completa. Motivos no le faltaron para jurar que, con toda su codicia, era mejor pagador el sargento que el rey.
–¿Se arrepiente usted de la vida que ha llevado? –le preguntó mi maestro, asombrado de lo mucho que trasegaba el milite.
Xan Green sonrió con melancolía en los ojos y compasión en los labios. La melancolía era por él y la compasión por don Gaspar.
–Sabe que le tengo aprecio, mi buen librero. Y que me gusta hablar con usted porque ha leído tanto que se ha empapado del buen hábito de saber escuchar. Pero no sea ingenuo: no es el miedo de mirar al abismo y de sostener la mirada fascinadora de un barón de los infiernos lo que me provoca dolor en el pecho. No me arrepiento de mis pecados, ni me mortifica el mucho placer alcanzado. Lo que me provoca dolor es la añoranza por lo que perdí.
–¿El alma? –pregunté yo sin acabar de entender.
–La ciudad, rapaz, la ciudad...
–Ahora también vive usted en una ciudad –me piqué yo.
A la vez que estallaba una centella que traía la misma luz del primer instante de la Creación, Xan atronó la librería con una carcajada que dejó en susurro el fragor que vino después.
–¿Llamas ciudad a este villorrio entre dos mares? ¿A esta lengua de tierra estrangulada, tan misteriosa como un mediodía soleado? ¿A este nuevo desfiladero abierto en el mar por algún Moisés boreal? Yo te hablo de Londres, cándido, el Palacio del Mal en el que los demonios entran aferrados al brazo de su Ángel de la Guarda, rechinándoles de miedo los colmillos.
–Los demonios no tienen ángeles de la Guarda –repuse yo.
–En Londres sí. Dios les tiene más compasión a ellos que al cockney más simple, que bien pueden sus mercedes creer que guarda más malicia en sus mollejas que el demonio más redomado.
Yo conocía muchas ciudades. Digo que conocía sus nombres, porque don Gaspar las hizo desfilar ante mí en un globo terráqueo de madera y vaqueta montado en un trípode de patas torneadas. Se veían los continentes, las islas, los océanos y las tierras ignotas. Su dueño mandó que le pintaran una banda con la leyenda Ya no hay dragones. Pero aunque yo jugase a darle vueltas y a señalar La Habana, Calcuta, San Petersburgo o Tombuctú, hasta que oí el elogio de Xan Green sobre Londres no me di cuenta de que las ciudades me llamaban con voces lejanas. Desde ese día, una desazón nueva y pertinaz, aunque latente, hizo nido en mis entresijos.
Era tarde. El fusilero miró por la boca de su damajuana, hipó y se encandiló con el brasero. Don Gaspar le ofreció de su licor.
–No, amigo, se lo agradezco, pero ya no tengo edad de infidelidades.
Y, dando así las gracias, el soldado abrazó su bombona, seca como el hueco donde estuvo su alma y vació la cachimba de espuma de mar contra el tacón. Luego se echó el capote por los hombros y eructó.
–No se olvide usted el parapluie le avisó don Gaspar.
Xan sonrió con tristeza, tomó el parasol encerado, que tenía más goteras que el Arca de Noé, y, antes de llegar a la puerta se volvió. Me miró con unos ojos que me parecieron de ágata y me señaló con un dedo largo y agudo.
–Recuerda, hijo: para ganar, a veces hay que perder primero…
Y abrió el desvencijado paraguas y dejó que la lluvia lo sepultara. Me cogió un escalofrío; tuvo que ser el frío que entró de la calle.
FIN (del cuento y del año...)

Desideratum
Me gustaría que el año que entra me diera por fin la razón, que me mostrara, con algo más de amabilidad -¡hasta con efusión!- que no me equivoqué. El que se va lo he sentido áspero, ingrato, fatigante; un año de siembra sin cosecha, sin seguridad en que la semilla prenda... Aunque sospecho que también ha sido un riguroso maestro de humildad. Menos mal que estabas ahí con tus comentarios, tu ánimo, tu sentido del humor, tu experiencia, tu cariño, tus entradas, tu apoyo. Te deseo lo mismo que quiero para mí, un 2016 venturoso o, por lo menos, aventurero. Gracias y Feliz Año Nuevo.

