sábado, 27 de junio de 2015

CITA EXPRÉS

Kulczycki



"¡Santo Cielo! ¡No queméis el café!"


El espléndido otoño vienés está a punto de despojar de prendas las perchas de los bosques de la capital imperial. Este año de 1683, empero, las hojas secas se pudrirán entre cadáveres de dos continentes, sobre una tierra cuajada de sangre y lágrimas. Dos meses antes, con el verano en su cénit -algo tarde para una campaña bélica-, otra horda oriental ha puesto sitio crudelísimo a la Puerta de Europa, con la orden, de boca del mismísimo Mehmed, Cuarto de su nombre, de echar abajo sus batientes. Al frente de los nuevos hunos viene Kará Mustafá, Gran Visir de Constantinopla, soberbio y rapaz. El Sultán, Soberano de la Casa de Osmán, Sucesor del Profeta del Señor del Universo y Comandante de los creyentes, espera sus noticias -de victoria, no caben otras- tomando platillos de café en su serrallo de Belgrado.

Kará Mustafá (1635-1683).
Los vieneses más blasonados y canosos aún recuerdan que, casi veinte años antes, el embajador turco en la ciudad invitaba a café al emperador con mucha inclinación de cabeza y mucho estiramiento de labios y lucimiento de dientes. "Así sonríen los chacales", piensan ahora los defensores de Viena, desmochada por la artillería jenízara y carcomida por las minas de los ingenieros franceses, cuyo rey, apelado Sol, con una mano estrecha la del Turco y con la otra apuñala a la Cristiandad. Su ambición y el ansia borbónica de escapar al cerco de los Austrias españoles y los Habsburgo imperiales lo han llevado, tal y como hizo Francisco I con el káiser Carlos, a entenderse con la Creciente infiel. Para Luis XIV, los jenízaros de la Sublime Puerta y los corsarios de Berbería no son los enemigos de Francia, sino los granaderos alemanes, los dragones austriacos o los mosqueteros españoles. Mas los reyes proponen y la Historia dispone: hoy, duodécimo día del noveno mes del año de mil seiscientos y ochenta tres, los vieneses amanecen y se dan ¡Al arma! con cañonazos escupidos por bronce amigo. Y no el de sus castigados bastiones...

El ejército de Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, ha tomado, bajo las órdenes del competente Duque de Lorena, las colinas de Kahlenberg, atalaya de la planicie vienesa. Les acompañan los jinetes polacos de Jan Sobieski y los regimientos de aguerridos voluntarios de los príncipes electores alemanes. Ahora permite que, llegados a este punto, le pase el cuento a Yago Valtrueno, protagonista de El viento de mis velas, que lo cuenta mejor que yo:
"En los altos de Kahlenberg alcanzaron la gloria los húsares alados del rey Juan Sobieski, los soldados más bellos y terribles que jamás hayan cabalgado sobre la Madre Tierra. Héctor y Aquiles, mezclados en una sola alma, serían tan marciales, al lado de aquellos arcángeles, como este pajecillo que aquí veis -y señaló al negrito con la barbilla.
[...] Refulgentes en sus corazas y cotas de malla, espantando a los infieles con el fragor de sus alas de madera festoneadas con plumas de águila, entonaron un grito de guerra cuyos ecos aún resuenan en las llanuras de Austria y Hungría. Si perdían sus lanzas de carga, tronchadas o embutidas en armaduras, músculo y hueso, los húsares polacos echaban mano de los sables para rebanar la masa informe de jenízaros en fuga, empapando de sangre renegada las pieles de leopardo que los adornaban".

Recreación con tintes heróicos de un húsar alado polaco-lituano firmada por Mathias Zamecki (http://mathiaszamecki.com/)

Tal y como remata Yago, enardecido con lo que narra, "gracias a aquella victoria, los austriacos siguieron yendo a misa los domingos y no los viernes a la mezquita". Es verdad que la llegada de los aliados fue de lo más oportuna, tras la eficaz, pero agónica, defensa de los sitiados. Un mes antes, uno de ellos se había jugado el cuello para llegar hasta Carlos de Lorena y hacerle entender la desesperada situación de la capital, amén de darle noticias de la fuerza, disposición y ánimos de la horda otomana. ¿Quién fue aquel valiente que salvó a Europa?, ¿qué nombre recibió en la pila bautismal aquel héroe impregnado del aroma de una poción mahometana? Te hablé de él en un post anterior, dedicado Mozart; y ya te avisé de que era un "punto filipino"...

