sábado, 30 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Pietro Della Valle



"Haré que Italia beba café"


Si aún no tienes una a mano, te recomiendo que prepares una taza humosa y fragante, porque lo que viene es aventura. 
El personaje que te mira desde lo alto de esta entrada se llama Pietro Della Valle, nació en Roma en 1586 y murió allí mismo en 1652. "¡Pues vaya mierda de aventura si nunca salió de su ciudad!", podrías pensar. Y te precipitarías. 

El bueno de Pietro fue un diletante de familia noble y rica: músico, literato, políglota y reputado retórico, que dirían en la Wikipedia. Escribió una opereta, Il carro di fedeltá d'amore, y formó parte de una elitista sociedad literaria, la Accademia degli UmoristiSigue sin parecer un aventurero, ¿verdad?

Pues, ni corto ni perezoso, en septiembre de 1611 -a los veinticinco años- se embarcó en una galera de la flota del Marqués de Santa Cruz para ir a tomar las islas berberiscas y piratonas de Los Querquenes. Cuando volvió victorioso, el guerrero se enamoró hasta las trancas, pero el corazón que no le habían trinchado los corsarios tunecinos se lo rompió una romana. Es verdad que labia no le faltaba, pero, despechado, no encontró argumentos para seguir vivo. Por suerte para él y para los cafeinómanos, apareció un médico napolitano, el doctor Mario Schipano, que le recetó un cambio de aires. Pietro eligió Tierra Santa, puede que arrepentido por haberse querido suicidar; también se le metió en la cabeza una fantasía de cruzado: convencer al Sha de Persia de una alianza con la Cristiandad para estrujar al turco.

El 8 de junio de 1614 partió de Venecia rumbo a Jerusalén; lo acompañaba un dibujante, cuyos grabados puedes disfrutar en este post. Pero no llegó a la Ciudad de los Tres Credos, pues se quedó un año en Estambul, donde aprendió turco y se aficionó al café:
"Durante el verano es muy refrescante, mientras que en invierno templa el cuerpo sin afectar los humores. Lo beben caliente, como algo delicado, tomándolo despacio mientras conversan, pero nunca a la hora de la cena. No hay reunión de turcos que no perfume el café [...] Cuando retorne me llevaré un poco y haré que toda Italia lo beba".
Una intención muy loable que se retrasó doce años. De la Sublime Puerta, Della Valle pasó a Alejandría, recorrió el Nilo, se plantó con la boca abierta ante las pirámides y subió al Sinaí. Aún tuvo tiempo de tomarse unas cuantas tazas para quedar bien seguro de que sus compatriotas se merecían aquel ébano líquido.

Pietro Della Valle ante la Esfinge y las pirámides de Gizé.
Dos años después de su partida de Italia, Pietro pisó, por fin, Jerusalén. En ese tiempo empezó a cambiar cartas con su médico: llegó a enviarle cincuenta y cuatro en total, recogidas en una obra titulada Viaje de Pietro Della Valle, descritos por él mismo en cartas amistosas a su amigo, el erudito Mario Schipano, divididas en tres partes: Turquía, Persia e India (sí, coge aire, los titulitos de la época se las traían).



Portada del libro de viajes de Della Valle.
De camino a Damasco, llegó a las manos de nuestro enamoradizo aventurero el retrato de una mujer, una princesa mestiza -siria y armenia- llamada Maani Gioerida. No tengo que contarte que, muy mal escarmentado, Pietro volvió a enamorarse hasta las cachas. Como tiran más dos mamellas que una reata de camellas, el italiano salió a escape hacia Bagdad, donde la niña de sus ojos, a la que no había visto nunca, residía. Pietro, como Julio César, fue, echó un ojo al percal y venció. Maani era cristiana nestoriana, así que pudieron casarse en un pispás: no tardaron un mes.

El ansia de Pietro era muy bien correspondida por su flamante desposada, pues ella quería, a todo trance, un hijo. Mohína porque la semilla itálica no prendía en su vientre asiático, cuentan que echó mano de un cuento, como Sherezade. Y aquí es donde Homero se une con el café, tal y como te expliqué en una entrada anterior. Maani le jura a su esposo que una mezcla de vino y café hará de él un semental que ya querría en sus establos el Gran Turco.

Maani, primera esposa de Della Valle.
Como Della Valle no bebía alcohol, le replicó a su cónyuge, intensa ella, que había naciones abstemias en las que, sin embargo, se alumbraban niños. A la exigente armenia no le hizo falta más que ponerse de morros y sugerir otra abstinencia para que su hombre se dejara de monsergas. De inmediato, el bueno de Pietro sorbió, "como un pajarillo en un brocal", unos tragos de aquella mezcla de vino y café y, vete a saber por qué, Maani quedó grávida y más contenta que unas pascuas. 


De resultas de aquel prodigio, Della Valle concluyó que esa era la potente droga que Helena le ofreció a Telémaco en la corte de Menelao: el nepentés homérico que tonificaba a los melancólicos. Para entonces, el matrimonio de aventureros ya había llegado a la India, donde el italiano empezó a sentir nostalgia, a cansarse de novedades y a curarse de aquella fiebre de una cruzada europersa contra los otomanos. Convinieron en partir para Italia, pero Maani, embarazada, muere de malaria. Desesperado -ya sabemos lo tremendo que era-, al viudo no se le ocurre nada mejor que aplicarle a su finada lo que había aprendido en Egipto.