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jueves, 24 de diciembre de 2015

Un cuento de Navidad, más o menos, de El viento de mis velas 

(1)



Hoy no te traigo una entrada; prefiero contarte un cuento. Lo escribí para mi primera novela publicada, El viento de mis velas, y ahora lo adapto para este blog. Hay en él brasas de hogar, humo de pipa, fraternidad ante la fría noche de ahí fuera y espectros, como en todo cuento de Navidad que se precie. Hoy, día de Nochebuena, te ofrezco la primera parte y te deseo una noche colmada de serenidad, que bien te la mereces.


Palabra de irlandés

La Coruña,  año de Nuestro Señor de 176...
Cuando diluviaba, don Gaspar se quedaba a dormir en la librería. Esas noches las recuerdo como si fueran vísperas de patrón. Yo le buscaba la pipa sin que nadie me mandara y él sacaba una botella esmerilada llena de aguardiente mezclado con guindas. Después de atizar el brasero nos acomodábamos, el librero en un butacón orejero y yo en un recuncho que me hacía con pellejos de borrego. Desde allí me aseguraba de que el ajo macho del ama y los palitos de serbal siguieran de guardia en el primer escalón.
Don Gaspar, con la pipa entre los dientes y humeando como una casa caliente en Nochebuena, acercaba con cuidado una palmatoria y hojeaba algunos libros que tenía a mano, apilados a diestra y siniestra. Después escogía uno. De su boca conocí a Robinsón Crusoe y a Tristán Shandy y viajé con el doctor Lemuel Gulliver al país de los houyhnhnm, los caballos virtuosos que se gobernaban a sí mismos y que despreciaban a los yahoo, hombres indecentes y viciosos; y también aprendí algunas moralejas gracias a mesié La Fontaine y al maestro Samaniego. Años después disfruté de sus cuentos libertinos, de los de ambos. Puede que, por haber comparado fábulas y picardías de los mismos autores, se me figure la Razón ronzal; con ella se quiere atar al sátiro pánico que sus mercedes y yo guardamos dentro, sin que se pueda evitar que por algún lado se eche otra vez al monte.
Una noche de otoño llovía tanto que si un cardumen de delfines hubiese aparecido frente a la ventana no me habría espantado yo. Ya saben sus mercedes lo que se dice: Para San Eugenio, las castañas al fuego, la leña en el hogar y las ovejas a encerrar. Pues por esas alturas del año andaríamos.
Un fusilero del Regimiento de Irlanda, un escoto de pelambrera blonda con crines de jabalí rubio en las mejillas, se acomodó con nosotros. En un suspiro suyo había más licor que en la Armada entera de Su Graciosa Majestad. Juraba que su madre trasegó tanta cerveza negra para recuperarse del parto, que él nunca llegó a conocer el sabor de la leche.
Don Gaspar tenía siempre un hueco en su tienda y un aparte en sus horas para atender a cualquiera que hubiera visto su primera luz en la Verde Erín. Sentíase a gusto con esa categoría de paisanos, pues guardaba la convicción de que Galicia era la Irlanda de los Borbones tanto como Irlanda era la Galicia de los Hannover. Y es verdad, que, con los años, hemos llegado a parecernos los gallegos de allá y los irlandeses de acá, hasta el punto, creo yo, de convertirnos ambas razas fatalistas en una misma especie de impenitentes comedores de patatas, bendito fruto que de tanta mala hambre nos ha librado.
En cuanto les desvele la historia de aquel soldado blondo se darán cuenta, como me di cuenta yo, de que fue sin duda un pecador cum laude. ¿Pero quién no ha pecado alguna vez, y hasta dos, en toda su vida? Si beber, fumar o desear a la mujer de otro es pecado, entonces seremos casi todos magníficos pecadores. Y yo el alférez de todos. Eso sí, al irlandés nadie pudo echarle en cara ser un panza al trote, porque, a donde fuere, cargaba con su propia castaña de whiskey –con e, así lo decía él– y su petaquilla de picadura, sin que se le viera jamás beber o fumar de gorra.
