miércoles, 29 de abril de 2015

¡Y PÓNTE LA PELUCA YA! 

(y 2)





Repíte conmigo: "Lady Gaga es una copiona, Lady Gaga es una copiona..." ¿O no queda claro en la imagen de arriba? Así es como las damas de la segunda mitad del siglo XVIII aparecían en una francachela de postín. En una entrada anterior te conté que cosían a los forros de sus faldas bolsitas con trocitos de carne contra las pulgas, así que el vestido de chuletas de la Gaga tampoco fue muy original.

Mucho se ha debatido sobre si esos armatostes capilares eran reales o producto de la mala baba de los caricaturistas dieciochescos. 
Cazadores disparando a una peluca-nido.
La fotografía que abre este artículo pertenece a la colección de prendas de época del Instituto de la Indumentaria de Kioto. Fuera de Humor amarillo y Shin Chan, ¿te parece que los japoneses sean gente poco seria? Claro, a mí tampoco. Así que estas pelucas debieron de ser tan reales como las ganas de orinar, por poner un ejemplo. 

Hace una semana te explicaba yo cuánto se pirraban los galanes rococó por las pelucas. Ellos, y no sus mujeres, fueron los pioneros de los postizos. En realidad, las damas del Siglo de las Luces no empezaron a empelucarse con desafuero hasta la segunda mitad del siglo. Pero, como en el caso de los varones, sus hiperbólicos tocados cumplían una función propagandística: eran una declaración de poder. 

Ten en cuenta que el XVIII es un siglo eurocéntrico: Europa mantiene y aumenta su presencia colonial en todo el globo; aunque dos guerras del siglo XX sean las mundiales por antonomasia, las potencias europeas del XVIII ya luchaban en casa y a domicilio: en las dos Américas, en África y en Asia, implicando, como enemigos o aliados, a los naturales de cada zona. A los mercados del Viejo Continente llegaban los productos más exóticos y los beneficios de las colonias; la Ilustración creó, en nombre de la Razón, un nuevo dios: el Hombre, y los filósofos le ofrecieron, más que respuestas, coartadas; la burguesía estaba a punto de dar el zarpazo al Antiguo Régimen, no para cambiar el mundo, sino para cambiar su dueño. Así que la moda desenmascaraba la soberbia de los aristócratas y la vanidad de los nuevos ricos. Cuanto más aparato en el vestir, cuanto más brillo y relumbrón, más evidencia de riqueza y poder. También es verdad, como dejó escrito el diarista inglés Samuel Pepys, que las pelucas evitaban "la gran molestia de conservar el pelo limpio a diario". Eran otro tiempos y no había H&S Frecuencia, claro.

"¡Y yo con estos pelos!"

"Ya, ya, el ensayito que me acabas de soltar está muy bien, pero, hasta entonces, ¿qué llevaban las mujeres en la cabeza?", me apremiarás. "Pues su pelo -te respondo yo-, ¿qué iban a llevar?". Imaginarás que los cabellos naturales de las féminas tampoco escapaban a los dictados de la moda. Te pongo un solo ejemplo, el de la duquesa de Fontange (1661-1681), amante de Luis XIV. En una jornada de caza con el rey, a la montaraz dama se le enredó el pelo en unas ramas; eso me recuerda a Absalón, el hijo rebelde de David que lucía una melena tan lustrosa como la de Sansón y que murió al quedar colgado de un árbol por los pelos, lo que permitió que un general de su padre lo alanceara a placer.

Coiffure a la fontange.
Pues una vez que la duquesa, con mejor fortuna que Absalón, salió del trance, se hizo un copete en lo alto de la cabeza; al rey le encantó y, claro, el resto de damas versallescas empezaron a peinarse a la fontange, a pesar del despecho de las anteriores amantes reales, la Montespan y la Maintenon, que la pusieron a la pobre -es un decir, tenía una renta mensual de cien mil coronas- de chupa de dómine. Saltamos casi cien años y nos plantamos en 1770: las francesas se han puesto la peluca y el resto va detrás de ellas: Culo veo, culo quiero. ¡Y se desata la fiebre! La condesa de Matignon llega a pagarle a su peluquero, musiú Baulard, veinticuatro mil libras al año por un diseño capilar diario. Es el mismo Baulard que inventó... ¡una peluca de resorte!, para que las damas pudieran atravesar los dinteles sin quedar descocadas. Así evitaban las reprimendas de sus mayores, escandalizados por la falta de sentido común de las jóvenes; por eso la llamaron peluca de la abuela; lo cuenta Francisco Barado en su obra Historia del peinado. Mientras que los caballeros, mozos y ancianos, teñían sus pelucas de blanco -la uniformidad creaba la ilusión de que los viejos no lo eran tanto-, ellas las pintaban de rosa, lavanda o añil. Y montaban auténticos dioramas en y por todo lo alto, con pájaros, bosquecillos, arroyos, corderos y pastorcillas; o les daban la forma y la altura, por ejemplo, de las birretinas de piel de oso de los zapadores y granaderos.


¡Ay, pues no sé qué ponerme hoy!
Excuso incluir la relación de nombres que se inventaron para bautizar los miles de postizos creados. Pero te cuento un ejemplo que explica muy bien la fotografía que abre este post. En enero de 1778, la fragata francesa Belle Poule leva anclas del puerto de El Havre llevando como pasajero a Benjamin Franklin, embajador de las colonias norteamericanas en París. Dos navíos británicos -Hector y Courageus- le dan el alto y exigen subir a bordo. El capitán francés, vizconde Bernard de Marigny, les responde: "Soy la Belle Poule, fragata del rey de Francia; vengo de la mar y voy a la mar y déjenme decirles, mi buenos señores, que en los barcos de Su Majestad no se permiten visitas". Y, con las mismas, viró y regresó a puerto sin lucha. Los ingleses no sabían que a bordo iba "un traidor", por eso les bastó con ejercer el bloqueo. Unos meses después, la misma fragata vence a la Arethusa británica, en otro episodio más de la longeva enemistad entre ambos países, agravada en ese momento por el apoyo de Versalles a la independencia norteamericana. Las damas parisinas, ni cortas ni perezosas, lo celebraron con un nuevo peinado, coronado por un barco sobre olas de rizos: le coiffure a la belle poule.


