sábado, 28 de febrero de 2015

CITA EXPRÉS

Alexander Pope





"El café, que al político hace sabio 
cuando lo gusta con sediento labio, 
y que lo mira todo en sus antojos 
teniendo medio abiertos los ojos"


Inauguro este sábado que remata febrero una serie de entradas más cortas y concentradas de lo que tengo por norma y que siempre te regalarán una cita, más o menos célebre, sobre el café. De ahí Cita exprés.

La primera es de un poeta y traductor con mala leche, de esos que en los tratados de literatura llaman "satíricos". Hablo de
 Alexander Pope (1668-1744), camarada de otro con tan mala baba -o más- que él: Jonathan Swift. Me parto la caja del pecho cuando oigo calificar Los viajes de Gulliver de obra infantil (lo dirán quienes hablan de oídas, claro); a los lectores curiosos les recomiendo una obrita del vitriólico irlandés, Una humilde propuesta (1729), en la que toma partido por la antropofagia, aconsejando a los padres que se coman a sus pobres hijos sin futuro (¿te suena?):

"Para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país y para que se conviertan en algo de provecho para el pueblo"
Ambos -Pope y Swift- crearon el Scriblerus Club (El club de los plumíferos), cuyo fin era hostigar a los eruditos a la violeta. Machacar a los cursis, pantalleros y profesionales del postureo, vaya. Por estos andurriales del sentido común y la decencia estamos necesitando un club así como el comer.

Pope, arriba en la imagen -no te confundas, no es el profesor Quirinus Quirrell, de Harry Potter y la piedra filosofal- cobró fama como exitoso traductor de las obras de Homero al inglés, lo que le permitió ufanarse de ser el primer poeta británico que vivió de sus derechos literarios (¡Toma ya! Y sin Amazon ni mandangas).


Prof. Quirinus Quirrell
"No debo a príncipe ni hombre alguno", exclamó una vez, dejando bien claro que su independencia económica le permitía despellejar a quien se le metiera entre ceja y ceja.

La frasecita -propiamente unos versos- que traigo hoy aparece en su obra más conocida: el poema burlón El rizo robado (1712), que parodia algunos tópicos de los mitos clásicos y de la literatura épica. No es raro que Pope mencione el café en su obra: cuando la escribió, había tres mil coffee-houses en Londres. Aquellos establecimientos -de no muy buena nota-
 eran hervideros de políticos burgueses, conspiradores, literatos y críticos literarios. Lo mejor de cada casa, como quien dice.

Lo que no queda claro en esta cita es si Pope atribuye los aciertos de los gobernantes al café o quiere subrayar que, si no fuera por la excitante poción, no sabrían ni dónde tienen la mano derecha, salvo para meterla en la bolsa común o para jugar al Candy Crush Saga mientras sus colegas tratan de las cosas de todos.

-Doña Celia, maja, ¿le hace un cafetito?
-¡Hombre, claro! Pero er mío descafeinao, que mestreso...
-Vale, pero paga usted, que el bar del Congreso es más barato.
-¡Pero que grasia tiene! Ahora cuéntame uno de Chiquito.

www.lamarea.com








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martes, 24 de febrero de 2015

UN WHATSAPP CON MUCHOS AIRES



Joven con abanico, de Ramón Carazo. ¡Cuidadín!


"Con el ala aleve del leve abanico" debe de ser la aliteración más famosa de la lengua castellana, fruto de la inspiración del poeta de los dos nombres, Rubén Darío. Fíjate bien que no dice leve, que es como a veces se recita, sino aleve: alevosa, traidora, pérfida. Y con toda razón, ¿leve un abanico? Sí, sí, como el trabuco de Luis Candelas.

Nada de leve tenía, allá por el XVIII, el abaniqueo felón de una petimetra endomingada, el abaneo insidioso de una mundana con más vueltas que la manga de una casaca, el pérfido mariposeo con aires de yonofuí de una casadera escoltada por su señora madre. Era, más bien, cuestión de mucha gravedad, sino mortal de necesidad. Los abanicos sí que mataron hombres, y no los cañonazos ni las bayonetas de las interminables guerras del Siglo de la Luces. ¡Cuántos corazones acabaron escabechados, vueltos gigote, por culpa del aleteo traidor de una coqueta! ¡Cuántos galanes mordieron el cañón de una pistola o terminaron sus días ensartados en el acero de un rival, como si fueran pollitos tomateros!