"De la arena donde la habían escondido,
 sacó una momia". Della Valle en Egipto.
El doliente Pietro no tardó un ¡ay! en mandar que la momificaran. Y todo lo soportó: que la lavaran, que la secaran al sol para curtirla, que la untaran de alcanfor; incluso aguantó la evisceración, pero cuando, en un gesto de cortesía fúnebre, el embalsamador le entregó el corazón de su amada, Della Valle entró en cólera y casi fabrica momias nuevas.

Un lustro le llevó a nuestro aventurero volver por fin a Roma, siempre con el sarcófago de su mujer a cuestas, rogando, sobornando o amenazando a los capitanes y caravaneros que se negaban a viajar en tan fúnebre compañía. El 28 de marzo de 1626, Pietro Della Valle aspiró, de nuevo, el aire miasmático de las ciénagas romanas, que a él se le debieron de antojar esencias de Oriente. Lo primero que hizo fue enterrar a Maani en la capilla de San Pablo de la Iglesia de Santa María de Ara-Coeli. Después hizo balance: ¿qué había sacado de doce años de trajín por Asia aparte de una momia, un par de idiomas nuevos, una alianza utópica y unos litros de café? Pues toma nota...


Gato persa, introducido por Della Valle en Europa.
La Biblioteca del Vaticano recibió manuscritos inéditos y antiquísimos para sus fondos (¡al loro, Dan Brown!), amén de restos de momias egipcias; por eso, el Papa Urbano VIII nombró a Pietro camarero de sus aposentos; los eruditos romanos vieron, por primera vez, adobes con escritura cuneiforme; trajo munición para los fanáticos de los vídeos de gatitos en Youtube, pues introdujo el gato persa en Occidente; y se casó con la hija adoptiva de Maani, una jovencita circasiana, María Tinatia de Ziba, apelada Mariuccia, que había cuidado de la momia y que le dio catorce hijos. También importó semillas del cafeto para que toda Italia bebiera la infusión... ¡Pero qué lástima de esfuerzo! Otro italiano se le había adelantado: Próspero Alpini, médico y botánico, asistente del cónsul veneciano en El Cairo, había descrito, dibujado y empaquetado granos de café... en 1592. La culpa no fue suya, tienes que ponerte en su lugar: en el Renacimiento no había Internet y uno tardaba una eternidad en ponerse al día, si es que llegaba a hacerlo. En todo caso, si estás tomando un café mientras lees estas líneas, no estará de más que brindes a la memoria de Pietro Della Valle y de sus muchos afanes y trabajos para que conociéramos en Europa la oscura infusión. ¡Salud, viajero!


Viaje de ida a Oriente y retorno a Italia de Pietro Della Valle a principios del siglo XVII.













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sábado, 23 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Mujeres contra el café




"El café convierte 
a nuestros hombres en eunucos"


En el año 1700 ya había tres mil cafeterías en Londres. Toda una burbuja recreativa si tenemos en cuenta que la primera coffee-house londinense abrió en 1652. Fue un siciliano, Pasqua Rosée, quien emprendió aquella nueva y rentable empresa en St. Michael's Alley, en Cornhill, corazón histórico y financiero de Londres. Rosée había llegado a La City de la mano de Daniel Edwards, un importador de ultramarinos orientales, café incluido, of course.


Placa conmemorativa del primer café de Londres.
Pero los de la capital del futuro Imperio no tuvieron el honor de ser los pioneros de la cafetomanía británica. El primer café de toda la isla lo puso en marcha un avispado estudiante de Oxford, Nathaniel Carponius, que empezó a moler y a cocer grano en 1637. Y tampoco era inglés, sino otro isleño mediterráneo, este de Creta.

Mientras que las coffee-houses oxonienses eran elitistas, las londinenses se convirtieron en La Universidad del Penique: cualquiera con un cobre en la faltriquera tenía acceso libre, se enteraba del último chisme, trababa conversación, cerraba un negocio y se tomaba un café en ellas. Cualquiera (o, mejor dicho, casi cualquiera, como ya veremos). Los ingleses aún se ufanan de que en aquellos locales quedaron establecidas las reglas de la conversación civilizada, pero es dudoso que, en tan promiscuo ambiente y con el apego cockney al guirigay, no hubiera voces más altas que otras y algunas manos más largas que las del resto de la parroquia, como bien se aprecia en la ilustración de abajo.

"¿Que no quieres café? ¡Pues toma dos tazas, por bocazas!"

De hecho, la primera denuncia contra una cafetería londinense se presentó en 1657: "Por enorme estruendo y perjuicio al vecindario", amén de malos olores y riesgo de incendio. La denunciada fue The Rainbow y estaba sita en Fleet Street, calle que tomó su nombre de un arroyo que moría en el Támesis. En ella se establecieron los impresores de la ciudad y de allí salió, el 11 de marzo de 1702, el primer diario británico: The Daily Courant. A lo largo de tres siglos, Fleet fue la sede de la prensa inglesa.

Dado su éxito, las coffee-houses llegaron a tener la consideración de "auténtico hogar de los londinenses". Hogar ubicuo, añado, pues una de sus grandes ventajas, al haber tantas como chinches en costura, era que un paisano podía citarse con otro en cualquier parte de la ciudad para echar el rato por muy poco dinero.