He de confesarles, por cierto, que años más tarde llegó a complacerme esa destilación norteña que él bebía, pero yo a ella no. Con el primer vaso, el güisqui se portaba conmigo como una madre, porque me regañaba; en la segunda ronda era una amante rendida que me calentaba y embriagaba; pero, a la de tres, se volvía un carcelero crudelísimo que dejaba abiertas las mazmorras más oscuras de mi alma, aquellas en las que viven las bestias a las que no queremos mirar. Con el tercer vaso de güisqui yo pasaba, sin ocaso, del día a la más oscura noche.
La pipa del fusilero Sean Green –Xan para nosotros–no era de arcilla, como la de mi maestro, sino de espuma de mar. Tenía pinta de ser muy vieja, porque el tiempo, el humo y el calor la habían bronceado, echando una pátina sobre el blanco de su estreno. La boquilla recordaba a una página del Corán, llena de muescas ilegibles escritas no con un cálamo, sino con los dientes. Pero lo que más me gustaba de ella era la cazoleta, a la que se abrazaban y enroscaban nereidas desnudas talladas con una mixtura de primor y deseo.
Mano a mano, pipa a pipa, el librero y el soldado se envolvieron aquella noche de temporal en una niebla mágica y aromática, mitad abrigo y mitad sésamo etéreo, cambiante con cada chupada. Yo sentía colmada aquella bruma con todos los personajes escalofriantes que poblaban los libros de mi maestro, prestos a sobresaltarme apareciendo por ensalmo ante mí.
Xan apuraba cada vaso de whiskey y don Gaspar, moroso, sorbía licor de guindas de una copita que había sobrevivido a sus mellizas. Yo picaba de una ración de guindas rezumantes de aguardiente, saboreándolas una por una; les sacaba todo el jugo y las masticaba hasta la semilla. Cuando quise darme cuenta, estaba ya medio peneque.
Los dos hombres dormitaban, aunque no dejaban de dar pacíficas chupadas. El único ruido era el de los güitos que yo hacía crujir y la única luz la del ojo encarnado del brasero, afincado en el suelo entre los tres. El resto de la estancia era oscuridad, humo y aromas. De súbito, estalló un trueno como el que avisó a Noé de que tenía que embarcar. De vaina no se me sale el corazón por la boca.
Ahí rompió a susurrar el fusilero, poniéndome firmes todos los pelos del cuerpo y de la misma lengua si los hubiere tenido allí. Les juro que prefiero una noche de truenos y centellas en el corazón de un cementerio que el hilo de voz espectral de aquel invitado. Parecía poseído, pero no por el espíritu del whiskey, sino por todos los espectros que el ama Gumersinda veía en la escalera tapiada. Así empezó a contar su historia. Debía de ser cierta, porque lo juró por la salud de sus bastardos.
–Si digo que fui un tahúr contumaz, me quedo corto. Le doy mi palabra, mi buen don Gaspar, y a ti también, malandrín –y el irlandés me señaló sin abrir los ojos–, de que los naipes, recién salidos de fábrica, soñaban con la caricia de mis yemas pecadoras. Si han oído que un servidor de ustedes le alzó la falda y le bajó las enaguas a la mismísima reina de corazones, no lo tomen por jactancia. Y, menos aún, si les cuentan que a ella le gustó.
Según tuvo a bien ilustrarnos, Xan se manejaba con pareja destreza en todos los juegos de manos, lo mismo naipe francés que baraja española o dados napolitanos.
–Hijo de Villán y ahijado de Juan Tarafe, pues –acotó el librero, acordándose de los patrones infernales de todo tahúr que se precie de serlo.
–De haber tenido un gemelo, habría organizado timbas en el vientre de mi señora madre –se ufanaba el muy vicioso, aunque luego se persignase.