¿Y me preguntas por qué? Pues porque -y yo te respondo- casi tres siglos antes de que los whatsapp aumentaran la prevalencia de la artritis digital (de dedos, no de dígitos) entre la población contemporánea, ya tenían nuestros tatarabuelos modos de intercambiar mensajes discretos (o no) a través del éter.

Permíteme una pizca de historia antes de introducirte en el esotérico idioma de las varillas ilustradas. Como la pólvora y el arroz tres delicias -otro par de inventos diabólicos-, dicen que el abanico plegable nació en China en el siglo VII.

Pío XII dándose aires con un flabelo
No es que los egipcios, por ejemplo, no se hubieran dado aires mucho antes, pero lo hicieron con los aparatosos flabelos de plumas de avestruz tan estimados en las ceremonias vaticanas y en los peplum y musicales filogays. No, no seas víbora, que no son la misma cosa aunque a veces lo parezcan.


Ya te decía el otro día que la Edad Moderna fue de lo más novedosa para la flamante Europa, renacida de las brumas medievales. Una de esas novedades exóticas fue el abanico chinés. Los navegantes y mercaderes portugueses lo trajeron a finales del siglo XV y la moda prendió, justamente, como la pólvora.


Detalle de El quitasol, Francisco de Goya.
Un artesano francés, Eugene Prost, bajo el amparo del conde de Floridablanca (1728-1808) -Secretario de Estado con Carlos III y Carlos IV-, abrió fábrica y tienda en la madrileña calle de Hortaleza en la segunda mitad del XVIII. Él puso a los abanicos españoles a competir con los de sus paisanos gabachos y con los italianos. Tal fue el éxito que, a finales de siglo, se creó la Real Fábrica de Abanicos en Valencia, donde ya había tradición abaniquera.

Establecidos los antecedentes históricos, te explicaré, también con brevedad, cuáles son las partes básicas de un abanico. Las varillas no tienen más ciencia, salvo que las extremas -más gruesas porque protegen a las demás- se llaman guardas o caberas. La banda de tejido ilustrado que las une es el país y su borde externo es el ribete. Hay más, pero nos llega.

Flabelo holandés del siglo XVII
 
Veamos ahora cuántos wasaps se pueden mandar con la tarifa plana -pagas una vez y te das aire hasta que se rompa- de un abanico. Llegados aquí, citaré a Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas; al fin y al cabo, sabe de qué habla porque es un hombre de la época:
"Qué suplicio si la bella se cubre el hombro derecho con el abanico. Te odio, grita muda. Bendito sea el odio si la alternativa fuere la indiferencia, señalada por un abanico cerrado que, en la distancia, apunta al suelo. En cambio, dichoso aquel que, anhelante, observa como la baraja cerrada al competidor se alza hasta reposar en el blando cojín del pecho deseado, trocado el aleteo del abanico por el de las pestañas de la bella venerada. ¡Siempre contigo!, declara esa seña. En su antípoda, un tiro en la sien debe seguir a un bostezo a medias oculto tras el frágil parapeto"
Yago nos ofrece una muestra escasa del arte de hacerse entender con la baraja de hueso. Yo tampoco tengo espacio, ni quiero ser el dueño de tu tiempo, como para relacionar todos los mensajes que una dama podía mandar hace tres siglos con unas varillas y un país decorado. Te mostraré solo algunos; primero, con el abanico cerrado :

-Dejar caer el abanico: Q m qmo! Pnme mrando a Cuenca!
-Gesto de amenaza disimulada apuntando al galán: D q vas, bocas?
-Cubrirse el oído izquierdo: Q t calles, fntsma!
-Cerrar lentamente el abanico: M hace
-Cerrarlo muy rápido: Q no!
-Rozar el ojo derecho con el abanico cerrado: A q hora?

El colmo del gesto anterior es que, ante las dudas del galán, sea la dama la que decida. Había que ser muy gavilán para adivinar cuántas varillas abría ella, pues su número marcaba la hora de la cita, el momento en que podía despistar a las carabinas.


Abanico francés del siglo XVIII
No te cuento, claro, todo lo que se podía cotorrear con un abanico abierto, que era como un libro ídem:

-Alzarlo con la mano derecha: M pones los cuerns, cbrn?
-Esconder, pudorosa, la mirada tras el país: M molas
-Abanicarse con muchos aires: sinónimo del primer movimiento con el abanico cerrado.
-Abanicarse con indolencia: Tngo maromo
-Sujetar el abanico con las dos manos: Q part d NO no entndes?
-Salir al balcón con el abanico abierto: Al loro, q voy!