Jerzy Franciszek Kulczycki nació en 1640 en el seno de una familia de prosapia de la República de las Dos Naciones, también conocida como Mancomunidad del Reino de Polonia y del Gran Ducado de Lituania. De nuevo cedo la palabra a Yago:
"Mientras los de su edad aprendían a llevarse la cuchara a la boca, a él se le quedaban, como quien no quiere la cosa, los rudimentos de las lenguas más extrañas. Al caérsele el último diente de leche ya parlamentaba en alemán, húngaro y rumano -su polaco natal aparte- y entendía decentemente la jerga turca. Cuando no le quedaba más vello que salirle en el cuerpo, pues ya tenía cubiertas de pelo las ingles, se unió a los cosacos ucranianos, con los que combatió a los tártaros de la Sublime Puerta. Quiso Fortuna, más como favor que como castigo, que cayera prisionero. Antes de que lo empalaran o le quemasen los ojos con una espada candente, se presentó, echando mano de un desparpajo proverbial, como un experto trujamán".

J.F. Kulczycki (1640-94).
Tan rara les pareció a los turcos su destreza como intérprete, que acabaron por venderlo a muy buen precio a unos tratantes serbios. Suerte que el sultán, que ya era Mehmed IV, proscribiera por entonces a todos los mercaderes balcánicos, dictando que fueran perseguidos como espías enemigos del imperio otomano.

Avisado del peligro, Kulczycki se acordó de que él era polaco y reclamó, en todos los idiomas que sabía, sus derechos de cuna. Liberado e invitado a abandonar los territorios del sultán, acabó en Viena, donde se ofreció para buscar y avisar a los refuerzos imperiales. Al final sí resultó ser un espía:
"Aquel pájaro de cuenta, del que muchos pensaron que pretendía largarse con viento fresco, se coló primero entre las bandas de música guerrera de los jenízaros, las Meterhané, que llenan de valor extático los corazones de la horda y de terror pánico el de sus enemigos..."

Los alemanes aún llaman hoy a sus bandas de música militar Janitscharenmusik: "música de jenízaros".

"... Entre la barahúnda de chirimías, timbales y tambores, el espía gritaba a pulmón abierto
Rahim Allah -Dios Misericordioso- y Karim Allah -Dios Generoso-, para que los músicos pensaran que era un auténtico creyente. Luego atravesó las líneas de asedio entonando canciones turcas, que ya no eran de alabanza a Dios, sino de esotras que podrían ruborizar al mismísimo Mahoma, que tuvo fama en su tiempo de rijoso incorregible".
El resultado ya lo conocemos: Asia fue, de nuevo, vencida por Europa, como en tiempos de Homero, Alejandro y Juan de Austria; y Jorge Francisco se convirtió en una especie de Ulises, tan ágil y astuto como el de Ítaca. Como justa recompensa, los burgueses de Viena lo cubrieron de oro y le regalaron un palacete. Mientras el aventurero echaba cuentas, llegó hasta sus narinas un aroma inconfundible... No, peor aún: ¡La peste hedionda de un sacrilegio! Kulczycki alcanzó a escape los restos del campamento turco, donde no pudo contener un grito al ser testigo del desmán de los imperiales:
"¡Santo Cielo! ¡No queméis el café! Si no sabéis lo que es, dádmelo. Yo haré buen uso de él".
Vaya si Jorge Francisco sabía lo que ardía en aquellas hogueras de celebración y revancha. ¿Cuántas tazas no habría servido a sus dueños turcos mientras fue dragomán entre ellos? Ya te habrás maliciado que aquello que los cristianos victoriosos quemaban no era, como creían los muy necios, pienso para camellos, sino sacos de café. Al polaco sagaz no se le pudo decir ¡Tarde piaste!, pues salvó grano suficiente como para abrir el primer café vienés: Die Blaue Flasche, La Botella Azul.


Kulczycki sirve café a la parroquia en Die Blaue Flasche.


Como de tonto no tenía ni las intenciones, se dio cuenta de que los vieneses no iban a pirrarse por la bebida nacional de sus enemigos, así que coló la borra del café turco, lo endulzó con miel, le aclaró la cara con nata y lo coronó con canela. Y ahí mismo nació el café vienés...