Antes de cumplir los diecisiete ya había multiplicado la exigua renta que su padre –misionero anglicano en furibundos páramos católicos– le dejó al irse al otro barrio. El joven Xan ganó mucho real, es cierto, pero también una recua de enemigos que principiaron su acoso tachándolo de jardinero, o lo que es lo mismo, de experto en flores, que es el nombre que se da a las trampas floridas. Como de tonto no tenía ni las intenciones, tomó en consideración prevenir los acasos que su finura con los naipes le pudieran traer. Y cambió de aires: los salutíferos de la campiña irlandesa por los pestíferos de Londres.
Una vez en la capital de la perfidia, se convirtió en el príncipe de los tahúres de Covent Garden, acompañado –era guapo y afortunado– por un cortejo de rameras que no lo tuvo igual Nabucodonosor. También le sobraban los entretenidos que vivían del barato; por una propina le evitaban dejar las partidas sirviéndole tacillas de café y trayéndole emparedados de pernil, empanadas de riñones y, cuando le urgía, la bacinilla. De milagro no le sacudían el basto cuando terminaba de orinar.
Un garitero cockney, advertido en un plis de la habilidad del mozo, le dio puesto y crédito con la condición de que se metiera sólo en lances de sangría lenta, convenientes para tener a los jugadores atados a la mesa y a su voluntad.
–No había partida de piquet, que ustedes llaman "de cientos", que yo no gobernase con guante de seda y manos de hierro, que casi todas las ganaba. Y digo "casi" porque perdía con astucia para tentar a primos y desesperados y para no asustar al resto, ardid al que le dicen acá "lamer al palomo".
Nada obstaba para que jugase con la misma soltura e idéntico resultado a los lances de estocada rápida, que para que se hagan una idea son la equivalencia de la pinta en la del punto o el reparólo.
–De unas y otras artes, dada mi maña, me convertí en pedagogo para lindos noblecitos, que me pagaban en contante o con infinidad de regalos, incluyendo las gamuzas velludas o los gazapos lampiños de hermosas primas suyas, de esas que viven y reciben en meras enaguas.
En fin, que Xan Green era un consumado lector de lo que en toda biblioteca de mandrachos se conoce como libros impresos con licencia de Su Católica Majestad. Porque así es como titulan los tahúres a las barajas y naipes, que, igual que los tabacos, se elaboran en reales fábricas y cuyas rentas pertenecen también al rey. Tienen tantas cosas los príncipes soberanos en la cabeza y un imperio tan vasto que gobernar que a veces se les olvida que viven también de los vicios de sus amados hijos. Y entonces firman algún bando prohibiendo tales o cuales juegos o cerrando alguna que otra biblioteca de cartoncillos que no tardan en dejar abrir con otro lema. Quedan entonces de mil amores con la Iglesia, guiñan el ojo a la germanía y aquí paz y después gloria.
–En cada naipe que sujetaba o en los dados que tiraba no veía figura o punto, sino cornucopias ubérrimas que volcaban sus cosechas en los bolsos de mi casaca, llevando a la ruina y al Támesis a los desahuciados.
Por aquellos cuernos de la abundancia caían guineas y florines, garañones y fincas, carruajes y lacayos, esposas e hijas, cuerpos y almas. Salvo la parte que su mecenas tomaba con rigurosa puntualidad y sin perdonar un penique, el resto pasaba por sus manos como la arena de un reloj. Propiedades y dinero volvían a la mesa, eslabones de una cadena de la que no se adivinaba el último. Y las mujeres cuya honestidad arrojaban padres y esposos a los tapetes, como a esclavas en los mercados de Argel, cedían –y algunas muy a gusto– a las caricias del invencible tahúr, saliendo de su alcoba tan ajadas como los naipes de Barrabás.
–Como ya daba mi alma por desahuciada, aliñaba cada mano con versiones impías de los salmos o con algún fragmento de los sermones de mi señor padre, que Dios tenga en Su gloria, y que yo retorcía aviesamente.