Puedes consultar en internet muchos sitios que completen esta breve iniciación en el aéreo lenguaje del abanico. Te recomiendo uno de ellos, protocolo.org; ahí encontrarás, de paso, otros artículos llamativos.

Déjame por fin decirte que si yo ahora tuviera un abanico en las manos, lo abriría y miraría con falso interés los dibujos de su país. Y si tú conocieras tan rebuscado idioma, sonreirías cómplice, pues entenderías que te estoy diciendo que me gustas mucho. Así que, sabiéndolo, hazme el favor de ir a contarle a todo el mundo cuánto te ha gustado este artículo y si merece o no la pena que la gente siga este blog, ¡ea! O, si no, bostezaré detrás de las varillas la próxima vez que te vea.







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viernes, 20 de febrero de 2015

STARBUCKS NO INVENTÓ LOS CAFÉS





Y eso que va a cumplir cuarenta y cuatro años. La superfranquicia superguachi de supercofis se inauguró en la primavera de 1971 en... ¿Manhattan? ¡Eeeeeeeerror! Starbucks es paisana del doctor Fraiser y del grunge: los tres nacieron en Seattle.

Después de esta pincelada -no sé si brochazo-, déjame llevarte a la época que perfuma este blog, allá en el corazón del Antiguo Régimen. Si vas a pensar en El perfume de Süskind, olvida las primeras páginas y aspira el aroma de las siguientes. Bueno, eso tampoco; por muy bien que olieran las esencias de Grenouille, no dejaban de ser zumo de persona (¡Ups! ¿Spoiler?). El caso es que el siglo XVIII -como los dos anteriores- fue un festival de sabores y olores exóticos para los europeos. A veces imagino que soy el primer conquistador que mordió un tomate maya o que sorbió una pizca de chocolate caliente azteca; lo último que se me olvidará de un viaje a Estambul será la enajenación que me produjo el Bazar de las Especias. Soy un hombre a una nariz pegado, ¿qué le voy a hacer?

Si tuviera en mi poder la máquina temporal de H.G. Wells, me gustaría cronorizar (que es como aterrizar, pero en el tiempo) en una noche estival de 1669 en los jardines de la residencia parisina de Solimán Agá, embajador de la Sublime Puerta ante Luis XIV (1638-1715). Para un occidental de la época, sus fiestas serían como las de Las mil y una noches si tal obra se hubiera traducido por entonces a un idioma cristiano (aún faltaba un tercio de siglo para su edición francesa, la primera). Solimán Agá tenía por costumbre ofrecer a la crema y nata de la Corte del Rey Sol bandejas con tacitas de porcelana china colmadas de café turco bien azucarado; era servido por ninfas y efebos semidesnudos, gemelos de Hebe y Ganímedes, los coperos olímpicos. Imagino que el diplomático prohibiría a sus invitados bañarse en perfume; y que tampoco encendería pebeteros de incienso para recibirlos. Nada debía enmascarar el efluvio de la aromática poción.

El Rey Sol según Rigaud.
Aunque en la Francia del XVII ya se conocían los granos del cafeto a través de los comerciantes de Marsella -ciudad en la que se abrió la primera taberna gala en la que se podía beber café-, se tiene como fecha oficial de su introducción en el reino la del uno de noviembre de 1669, día en el que Luis XIV recibió a Solimán Agá. No tardó mucho el Borbón en establecer un monopolio sobre la materia prima arábiga. Solo tres años después, un armenio llamado Pascal abrió un tenderete en París para dispensar ébano líquido, pero fracasó. Habría que esperar a 1686 para que un confitero siciliano, Francesco Procopio dei Coltelli -padre de los helados-, abriera la que es tenida como primera cafetería moderna: Le Procope, el café más antiguo de la antigua Lutecia. Si vas a París, lo encontrarás en la misma calle de Saint-Germain-des-Prés, que hoy se llama de la Comedia Francesa. Ahora es mucho más lujoso y más lleno de luz que cuando nació; por entonces no pasaba de covacha oscura y sospechosa en la que caballeros y villanos podían tomar café y sorbetes y fumar pipas y cigarros, amén de jugar y conspirar. También se dejaban caer por allí los actores y autores de la Comedia Francesa, establecida en la misma calle desde 1689. Todos eran atendidos por camareros en traje nacional armenio. Bonito gazpacho; no le faltaba ni la punta de comino.

