domingo, 15 de febrero de 2015

A ESCAPE LIBRE



Lo que se dice cortar por lo sano...


Confieso ante mis hermanas y hermanos blogueros que soy culpable de faltar al primer mandamiento de nuestra Orden: publicar, publicar y publicar como si no hubiera un mañana. Lo digo porque mi penúltima entrada tiene fecha del 20 de enero (de este año, eso sí).

-¡¿Veintiséis días sin publicar?!
-Ha sumado bien Su Blogueridad, Sumo Pontífice Bitacórico: ¡Veintiséis días sin publicar! Uno detrás del otro y sin propósito de enmienda.
-¡¡¡Sacrilegio!!!
-Y sacrebleau si quiere usted quedar más fino.

¡¡¡Hereje, idólatra, infiel, ornitorrinco, bebe-sin-sed, bachibozuk, cercopiteco, macrocéfalo, filoxera, caníbal y demás lindezas del repertorio del capitán Archibaldo Haddock!!! ¡¡¡Que me aspen, que me asen, que me liofilicen y me pasteuricen!!! Me lo tendré merecido porque no solo no me arrepiento ni me muestro contrito, sino que afirmo aquí, ante los semblantes ojipláticos, como búhas de parto, de tan distinguido senado, que ha sido a posta. Sí señores, adrede, queriendo, a sabiendas, ex profeso, con premeditación y, a mayores, con nocturnidad (me decidí un domingo por la noche).

Me explico, aunque no me defiendo, ni me justifico, ni bajo la chola un ápice. ¡No señor! Tengo la mejor de las razones para haber tomado tan heterodoxa decisión: la salud de mi mente y de mi alma, que está por encima de cualquier otra consideración.

No hacía falta que este año fuese electoral para que yo me tomase la inalienable libertad de abandonar, así sea temporalmente, algunos lugares virtuales. El primero de ellos, Facebook. Lo que viene ahora no me hará más simpático, pero me gustaría resultar un tipo fiable tras afirmar que el libro de caras que inventaron Zuckerberg y sus compinches va camino de convertirse en una escupidera de putiferio del Salvaje Oeste. Ya escribí algo sobre ello en una entrada anterior y hoy abundo. Entre las muchas neurosis que padece esta civilización (estadio posterior al de cultura y anterior al de caída) está la de una continua, pero hipócrita, demanda de silencio y calma. No es verdad, no sabríamos que hacer con la paz como no sabemos qué hacer con un pleno de la quiniela o con el Gordo de Navidad, salvo gastarlos sin medida ni tabla de Excel, claro.

Llamadme loco, pero creo que el sitio de las amistades postizas es ahora un remedo de la consulta de un sacamuelas freudiano. Ahí se vomitan frustración, rabia, inferioridades e interioridades, incluida la privacidad sagrada de un montón de criaturas que han dado tanto permiso a sus padres para que los inmortalicen en la Red como para que los bauticen. Algo he de agradecerle a Facebook: me ha devuelto el concepto y el sentido del pudor. Y me ha recordado cuánto odiaba el estrépito narcisista de los escapes libres de aquellos secadores de pelo hiperrevolucionados y setenteros que sus dueños tomaban por motos: Derbis, Bultacos, Cobras y demás. Esa es hoy la banda sonora de la Red.

He acabado hasta los perendengues de soportar tanto ruido. Miento, no es verdad. Terminé hastiado de participar en ello sin que mi razón ni las mejores de mis emociones tuvieran que ver con lo que mis dedos soltaban. Abrí mi cuenta como quien va a una fiesta que promete ser divertida; ahora siento que se convirtió -no sé cuándo- en el desbarre postrero de una horda de juerguistas hasta las meninges de drogaína. Forofos que te insultan en nombre de clubes de fútbol dirigidos por gángsters; militantes sin carné que se cagan en tus muelas cuando entienden que no vas a votar lo mismo que ellos; visionarios que pretenden sentar cátedra en media docena de líneas, ¡y sin que nadie les contradiga!; censores lobunos con piel de cordero; maleducados y groseros sin necesidad de más detalle; egos mordidos por la susceptibilidad hasta niveles patológicos; arrasadores del idioma con patente de corso otorgada por sí mismos y spam, spam y spam. Todos con su derecho a ser cómo buenamente quieran o, más tristemente, puedan. Pero no se lo digas, no seas loco. Aun así, yo estaba entre ellos, pero me di el alto y me lo dije. Y ahí mismo suspendí temporalmente mi cuenta feisbuquera y empezó mi redención.

Es injusto generalizar, claro que sí, pero no tengo espacio ni tiempo para hablar de todas y cada una de las personas virtuales que he conocido, por eso dibujo un paisaje, no un paisanaje. También he encontrado friquis entrañables, almas cuya única ansia es compartir, samaritanos cibernéticos y personas a las que me gustaría conocer sin la máscara de su avatar, claro que sí. Pero, muchas veces, el ruido los sepultaba: nos sepultaba.

Es conocida la frase de guión de uno de los personajes interpretados por Clint Eastwood:
"Las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene una" 
Pero me gusta más una de sus respuestas en una entrevista concedida a El País hace unos años:
"Hay mucha gente emitiendo, pero muy poca recibiendo"
Por eso, porque ya hay mucha gente emitiendo, me he tomado unas semanas de silencio sabático y he suspendido mi amistad en Facebook. La cuenta de Twitter sigue siendo para mi una mera herramienta y este blog un recoleto quiosco de jardín antiguo y sombreado.

A pesar de ese mutismo, esta bitácora ha seguido creciendo en visitas y seguidores y mis contactos tuiteros ya pasan del millar. Y para guinda de este pastel de silencio, N. Thelma García, desde El Escritorio del Búho, ha reconfirmado mi premio Liebster y me ha regalado otro galardón: un Parabatais. ¡Gracias! También me premiaron Mercedes Gil, la abuela cuentacuentos, y, desde Bogotá, Ratch Kendel. ¡Más gracias! Yo tendría, a cambio, que responder un cuestionario, pero ya lo hice. También debo premiar a otros blogs: lo haré, quedo empeñado en ello y, desde luego, en volver a publicar regularmente. Besos y abrazos, para repartir a discreción.







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