¡Termina de leer o te quedas sin postre!

Azuzado por el éxito de su receta, servía las mesas de La Botella Azul ataviado como un turco, regocijando a los parroquianos con la fantasía de que un vencido los atendía. Para remate, la leyenda cuenta que ideó unos bollos en forma de media luna para acompañar cada taza. Juran los cronistas que el rey Jan Sobieski y su caballo se comieron, mano a pezuña, diez sartenes colmadas de aquellos estandartes otomanos de hojaldre y manteca. Hoy los llamamos croissant (crecientes), pero en París les dieron el nombre de vienesas.

Jerzy Franciszek Kulczycki prosperó en la ciudad que le dio un lugar en la Historia de Europa y, claro está, en la del café; su kaffeehaus Die Blaue Flasche permaneció abierta hasta el año de su muerte, en 1694. Kará Mustafá, su enemigo, no regresó nunca a Estambul. Fue condenado tras su humillante derrota en los altos de Kahlenberg. Sus jenízaros lo estrangularon y decapitaron en Belgrado el día de la Natividad de aquel mismo año de 1683. Mehmed, el Cuarto de su nombre, les había enviado el cordón negro que les sirvió de garrote.

Viena no olvida a sus héroes.
El polaco que inventó el café vienés es hoy el patrón de los barmen capitalinos y cada año se le festeja en los escaparates y barras de las modernakaffeehäuser. Una estatua esquinada recuerda sus peripecias entre el callejón de Kolschitzky -su apellido en alemán- y la calle Favoriten, que toma su nombre de un pabellón de caza que hubo allí. Hoy es una de las zonas más populosas y entretenidas de Viena, en línea con el buscavidas que la salvó y que, para recochineo, se disfrazó como aquellos a los que venció con su astucia... En fin, que yo -que nunca tuve lenguas de fuego sobre la frente- me he preocupado de aprender el alemán suficiente como para viajar a Viena: Ein Wiener Kaffee, bitte, und ein Croissant! (¿O será con K?).



[Los entrecomillados de este post pertenecen a mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café), disponible en Amazon.]

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sábado, 20 de junio de 2015

CITA EXPRÉS

Mozart



"¡Eh, café!"


Lo he vuelto a hacer. Y has vuelto a caer. No arrugues la naricita, que solo es un juego, y nos gusta jugar, ¿no? El caso es que funcionó con Johann Sebastian y, si estás leyendo esto, ha vuelto a resultar con Wolfgang Amadeus. Lo digo porque sus citas no son suyas, sino que las escribieron, respectivamente, Picander y Lorenzo da Ponte, sus libretistas. Entiéndeme: como reclamo, Da Ponte no es lo mismo que Mozart, ¡dónde va a parar! Y tú has venido por Mozart...

Lorenzo Da Ponte, libretista de Mozart.
Lorenzo da Ponte, nacido en Treviso en 1749 y muerto en Nueva York en 1838, judío converso, abate crapulón y poeta oficial del emperador austriaco José II, fue el letrista de tres óperas mozartianas: Las bodas de Fígaro, Don Juan y Así hacen todas (Così fan tutti). Muertos el músico y el emperador, cayó en desgracia y tuvo que salir de Viena, sin volver a paladear el éxito ni un delicioso vienés con nata y canela.

Bueno, hechas las presentaciones, nosotros a lo nuestro, que es el café. Para cuando Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, llamado así en su fe de bautismo... "¡Espera, espera! -me cortarás- ¿Y el Amadeus?". Pues ahí, en su sitio... "¿Perdón?"... ¡Ah, vale!, disculpa, no me daba cuenta de que tenemos bien enterradas las lenguas muertas del bachillerato. Theophilus, en griego, es lo mismo que Amadeus en latín: "Querido por Dios". En algún momento, Wolfgang llegó a utilizar la versión tudesca: Gottlieb. ¿Seguimos?

Voy a ir en esta entrada de hoy con mucha prudencia ("Y no como siempre", susurra mi Pepito Grillo). No pienso salirme de lo estrictamente cafetero, ¡con la música a otra parte!, por ejemplo y sin ir más lejos, al blog del maestro José Florentino Menéndez: http://www.momentosflorentinos.com/Te lo recomiendo con un vivace fortísimo (¿Se dirá asín?).