Le Procope, en la rue de l'Ancienne-Comédie.
Con toda lógica, habrás deducido que su nombre es el de su propietario. Pues sí, eso es lo que Le Procope denota. La connotación, en cambio, es café de otro costal. Once siglos antes de que tan añejo establecimiento abriera sus puertas, vivió en Bizancio un tocayo del ilustrado barman siciliano: Procopio de Cesarea (500-560), un historiador que fue contemporáneo del emperador Justiniano. Su obra más celebre es Historia secreta, también conocida como Anécdota.

Deja que te avance que, de vivir hoy, aquel Procopio sería como un Jaime Peñafiel con peor leche; igual que Obélix, se habría caído de niño en una marmita, pero de vitriolo. Lejos de disolverse en ella -vitriolo es sinónimo de ácido sulfúrico-, se lo tragó para escupirlo de mayor. El bizantino era una especie de cortesano bipolar: tan pronto se arrastraba para besar las huellas del basileo como se le partía la lengua por la mitad y escupía tanta ponzoña que habría envenenado él solo a una cohorte de guardias imperiales.

La basilisa Teodora en un mosaico
de San Vital de Rávena.
En uno de estos arrebatos reptilianos, Procopio arrancó a escribir una crónica sobre el lado oscuro de Justiniano y -con mucho encono- de su mujer, la basilisa Teodora. Si crees que la pornografía es cosa del siglo XX, se te va a quedar la misma cara que el día que te contaron lo del Ratoncito Pérez.

Teodora, una especie de Princesa del pueblo, trepó desde la arena del Hipódromo hasta el trono del Palacio Sagrado gracias a su fama como acróbata circense. Es verdad que hizo escala en la alcoba del basileo, que no la vio allí más vestida que en el circo, donde se contorsionaba desnuda. Así hablaba Procopio de Cesarea de su soberana:
"En materia de placer nunca fue derrotada. A menudo iba a merendar al campo con diez hombres o más, en la flor de su fuerza y virilidad, y retozaba con todos ellos durante toda la noche (...) Y aunque abría de par en par tres puertas a los embajadores de Cupido, se lamentaba de que la Naturaleza no hubiese abierto un orificio semejante en el canal de su pecho, para así recibir a un cuarto amante"
No te extrañe que, por soltar semejantes lindezas, a aquel pornógrafo pionero le abriesen -y no a Teodora- otro orificio en el centro de su rencoroso pecho; con un puñal, eso sí. Pero no; recuerda que hablamos de Constantinopla, quintaesencia de la intriga, la doblez, la simulación, el espionaje y la diplomacia. Procopio no fue ajusticiado por su Historia secreta, ni siquiera se prohibió el libro: no se puede prohibir lo que, oficialmente, nunca ha existido. Ajusticiar a Procopio habría regalado magnitud al libelo. Tanto se silenció la dichosa obra, que no se editó por primera vez hasta 1623, tras haberse encontrado una copia del original en la Biblioteca Vaticana (ríete tú de El código da Vinci).

Así pues, cuando abrió, Coltelli conocía de sobra la escandalosa semblanza imperial. Teniendo en cuenta la ajetreada vida sexual de Luis XIV y que el café del siciliano pronto se convirtió en un contubernio de libelistas alérgicos a la tiranía, ningún nombre le cuadraba mejor que Le Procope.

De izquierda a derecha, el filósofo Condorcet, el crítico La Harpe,
el cafeinómano Voltaire y el enciclopedista Diderot en Le Procope.

Allí apuraba Voltaire una parte de sus cincuenta o setenta cafés diarios; cuando murió, una mesa de la cafetería sirvió de altar votivo. Entre el humo de las pipas y de las sartenes que tostaban el café, concibió Diderot la Enciclopedia. Y amparados en su penumbra, tres Padres Fundadores de los Estados Unidos tomaron notas para redactar su constitución: Benjamin Franklin, John Paul Jones y Thomas Jefferson.