"Viento en popa a toda vela, cruza el mar mi cabellera..."

Voy a ir rematando; ni el espacio me da para todo lo que habría que contar sobre las pelucas del XVIII, ni te voy a cargar con otro mamotreto sobre ellas. Pero tengo que mencionar a María Antonieta. Y a su peluquero, naturellement, Léonard-Alexis Autié, alias musiú Leonard, cómplice de la reina y de su modista y sombrerera, Marie-Jeanne Rose Bertin, también conocida como Ministra de la Moda. Entre Leonard y Bertin inventaron los pouffs, las torres de pelo de la reina, realzadas con cojines, envueltas en metros de cinta, deslumbrantes de perlas y joyas y convertidas, casi, en grupos escultóricos de varios pies de alto. Cuentan que, el 17 de febrero de 1776, María Antonieta, invitada al baile de la duquesa de Orleáns, se retrasó porque no podía entrar en su carruaje: el peinado era tan extravagante que no había manera de atravesar la portezuela. Pues bien, su peluquero tuvo que desarmarlo y volver a montarlo de camino al sarao. Y te aseguro que aquellas carrozas no llevaban la suspensión de un Dyane 6.

Antes muertas que sencillas. Y eso pasó...

La reina que hacía chistes sobre el hambre de la plebe iba de capricho en capricho mientras las calles ya olían a revolución; hasta que el hedor de la pobreza, encarnado en los sans culotte que la encerraron en la Torre del Temple, la devolvieron a la realidad. Por entonces, la reina depuesta solo tenía una amiga fiel, María Luisa de Saboya, princesa de Lamballe, exiliada en Inglaterra. Ambas se carteaban con frecuencia hasta que, engañada por una falsa misiva de María Antonieta, Lamballe viajo a París y fue presa. Dicen que cuando la cuchilla segó su cuello, las cartas de su regia amiga cayeron de su peluca.

La princesa de Lamballe.

Los revolucionarios maquillaron y peinaron la cabeza de la princesa, la clavaron en una pica y fueron a mostrársela a la reina en su celda. Años después, testigos del suceso afirmaron que María Antonieta se desplomó: la reina, que siempre mostró entereza de carácter, nunca antes había desfallecido. Aquel día, el tiempo de las pelucas -como el del Antiguo Régimen- fue a parar a la cesta del verdugo.






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sábado, 25 de abril de 2015

CITA EXPRÉS

Jean Anthelme Brillat-Savarin




"La dueña de la casa 
cuidará del café
y el dueño, de los vinos"

Si yo fuera uno de esos chefs del postureo que colman pantallas y portadas, ya habría entregado mi alma a Glotus, Patrón de la Gula y Maestresala de las Cocinas del Infierno -que prepara exquisiteces como para chuparse las pezuñas-, con tal de conseguir un pellizco de la fama postrera de Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826).

"¿Y para qué demonios van a querer más fama de la que ya tienen?", te preguntarás. Pues, para empezar, porque la suya tiene fecha de caducidad, me temo. Y porque al bon vivant francés solo le hizo falta un libro para entrar en la posteridad, mientras los nuestros se matan a gasificar cocretas, deconstruir almóndigas, garrapatear recetarios, guías y artículos, conceder entrevistas, presentar realities, humillar a concursantes, fundar fundaciones y levantar la ceja ante quienes nos fisuramos de risa las costillas por sus bufonadas. Y todo sin ninguna seguridad de que pasado mañana vayan a tener más consideración que el resto de frivolidades rentables de estos años bobos (pero crueles).

"El placer de la mesa es para todas las edades,
para todas las condiciones, para todos los países
y para todos los días. Se alía con los demás placeres
y nos consuela de su pérdida".

Brillat-Savarin nos dejó dos obras de arte: su vida hedonista y la Fisiología del gusto o Meditaciones de gastronomía trascendente, publicada cuatro meses antes de su muerte, como declaración casi póstuma de que, para escribir, hay que vivir. Para más inri, ni siquiera lo firmó, como si la fama le importase un bledo. Brillat fue el primero que otorgó a la gastronomía el status de bella arte -¡la que liaste, amigo!- y se convirtió en el primer escritor gastronómico. Savarin es a la cocina lo que Mozart a la música, Kant a la filosofía, Goya a la pintura y el doctor Guillotin a la peluquería, pues nada ha despejado jamás las nucas como aquella maquinita de su invención. 

Y ya que hablamos de la guillotina, a musiú Juan Anselmo hay que reconocerle que fue un hombre de criadillas, fuera y dentro de las cocinas. En 1793, el jurista Brillat-Savarin, alcalde de Bellay, se opuso con energía a la imposición del Terror revolucionario en su ciudad, su cuna. De ahí que tuviera que huir a Suiza para que no lo metieran en una caja; ¿qué tendrá Helvecia que allá todo empieza o termina con unas cajas? Más tarde lo encontramos en los flamantes Estados Unidos, dando clases de francés y tocando el violín en una orquesta neoyorquina en vez de cocinar, quizá porque se olió que aquello sería el paraíso del fast food. El hombre pensaría que si que hay que ir, se va, ¡pero ir pa'ná!


"El destino de las naciones depende de su alimentación".

Con mucha melancolía, el exilio le inspiró esta sentencia: "Quien no haya conocido los años anteriores a la Revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir". Teniendo en cuenta que de aquellos barros surgió rampante la burguesía que hoy gobierna estos lodos, casi se comprende a Brillat-Savarin. Volvió a Francia en 1797, entró en la intendencia de Napoleón y luego en la magistratura y recuperó algo de su desbaratada fortuna, que había incluido una viña borgoñona. Terminó sus días solterón, aunque amante de actrices y bailarinas, hospitalario pero silencioso, vigorosamente bovino y, eso sí, glotón.


"Dime lo que comes y te diré quién eres".