Si tecleas en Google "Mozart y el café", afloran 4.340.000 resultados en 0,44 segundos; pero la tres primeras páginas (no he mirado más) solo hablan de cafeterías, desde Orense a Dubai yendo por Tokio. De hecho, una de las primeras referencias es un reclamo publicitario del Café Mozart, en Viena, muy próximo al Palacio de la Ópera. A mediados del siglo XVIII se levantaba en aquel solar un hospital de caridad. En 1783 fue demolido para construir un edificio de apartamentos. En 1794, tres años después de la muerte del músico genial, abrieron allí una kaffeehaus. En 1873 se derribó el conjunto y en 1923 se abrió la casa de cafés que hoy encontramos en internet. Dicen que Graham Greene escribió en una de sus mesas El tercer hombre. En fin, que tuve que afinar la búsqueda para descubrir que el exótico grano aparece en dos óperas de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Don Giovanni y Così fan tutti, ambas con libreto de Da Ponte.

Libreto original de Don Giovanni.
 La primera se estrenó en Praga el 29 de octubre de 1787; es la versión musical del mito de Don Juan, el seductor implacable que acaba mal, de ahí que el título completo de la obra sea El libertino castigado o Don Giovanni. Leporello, su criado, le cuenta a Doña Elvira, tomada y abandonada en Burgos, cuán seductor es su amo, como si ella no lo hubiera aprendido en sus propias carnes, prietas por el frío de los inviernos burgaleses:

Señora mía, he aquí la relación de las bellas que amó mi amo;
un catálogo que yo mismo escribí;
observad, leed conmigo.
En Italia, seiscientas cuarenta,
en Alemania, doscientas treinta y una,
cien en Francia,
en Turquía, noventa y una;
pero, en España, ya va por mil tres.

A mí me salen 2065, una detrás de otra. Menudo hacha; pero lo que Leporello no cuenta es que la tradición establecía que el sirviente se las tuviera entre las sábanas con alguna criada de la dama seducida, ¡ay, ladrón! Lo segundo que se me ocurre es que Don Juan tuvo que tomar mucho café para tanta noche en vela; así que Leporello machacó más grano que el almirez de Mahoma. Y una cosa más... ¡Caray con las españolas!, a mí no me hacen ni la mitad de caso (que no estaría nada mal: 501 plenos y un gatillazo).

El Ständetheater de Praga, donde se estrenó Don Giovanni en 1787, según un grabado de 1830.

Tras intentar seducir a Doña Ana y asesinar a su padre, que es el Comendador, Don Juan huye con Leporello hasta darse de bruces con su siguiente víctima: Zerlina, una bucólica doncella que está a punto de casarse con Masetto, que también es más de campo que los cardos. Con todo su aplomo de hombre mundano, Don Juan ordena a Leporello que encandile a los gárrulos con un festejo en su palacio (Escena Octava del Acto I). El muy pérfido usa el café como embeleco:

-Ordena que les sirvan
chocolate, café, vino, jamón.
Procura que se diviertan,
enséñales el jardín,
la galería, las habitaciones y, sobre todo,
haz que mi buen Masetto
quede contento.

Le faltó decir "y cornudo y apaleado". Cuando los novios y sus amigos llegan al palacio sevillano de Don Juan (sí, están en Sevilla, aunque los campesinos sean de la Toscana, o por ahí), el infame los anima con palmadas en las espaldas de ellos y pellizquitos en las mejillas de ellas (Escena Vigesimoprimera del Acto I):

DON JUAN
Reposad, encantadoras muchachas.

LEPORELLO
¡Refrescaos, apuestos mozos!

DON JUAN, LEPORELLO
¡Volveréis pronto a hacer locuras,
volveréis a divertiros y a bailar!

DON JUAN
¡Eh, café!

LEPORELLO
¡Chocolate!

DON JUAN
¡Sorbetes!

MASETTO
(En voz baja a Zerlina)
¡Ah, Zerlina, ten sensatez!

LEPORELLO
¡Pastelillos!

ZERLINA, MASETTO
(aparte)
Demasiado dulce comienza la escena; 
amargamente podría terminar.

Pues sí, con Don Juan en el Infierno, por hacer al café cómplice de sus tretas. ¡Si lo llego a pillar! En Così fan tutti, o La escuela de los amantes, estrenada en Viena en 1790, el telón se levanta con tres personajes reunidos en una bottega del caffé de Nápoles, de las muchas que florecían por Italia desde un siglo antes. Y hasta ahí la inspiración cafetera en esta segunda ópera.