El gorro frigio, símbolo de la Revolución Francesa, se exhibió por primera vez en Le Procope. Fue lugar de reunión del Club de los Cordeleros, también conocido como Sociedad de Amigos de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, revolucionarios radicales cuyos nombres más sonoros son los de Danton y Marat. Se dice que el 10 de agosto de 1792 partió de allí el asalto a las Tullerías. Y no paso al siglo XIX porque, si no, esto sería La historia interminable.

¿Cómo dices? ¿Que se te han quitado las ganas de ir a tomar un café a Starbucks? No me extraña; por mucho que Starbuck sea el nombre del primer oficial del capitán Ahab y de una guerrera de Battlestar Galactica, en comparación, ¡qué sosería!







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martes, 17 de febrero de 2015

MI AGÜITA MARRONCITA



Desayuno en Ferney, dibujo de Voltaire tomado del natural por V.D. Denon.


"Y creo que he bebido más de cuarenta cervezas hoy", calculaba Pablo Carbonell al frente de Los Toreros Muertos. Y continuaba: "Sale de mí un agüita amarilla cálida y tibia". Y remataba: "Y la empiezo a mear, y me echo a reír, y me pongo a pensar ¿dónde irá, dónde irá, dónde irá, dónde irá?". Dos siglos antes, otro que pensaba -y mucho- pudo confesar algo parecido: "Y creo que he tomado más de cuarenta cafés hoy y me pongo a pensar, a pensar, a pensar y a pensar". Te hablo del señor de Ferney, François Marie Arouet, alias Voltaire (1694-1778).

Un personaje de El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café), el padre Verboso, abate glotón, gozón, reaccionario y chocolatero, se atreve a criticar así al sofista, impenitente azote de todas las religiones:
"Dejadme que os diga que Voltaire sorbía en una sola jornada cuarenta tazas, inspiración demoníaca de tantas líneas hediondas plagadas de razonamientos sulfurosos"
Para ser exactos, no eran cuarenta: sus biógrafos estiman que trasegaba, a diario, de cincuenta a setenta cafés. Como lo oyes. Si el ilustrado señor de Ferney durmiera, pongamos por caso, cinco o seis horas al día, viviría dieciocho en agitada vigilia. Es decir, que se metería pal'cuerpo, en sus días pletóricos, un café cada cuarto de hora. Y sin que le temblase la pluma, oiga, que era un señor de letra bonita y muchos amigos en el gimnasio. Esto último no te lo tomes en serio, aunque es verdad que mantuvo una amistad cercana con Federico el Grande, al que sus enemigos tachaban de sodomita. El déspota ilustrado protegió al filósofo en su corte de Berlín durante un trienio.


Voltaire en la corte prusiana.

Tampoco en los salones de El Salomón del Norte le faltó a mesié Arouet la infusión arábiga, pues se cuenta que el káiser era otro cafetómano de agárrate y no te menees: no solo despenalizó el consumo de café en Prusia -contra la opinión de los cerveceros-, sino que, según su propio testimonio, "solamente" tomaba entre siete u ocho tazas por la mañana y una cafetera por la tarde. Eso sí, infundido (perdón, pero infusionado me parece cursi y más largo) en champán, no en agua. A ese mecenazgo, ejemplo del despotismo ilustrado, alude otro personaje de mi novela picaresca, una bellísima y malévola exiliada polaca:
-La filosofía consuela -repuso don Gaspar.
-¿La de quién, mi buen amigo? ¿Os referís a la de Voltaire, filósofo de cámara de Federico, obsesionado con ser el verdugo de Polonia, al que algunos llaman Grande y yo tacho de sodomita? ¿Sabéis que el mismo Voltaire llama Salomón boreal al déspota prusiano? ¿Y Estrella del Norte a Catalina, la tirana rusa? ¿Y que esa ninfomaníaca cruel, que se pone en pompa ante los sementales de sus caballerizas, quiso proteger a Diderot y ser mecenas de los enciclopedistas?
Cada uno cuenta la feria tal y como le va en ella, claro. En todo caso, no te puede extrañar que el muy cafetero Voltaire dejara esta frase para la posteridad:
"Claro que el café es un veneno lento: hace cuarenta años que lo tomo"
Y, sin embargo, vivió ochenta y tres y produjo alrededor de medio centenar de obras, así que calcula el daño que la cafeína le hizo. Es más, el padre de todos los gastrónomos que hoy son portada de los suplementos dominicales, Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826), atribuía a la adicción de Voltaire "la claridad admirable que se observa en sus obras". Paul Valéry lo elevó aún más: "Es el hombre de ingenio por excelencia; el más agudo de los humanos, el más vivo, el más despierto. Todos los demás, a su lado, parecen dormir o soñar despiertos".