Coffee-houses, cosa de hombres.
Su categoría de lugares de moda no los eximía de molestias que hoy soportaríamos ya muy raramente: eran oscuras y sórdidas; apestaban a las pipas que los clientes podían alquilar y fumar a placer; los ojos escocían por la neblina del humo del tabaco y de las velas de sebo; y el suelo estaba plagado de escupideras y cubierto de arena. Arrimar la nariz a una taza de café caliente debía de ser todo un alivio.


El último -y no el menor- de aquellos inconvenientes para una mente contemporánea era que las mujeres podían regentar una coffee-house, pero tenían prohibido el acceso como clientas. Así que corrijo: cualquiera no podía entrar en una cafetería de aquella época ilustrada. Puede que por eso, a los veintidós años de abrir la primera, un grupo anónimo de mujeres difundiera un panfleto titulado Petición de las mujeres contra el café, sometida a la consideración pública, debido a los grandes inconvenientes que el uso excesivo de este licor resecante y debilitante ocasiona a las actividades propias de su sexo, presentado a los guardianes de la libertad de Venus. Los términos de aquella belicosa declaración de 1674 eran de este jaez:
"El uso excesivo de ese moderno, abominable y pagano licor llamado café, ha convertido a nuestros hombres en eunucos y ha inutilizado a nuestros galanes [...] No les queda nada húmedo salvo las narices, nada rígido salvo las articulaciones, nada erguido salvo las orejas".

"Genuino vigor inglés perdido / Galanes gonorreicos".

 Y no contentas con semejante diatriba, aún se enconaban:
"[El café] Hace a los hombres tan estériles como los desiertos de donde procede su infeliz semilla [...] Y los lleva a malgastar su tiempo, a quemarse la boca y a gastar su dinero, todo por un poco de agua amarga, negra, espesa, desagradable, traída de un charco nauseabundo y maloliente".

Y, por si fuera poco, los vuelve chismosos y andorreros. 

No tardó en llegar la contestación en forma de otro pasquín colectivo y anónimo: La respuesta de los hombres a la petición de la mujeres contra el café. En ese mismo tono hiperbólico y, por ello, caricaturesco, contraatacaban el "escandaloso panfleto" femenino elogiando las virtudes venéreas del café:
"Hace la erección más vigorosa, la eyaculación más completa y aporta elevación espiritual al esperma".

"¡A mí los hombres!", gritó el café.

¡Zas, en toda la boca! Y ahora, si queréis, volvéis a por otra, les faltó decir... 
Nunca se supo quién andaba detrás de la airada petición de las mujeres londinenses, abandonadas por sus galanes, rendidos en los brazos humosos de aquel veneno de Oriente, que es de donde venían por entonces los vicios más deplorables. Hay quienes afirman que, por su tono, ambos libelos nacieron de una broma masculina, quizá parida tras una sobredosis de cafeína y cháchara en la mesa de un café; otras versiones hablan de agentes monárquicos, seriamente preocupados por las tertulias políticas en las coffee-houses; también son señalados los propietarios de las alehouses, los cerveceros, alarmados por la cafeinomanía de sus conciudadanos; y, por fin, algunos historiadores del café se atreven a sugerir que las meretrices londinenses entendieron que las cafeterías apartaban a sus clientes de las calles, los volvían caballeros sobrios y juiciosos y que, por eso, ellas fueron las autoras del primer volante. ¡A mí, plim! Desde que me contaron que el café es mano de santo para la próstata, yo lo tomo por cojones (dos o tres tazas al día, ¡ojo!)... Y también porque me encanta, claro que sí.


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martes, 19 de mayo de 2015

¿ESTOS BORBONES 

COMERÁN VACA?




El XVIII, siglo del que me ocupo en este blog, comenzó en España con un rey y una dinastía flamantes: Felipe V y la Casa de Borbón, que venían a reemplazar a los muy abollados Austrias. Sus parientes, los Bourbon, habían plantado sus propios lises en el trono de San Luis un siglo antes: el pionero, en 1589, fue Enrique IV, hijo de Antonio de Borbón y de Juana de Albret, reina de Navarra. Este primer Bourbon es considerado por los franceses como el mejor rey que jamás hayan tenido -muy por encima de Sa Majesté Sarkozy I, el Megalómano-; por eso aún le llaman Le bon roi Henri.

Un rey preocupado por su gente,
¡qué cosas!
Al cuarto Enrique francés se le atribuye la siguiente frase: "Un pollo en las ollas de todos los campesinos, todos los domingos"... Sí, vale, de acuerdo, me parece ideal... ¿Pero qué hacemos con las fiestas de guardar?, ¿de eso no hablamos? Y si la Navidad cayera en lunes, ¿qué comerían los campesinos, coles hervidas? Que no digo yo que estuviera mal, pero, hombre, ya puestos... En fin, con aquello, le bon roi quería decir que pretendía la felicidad para todos sus súbditos y no solo para él, como otros que conocemos muy bien los súbditos de hoy en día... Y no miro a nadie.

El caso es que, cuando la Guerra de Sucesión hispánica (1701-1715) terminó, los Borbones ya habían asentado sus muy soberanas cachas en los tronos de Francia y España y se disponían a hacerlo en Nápoles y Parma. Pero hay quien no sabe -o no recuerda- que, entre 1555 y 1620, ya las tuvieron posadas en el sitial de Navarra. Nada que se compare, ni de lejos, con el exotismo de aquel Borbón que, desde 1560 -año más, año menos-, prosperaba por el Indostán -¡y de qué modo!-. ¿Que qué es lo que hacía?, pues enriquecerse y crear la rama hindú de la familia: los rajás de Bourbon.