Lo que no sabes, pero yo te lo cuento, es que no probaba el café. "¿Y entonces?", me echarás en cara. Calma: fue por culpa de una sobredosis. Como magistrado, recibió un encargo urgente -¡para ayer!- del duque de Massa, ministro de Justicia de Napoléon. Brillat se atiborró de café para hacer frente a la tarea, pero, al final, la misión se retrasó. El pobre hombre estuvo cuarenta horas sin dormir, y para nada; le pasó, poco más o menos como a Obélix, que se cayó en la marmita y nunca más bebió la poción (miento, se mojó los labios en Egipto y la tomó en El mal trago de Obélix).


"La dueña de la casa velará por la excelencia de café,
y el dueño por la calidad del vino".

Puede que por eso recomendase a los padres que prohibieran severamente a sus hijos el café, "si no quieren que se conviertan en pequeños aparatos secos, esmirriados y envejecidos a los veinte años". Y ciegos y con pelos en las manos, podría haber añadido de haber sido un padre escolapio. Sin embargo, también alaba la infusión: "Quizá sea una espuela para el espíritu, que anima a la inmensa multitud que sitia las puertas del Parnaso". En la penúltima Cita Exprés te hablaba yo de la insana afición al café de Napoleón; Brillat-Savarin recoge en su tratado los esfuerzos de ingenieros, químicos y cocineros por obtener "la mejor manera de hacer café, lo que provenía, casi sin que se advirtiera, de que el Jefe del Gobierno lo tomaba mucho". O sea, que a costa de su cafeinomanía, el que más y el que menos le hacía la rosca a Bonaparte.

El inmortal gastrónomo dejó establecido que el café había de presentarse ardiendo en la mesa, por eso alguien tenía que vigilar su preparación, como exigía el quisquilloso Kant. Tal labor se la encomienda Savarin a la señora de la casa, quien debe, además, ocuparse de la calidad del grano, misión más sutil que la de elegir los vinos, que es una tarea para la que jamás faltarán catadores que juren que les hizo la boca Baco. Es verdad que, si te fijas, a todo el mundo le parecerá infame un banquete regado con malos vinos, pero nadie se preocupará de la calidad de la infusión que lo cierra. Injusto desdén, pues el café es la rúbrica que sella ese tratado de paz que los seres humanos firmamos con la vida cuando nos sentamos a bien comer y a mejor beber. ¡Salud, pues, para las dueñas competentes que no dejan el café en malas manos!

"El postre sin queso es como 
una mujer bella, pero tuerta".
Y sin café, de los dos ojos.






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miércoles, 22 de abril de 2015

¡Y PÓNTE LA PELUCA YA! 

(1)




Si hay en Las amistades peligrosas una escena arrasadora, es aquella en la que la marquesa de Merteuil, interpretada por Glenn Close, se desmaquilla en la más terrible de las soledades. Tan grande es el vacío que la envuelve, que ni siquiera la asisten sus criadas, algo impensable en la época. Está sola y en ropa interior -casi un sudario-, pero más desnuda de lo que jamás se ha encontrado ni se encontrará en su vida. Ya no es nadie, a pesar de que, por primera vez, contemplamos a la persona tras el disfraz.

La desnudez en el siglo XVIII no era la de las alcobas, sino la de la toilette y el guardarropa. Como hoy. Nos escandalizan -les escandalizaban- menos las pieles desnudas de una bacanal que salir a la calle sin la aprobación del artificioso tribunal de la aceptación pública. No nos asusta hoy -ni les asustaba entonces- encontrarnos desnudos ante el mundo, como en esa pesadilla universal y recurrente, sino vestidos y demodé, sin que la apariencia nos apuntale.

Es decir, lo netamente escandaloso es -era- aparecer en público sin los complementos certificados por la buena sociedad, por muy artificiosos y ridículos que parezcan. Y eso afecta y afectaba al vestuario y, no te confundas, también a las ideas de buen tono. Por cierto, de esto no hay que echarle toda la culpa al Siglo de las Luces, pues el barroco anterior nació, a conciencia, como un arte del pantalleo y el postureo, lujosa herramienta de propaganda de la Contrarreforma contra la severa parquedad del protestantismo, el cristianismo de los mercaderes, más triunfantes hoy que nunca.

"Solo cortar las puntas, por favor".

En el rococó no habría hecho falta que un hipotético Cuarteto de Cuerda Mondragón le tocase a nadie aquello de "¡Ponté peluuuuuuca! ¡Y ponte la peluca ya!", que, traducido a la época, sería "¡Calesé vuestra merced el armatoooooste! ¡Y cálese vuestra merced el armatoste ya!" (cántalo con voz de castrati; o, si tienes huevos, de contratenor). "Érase gente a una peluca pegada, eran pelucones superlativos", habría dicho el malaje de Quevedo de no haberse muerto antes. Y no exagero un ápice: "Fue tal la tiranía de la moda que las infelices mujeres se hacían peinar por la tarde para ir al baile o sarao del día siguiente y pasaban la noche en un sillón para conservar intacto el magnífico edificio de su peinado". Así lo cuenta Francisco Barado en su obra Historia del peinado, publicada en 1880.

Sin mi pelucón, ni a la esquina.

Este artículo sobre las pelucas viene de una promesa que te hice cuando desnudé a una pareja rococó unas cuantas entradas atrás. Me comprometí entonces a escribir sobre los postizos femeninos, sin darme cuenta de que fueron los varones barrocos los que desataron la fiebre por ellos. Así que hagamos las cosas bien, y no como siempre.

Photocall de sarao rococó.
 
La Historia está llena de pelucas, desde Nefertiti a Nerón y lo que te rondaré, morena. Pero a nosotros nos interesa Luis XIII (1601-1643), rey de Francia. El pobre hombre se quedó calvo a los veintipocos años, así que mandó que le tejieran una trama de cabellos para ocultar su alopecia. Pronto descubrió el segundo Bourbon -el mío sin hielo, por favor- que la peluca era más cómoda de llevar que una corona, y que no le restaba distinción ni prestancia; más bien, al contrario. Ya sabes lo que pasa: "Si el rey juega, todos tahúres; si el rey bebe, todos borrachos". Así que su hijo, el Delfín Luis, educado en esa costumbre real extendida a los nobles y a los nuevos ricos de la incipiente burguesía -vapuleada por Molière-, pudo elevar sus pelucas a la consideración de aureola: no en vano fue el Rey Sol.