Debes tener en cuenta que, por entonces, el café se molía y se tostaba a mano y no tenía el grado de concentración de un expreso de hoy en día. Los primeros molinillos son del siglo XVIII y se consideraban artículos de lujo; en La Enciclopedia de Diderot (1751-1772) tienen ya su entrada: "molino de embudo".

Molinillo de muela del siglo XVIII,
en madera de olivo.
Aquella bebida era, propiamente, una infusión, que, naturalmente, e
l prolífico Voltaire menciona en varias de sus obras. Así, por ejemplo, en el capítulo XXX de Cándido:
"Dicho esto, convidó a los extranjeros a entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les presentaron muchas especies de sorbetes que ellos mismos elaboraban: de kaymak, guarnecidos de cáscaras de cidra confitadas, de naranjas, limones, limas, piñas, pistachos y café de Moca, que no estaba mezclado con los malos cafés de Batavia y las islas de América; y luego, las dos hijas del buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, Pangloss y Martín"
Kaymak es el nombre de una especie de nata montada de origen oriental y la cidra es la toronja o limón francés.

El desenfreno de Voltaire con el café no debe confundirnos. Esa generosidad consigo mismo no la tenía, según las malas lenguas, con el resto del género humano. Se dice que el señor de Ferney era un tacaño de los de Dickens, más agarrao que la Virgen del Puño. Cuentan que el sofista colmaba sus copas -sí, también empinaba el codo- con un magnífico borgoña, mientras servía a sus invitados un tinto de regimiento. Es más, juran que mandó azotar a unos arrieros porque le reventaron un tonel de vino.

Permíteme una pizca de psicoanálisis en pantuflas. Por algún lado he leído que su sarcasmo y cierto desprecio cotidiano por sus congéneres, corregido en sus obras universales -espejo de liberalismo-, se debió a la coraza con la que se protegió tras quedarse huérfano de madre a los siete años. Si las adicciones son un modo de compensar abismos emocionales, no resultaría tan extraña su cafetomanía. Tampoco olvides que fue, al fin y a la postre, un aristócrata, más cercano en su discurso a la élite económica de hoy en día que a la masa de expoliados. En todo caso, Voltaire orinaba como tú y yo, y dada la cantidad de tazas de café que tomaba, su agüita sería, sin duda, marroncita.







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domingo, 15 de febrero de 2015

A ESCAPE LIBRE



Lo que se dice cortar por lo sano...


Confieso ante mis hermanas y hermanos blogueros que soy culpable de faltar al primer mandamiento de nuestra Orden: publicar, publicar y publicar como si no hubiera un mañana. Lo digo porque mi penúltima entrada tiene fecha del 20 de enero (de este año, eso sí).

-¡¿Veintiséis días sin publicar?!
-Ha sumado bien Su Blogueridad, Sumo Pontífice Bitacórico: ¡Veintiséis días sin publicar! Uno detrás del otro y sin propósito de enmienda.
-¡¡¡Sacrilegio!!!
-Y sacrebleau si quiere usted quedar más fino.

¡¡¡Hereje, idólatra, infiel, ornitorrinco, bebe-sin-sed, bachibozuk, cercopiteco, macrocéfalo, filoxera, caníbal y demás lindezas del repertorio del capitán Archibaldo Haddock!!! ¡¡¡Que me aspen, que me asen, que me liofilicen y me pasteuricen!!! Me lo tendré merecido porque no solo no me arrepiento ni me muestro contrito, sino que afirmo aquí, ante los semblantes ojipláticos, como búhas de parto, de tan distinguido senado, que ha sido a posta. Sí señores, adrede, queriendo, a sabiendas, ex profeso, con premeditación y, a mayores, con nocturnidad (me decidí un domingo por la noche).

Me explico, aunque no me defiendo, ni me justifico, ni bajo la chola un ápice. ¡No señor! Tengo la mejor de las razones para haber tomado tan heterodoxa decisión: la salud de mi mente y de mi alma, que está por encima de cualquier otra consideración.