Al recordar aquello, el veterano fusilero abrió los ojos, dejó de chupar y se santiguó; yo miré de reojo la escalera, invisible en la negrura de la librería. Un escalón crujió y me cubrí con el pellejo. Xan retomó su historia. Una madrugada, cerca ya del alba, en la que los triunfos huían de él por primera vez desde que puso el pie en Londres, se le dio por burlarse del Cielo en una medida que el mismísimo Judas habría tenido por impía.
–Aquella noche aciaga escupí sobre el Padrenuestro. Quizá tuvieran que ver en ello los tres seises que junté en una mano.
El tahúr se alzó de su cátedra para rogarle al oscuro Villán que reuniera en sus dedos una jugada maestra y definitiva. Mirando con ojos febriles las sombras de la leonera en la que jugaba –más que con las cartas, con su alma– y señalando el suelo con los índices y los meñiques extendidos, recitó su plegaria negra.
–Padre Villán, que bebéis azufre, santificados sean vuestros lances; tráigame vuestra garra una buena mano y hágase un hueco en las chirlatas del Infierno para el pan vuestro de cada día: las almas de los suicidas que habré de enviaros. Dejadme, pues, caer en la tentación y, mi Señor, no me libréis del mal. Atended mi ruego por los siglos de los siglos. Amén, Luzbel...
Nadie se rió tras oír la nefanda oración. Solo un jugador, en el que ninguno había reparado hasta entonces, sonrió con la tristeza infinita de quien no puede morir. O eso le pareció al blasfemo tahúr, al que la sangre le huyó del rostro. ¿Cómo es que no se acordaba de aquel levantino de piel parda y ojos de ágata que fumaba un cigarro negro sentado a su misma mesa? ¿En qué momento de la noche había reunido tantas monedas, relojes de cadena, dijes, camafeos con retratos de doncellas, títulos y pagarés que era imposible verle las manos tras aquella muralla de oro?
El extraño, sin dejar de sonreír, empujó al centro del paño toda su fortuna, tan rutilante en aquel tugurio como el brasero en la oscuridad de la librería. Ante él quedaban sus cartas, boca abajo. Con una uña larga y afilada como garra de lechuza empezó a rascar, uno a uno, el envés de cada naipe, arrancándoles lamentos que parecían venir de los pasillos más oscuros del Infierno, como si en vez de arañar papel, raspase las almas de los condenados.
El joven Sean Green enflaquecía con cada aliento, sofocado como si Londres ardiera de nuevo por sus cuatro costados, de Pudding Lane a Smithfield. El guapo tahúr, que también tenía sus cartas del revés, les dio entonces la vuelta. Y creyó morir, arrastrado a las calderas eternas por la legión de afligidos a los que envió a beberse el Támesis o a morder el cañón de una pistola.
–Los naipes cambiaban de forma ante mí como elfos burlones, sin que yo me atreviese a ponerles una mano encima. Sentía los ojos resecos, y no por las muchas horas jugando o por el humo del tabaco, sino porque estaban a punto de salírseme de la órbitas. Cuando las figuras de los cartoncillos dejaron de rodar, llenándome de culpa y pavor, había en ellas más reyes que en los nichos de Westminster.
»Salté como si la baraja fuese nido de viruelas, derribando silla y azafate, botando por tierra tazas y cafetera. Miré al levantino y él, sin dar la vuelta a sus naipes, los arrojó al centro de la pirámide de riquezas. «A veces, hay que perder una mano para ganar un alma», sentenció. Me lancé a buscar sus cartones para saber qué jugada le había hecho retirarse, pero no pude alcanzarlos, despeñados entre las riquezas que sobre el tapete se acumulaban. El vértigo del que mira el abismo me sobrecogió. Y el abismo abrió la boca.
Yo miré, aprensivo, la mancha de la escalera. Xan cerró los ojos y se encogió, partido en dos por la punzada que le sobrevino en el lugar donde ustedes y yo tenemos el corazón.
Continuará en Nochevieja...