Luis XIV era un sol de rey.
Luis XIV llegó a tener cuarenta peluqueros (a la vez), entendidos no solo como peinadores, sino también como diseñadores de monumentos capilares. Dicen que no se quitaba la peluca ni delante de su ayuda de cámara, tal y como la marquesa de Merteuil se quitaba antes la saya que la suya. Y eso que el peso de los postizos provocaba, según los médicos de la época, jaquecas, comezón insoportable, zumbidos, vértigos y, ¡pásmate!, apoplejías, es decir, lo que hoy conocemos como accidente cerebrovascular o ictus. Ningún petimetre en sus cabales salía de casa sin llevar, o sin que le llevaran sus criados, un juego de varillas de materiales preciosos para rascarse el cuero cabelludo sin quitarse el pelucón. ¿Has tenido alguna vez una escayola? ¿Sí? Pues lo mismo que hiciste tú con los palillos chinos o con una aguja de calcetar hacían ellos con palitroques de plata o marfil.

Carlos II de Inglaterra (1630-1685), exiliado en Francia durante la dictadura de Cromwell, importó la moda de las pelucas cuando la monarquía fue reinstaurada en Inglaterra, allá por 1660. "¿Y en España qué?", te preguntarás. Pues mira, aparte de corona pilosa, preservativo contra piojos, chinches y pulgas y caritativa caperuza contra los estragos del sifilítico mal francés (ellos lo llamaban mal español), la peluca también fue pabellón de guerra. Los Austrias españoles, que ya eran por entonces austrias menores, estaban a la greña -la suya natural- con Francia e Inglaterra por un quítame allá esas colonias o esos Países Bajos. Por eso en España no triunfó el muy barroco invento francés de los pelucones, pues hubiera sido lo mismo que plantar una flor de lis en lo más alto del Alcázar Real de Madrid.

Nuestros trastatarabuelos no se calaron el postizo gabacho hasta la guerra de Sucesión. Cuando Felipe V, nuestro primer Bourbon -¡otra ronda, sivuplé!- llegó al trono del Imperio Hispánico, se trajo consigo, junto con sus granaderos y dragones, un regimiento de coiffeurs. Observa la diferencia estilística entre el rey nuevo, a la izquierda, y nuestro hechizado Carlos II, el último de su dinastía, que luce la melena partida en crencha, a la nazarena.


En algún lado te conté que Felipe V sufría trastorno bipolar y satiriasis. Con semejante cuadro y el estrés de la Guerra de Sucesión, no debe extrañarte que se le cayera el pelo. En 1701, su ayuda de cámara, el conde de Benavente, escribía a París demandando pelucas para su señor:
"El pelo ha de ser de caballero o de señorita y, sin que haya engaño en esto, de personas de confianza, para que no sean objeto de sortilegios".
No tardaron en aparecer por Madrid, capital del reino, cohortes de lechuguinos como el que recoge -con mala baba- Arkelio Rapsodia en un ensayo de 1806 sobre las pelucas y otros complementos:
"Se nos aparece en la Puerta del Sol o en el Prado, un señor con un almohadón de pelo, en forma de pirámide o rueda de molino con cinco o seis cañutos colgando de las orejas, y un disforme y larguísimo rabo negro, despidiendo una nube de polvo por todos los lados".
Durante el XVIII, las melenazas postizas de los varones se fueron acortando hasta recogerse en una bolsa de seda o en una coleta anudada que colgaban sobre la espalda. Se peinaban sobre las orejas en forma de alas de pichón o, como decía Arkelio, en uno o más cañutos. Si comparas las imágenes de Fernando VI (1713-1759) y de quien le sucedió en el trono, su hermanastro Carlos III (1716-1788), verás el cambio entre las dos mitades del siglo.



Te imaginarás que aquel capricho, moda, estandarte, necesidad higiénica o como quieras catalogarlo se convirtió pronto en un negocio. Negocio pingüe, claro, pues la calidad, complicación y número de pelucas daban marchamo de clase, como hoy lo dan determinados pelucos que se lucen en la muñeca (algunos parecen relojes de campanario, ¡qué barbaridad!). Mesié Binette, el peluquero favorito de Luis XIV, poseía carruajes y lacayos con librea y llevaba un fastuoso tren de vida. Se hizo tan famoso que binette se convirtió en sinónimo de peluca. Los postizos rescataron a los gremios de barberos europeos, pues desde 1745 se les prohibió ejercer como dentistas y cirujanos menores. El bando se publicó primero en Inglaterra y luego se extendió por el continente. Así que a los raspabarbas no les quedó otra que reconvertirse en arquitectos capilares. Los que no daban palmas con las orejas fueron los sombrereros, pues no había manera de calarse un tres picos sobre aquellos torreones. Se salvaron porque los señores tomaron la costumbre de llevar el sombrero candilón bajo el brazo, sin cubrirse.

La demanda de pelo natural para las pelucas de calidad fue tal que los fabricantes pagaban la onza (28 gramos) a lo que hoy es un euro. Y ya te imaginarás los kilos que harían falta para tejer aquellas melenazas rizadas. Las mozas cortaban sus trenzas y se las entregaban a los mayoristas a cambio de delantales, sayas o cofias, nunca por dinero. Había pelucas de estraperlo, claro, fabricadas en talleres clandestinos que evitaban los impuestos reales y que usaban pelo de cabra o caballo. William Pitt, primer ministro inglés, quiso gravar, incluso, el empolvado, que debían recaudar los barberos. Afán inútil, porque la gente empezó a empolvárselas en casa con harina o cal, en vez de usar polvos de arroz.