No hacía falta que este año fuese electoral para que yo me tomase la inalienable libertad de abandonar, así sea temporalmente, algunos lugares virtuales. El primero de ellos, Facebook. Lo que viene ahora no me hará más simpático, pero me gustaría resultar un tipo fiable tras afirmar que el libro de caras que inventaron Zuckerberg y sus compinches va camino de convertirse en una escupidera de putiferio del Salvaje Oeste. Ya escribí algo sobre ello en una entrada anterior y hoy abundo. Entre las muchas neurosis que padece esta civilización (estadio posterior al de cultura y anterior al de caída) está la de una continua, pero hipócrita, demanda de silencio y calma. No es verdad, no sabríamos que hacer con la paz como no sabemos qué hacer con un pleno de la quiniela o con el Gordo de Navidad, salvo gastarlos sin medida ni tabla de Excel, claro.

Llamadme loco, pero creo que el sitio de las amistades postizas es ahora un remedo de la consulta de un sacamuelas freudiano. Ahí se vomitan frustración, rabia, inferioridades e interioridades, incluida la privacidad sagrada de un montón de criaturas que han dado tanto permiso a sus padres para que los inmortalicen en la Red como para que los bauticen. Algo he de agradecerle a Facebook: me ha devuelto el concepto y el sentido del pudor. Y me ha recordado cuánto odiaba el estrépito narcisista de los escapes libres de aquellos secadores de pelo hiperrevolucionados y setenteros que sus dueños tomaban por motos: Derbis, Bultacos, Cobras y demás. Esa es hoy la banda sonora de la Red.

He acabado hasta los perendengues de soportar tanto ruido. Miento, no es verdad. Terminé hastiado de participar en ello sin que mi razón ni las mejores de mis emociones tuvieran que ver con lo que mis dedos soltaban. Abrí mi cuenta como quien va a una fiesta que promete ser divertida; ahora siento que se convirtió -no sé cuándo- en el desbarre postrero de una horda de juerguistas hasta las meninges de drogaína. Forofos que te insultan en nombre de clubes de fútbol dirigidos por gángsters; militantes sin carné que se cagan en tus muelas cuando entienden que no vas a votar lo mismo que ellos; visionarios que pretenden sentar cátedra en media docena de líneas, ¡y sin que nadie les contradiga!; censores lobunos con piel de cordero; maleducados y groseros sin necesidad de más detalle; egos mordidos por la susceptibilidad hasta niveles patológicos; arrasadores del idioma con patente de corso otorgada por sí mismos y spam, spam y spam. Todos con su derecho a ser cómo buenamente quieran o, más tristemente, puedan. Pero no se lo digas, no seas loco. Aun así, yo estaba entre ellos, pero me di el alto y me lo dije. Y ahí mismo suspendí temporalmente mi cuenta feisbuquera y empezó mi redención.

Es injusto generalizar, claro que sí, pero no tengo espacio ni tiempo para hablar de todas y cada una de las personas virtuales que he conocido, por eso dibujo un paisaje, no un paisanaje. También he encontrado friquis entrañables, almas cuya única ansia es compartir, samaritanos cibernéticos y personas a las que me gustaría conocer sin la máscara de su avatar, claro que sí. Pero, muchas veces, el ruido los sepultaba: nos sepultaba.

Es conocida la frase de guión de uno de los personajes interpretados por Clint Eastwood:
"Las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene una" 
Pero me gusta más una de sus respuestas en una entrevista concedida a El País hace unos años:
"Hay mucha gente emitiendo, pero muy poca recibiendo"
Por eso, porque ya hay mucha gente emitiendo, me he tomado unas semanas de silencio sabático y he suspendido mi amistad en Facebook. La cuenta de Twitter sigue siendo para mi una mera herramienta y este blog un recoleto quiosco de jardín antiguo y sombreado.

A pesar de ese mutismo, esta bitácora ha seguido creciendo en visitas y seguidores y mis contactos tuiteros ya pasan del millar. Y para guinda de este pastel de silencio, N. Thelma García, desde El Escritorio del Búho, ha reconfirmado mi premio Liebster y me ha regalado otro galardón: un Parabatais. ¡Gracias! También me premiaron Mercedes Gil, la abuela cuentacuentos, y, desde Bogotá, Ratch Kendel. ¡Más gracias! Yo tendría, a cambio, que responder un cuestionario, pero ya lo hice. También debo premiar a otros blogs: lo haré, quedo empeñado en ello y, desde luego, en volver a publicar regularmente. Besos y abrazos, para repartir a discreción.







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