martes, 17 de febrero de 2015

MI AGÜITA MARRONCITA



Desayuno en Ferney, dibujo de Voltaire tomado del natural por V.D. Denon.


"Y creo que he bebido más de cuarenta cervezas hoy", calculaba Pablo Carbonell al frente de Los Toreros Muertos. Y continuaba: "Sale de mí un agüita amarilla cálida y tibia". Y remataba: "Y la empiezo a mear, y me echo a reír, y me pongo a pensar ¿dónde irá, dónde irá, dónde irá, dónde irá?". Dos siglos antes, otro que pensaba -y mucho- pudo confesar algo parecido: "Y creo que he tomado más de cuarenta cafés hoy y me pongo a pensar, a pensar, a pensar y a pensar". Te hablo del señor de Ferney, François Marie Arouet, alias Voltaire (1694-1778).

Un personaje de El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café), el padre Verboso, abate glotón, gozón, reaccionario y chocolatero, se atreve a criticar así al sofista, impenitente azote de todas las religiones:
"Dejadme que os diga que Voltaire sorbía en una sola jornada cuarenta tazas, inspiración demoníaca de tantas líneas hediondas plagadas de razonamientos sulfurosos"
Para ser exactos, no eran cuarenta: sus biógrafos estiman que trasegaba, a diario, de cincuenta a setenta cafés. Como lo oyes. Si el ilustrado señor de Ferney durmiera, pongamos por caso, cinco o seis horas al día, viviría dieciocho en agitada vigilia. Es decir, que se metería pal'cuerpo, en sus días pletóricos, un café cada cuarto de hora. Y sin que le temblase la pluma, oiga, que era un señor de letra bonita y muchos amigos en el gimnasio. Esto último no te lo tomes en serio, aunque es verdad que mantuvo una amistad cercana con Federico el Grande, al que sus enemigos tachaban de sodomita. El déspota ilustrado protegió al filósofo en su corte de Berlín durante un trienio.


Voltaire en la corte prusiana.

Tampoco en los salones de El Salomón del Norte le faltó a mesié Arouet la infusión arábiga, pues se cuenta que el káiser era otro cafetómano de agárrate y no te menees: no solo despenalizó el consumo de café en Prusia -contra la opinión de los cerveceros-, sino que, según su propio testimonio, "solamente" tomaba entre siete u ocho tazas por la mañana y una cafetera por la tarde. Eso sí, infundido (perdón, pero infusionado me parece cursi y más largo) en champán, no en agua. A ese mecenazgo, ejemplo del despotismo ilustrado, alude otro personaje de mi novela picaresca, una bellísima y malévola exiliada polaca:
-La filosofía consuela -repuso don Gaspar.
-¿La de quién, mi buen amigo? ¿Os referís a la de Voltaire, filósofo de cámara de Federico, obsesionado con ser el verdugo de Polonia, al que algunos llaman Grande y yo tacho de sodomita? ¿Sabéis que el mismo Voltaire llama Salomón boreal al déspota prusiano? ¿Y Estrella del Norte a Catalina, la tirana rusa? ¿Y que esa ninfomaníaca cruel, que se pone en pompa ante los sementales de sus caballerizas, quiso proteger a Diderot y ser mecenas de los enciclopedistas?
Cada uno cuenta la feria tal y como le va en ella, claro. En todo caso, no te puede extrañar que el muy cafetero Voltaire dejara esta frase para la posteridad:
"Claro que el café es un veneno lento: hace cuarenta años que lo tomo"
Y, sin embargo, vivió ochenta y tres y produjo alrededor de medio centenar de obras, así que calcula el daño que la cafeína le hizo. Es más, el padre de todos los gastrónomos que hoy son portada de los suplementos dominicales, Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826), atribuía a la adicción de Voltaire "la claridad admirable que se observa en sus obras". Paul Valéry lo elevó aún más: "Es el hombre de ingenio por excelencia; el más agudo de los humanos, el más vivo, el más despierto. Todos los demás, a su lado, parecen dormir o soñar despiertos".

Debes tener en cuenta que, por entonces, el café se molía y se tostaba a mano y no tenía el grado de concentración de un expreso de hoy en día. Los primeros molinillos son del siglo XVIII y se consideraban artículos de lujo; en La Enciclopedia de Diderot (1751-1772) tienen ya su entrada: "molino de embudo".

Molinillo de muela del siglo XVIII,
en madera de olivo.
Aquella bebida era, propiamente, una infusión, que, naturalmente, e
l prolífico Voltaire menciona en varias de sus obras. Así, por ejemplo, en el capítulo XXX de Cándido:
"Dicho esto, convidó a los extranjeros a entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les presentaron muchas especies de sorbetes que ellos mismos elaboraban: de kaymak, guarnecidos de cáscaras de cidra confitadas, de naranjas, limones, limas, piñas, pistachos y café de Moca, que no estaba mezclado con los malos cafés de Batavia y las islas de América; y luego, las dos hijas del buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, Pangloss y Martín"
Kaymak es el nombre de una especie de nata montada de origen oriental y la cidra es la toronja o limón francés.

El desenfreno de Voltaire con el café no debe confundirnos. Esa generosidad consigo mismo no la tenía, según las malas lenguas, con el resto del género humano. Se dice que el señor de Ferney era un tacaño de los de Dickens, más agarrao que la Virgen del Puño. Cuentan que el sofista colmaba sus copas -sí, también empinaba el codo- con un magnífico borgoña, mientras servía a sus invitados un tinto de regimiento. Es más, juran que mandó azotar a unos arrieros porque le reventaron un tonel de vino.

Permíteme una pizca de psicoanálisis en pantuflas. Por algún lado he leído que su sarcasmo y cierto desprecio cotidiano por sus congéneres, corregido en sus obras universales -espejo de liberalismo-, se debió a la coraza con la que se protegió tras quedarse huérfano de madre a los siete años. Si las adicciones son un modo de compensar abismos emocionales, no resultaría tan extraña su cafetomanía. Tampoco olvides que fue, al fin y a la postre, un aristócrata, más cercano en su discurso a la élite económica de hoy en día que a la masa de expoliados. En todo caso, Voltaire orinaba como tú y yo, y dada la cantidad de tazas de café que tomaba, su agüita sería, sin duda, marroncita.







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