Don Juan y el Comendador, según Goya.
"¿Y Mozart bebía café!", te preguntarás. He leído que sí, con leche; imagino que vienés, magnífica creación de un aventurero polaco del que te hablaré en otra entrada... ¡Menudo punto filipino el amigo Kulczycky!

Una leyenda sobre su muerte en Viena -otra más-, asegura que Wolfgang Amadeus falleció de agotamiento por mantener, gracias a incontables tazas de café, la más inhumana de las vigilias; estaba empeñado, por entonces, en rematar el Réquiem y parece que su obra, finalmente, lo remató a él.

Los vieneses bebían café, por lo menos, desde el segundo asedio turco a su ciudad, en 1683. A finales del XVII se fundó en la capital la primera asociación de Maestros Tostadores de Café, amparada por un decreto de Leopoldo I de Habsburgo (1640-1705), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico:
"Nos, Leopoldo, señor y emperador romano por la gracia de Dios, confirmamos y hacemos saber que los cuatro tostadores de café Isaac Lugas, Rudolf Perg, Andreas Beun y Stephan Devich han declarado, con toda obediencia, que el burgomaestre y el Consejo de la ciudad de Viena los han autorizado para ejercer su oficio relativo al café y les han permitido abrir locales públicos".
María Teresa de Austria (1717-1780) remató aquella faena a favor de las kafeehäuser gravando el consumo de bebidas alcohólicas y empujando a los vieneses a la oscura infusión. No te extrañe que, en esas condiciones, un viajero de finales del XVIII, cuyo nombre aún no conozco, escribiera esto sobre la capital de la música y el café:
"La ciudad de Viena está repleta de cafeterías, a donde van los escritores y los que se apresuran a buscar en ellas los papeles periódicos, para leer los avisos y artículos que contienen".
Otro escritor, Carlos Delgado, dibuja el plácido ambiente de los modernos locales vieneses en El libro del café, cuya lectura te recomiendo:
"Sentir el cálido silencio que reina aún hoy -tiempos de ruido y furia- en el interior de sus fascinantes cafés, cuya atmósfera parece anclada en siglos pasados".
¿Un poquito de Mozart en el reproductor y aroma de café en la cocina? ¿O te da miedo disfrutar de una intuición del Paraíso?

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jueves, 11 de junio de 2015

CITA EXPRÉS

Liselotte,

Duquesa de Orleáns




"El café es lo peor del mundo"


No lo he hecho a propósito, querida lectora, nada más lejos de mí. Pero es verdad que traigo por tercera vez a una mujer a una CITA EXPRÉS y, erre que erre, pone al café de vuelta y media. Primero fue Madame de Sévigné, luego las buenas esposas londinenses y ahora Isabel Carlota, Duquesa de Orleáns. ¡Y en poco más de un mes! (eso sí tiene que ser culpa mía; "cuestión de agenda", que dirían en Moncloa). Bueno, a lo hecho, pecho...

Liselotte -apelativo cariñoso y familiar de nuestra citada de hoy- era hija de Carlos Luis, Conde Elector del Palatinado, uno de los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico. Nació en 1652 en Heidelberg y murió en Francia, muy a su pesar, en 1722. Para que la vayas conociendo -y verás que el dato tiene su relevancia-, Elisabeth Charlotte era más alemana que soltar perdigones al hablar. ¿No te he dicho que se apellidaba Wittelsbach von Pfalz? Dilo con un polvorón en la boca y verás.


Territorios del Condado Palatino del Rin o Palatinado.

Beth pasó -cosas de la edad- de niña feliz a jovencita prendada de su primo, Guillermo de Orange, que sería Tercero de Inglaterra. Su padre, ajeno a la llamada del amor, estimó que le convenía casarla con el hermano de Luis XIV, Felipe I de Orleáns. En cuanto Liselotte se enteró, sollozó lo justo, luego se encogió de hombros y, con todo su pragmatismo teutónico, se consoló al calcular que no tendría que gastar en árboles de Navidad con lo que le iban a poner por corona. Y no porque Philippe, honrado con el título de Monsieur, y ya viudo de una primera esposa, tuviera muchas amantes...