Los buhoneros vendían pelucas de segunda mano y, cuando llegó la Revolución Francesa, se traficaba con las que caían en los cestos de la guillotina. Entenderás que, por entonces, los aristócratas mandaran sus pelucas, que eran una confesión de actividades contrarrevolucionarias, a hacer gárgaras; más cara les era la vida que un postizo. Muestra de la frivolidad del siglo es que se puso de moda entre las mujeres de clase alta rasurarse el pelo de la nuca, como una especie de fanfarrón desprecio hacia los verdugos. Lo llamo fanfarrón porque esa moda nació, claro, al día siguiente de haber terminado El Terror, en la primavera de 1794. Tal peinado se llamó a lo sacrificio y con él iban a bailar como locas a los llamados Bailes de las víctimas, en los que no podían entrar más que quienes certificaran que algún pariente había muerto en el cadalso...

Ya preveía yo que esto de las pelucas iba a dar para peinar y repeinar, así que lo voy a dejar aquí con la promesa renovada de seguir en el próximo post. De momento, voy a brindar a la salud de los Bourbon, invendores de esda moda... ¡Que nossssirvan la esbuela, que invido yo!... ¡Hip!





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viernes, 17 de abril de 2015

CITA EXPRÉS

Napoleón Bonaparte


Nabolione di Buonaparte, 1769-1821

"El café me causa un dolor
que no carece de placer"


No vayas por ahí, que por ahí no es. Napoleón murió en 1821 y el escritor Leopold von Sacher-Masoch, padrino del masoquismo, nació quince años después. ¿Conoces su novela La Venus de las pieles? Si no la has leído, quizá hayas oído Venus in furs, de Velvet Underground:
"Botas brillantes, brillantes de cuero / La niña del látigo / viene en la oscuridad con cascabeles / No abandones a tu esclavo / golpéalo, mi ama, y cura su corazón"
Así que no, en tiempos del corso bautizado como Nabolione di Buonaparte, masoquismo era un anacronismo. ¿Y entonces cómo llamamos a lo suyo?... Pues mira, llámalo como quieras, porque la frasecita de hoy es de traca:
"El café fuerte me resucita, me causa un escozor, una carcoma singular, un dolor que no carece de placer. Más me gusta, entonces, sufrir que no sufrir"
"¡Claaaaaro! Por eso aquel emperador en formato compacto se ponía la mano en la panza, ¿no? Por culpa de la acidez que le provocaba el café", concluirás con alegría. Pues tampoco. Estamos como el parte meteorológico, sin dar una. Lo de la diestra napoleónica rompiendo la línea de botones como síntoma de mal gástrico o hepático no es más que una leyenda histórica. Aquella postura señalaba a las personas educadas, como bien recogía el manual de urbanidad del padre Juan Bautista de La Salle:
"Es un defecto cruzar los brazos, llevarlos a la espalda, dejarlos caer con indolencia o balancearlos al andar".
No quedaba otra que echar mano al buche, que era cosa fina. De hecho, Napoleón no tenía la exclusiva de su famoso gesto. En las imágenes inferiores tienes a su padre, Carlo Buonaparte (a la izquierda), y a George Washington componiendo similar figura, aunque con la mano siniestra.


Pero basta ya de jardines, porque, de seguir por ahí, en vez de una cita exprés te acabaré sirviendo un cubo de aguachirle de franquicia. Te ha quedado claro que a Le Petit Caporal le encantaba el café casi hasta la demencia. Tanto, que perdonó a tres reos españoles después de una tertulia cafetera...

El día de Navidad de 1808, después de cruzar Guadarrama con sus tropas, el invasor llegó a Tordesillas. Allí se alojó en la hospedería de las clarisas, aneja al convento. Los gabachos detuvieron a un cura y a dos paisanos bajo sospecha de espionaje. La sentencia sumaria no podía ser otra que pasarlos por las armas. Mientras los prisioneros esperaban su última hora, Bonaparte mandó venir a su presencia a la abadesa, María Manuela Rascón, mujer graciosa y conversadora con la que tomó café(s) y picatostes. Tal era la habilidad social de la monja que Napoleón le entregó mil monedas de oro, una carta de inmunidad ante asaltos y pillaje y el nombramiento de abadesa-emperatriz. Pues no contenta con eso -ya se ve que le había hecho la boca un cura-, ella le pidió el indulto para los tres españoles. Y el emperador, hasta las trancas de su dolorosa cafeína, también se lo concedió. A aquellos tres sí que les tocó el Gordo.

No terminan aquí las anécdotas del Corso con el café. Durante las guerras napoleónicas, Gran Bretaña, señora del océano, bloqueó los puertos franceses. Como respuesta patriótica, Francia prohibió el consumo de productos coloniales ingleses; cuando los gendarmes se incautaban de bienes de estraperlo, los quemaban como se queman hoy los alijos de hachís, por poner un ejemplo. Una consecuencia de aquella situación fue que Francia se llenase de plantaciones de remolacha, para compensar la falta de azúcar.

Con cara de achicoria.
Entre el bloqueo y la prohibición, el café no llegaba a las tazas galas. Un día que Bonaparte cruzaba un pueblo, le llegó el aroma ilegal del café molido. Pronto descubrió que salía de la sacristía de la iglesia, así que entró en ella como entraba en cualquier nación de Europa -echando abajo las puertas- y se dio de bruces con el cura, que, en ese momento, espolvoreaba la molienda en el agua hirviente:

"-¿Con que esas tenemos? -vociferó- ¡Os he pillado, señor cura! ¿Tenéis alguna explicación que darme?
-Pues ya lo veis, señor mío, hago lo mismo que vos: quemo los coloniales de nuestros archienemigos".

Y, dicho esto, le ofreció una taza al furibundo Boney, mote que le habían puesto los ingleses. La cafetomanía de Bonaparte le venía de antiguo. Cuando no era más que un teniente artillero prometedor, ya formaba parte de la parroquia del café Le Procope. Cuentan que una tarde se encontró sin contante en la faltriquera para abonar los y tantos cafés que se habría tomado. Ni corto ni perezoso, dejó como fianza su sombrero de reglamento, que aún se expone en la famosa cafetería parisina.

