domingo, 1 de marzo de 2015

EL BORRÓN MÁS BELLO


No es morse, son lunares.

"Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca" puede estar hablando hasta por los codos y diciéndome muchas cosas. De lo que estoy seguro, querida, es de que ninguna será inocente. No, cariño, a mí no me la das: acabo de doctorarme en el idioma secreto de los lunares.

Así que aquí me tienes -otra vez como si fuera un Dan Brown de andar por casa-, descifrando códigos ocultos de hace siglos. Un par de semanas atrás me zambullí en el lenguaje de los abanicos ilustrados; hoy me adentro, sin más machete que un teclado, en la frondosa jerga de los más bellos borrones de la Naturaleza (cuando lo son, claro está).

No hablo de lunares naturales, que nacen allá donde el capricho genético quiere. Traigo a estas páginas otros muy distintos, que se fabricaban no con células más o menos benignas, sino con seda y terciopelo. Eran, propiamente, prótesis, pues nacieron para disimular el granizo de la viruela en quienes sobrevivían a la enfermedad.

En La lozana andaluza (Francisco Delicado; Venecia, 1528) hay una temprana mención a tales postizos, usados aquí por una trotacalles en mitad del otoño de su ajada vida:
"Y las cejas se tiñe cada mañana, ya que el lunar postizo es porque, si miráis en él, es negro y unos días más grande que otros"
 He dicho que la mención es temprana, aunque, para la fecha, el hábito de pegarse lunares era muy viejo. Los efebos de alquiler que se contoneaban en los arcos del Coliseo y las ambulatrices del barrio de la Suburra los usaban sin disimulo. Con el tiempo y los vaivenes de las modas, las damiselas -y los petimetres, lechuguinos o chisgarabises- de la buena sociedad dieciochesca los incluyeron entre sus complementos. Los llamaban mouches (moscas), por influencia del francés, y los guardaban en cajitas bellamente trabajadas, similares a las actuales polveras, con su espejito y todo.

Un erudito español, Luis Velázquez de Velasco, marqués de Valdeflores, describió el uso galante de los lunares de pega y sus códigos en una obra titulada Colección de diferentes escritos relativos al cortejo (1764). Al hablar de cortejo, el autor se refiere a una costumbre social extendida por entonces, según la cual, una dama casada podía frecuentar la compañía de un amigo cercano. Este rendido admirador estaba obligado a atender -y financiar- todos sus caprichos y necesidades, sin que el esposo se sintiera obligado, necesariamente, a inclinar la cabeza al pasar bajo un dintel.

Hablando de los mercaderes de la Cádiz cosmopolita e ilustrada del XVIII, Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, se refiere a esa moda, conocida como chichisveo, palabra de origen italiano:
"Nada había de peor tono que aparecer como un marido celoso, que era lo mismo que decir antiguo, incivil y miserable. (...) Así que, por no escandalizar y exponerse a la pública vergüenza, los maridos gaditanos -y los madrileños, sevillanos, condales y vallisoletanos- consentían con la moda de los entretenedores. También es verdad que el cortejo había de ir a escote con los gastos, así que los burgueses daban la bienvenida a nuevos socios en la empresa conyugal"
Carmen Martín Gaite firmó en 1973 un ensayo muy recomendable en el que detalla esta insospechada libertad: Usos amorosos del XVIII en España. Vuelvo al señor marqués de Valdeflores y a las artistas del lunar:
"Puestos en la sien izquierda pueden denotar que la plaza está ocupada; puestos en la sien derecha, que está dispuesta a romper y tomar otro cortejo; y su falta en ambas sienes puede dar señal de que la plaza está vacante; los lunares pequeños, distribuidos diestramente por el rostro, pueden denotar el actual y momentáneo estado de los caprichos".
Aquí salto de los antojos de las cortejadas castizas a la maestría de las creadoras de este idioma que, por ser de puntos, bien podríamos tomar como un antecedente del morse. Hablo de las cortesanas (entiéndelo como quieras) de Versalles, de las que la marquesa de Merteuil, de Las amistades peligrosas (Pierre Choderlos de Laclos, 1782), es un magnífico ejemplo, llevado al cine en 1988 por Stephen Frears.

La marquesa no le quita ojo a su lunar.
El lunar de Glenn Close -odiosa Merteuil- que ves junto a estas líneas, subido allá en la cima del pómulo, significa, según el código lunático, que la aristócrata era una mujer apasionada: "¡Ojito conmigo, que quemo más que una plancha", grita. Digo lunático con cierta propiedad, pues se creía que los lunares crecían como las mareas, por influjo de la luna.

Otra castigadora, la fetichista Dita Von Teese, ex de Marilyn Manson, suele mostrar un lunar en el rabillo del ojo izquierdo. Según los códigos del XVIII, eso daba a entender que su portadora era, ¡pásmate!, una "asesina". ¿Quién lo diría?, con esa carita de yonofuí.

¡Mátame, Dita!, he sido un niño muy malo.
Tal advertencia -guerra avisada no mata soldado- podía tener forma de oscura luna llena, como el de la vedete de burlesque, o de corazón de terciopelo... ¡Dita, dulce verduga de mis entrañas!

Haciendo el recorrido de las agujas de un reloj, venimos a caer ahora un poco más abajo en la mejilla izquierda de la dama punteada. Para el siguiente lunar he elegido a una de las mujeres más del gusto del administrador de este blog; no lo puedo evitar, me mata que me lancen miradas castigadoras de arriba abajo, con ese aire de tú que miras, gusano. Hablo, claro que sí, de Eva Mendes.