-¿Coooooooómo?... ¿Un Borbón al curry? Estas entradas tuyas cada vez son más, cómo decirlo... excéntricas, no sé si me entiendes. No te estarás quedando sin ideas, ¿no?
-¡Más vale ideas sin cordura que cordura sin ideas!, o como se diga. Pero, excéntrico o no, ahora mismito te lo cuento, si tú quieres... Como no te oigo, será que callas y otorgas, así que ahí voy.

Antes de que los Bourbon llegasen a reyes de Francia, uno de ellos, pomposamente llamado Carlos III de Borbón (1490-1527), fue condestable de Francisco I, rey de la Casa Valois, el mismo gabacho coronado que estuvo preso en Madrid tras su derrota en Pavía. Un condestable era lo mismo, por entonces, que decir comandante en jefe de los ejércitos reales franceses. Pero como el rey había querido hacerse con sus títulos y propiedades, el humillado Carlos decidió pasarse a las filas de su tocayo, Primero de España y Quinto de Alemania. El 6 de mayo de 1527, el infortunado Charles de Bourbon mandaba las tropas imperiales que asediaban Roma, enemiga del césar Carlos y aliada de Francia. En el asalto, cayó herido de muerte por un pelotazo de arcabuz; Benvenuto Cellini, escultor, orfebre y reconocido fanfarrón y buscapleitos, se ufanó toda su vida de que el disparo fue suyo.

Carlos de Borbón cae ante las murallas de Roma.
Martin van Heemskerck (1555).

De poco le sirvió a los romanos tan insigne baja: tras quedarse sin comandante, cinco mil infantes españoles, tres mil italianos y diez mil lansquenetes alemanes se lanzaron a uno de los más crueles episodios de la Europa Moderna (y hubo unos cuantos): el Saco de Roma. La excusa fue que llevaban muchas soldadas de atraso. Entre muertos, heridos y refugiados, la cifra de bajas se estima en cuarenta y cinco mil personas. Por si eso fuera poco, el daño artístico es, aún hoy, incalculable.

Una leyenda cuenta que la palabra brindis viene de la celebración de los terribles lansquenetes alemanes. Tras su sangrienta victoria, alzaron jarras, copas, cálices, botellas y todo recipiente de ocasión, colmados de licor, claro, y ofrecieron el triunfo a su káiser, Carlos V. A la vez, corearon un grito unánime y atronador: Ich bring dir's! ¡Yo te la ofrezco! Y de ahí, brindis.

Lansquenetes en el Saco de Roma según el ilustrador Angus MacBride.

A lo que iba, que te lío. Con su muerte imprevista, Carlos de Borbón dejó un huérfano sin reconocer: Jean-Philippe de Bourbon, nacido en Italia. El muchacho salió a su padre: pendenciero. Por eso tuvo que huir a Sicilia tras matar a un noble en un duelo. Cuando quiso regresar al continente, su barco fue apresado por piratas berberiscos que lo vendieron como esclavo en Egipto. Corría el año de 1541. Por entonces gobernaban en El Cairo los mamelucos, guerreros de Asia Central que habían servido como esclavos a los sultanes y, tras derrocarlos, rindieron vasallaje al Imperio Turco; Jean-Philippe ingresó en su ejército -medio a la fuerza, medio por vocación-, pero, al final, huyó a la India con un sacerdote y dos camaradas.

Tras desembarcar, se dirigió a Delhi, capital del Imperio Mogol. Los mogoles eran turcos islámicos, descendientes de Tamerlán, que conquistaron la India en 1526. Teniendo en cuenta que fue recibido por el emperador Akbar, que subió al trono en 1556, Jean-Philippe tuvo que estar casi quince años cautivo en Egipto. En la India no le fue nada mal: aparte de su nombramiento como primer maestro de artillería, se casó con una esclava circasiana cuñada del emperador, es decir, hermana de una de sus esposas. Más tarde recibió el título de rajá de Shergar. Los descendientes de aquel buscavidas -¡cuántas dinastías empezaron así!- estuvieron al servicio del imperio en sus más altas instancias hasta que se inició la decadencia de los mogoles, provocada, entre otras razones, por la llegada de los ingleses. 

En 1778, la familia Bourbon fue masacrada por el marajá de Narwar y sus archivos dinásticos ardieron; Salvador II y sus dos hijos, los únicos supervivientes, huyeron a Bhopal, en el corazón del subcontinente indio. Es la misma ciudad tristemente famosa por la tragedia de la factoría química de Union Carbide, que mató o lesionó gravemente en 1984 a cientos de miles de personas. Los Bourbon construyeron allá, en 1857, el Shouhat Mahal, la nueva residencia familiar, una mezcla de estilos europeo e hindú.

Palacio de Shouhat, residencia de los Bourbon en Bhopal.

En el siglo XIX llegaron a Europa las primeras noticias de esta exótica rama de los Bourbon. El coronel William Kincaid dejó en 1887 una crónica de las aventuras del pionero, Jean-Philippe, en la que cuenta que su compañía y gestiones le resultaron tan agradables al emperador Akbar que le confió, incluso, el gobierno de su harén. Un tipo de fiar, sin duda. A mí me hubieran cortado la cabeza; o algo peor...