Tricornio de Bonaparte
en Le Procope.
Como error común, en la mayoría de sitios de Internet donde mencionan tal anécdota suelen decir que aquel tocado es un bicornio. Se quedan cortos: es un sombrero de tres picos puesto en batalla, es decir, con la esquina frontal levantada y pegada a la copa. Un gemelo de aquel -es de suponer que tuviera unos cuantos- lo acompañaría en su ocaso: la batalla de Waterloo, ganada por el duque de Wellington, quien, como se puede apreciar en la pintura de más abajo era, bajo los criterios del padre La Salle, un perfecto maleducado. Tampoco allí, en el Brabante valón, se pudo desprender el pequeño cabo de la sombra fatídica del café. Cuentan que el carro de intendencia que llevaba las dosis de cafeína del emperador se extravió la víspera de la batalla.

El grosero Wellington.
Aquella contingencia pudo cambiar la Historia, ya que, al no tener café, Napoleón no aguantó la vigilia. De ahí que no atacase a los aliados al despuntar el alba, tal y como había planeado. El mal tiempo y el retraso, pues el zafarrancho francés sonó al mediodía, precipitaron su fracaso. Bien pudo gritar Bonaparte algo parecido a aquello de Ricardo III: "¡Un café, un café, mi imperio por un café!". ¿Verdad? ¿Licencia histórica? Chi lo sa? Si non è vero, è ben trovato. Y ahora, si me disculpas, voy a fustigarme con una cafetera hirviendo, porque he sido un niño malo, muy malo...





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sábado, 11 de abril de 2015

¿HAS PROBADO YA LA CARNE DE EVA?




Le podría preguntar a Adán, pero te pregunto a ti: ¿Has probado ya La carne de Eva?...

Me explico. Para empezar, no hago reseñas literarias en este blog; no porque me produzca alergia el trabajo de otros escritores, que no, que no es eso. Es que no soy quién para recomendarte lo que debes leer ni creo tener la pericia como para establecer las fortalezas y debilidades de una obra literaria.

Con el vino, en este país de a mil sumillers paelleros por metro cuadrado, me pasa igual. O peor. Yo bebo, no opino con la boca llena; ni vacía. Para mí, un mosto lleno de matices, brillante y alegre, es festivalero; si va pasado de alegría, o sea, que un par de copitas bastan porque la botella te dejaría la boca como una feria de recogida, entonces es verbenero. Si quiero un vino con cuerpo, pregunto por alguno masticable. Ahora me gusta un champán cítrico que siempre pido como el alimonao; resulta que un nariz de oro que lo probó dijo que, en efecto, tenía toques de limón confitado. ¡Óle! Pero hasta ahí llego...

Si este es mi pobre repertorio enológico, imagínate con los libros. Y ya no te hablo de hacer reseñas cinematográficas: soy fan de las dos primeras entregas de Blade, el vampiro matavampiros, y he visto La liga de los hombres extraordinarios dos veces. ¿Qué te puedo contar sobre libros, vino y cine que tú no sepas más y mejor que yo?

¿Y entonces? Pues nada, que me ha podido la tentación, como a la segunda mujer de la Historia (la primera fue Lilith y ya venía tentada). La carne de Eva es la opera prima de Casaseca (apellido y nombre artístico). "¿Y de qué conoces al tal Casaseca como para saltarte a la torera tus propias normas?", te preguntarás. Para empezar, se presenta él mismo:

"Casaseca es un señor muy casado que lleva años empeñado en criar un par de niñas, y que tuvo la puntería de nacer en Badajoz allá por el 69. Este tipo sin nombre y con un solo apellido, al que parece habérsele posado en la cara un niño arrugado, está tratando ahora de rascarse una viruela de esas que va trayendo la edad, pero que se incuban toda una vida, dedicando los tiempos que antes invertía al esparcimiento, a parir literatura"

Simpático, ¿verdad? Pues ahí va mi primera opinión: no te fíes. Aparte, conozco al autor de esto otro:

"Un gran libro escrito de manera brillante. La historia, siendo buena, no es lo mejor que tiene. La cuidada prosa, los acertados epítetos, la estudiada estructura de la obra, los conocimientos que sobre la época y la ciudad de La Coruña tiene el autor, etc... convierten a la novela en poco menos que en obra de arte. ¿Estoy exagerando? Yo creo que no. Desde aquí mando un aplauso a este magnífico escritor del que espero volver a oír muy pronto. Decir que la recomiendo es quedarme muy corto".

Eso fue lo que Casaseca opinó de mi novela, El viento de mis velas (peripecias de un empedernido bebedor de café), el 2 de julio de 2014 en Amazon. Hasta ese día, yo no lo conocía de nada. Y seguimos sin habernos echado el aliento encima, pero hablamos bastante en modo cibernético. Entenderás que aunque solo fuera por aquel arreón de ánimo que me regaló, Casaseca se merecía que yo le hiciera una reseña aquí. Y como se merecía que yo le hiciera aquí una reseña, pues se la hago.

Para empezar, me he leído el libro desde la portada hasta el final. Nadie me lo ha contado. Y te aviso que lo que empezó como una obra costumbrista terminó como una tremenda novela de terror: del peor. Por eso te decía que no te fiaras. Así, recién llegado a la literatura, Casaseca se atreve con el más universal y tremendo de los temas: las sombras de una familia y los fantasmas que viven en ellas:

"Si Margarita hubiese recibido el nombre de la santa del día en que nació, al igual que sus hermanos, se habría llamado Carmen. Carmen es un nombre muy bonito. La clase de nombre que llevaría una gran dama, alguien de clase y con posibles. Quizás por eso don Alonso se negó a ponérselo, porque pensó que no sería apropiado para la hija de un minero negro"

Casaseca se atreve con un laberinto familiar -minotauro incluido- y sale ileso; él, no sus personajes. Primero te enreda con unos niños que, lejos de jugar con maquinitas (no las había, era otra época), se van a coger renacuajos para cebo. A partir de ahí, la araña en la que el autor se encarna te va enredando hasta llevarte a un clímax inesperado que te roba el aliento y te deja como dejan muchas veces las familias: lleno de rabia. ¡Ojo!, he dicho clímax, no final. Spoilers, los justos.