Si el lunar que porta la maiamera en la suave pendiente del pómulo fuese artificial, anunciaría que su propietaria está "abierta a proposiciones". En el caso de Eva, eso quiere decir, sin lugar a dudas ni opiniones disidentes, que acepta guiones de contrastada calidad y no otra cosa, ¡¿o qué te habías creído?!

¿Mentiendes, Mendes?
Nos damos ahora de boca con uno de los lunares más famosos de la hoguera de las vanidades contemporánea y, desde luego, de los más deseados. ¿Quién no ha suspirado, queridos hermanos heteros y competitivas primas lésbicas, por ese borroncillo de divina tinta que Cindy Crawford luce sobre la comisura siniestra de los labios? Se lo borrarías a besos, ¿verdad? Pues bien, tal deformidad cutánea publicaría a los cuatro vientos dieciochescos que su dueña era "coqueta". Coqueta y lo quisiera, ¿quién le negaría nada a Cindy embutida en su miriñaque y su guardainfante y con el canalillo del escote a la altura de la barbilla?


Un lunar de portada y pasarela.
He de decir que yo no se lo negaría ni ahora, incluso con la puñeta que le quisieron hacer filtrando fotos de su espléndida cincuentena para que las víboras de los platós -que no deben de tener espejos en casa- la pusieran de chupa de dómine. ¡Más quisieran! Cindy, sigues estando como un queso, pero Idiazábal, no de lonchas.

Cerraré esta media luna, la izquierda del rostro femenino, con Mariah Carey. Su lunar, antípoda del de la Crawford, es de los más fiables, o eso decían. Cuando la doncella de una mundana ilustrada le pegaba allí -bajo la boca- el parchecito de terciopelo, quería dar a entender que su ama era una mujer muy capaz de guardar un secreto. Vete a mirar alguna foto de Mata Hari, a ver si se ponía uno igual cuando se disfrazaba de bayadera y hacía babear por igual a oficiales del káiser y de Su Graciosa Majestad.

"Soy tan natural como mi lunar, ¡jopé!"
Termino ya, que seguro que no tendrás todo el día y aquí estoy yo,  como si no encontrase nada mejor que hacer (déjame pensar... Pues no, no lo encuentro). Remato con un mensaje más de entre los muchos que podían enviarte los lunares de pega en una soiré en los salones de Versalles. Por eso atravieso la barbilla y me paso al lado diestro de la cara. Imagino que la peca de Natalie Portman, como la de todas las mujeres que ilustran esta entrada, será natural. Pero si no lo fuera, estaría matando todas tus ilusiones; o azuzando al latin lover que llevas dentro (hablo con los lectores, lectoras).

Ese topito -el de la mejilla diestra, claro- marca el territorio muy a las claras: quiere decir que la dama está casada. En el caso de la Portman, su marido (hasta nueva orden) es el coreógrafo Benjamin Millepied, al que conoció durante el rodaje de Cisne negro.

¿Con cuál me quedo, con cuál me quedo?
Te recuerdo que el lunar de la izquierda mostraría la buena disposición de la actriz a escuchar ofertas galantes, pero, como acabo de explicarte, su tálamo está ocupado.

Después de leer esta entrada, ya te veo yendo al espejo a descifrar todos los lunares que te encuentres en la cara. Insisto en que yo hablo solo de lunares postizos, pegados con toda la intención. He usado mujeres con pecas naturales -hasta donde yo sé- para ilustrar sus diferentes posiciones.

Habrás oído hablar -y si no, te lo cuento yo- de una superchería, la melanomancia, que basa su rentabilidad en la lectura de los lunares del cuerpo, pero eso no entra, que yo sepa y de momento, en los intereses de este blog. Te contaré, eso sí, que yo tengo uno en la mismísima punta de la nariz; dicen los chinos que esos lunares indican la pericia comercial de quien los posee. Pues a mí me engañaron como a un ídem, porque aquí sigo, sin vender una escoba.




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6 comentarios:

  1. Qué interesante! Había oído hablar del lenguaje del abanico, claro, pero nunca del de los lunares. Me parece práctico, así todos sabemos a qué atenernos con cada dama en cuestión :P

    Muy bueno, me ha encantado :)

    Un abrazo!!

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    1. Yo también lo he descubierto ahora y me ha parecido de lo más divertido. Muchas gracias y un abrazo para ti también.

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  2. Genial el lenguaje lunar y tremendamente interesante, aunque un tanto indiscreto ¿no? Llevar en la cara tantísima información... Claro que eran otros tiempos y no había internet ni medios de comunicación instantánea. Le mirabas a la cara y te lo decía todo sin tener que hablar. Lo dicho José Juan Genial. Tal como eres tú. Genial

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    1. Gracias, Mercedes, muy amable. Me da que hoy se vuelca más información íntima en la Red, por ejemplo, tantas fotos de niños (es una fobia mía). Aquello de los lunares es casi ingenuo...

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  3. Pienso que los códigos del galanteo siempre serán fascinantes. Estas exquisiteces criptográficas, no obstante, se prestaban a muchos dimes y diretes, especialmente entre las señoras que a falta de mejor entretenimiento vivían de morderle las costillas a media corte… ¿o era a corte y media? En fin, lo he disfrutado mucho. ¡Saludos, José Juan!

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    1. "De morderle las costillas"... ¡Me encanta! ¿Tiene copyright?

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