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sábado, 19 de diciembre de 2015

GUIRIS CON PUÑETAS 

Navidades sí; españolas no


http://www.paisdepandereta.net/Aa Studio


Soy consciente de que a veces cargo un poco la mano en los titulares, ¿pero qué quieres? Somos tantos blogueros asomando la cabecita entre la malla de la Red, que de algún modo habrá que hacerse notar. El título de hoy -que ya verás que no es exagerado- viene por las muchas quejas que oigo y leo sobre la invasión de tradiciones extranjeras en las Pascuas españolas.

A los que se quejan no les falta razón: entre Halloween y Santa Claus, con el Black Friday por en medio, solo nos falta disfrazarnos de indios y puritanos y celebrar Acción de Gracias. Yo ya estoy preparando los petardos para el 4 de julio, por si las moscas. No sé decirte si tiene que ver con la globalización o con la idiotización, pero así está el paisaje. Y el paisanaje. Para mí, lo peor no es que adoptemos costumbres que nada -o eso creemos- tienen que ver con nosotros; al fin y al cabo, las costumbres, los idiomas y las fronteras cambian con el tiempo. Lo peor, y lo único que se mantiene, es la codicia de quienes te venden lo que sea a costa de tu alma, como si fueran mefistófeles del Hades consumista.

Pues ojo a lo que te traigo. Aquí suelo hablar, en general, del siglo XVIII español y de lo mucho que se me parece al nuestro, aún balbuciente. Desde hace dos meses, y a mayores, te cuento las opiniones sobre España de unos cuantos guiris ilustrados, con sus puñetas, su camisita y su canesú. Hoy lo junto todo para presentarte una entrada de GUIRIS CON PUÑETAS que no tiene como protagonista a un viajero dieciochesco, sino a un país y a sus navidades presuntamente tradicionales. En realidad, no quiero engañarte, se trata de una revisión, corrección y actualización de una vieja entrada que me trae un inesperado sentimiento de añoranza al confirmar que el tiempo pasa por la escritura igual que pasa por la piel. Así que nada, a renovarse; y tú prepárate...

Fue en aquellos tiempos de las luces -las del intelecto, no las navideñas- cuando llegaron a España -sí, he dicho "llegaron"- tradiciones pascuales que, si preguntas por ahí, te dirán que ya las celebraban los reyes godos. Pues de eso nada, y te lo voy a demostrar. Vamos por orden. O sea, empecemos por el Gordo...


Carlos III comiendo ante su corte, Luis Paret y Alcázar.
Museo del Prado.

Carlos III llegó a España en 1759 para hacerse cargo del trono de un imperio; venía de ser rey de Nápoles. Por mucho que lo disfracemos de bondadoso ilustrado y de magnífico alcalde de Madrid, el hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio tuvo como rasgos fundamentales de su política la fuerza y la absoluta conciencia de ser el dueño de todo. Eso significaba presencia internacional -diplomática y bélica- a costa de sangrar a España y América. Ya sé que no es lo que primero que te cuentan por ahí, pero por eso hay bibliotecas y librerías.

Tres años después, en 1762, la vida se le tiñó a Carlos de Borbón del color del sobaco de un cuervo. Los ingleses conquistaron La Habana y Manila y se asentaron en Belice; Madrid tuvo que romper hostilidades en el Atlántico Sur con británicos y portugueses, con las Malvinas de por medio, claro. Un año antes, por culpa de pactos familiares con los Borbones franceses, España se había metido de cabeza en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Aunque siempre hemos llamado "mundiales" a las dos grandes guerras del siglo XX, las del XVIII no lo fueron menos, pues los soldados de las monarquías europeas lucharon en Europa, en las dos Américas y en Asia, como puedes ver en el mapa; en verde tienes a Francia y sus aliados y en azul a los ingleses con los suyos. ¿Las causas de aquel conflicto? El dominio de Silesia y la supremacía colonial en América del Norte y la India.


Gabagool - Trabajo propio.
Disponible bajo la licencia CC BY 3.0 vía Wikimedia Commons

Por si fuera poco, 1763 fue un año de hambruna en la Península al malograrse la cosecha de trigo. Hoy, sobre todo si estamos a dieta, podemos prescindir del pan, pero entonces era indispensable como base alimenticia. Con semejante panorama, al ministro de Hacienda, el impopular (va con el cargo) Marqués de Esquilache, se le ocurrió un modo de hacer sangría sin usar sanguijuelas fiscales: ¡la Lotería!