En una opinión que escribí en Google Play, donde también puedes encontrar el ebook, contaba lo mismo, pero con otras palabras: "¿Sabes esos rincones de tu familia a los que no irías ni con un tercio legionario? Pues Casaseca va y se hace un selfie junto al horror. Hay novela y hay novelista".

Eso sí, en caso de que te veas en la obligación de acudir a comidas dominicales en casa de suegras, cuñados e, incluso, padres, no leas La carne de Eva. O, si la lees, avisa de que quiten los cuchillos de la mesa. Yo, incluso, apartaría las cucharas: lo mismo te comes la sopa que le sacas un ojo a alguien... ¿Sigues queriendo probar La carne de Eva? Creo que sí...









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viernes, 10 de abril de 2015

CITA EXPRÉS

Jacques Delille


J. Delille (1738-1813)

"Y creo, con el genio 
que el despertar provoca, 
que bebo un rayo de sol 
en cada gota"


El abbé Delille comparte con el café lo incierto de su origen. Aunque la conozcamos como "infusión arábiga", los etíopes se enorgullecen de que se empezó a beber en el Cuerno de África y no en la península asiática. Para ello recurren a la leyenda del pastorcillo Khaldi, cuyas cabras tiraban al monte por la noche para ramonear unas bayas rojas que las ponían a triscar en dos patas. ¡Cabras al fin! Con la ayuda del abad de un convento y de una buena dosis de casualidad, el zagal descubre que, después de tomar café, puede hablar con el monje de los más elevados temas, como en una especie de pentecostés. ¡Y toda la noche!... Qué lata, ¿no?


"¡El café os pone como cabras, so cabritas!"

Ante el envite de los abisinios, los árabes se van de órdago y juran que el mismísimo arcángel san Gabriel, apiadado de sus largas vigilias, invitó a Mahoma al primer qahwa. Se dice que el nombre árabe del café viene de la piedra negra guardada en la Kaaba de La Meca. El brebaje del enviado celestial no solo proporcionaba inspiración al Profeta, sino que le permitía "cabalgar cuarenta yeguas y cuarenta huríes", así, como si nada. En otra leyenda árabe, el espíritu del santón Schandeli, encarnado en un pajarillo blanco, se aparece a su discípulo Hadki Omar sobre una mata de cafeto. Con las bayas de café, Omar cura de la peste a un reino entero y se casa con la hija del sultán.

"Me ha dicho un pajarito que esto es café..."

Pues bien, tampoco queda claro dónde nació el poeta francés Jacques Delille: que si en Sardón, que si en La Caniére, que si en Puy-de-Dôme, que si en Clertmon-Ferrand... Lo que sí está claro es que fue bastardo de un letrado, que le dejó una renta vitalicia de cien escudos, que daba más para achicoria que para café. Estudiante aplicado y luego maestro de latines, Delille alcanzó la fama cuando se enfrentó al reto de traducir al francés las Geórgicas de Virgilio.

Corría 1770 y su éxito corrió también: cuatro años más tarde fue elegido miembro de la Academia Francesa. Pero como todavía era un profesorcillo de latín, la indignación de la intelectualidad por la pobreza de tan insigne bardo lo elevó a la cátedra de poesía latina en el prestigioso Colegio de Francia. Voltaire -magnífico cafeinómano- lo alabó, María Antonieta lo protegió y el conde de Artois le concedió la abadía de San Severino por haberse ordenado de abate, un clérigo de órdenes menores; en una de mis primeras entradas te hablo de lo bien que vivían estos medio curillas del siglo XVIII.

Delille ante su público.
Aunque se tuvo que exiliar durante la Revolución -Suiza, Alemania e Inglaterra-, regresó a Francia en 1802 convertido en una especie de Lady Gaga literaria, idolatrado hasta la exageración. Y más aún desde que se quedó ciego, pues entonces empezaron a compararlo... ¡con Homero! Tras su muerte, en 1813, fue despreciado por las nuevas generaciones, dominadas por el romanticismo y la tisis: lo acusaron de frío y cursi.

Antes de eso, en 1809, Delille publica Los tres reinos de la Naturaleza, obra poética en la que habla del café. Casi cien años antes, un marino francés, Gabriel Mathieu de Clieu, introdujo el cafeto en La Martinica y, de ahí, por toda América. En 1777, en la isla antillana había veinte millones de cafetos. El producto de ultramar, considerado gloria nacional, merecía figurar en los versos de otra gloria patria. Con ellos te dejo, no sin antes recomendarte que muelas el grano y pongas el agua a hervir, porque si lees estas estrofas, querrás tener una taza a mano:

Esa es la bebida al poeta tan cara, 
Ignorada de Virgilio, y que Voltaire adoraba. 
Eres tú, divino café, cuya amable poción, 
Sin alterar la cabeza, ensancha el corazón. 
Cuando mis palacios devasta la edad, 
Con placer paladeo tu bondad. 
Y adoro preparar tu néctar precioso, 
Sin que nadie me robe ese remedio delicioso. 

Mi corazón se torna grave y mi cabeza pesada, 
Pues bien, para reanimar mi alegría alelada, 
El grano de Moca y la hoja de Cantón, 
Derramarán su néctar en esmalte del Japón. 
Apenas haya olido tu vapor fragante, 
Súbito, de tu clima el calor penetrante 
Despierta mis sentidos todos; sin caos ni desconcierto, 
Acuden a raudales, como las olas, mis pensamientos. 
Mi idea era triste, árida, desabrida, 
Ahora ríe, surge ricamente vestida; 
Y creo, con el genio que el despertar provoca, 
que bebo un rayo de sol en cada gota.

Los tres reinos de la Naturaleza, Canto VI.







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martes, 7 de abril de 2015

DESNUDARSE NO ERA UN ARTE... (y 2)


El libro de la marquesa. K.Somov.

... era una faena y una lata, como ya demostré -a medias- dos entradas atrás. Hace una semana dejé a un galán neoclásico desnudo como hueso de aceituna y tieso como atacador de artillero; y no porque estuviera muerto, rebosaba vitalidad. E impaciencia, pues la dama con la que compartía el lecho aún no se había quitado ni un alfiler. Así que voy a solucionarlo antes de que el hombre se coma las uñas hasta los codos.