En 1892, el escritor francés Louis Rousselet publicó El hijo del condestable de Francia: las aventuras de Jean de Bourbon. Rousselet llegó a reunirse con la princesa Isabel, descendiente de aquel aventurero. La sirdar (princesa) tenía en aquel tiempo 66 años:
"Al llegar a Bhopal y encontrar [...] una princesa cristiana, y escuchar que ella era el personaje más importante del reino y que llevaba el nombre de Borbón, aquello me pareció un cuento".
Sirdar Isabel.
Ya en 2007, Miguel de Grecia, tío de la reina Sofía, escribió El rajá Borbón. En sus páginas fantasea con la idea de que el condestable Carlos hubiera salido vivo del Saco de Roma para acabar casado con una princesa mogola, Alïque, madre de Jean-Philippe.

Cuando la India se independizó de Gran Bretaña, los privilegios territoriales fueron anulados, así que los Bourbon hindúes perdieron propiedades. En 1971, la primera ministra Indira Ghandi abolió también los títulos nobiliarios, por lo que estos Bourbon tandoori, llegados cuatro siglos antes desde Roma, fueron degradados a la condición de burgueses. Quizá por eso te parezca que el último descendiente de aquel aventurero italo-francés del Cinquecento pudiera ser un pacífico y próspero empresario de telefonía móvil de Bombay. Desde 1958 responde al título -muy honorífico- de Baltasar Napoleón IV de Bourbon-Bhopal. Que no te engañe el uniforme, Baltasar no es el conserje del Exótico Hotel Marigold, es abogado, así que ojito con las bromas.

Baltasar Napoléon IV de Bourbon-Bhopal
y Elisha Pacheco, su consorte. 

http://www.bourbon-bhopal.org/

Ahora que caigo, no he respondido a la pregunta que abre este post: ¿Estos Borbones comerán vaca? ¿Serán capaces de embucharse un entrecot en el mero meollo del país de las lecheras sagradas? Pues mira, no tengo ni la más pajolera idea. En cuanto me inviten a la primera barbacoa en el Shouhat Mahal me faltará tiempo para contártelo. Hasta entonces... ¡Namasté au revoir!

P.D. Te dejo una imagen del primer Baltasar de la dinastía. Apreciarás de dónde le viene la bizarría al titular actual...

Baltasar I de Bourbon-Bhopal (1772-1829)


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viernes, 15 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

Homero


"Homero y su lazarillo",
W.A. Bouguereau (1874).


"Gran remedio de hiel y dolores
y alivio de males"



-¿Cuántos cafés te has tomado?
-Ninguno. Hasta que no remato una Cita Exprés, ni lo huelo...
-¿Me estás diciendo que así, a pelo, sereno como una piedra, estás metiendo a Homero en una entrada sobre el café? ¿Es que se te ha ido la olla?
-Pues hace tiempo, la verdad, gracias por darte cuenta...
-Los tienes cuadraos, macho.
-Pues gracias otra vez, pero yo no he metido al padre de Ulises en esto, me lo chivó Álvaro Cunqueiro.
-¿Esa es tu mejor excusa, echarle la culpa de tus fantasías desquiciadas al Borges galaico?
-Oye, ¿y qué tal si te vas un ratito a pellizcar mármoles?

Cuando se me subleva mi parte pedante y quisquillosa no me soporto ni yo, así que aquí termina esta inquisición. ¡Yo escribo lo que me da la gana!, que para eso es mi blog... ¡Faltaría más! ¡Y sí! Esto fue lo que dejó escrito Álvaro Cunqueiro en La cocina cristiana de Occidente:
"Quizás Helena servía café a Telémaco, pues la Odisea nos enseña que la hermosísima recibía de la egipcia Plydama una planta maravillosa que «alejaba del corazón la tristeza, la ira y hacía olvidar»". 
Se refiere el autor de Las mocedades de Ulises a unos versos del Canto IV de la obra inmortal de Homero, aquellos que van del 220 al 231:

Y en el vino que estaban bebiendo les puso una droga,
gran remedio de hiel y dolores y alivio de males;
beberíalo cualquiera disuelto en colmada vasija
y quedara por todo aquel día curado de llantos
aunque en él le acaeciera perder a su padre y su madre
o cayera el hermano o el hijo querido delante
de sus ojos, herido de muerte por bronce enemigo.
La nacida de Zeus guardaba estos sabios remedios: 
se los dio Polidamna, la esposa de Ton el de Egipto,
el país donde  el suelo fecundo produce más drogas
cuyas mezclas sin fin son mortales las unas, las otras
saludables [...]

 ¡Ahí lo llevas! Por cierto, "la nacida de Zeus" es Helena de Troya, engendrada en Leda por el Padre Olímpico metamorfoseado en cisne, como ya te conté en una entrada anterior... 

"¡Espera, espera! No me salgas con milongas, que esto no cuela -quizá te indignes por la línea de este post elucubrante- ¿Desde cuándo se toma el café con vino?"... ¡Espera tú!, no te fastidia, ¿no serás otra vez mi quisquilla interior?... Es igual; mira, según Cunqueiro, ese brebaje se tomaría desde el siglo XIII a. C., pero si no te convence, te recuerdo que a Federico el Grande, rey de Prusia, se lo preparaban infundido en champán.