En realidad, Carlos III y Esquilache la importaron de Nápoles. Era casi gemela de la hoy llamada "Primitiva", de ahí el nombre de la actual. El primer sorteo se celebró el 10 de diciembre de 1763; se recaudaron 187.500 reales, de los que tres cuartas partes se fueron en premios (141.000, real arriba, real abajo) y el resto a la Hacienda del Rey (que no era la de todos). La Lotería moderna nació en 1811, también como aporte de fondos bélicos a la guerra contra Bonaparte. El 18 de diciembre de 1812, en Cádiz, se celebró el primer sorteo decembrino. El primer Gordo cayó en el 03604. Ochenta años después, el 23 de diciembre de 1892, se celebró el primer sorteo de Navidad instituido como tal. En fin, que el "tradicional" Gordo lo es por los macarrones napolitanos, no por la tortilla de patatas y el jamón.

Repuesto de la desilusión de que el invento de la lotería no venga de un ¡Eureka! de don Pelayo en Covadonga, me apresto a montar el belén. "¿Me vas a decir que tampoco es español?". Pues sí, te lo voy a decir. El belén también es espaguettino, lo mires como lo mires.


Belén napolitano del Museo Nacional de Artes Decorativas.

Detalle del belén napolitano de la Casa de Medinaceli

Se dice que el primer belén lo armó san Francisco de Asís en la Nochebuena de 1223, en la Toscana. Aquel nacimiento netamente religioso llegó a España con los franciscanos. Pero fue Carlos III -dos de dos- el que nos trajo el pesebre que hoy conocemos: cortesano, lujoso y pleno de arte, heredero de los presepi esplendorosos del Reino de las Dos Sicilias. Aquellos belenes se convirtieron en un juego de nobles, un divertimento mundano y elegante para la aristocracia y la burguesía rampante, que yo recuerdo haber repetido, sin tanto lujo, en mi niñez. Cuando revivo a mi madre y al niño que fui armando el belén dos días antes de Nochebuena, aún con los ecos de los cantores de San Ildefonso en los oídos, se me eriza el vello de los brazos. "¿Has dicho dos días antes?"... Sí, claro, cuando llegaba la Navidad; es que era un belén casero, no de centro comercial, que los ponen en manga corta... "¡Qué exótico, qué aventureros, qué locos, casi en la víspera!".



Llegados a este punto -sin salir de pobres y con ganas de montar un belén-, nos disponemos a cenar. Igual tú cenas besugo encamado en patatas jugosas; o una gallina de verdad escoltada con lombarda y castañas; o bacalao con coliflor y ajada... O yo estoy flipando mucho porque me he creído que hemos salido de la crisis. En todo caso, en el reino fantástico de la Navidad el pavo es el rey de la mesa. En las nochebuenas del siglo XVIII español ya se comía pavo, especialmente en Cataluña, donde gustaban mucho de la volatería, como atestigua este viajero español, ejemplo de burócrata ilustrado:
"Hay también algunas comidas de cajón, que no se dejan por más que valga menos la faltriquera [...] por Navidad, el pavo con los turrones y barquillos para postres, con su malvasía para mojarlos" (Diarios de los viajes hechos en Cataluña, Francisco de Zamora, 1790)
¿Y de dónde vino el pavo? "¡De Nápoles y lo trajo Carlos III!"... ¡Eeeeeeeerror!: de Méjico y lo trajo Hernán Cortés en el primer tercio del siglo XVI. Los aztecas lo llamaban guajolote y los jesuitas lo introdujeron en Europa. ¿Satisfecho? Pues vamos a por las uvas... "¡¿Tampoco las uvas?!" ¡Taaaaampoco! Empiezo a disfrutarlo; me siento como el amigo que te contó que no existen... Bueno, ya me entiendes, esos tres señores que le hacen la competencia al otro más gordo con barba blanca... ¿Algún niño en la sala?