Chapín del siglo XVI.
Ella se habría empezado a poner cómoda por los pies; la mujer se podía descalzar con más facilidad. En el XVIII, los tacones femeninos han perdido altura, muy lejos de los chapines del XVI y de los "andamios" de punta cuadrada del XVII. Sobre los zapatos, que serán de chúpame la punta, lleva las medias de seda, que se ciñen con una liga por encima de la rodilla... No quitárselas es una opción de lo más sugerente. Pero, por favor, no nos despistemos, ¡al grano, que es pa'hoy!

Las damas, como los varones, se vestían según la moda de París:  si el traje de ellos era un habit a la française, el vestido de ellas eran una robe a la française. Y si el traje masculino parecía el colmo de la complicación, el vestido femenino era un tratado de arquitectura, pero rococó. Cuanto antes subamos por el cuerpo del edificio desde los cimientos, más lo agradecerá nuestro romeo.

Zapato inglés de 1720.
Sobre las medias, la dama debe llevar unas enaguas casi hasta los tobillos. Y sobre las enaguas, una falda con su sobrefalda, ambas brocadas y lujosas, adornadas con hilos de oro y estampadas con chinescos o esfumadas a la Pompadour. Pero una cosa es el escaparate y otra la trastienda. Si eres una persona impresionable, no leas lo que queda de este párrafo. ¿Sabes qué ocultaban aquellas señoras y señoritas emperifolladas en los dobladillos de las faldas, o en bolsitas cosidas y disimuladas en el forro?... Prepárate: trozos de carne fresca que les ponía su doncella. No era un piscolabis por si el menú del sarao le provocara alergia; era por las pulgas y demás parentela parásita. Así pretendían evitar que les picasen: ofreciéndoles un cebo. ¡Ñam!


Falda y sobrefalda de brocado de seda de Lyon (1775).

Si la dama es española, habrá llegado a la fiesta con un cobertor llamado basquiña, una prenda recatada de colores oscuros que se ponía por encima de la falda y la sobrefalda. Con ella evitaban llamar la atención por la calle. A finales de siglo, hubo un escándalo en Madrid por culpa de unas basquiñas teñidas de colores vivos. Un viernes santo, en la tradicional Visita de Monumentos, unas petimetras fueron de iglesia en iglesia con basquiñas rojas y verde manzana.

Basquiña con casaca.
El paisanaje no se tomó a bien aquella
provocación y las persiguió con la intención de hacerles pasar un viacrucis. En consecuencia, se dictó una pragmática que prohibía las basquiñas vistosas.

Permíteme un respiro, porque aún nos queda tarea. Ya ves que el atuendo femenino era como una cebolla, lleno de capas. Si el amante de la dama fuese un ancestro de Hannibal Lecter, ya la habría cortado en juliana para acabar antes.

De tomar la falda y la basquiña como la fachada, y las enaguas y las medias como las estancias privadas, el tontillo se quedaría a mitad de camino, como una especie de pieza social. Se trata de un faldellín lateral hecho de listones de ballenas, que se abre de caderas afuera. Es la evolución del guardainfantes, que rodeaba aparatosamente la cintura de la mujer en el siglo XVII, como se aprecia en Las meninas. Aún no habían aparecido los miriñaques, una prenda decimonónica. Por cierto, tontillo no es una apreciación más o menos cariñosa sobre la inteligencia de nadie: viene de tonelete, que es la forma que daba este andamio a la mitad inferior de las damas. Subamos ahora a la planta de arriba...

Tontillo y efecto que produce.
Ya tenemos a la gozona descalza, pero con las medias sujetas con una liga roja. Al quitarle la falda, se le adivina la camisa bajo la casaca, corpiño o jubón. Un momento, que me mojo la cara. Ya, mucho mejor... La casaca se cierra gracias al petillo, una pieza triangular o trapezoidal sujeta con imperdibles. Más tarde se sustituyó por dos piezas que se abotonaban: los cómplices, del francés compères. Pero para este golpe no hacen falta secuaces, así que fuera les compéres, fuera la casaca y fuera... ¡Ñññiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Alto! Con la cotilla hemos topado...

Petillo con lazos y esfumado Pompadour

Cotilla de ballenas y seda.


... Esa prenda interior no recibe su nombre por ser chismosa (aunque podría contar muchas cosas): es un diminutivo de cota, la túnica de malla militar. Se confeccionaban con ballenas, seda y raso. En el siglo XVIII se usaban para estilizar el talle y levantar el pecho. ¡Pues a volar la cotilla!, y, con ella, la camisa, que se mudaba una vez a la semana. Es verdad, no te he dicho que la ropa interior de la época sustituía al baño: aquellos ilustrados se consideraban limpios cuando se mudaban. Y la abundancia de perfumes hacía las veces del agua y el jabón. No los llames guarros, sería injusto; si no se lavaban, era, justamente, por salud: estaban convencidos de que, al sumergirse en la bañera, los poros se abrirían y por ellos entraría todo tipo de miasmas. Cuando hace unos años se prohibió fumar en locales nocturnos, yo me dí cuenta de a qué debía oler una fiesta en Versalles. ¡Qué aleronazos!

Déjame echar cuentas, no sé si se me olvida algo. Podría mirar mis revistas de moda de la época, las mismas que recibían las fashion victims españolas: Journal du Goût (1768), Cabinet des Modes (1785) y Galerie des Modes et de Costume Français (1778).

Ejemplar de Cabinet des Modes.
Pero no será necesario, la montaña de ropa que hay en el suelo indica que no falta nada. "¡Sí, hombre, la peluca!", me contradirás. Pues no, ha sido a conciencia: el mundo de las pelucas femeninas es tan amplio, variado y extravagante, que merece una entrada aparte. Será la próxima. Dejemos a los amantes disfrutar, ¡por fin!, de su desnudez y despidámonos a la francesa, que, lejos de ser una muestra de mala educación, era por entonces el culmen de la cortesía. Pero eso te lo contaré otro día. Yo he terminado, tú, si quieres, puedes mirar por el ojo de la cerradura...  










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