"Helena reconoce a Telémaco", J.J. Lagrenée (1795)

A ver, vamos a poner las cosas en su sitio. Para empezar, este pasaje de la Odisea nos cuenta la arribada a Esparta de Telémaco, hijo de Ulises, en busca de noticias de su padre, extraviado -en más de un sentido- al regresar a Ítaca. Allí es recibido por el rey Menelao, destructor de Troya, y por Helena, tan destructora, al fin y al cabo, como su marido. Ante la filial angustia del joven, la reina le ofrece nepentés, un término genérico que significa "en ausencia de dolor". En su poema El cuervo, Edgard Allan Poe lo menciona:

Tornose el aire denso y perfumado
por invisible incienso. Balanceaba
el incensario un serafín; se oían
sobre el tapiz mullido sus pisadas. Grité:
«¡Miserable! ¿Te ha prestado tu Dios
o el nepentés te envía con sus ángeles?
¡Bébelo, olvida ya a Leonora!»
El cuervo dijo: «Nunca más».

No tengo constancia de que el bueno de Poe fuese un empedernido bebedor de café, pero nunca le faltaron otros nepentés, derivados del maíz o de la amapola. ¿Y a quién se le ocurrió, en realidad, que aquel consuelo preparado por Helena era ébano líquido y no opio? Thomas de Quincey aseguraba (1785-1859) que lo que Telémaco bebió era la savia de la adormidera. Algo debía de saber de tales alivios el ilustre comedor de opio inglés. Respondo a la pregunta...


¿Sirviendo el mítico nepentés?

Un aventurero romano, Pietro Della Valle (1586-1652) -del que ya te hablaré porque era como para darle de beber aparte-, aseguró haber tomado una mixtura de café y vino en sus viajes a lo largo y ancho de Oriente, quizá en Constantinopla, puede que en Damasco, quién sabe si en Alepo... Lo más grande del asunto es que juró que se la sirvieron en tierra de musulmanes, que no catan el alcohol (al menos con el Corán en la mano). Aquella mezcla debió de proporcionarle sensaciones tan placenteras como las que Helena le regaló a Telémaco en el palacio de Menelao. Y Della Valle concluyó, claro está, que aquello era el nepentés homérico. Y con esa convicción volvió a Italia, donde la fábula corrió sin freno. Ten en cuenta que, por entonces, el café apenas había llegado a Europa y cualquier leyenda era buena para vender un producto que algunos visionarios consideraron muy rentable.

No sé decirte si por influencia del viajero italiano, o por inspiración propia, el clérigo inglés Robert Burton (1577-1640) recogió la leyenda del nepentés cafetero. En su ensayo Anatomía de la melancolía (1621) dice lo que sigue:
"Los turcos tienen una bebida llamada café -porque ellos no usan el vino-, llamado así por un grano tan negro como el hollín, y tan amargo como la bebida negra que se usaba entre los lacedemonios, y que beben a sorbos y tan caliente como puedan resistir"

Un concurrido café en alguna ciudad del Islam.

 ¡Toma del frasco, Carrasco! Éramos pocos en la cuadra y parió la mula. Del Mediterráneo al Atlántico y seguimos en las mismas: café, vino y Esparta en un mismo párrafo. ¿Y qué bebida será esa que se usaba entre los lacedemonios, laconios o espartanos? Pues no es otra que el caldo negro que comían los guerreros más legendarios del mundo, con permiso de los Caballeros Jedi. La también llamada sopa negra era el símbolo de la frugalidad espartana. Estaba hecha con carne, sangre y vísceras de cerdo cocidas en vino (o vinagre). Era la base de la comida comunal de los varones lacedemonios, la sisitia, que Homero elevó al rango de banquete en sus versos.

Tumba del nadador. Paestum/Magna Grecia (Italia).

Tan repugnante era aquel plato que un sibarita lo probó y, tras escupir, concluyó que entendía el gusto por la muerte de los espartanos si aquel era el máximo placer que se concedían en vida. Hay que tener en cuenta que los habitantes de Síbaris, en la Magna Grecia, eran tan refinados que prohibieron los gallos en su ciudad para que no los molestaran con sus quiquiriquís.

En fin, que, como puedes ver, el café hunde sus raíces en lo más profundo de la Historia. Tal fue mi asombro al documentarme para esta entrada que no me quedó otra que, con palabras de Michaleen Flynn, el casamentero borrachín de El hombre tranquilo, exclamar con el timbre sobrehumano de Esténtor: 

"Esto es...¡¡¡Homérico!!!"






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martes, 12 de mayo de 2015

LA VIDA, TOZUDA, NO SE RINDE



©José Juan Picos


Los cristianos de la Edad Media tenían al cisne como símbolo de hipocresía, pues bajo sus plumas blancas esconden carne negra. O eso decían; yo no lo sé, me he comido muchas cosas -con mi parte de marrones y ruedas de molino-, pero cisne nunca. A la ría que tengo enfrente mientras escribo esta nueva entrada -la de O Burgo, en Coruña- le pasa tres cuartos de lo mismo: cuando la marea está alta, y aquí sube mucho, es un espejo bellísimo que refleja con nitidez sus riberas; pero, cuando baja, la basura que los humanos botamos al mar sin ninguna clemencia se encara con el cielo y te encoge el alma. 

Y sin embargo, a pesar de nuestra miseria y de la mezquindad con que gobernamos nuestras pequeñas existencias, la Vida, tenaz, estalla cada primavera entre el basural y nos regala belleza por cada herida que le infligimos. Hay que reconocer que, en eso, es sin duda más cristiana que el mismísimo Papa de Roma, pues no se cansa de poner la mejilla... hasta que se canse, claro, que avisos va dando.