La "tradición" de las doce uvas no es del XVIII, nace en el siglo XIX, pero total, ya puestos a desbaratarte los esquemas, tiro pa'lante. A las uvas de Nochevieja las parieron los fashion victims de la época y, a mayores, unos agricultores agobiados. De entrada, fueron los pijos decimonónicos madrileños los que importaron la moda francesa de tomar champán con uvas la última noche del año.

Pequeña fiesta, Adolfo Lozano Sidro.
Museo de Bellas Artes de Córdoba.

Pero en 1903, viticultores levantinos agobiados por el excedente de uva popularizaron definitivamente esa costumbre exquisita. Y ya ves, hoy habrá quien piense que el Cid se las ponía en la boquita a doña Jimena mientras su escudero daba las campanadas en el escudo.

Miedo me da, por si te da algo a ti, mencionar el turun, dulce de miel y frutos secos del que habla un médico musulmán del siglo XI en su tratado De medicinis et cibis semplicibus. Por no traer a colación el mazapán persa, o árabe, que ahí no se ponen de acuerdo los gastrónomos.

Y por fin... "¿Pero aún hay más?: ¡Atila, que eres un Atila de la Navidad! Por donde pisas ya no crece el acebo". Oye, ¿qué quieres que te diga?, culpa mía no es. Te iba a contar que, por fin, llegamos al roscón. Y aquí nos vamos a ir aún más lejos, hasta la Saturnalia romana, la fiesta del solsticio de invierno -nuestra Navidad-, cuando amos y esclavos intercambiaban sus papeles. Era una especie de carnaval en el que se comían tortas de harina y miel rellenas con higos y dátiles y que tenían sorpresa: un haba seca dentro. Quien la encontraba era coronado como Rey del Haba.

El rey del haba
David Teniers El Joven
La costumbre renació en la Francia medieval y de allí la trajo Felipe V siglos más tarde. En la corte francesa el haba quedó como minucia y burla, siendo el regalo una codiciada moneda de oro. En España, el roscón se acompañaba, y se acompaña, con chocolate, que, mira por donde, también vino de Centroamérica, donde los aztecas lo tomaban sin azúcar, pero con harina de maíz y ají.

Por cierto, son los antiguos latinos los creadores del aguinaldo. Un rey mítico de los sabinos, Tito Tacio, tenía la costumbre de regalar ramilletes de verbena, hierba portadora de felicidad, al comenzar el año. Ese humilde hábito se transformó en una ceremonia de pleitesía en la que los plutócratas romanos recibían presentes del resto de ciudadanos, obligando a los pobres a gastar lo que no tenían.

Tito Tacio en El rapto de las
sabinas
, de Jacques-Louis David.
Tal costumbre se mantuvo a lo largo de los siglos hasta que en Francia quisieron prohibirla durante la Revolución. Imposible. Los sirvientes de toda condición pusieron el grito en el cielo, pues se habían acostumbrado a recibir un aguinaldo al llegar la Navidad.


En resumen: el Gordo, los belenes y el aguinaldo, italianos; el pavo y el chocolate, mexicanos; y las uvas y el roscón, franceses. Y a ti te preocupa Santa Claus... ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?, ¿de jota? Pues resulta que la jota tampoco... ¡vale, vale!, lo dejo ahí. No, no lo dejo, porque la pandereta, a la que tanto nos gusta asociar a nuestro país, es casi seguro que naciera en Oriente Medio cuando Matusalén perdió su primer diente de leche. En fin, que nuestras más sentidas tradiciones pascuales son guiris, ¡menuda puñeta!

Bueno, no te lo tomes a la tremenda. Conocer el origen de una tradición que creías propia te puede ayudar a ser más tolerante con esas otras que hoy aborreces. Es Navidad, permite que la mansedumbre, la flema, la paciencia bienvenida y la paz te inunden. ¿Qué más te da? Escoge, haz tuyas las tradiciones que te hagan feliz y deja a los demás con las suyas. Es tiempo de recogerse al abrigo de los fuegos interiores, no de los de una chimenea, sino de esos otros que levantan las brasas de tu memoria y tu corazón. Ten una Feliz y Mansa Navidad. Te lo deseo...



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