©José Juan Picos

En una entrada de hace una semana relacionaba yo los cisnes del rococó con los que tengo alrededor de casa. Y te prometí que si las nidadas que esperábamos rompían por fin el cascarón, te las traería aquí. Y eso hago, cumplir mi palabra. Porque el domingo se abrieron los huevos de uno de los nidos; para ser exactos, dos de cinco, los otros tres se malograron. Tuve la suerte de ver a la hembra, de pie sobre el nido, aún esperando a que alguna cabecita asomara entre añicos, pero el milagro no ocurrió. Mientras, el macho tenía a la pareja recién nacida, ya lista para nadar, entre las patas. Una pena que no llevara cámara ni móvil -yo, no el papá cisne-; había salido a correr y, para ese menester, no llevo encima más cachivaches que las ganas, unas buenas zapatillas y una vieja gorra, compañera de muchas aventuras; así que no pude hacer unas fotos de la nueva familia. Lástima de imágenes; y del parto incompleto, claro. Una semana antes, otra hembra, me da que primeriza, abandonó el nido sin que la puesta llegara a buen término, allí se quedaron los huevos.

©José Juan Picos
Puede que la Naturaleza, tan sabia y previsora en sus cosas, no haya querido que las parejas de cisnes vuelvan a tener, como en años anteriores, familia numerosa. Hay cerca de medio centenar de adultos en la ría y el metro cuadrado de territorio se les ha vuelto más caro. 

De hecho, una de las labores que más energía les hace consumir a los padres de los nuevos polluelos es mantener lejos a sus futuros competidores. Estos rodean a la pareja y al par de benjamines con lo que no parecen buenas intenciones. No te fíes, los lindos y pacíficos cisnes de los cuadros pueden ser, en la vida real, auténticas bestias. En la foto de abajo, que he insertado en su mayor amplitud para que la puedas ver mejor, tienes al macho de la pareja rompiendo el agua con la quilla de su pecho para expulsar a los merodeadores. Saben que un picotazo suyo les puede abrir el cráneo como si fuera, propiamente, un huevo. También la madre, esponjada y con el cuello curvado como la viga de una catapulta, amenaza, por su parte, a los que no se dan por aludidos.


©José Juan Picos



©José Juan Picos

Y si a un paseante curioso como yo se le ocurre alargar el pescuezo o acercarse unos pasos más de la cuenta a los polluelos, ya sabe a lo que se enfrenta: el ala de una de estas aves, batida con la energía de una madre que defiende a sus crías, puede producir heridas y fracturas. A la vez, el guardián alado emite un amenazante trompeteo -el que avisa no es traidor- que no debes confundir con el mítico canto del cisne.

©José Juan Picos
©José Juan Picos

Es verdad, es verdad, tienes razón... Estoy tardando en presentarte a los verdaderos protagonistas de este post. Discúlpame. El caso es que, al final, como puedes ver, cogí mi cámara y me puse a tirarles fotos como loco. He visto pocas figuras y figurillas de la televisión que aguanten un primer plano como estos modelos. Así que aquí tienes al primero, un tierno payasete de peluche, con sus zapatones y su narizota...

©José Juan Picos

A partir de aquí, me callo y te dejo disfrutar de las imágenes que siguen. Una cosa, ¿se asfixia uno si está mucho rato en silencio? "¡Sssshhhhhh!"... Vale, vale, luego te lo cuento...

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

©José Juan Picos

Pues no, no me he asfixiado, aquí estoy. Listo para salir a disfrutar de nuevo de estas bellezas. Es verdad, tengo suerte; a veces hay que decirlo en voz alta, o escribirlo, para alejar al aguafiestas que llevamos dentro. Por eso quiero compartirla contigo. Durante un año veré a estas criaturitas crecer, aprender de sus padres, independizarse y, un día, echar a volar ellos solitos, como sus congéneres de hoy mismo, que pasan volando sobre mí para espantar mi muy humana soberbia...

©José Juan Picos







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sábado, 9 de mayo de 2015

CITA EXPRÉS

William Harvey



"¡Del café vienen 
la dicha y el ingenio!"


En el siglo XVII, el Hombre Nuevo (europeo) se siente como un coloso con un catalejo en una mano y un microscopio en la otra, ambas gobernadas por el águila de la Razón, que ha hecho nido en la atalaya de su cabeza. Su mirada abarca, a la vez, horizontes fabulosos y misterios tan profundos que eran insondables hasta la víspera. Es tanta su soberbia que se atreve a mirar a Dios sin miedo a consumirse en su fuego y sin bajar la mirada ante Él. Hace falta mucha bravura, pues sabe que su nueva visión del Universo puede acarrearle muerte y olvido, sin que pueda decidir cuál de las dos condenas es peor. Que le pregunten a Galileo, a quien Roma obligó, si quería salvar su vida, a retractarse del heliocentrismo, de su telescopio y de haber escrito en el lenguaje del vulgo y no en latín.

En esa época se hace inmortal el inglés William Harvey (1578-1657), quien alcanzó su parcela en los Campos Elíseos avalado por Esculapio, el dios de la Medicina. Para ser justos, consiguió su celebridad aupándose en los hombros de otros. Harvey desveló la circulación sanguínea veinticinco años después que Miguel Servet (1509-1553), un español que ya la había asomado en una obra teológica heterodoxa que fue quemada en Suiza junto a su autor. Y Servet, según parece, se inspiró en los estudios de un árabe medieval, Ibn Nafis.
Miguel Servet.
 Por cierto, a Servet lo condenó y ejecutó una inquisición protestante (ahí, los propagandistas de la Leyenda Negra hispánica silban y miran al techo). 

Al español lo mandó quemar un fanático religioso que instauró en Ginebra una teocracia inclemente: Juan Calvino (1509-1564). Su inquisición se llamó Consistorio de Ginebra y se cuentan por docenas las torturas y ejecuciones dictadas por ese tribunal calvinista. Sí, te estoy diciendo que los muy civilizados y neutrales suizos, expertos fabricantes de chocolate, relojes y cuentas muy reservadas, tienen un pasado y esqueletos en el armario, como cualquier hijo de Europa. Aunque si le preguntas a un ginebrino, te dirá que Calvino y sus secuaces eran "exiliados franceses". Y mientras apenas reconocemos a Servet en España, los librepensadores del mundo lo lucen como bandera del combate entre el pensamiento racional y la superstición fanática.

¡Ya me he enjardinado otra vez! Y todavía tengo el descaro de llamar Exprés a estas entradas de fin de semana. Bueno, a lo que iba. Frente a esas tinieblas del oscurantismo religioso -católico o protestante-, a Europa llegaban en el XVII el exotismo de América y los misterios de Oriente, estibados en los galeones del Atlántico y en las galeras del Mediterráneo. William Harvey fue un pionero en aquello de probar placeres de tierras más cálidas que la suya. Unos años antes de que las coffee-houses londinenses llegaran al top de lo más in en la City, Harvey y su hermano Eliab ya eran empedernidos bebedores de café.

Coffee-house londinense del siglo XVII.

El primero de aquellos establecimientos cockneys lo abrió un siciliano, Pasqua Rosée, en 1652, cinco años antes de que Harvey pasara a mejor vida, aunque ya verás que la que tuvo aquí no fue tan mala. Para empezar, estudió en Padua, culmen europeo de la enseñanza de la medicina; su padre, un comerciante acaudalado, se hizo cargo. Sus maestros fueron, entre otros, Vesalio y Falopio. Cuando volvió a Inglaterra, fue admitido en el Real Colegio de Médicos, se hizo yerno del galeno de Jacobo I y acabó siéndolo del primer Carlos inglés.


Harvey muestra la circulación sanguínea a Carlos I,
según Robert Hannah.

Por entonces, el tabaco americano y el café oriental tenían la consideración de panaceas universales. El francés Juan Nicot, padrino de la nicotina, introdujo el tabaco en Francia en 1560 gracias a su empleo como embajador galo en Portugal. La reina madre de los Valois, Catalina de Médici, se convirtió en una auténtica fanática del rapé, pues era lo único que aliviaba sus jaquecas. Del café se decía que curaba la hidropesía, disolvía las piedras renales, aclaraba la vista, sanaba a los gotosos, mejoraba las migrañas, aliviaba la melancolía y la hipocondría, evitaba los abortos y combatía el escorbuto. La imagen que acompaña a este párrafo es un fragmento de un anuncio inglés de 1652 sobre sus virtudes.

"Es lo mejor para niños que padecen el Mal de los Reyes [escrófula: tuberculosis ganglionar]". La llamaban así porque creían que los reyes de Inglaterra y Francia la curaban por imposición de manos.





Con la llegada de ciertos productos exóticos al Viejo Mundo no cambiaron solamente los gustos del paladar, sino también las ceremonias de consumo de sustancias aliviadoras del espíritu y estimulantes del pensamiento. Los caballeros compartían pipas entre ellos y pellizcos de rapé con las damas. Se establecieron horarios y ritos para tomar unas tacitas de té o café o unas jicarillas de cacao.

Cafetera inglesa del siglo XVII.
En este renacimiento y refinamiento del Arte de la Intoxicación, el opio tomó la consideración medicinal de los demás ultramarinos. De hecho, Harvey, además de ser un consumado cafeinómano, bebía láudano, una tintura alcohólica de opio creada por el alquimista Paracelso (1493-1541). En su composición entraban el vino blanco, el azafrán, la canela, el clavo y, claro está, la esencia de la adormidera. Si fuéramos conscientes, solo por un instante y una pizca, de los dolores y miedos cotidianos de la época -donde sobrevivir sano de mente y cuerpo era la verdadera aventura-, sin duda seríamos muy condescendientes con lo que hoy tachamos de vicio.

Excitado por el café -o aliviado por el láudano-, William Harvey, ya en su lecho de muerte, mandó llamar a un abogado para comprometer a sus colegas del Colegio Real de Médicos. Dejó establecido que, una vez al mes, en la fecha de su muerte -3 de junio de 1657-, se reunieran para tomar unas tazas de café a su salud (a la de su fantasma, querría decir). Para eso legaba al órgano colegial cincuenta y seis libras de grano, que vienen a ser veinticinco kilos y medio. En aquel acto de postrera voluntad, tomó una de aquellas semillas entre sus dedos, se la mostró al letrado y sentenció: 
"¡De aquí vienen la dicha y el ingenio!"
Y Esculapio vino a tomarlo de la mano para llevárselo a los Campos Elíseos, donde seguirá bebiendo café con los hombres piadosos y los héroes de todas las épocas mientras Morfeo, el dios de la amapola, instila en su laureada cabeza suaves divagaciones.



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