Philippe marcando cacha..
Según la vio, al hermano menor del Rey Sol se le olvidó toda su cortesía versallesca: "¡Aaaaaaign! ¿No estaréis pensando que me voy a acostar con eso?", se escandalizó según las crónicas. Es verdad que, a sus diecinueve primaveras, Liselotte no era la más mona del barrio, para qué te voy a engañar; ella tampoco se hacía líos, tenía espejos en casa:
“No tengo facciones; mis ojos son pequeños, mi nariz corta y gruesa, mis labios largos y planos [...] Tengo grandes mejillas colgantes y rostro alargado; soy de escasa estatura y corpulenta; mi cuerpo y mis muslos son también cortos, y en conjunto soy ciertamente una cosa bien fea”.
Ya se ve que hacía gala de una objetividad de lo más germánica. Por si aquello fuera poco, Isabel Carlota se lamentó en una ocasión de que la Naturaleza hubiera errado el tiro con ella:
"Durante mi juventud me gustaban las espadas y las pistolas más que los juguetes. Deseaba ser un niño, y este deseo casi me cuesta la vida, pues habiendo oído que Marie Germain se había convertido en un chico de tanto saltar, me puse a dar unos saltos tan terribles que es un milagro que no me haya roto el cuello en cien ocasiones”.
Permite que te explique que la Marie Germain que Liselotte menciona fue un transexual renacentista francés. El cirujano real Ambroise Paré (1509-1590) explica que Marie fue hembra hasta los quince años, pero, al saltar una zanja mientras corría tras una piara, se le rompieron los ligamentos genitales. Las autoridades consideraron que, por aquel accidente, debía cambiarse de nombre, de ahí Germain, y procurar hacer lo que quiera que hagamos los hombres en la vida.
¿Fea fotogénica o pintor adulador?

En fin, que aquel matrimonio de Liselotte y Philippe fue como hacer un pan con unas hostias, ya que si Philippe no se acostaba con su esposa no es porque fuese como una prima de Picio, sino porque él era más bujarrilla que donde los inventaron y tenía muchos amigos en el gimnasio. Cómo sería la cosa, que la propia duquesa, tan aficionada a las epístolas como la Sévigné, describió sin pudor en una de ellas el peculiar levantamuertos al que recurría su delicado esposo:
"Rosarios y medallas benditas en las partes apropiadas para poder realizar el necesario acto".
Un milagro, vaya, era lo que pedía el hombre cada vez que se aventuraba en el tálamo. A su esposa se le antojaba de lo más paradójico que Monsieur se colgara a la Virgen en la herramienta de liquidar virgos, tal y como alguna vez le confesó entre risas a Luis XIV; ambos se hicieron muy amigos: no había peligro de que el pendón del rey -no confundir con su estandarte- la sedujera, dada su falta de encantos visibles. No hay que olvidar que aquel Borbón le disparaba a todo lo que asomara el copete.

En la misma línea de Madame de Sévigné, cuando Liselotte le dio -con sobresaliente esfuerzo- tres hijos a su esposo, ambos consideraron que habían cumplido con sus obligaciones conyugales y dinásticas. Con su empeño en el tálamo, digno de encomio, dieron vida a la Casa de Borbón-Orleáns. Y cuentan que, muy civilizados ellos, quedaron tan amigos.

La numerosa correspondencia que la duquesa mantuvo con sus parientes palatinos alivió una vida muy sufrida que ella consideraba un verdadero exilio. Bromas aparte, cuando su padre la entregó para ser desposada, a Liselotte se le partió el corazón:
“Si mi padre me hubiera amado tanto como yo a él, nunca me habría enviado a un país tan peligroso como este, al que acudí por pura obediencia y contra mi propia inclinación. Aquí la duplicidad pasa por ingenio, y la sinceridad está considerada una tontería”.
Así era Versalles, flamante residencia del Rey Sol, quien se aficionó al café gracias a un embajador otomano, Solimán Agá. Y ya sabes lo que se dice: Si el rey bebe, todos borrachos. Así que la corte entera empezó a levantar tacitas y meñiques. El colmo de la frivolidad para Liselotte fue que su hermana Luisa, condesa del Palatinado, se pusiera a chapotear también en ese charco negro e infiel. Y se lo reprochó en una carta de 1701:
"Lamento mucho saber que os habéis acostumbrado al café. No hay nada peor en el mundo".
Tres años más tarde, insiste:
"No puedo soportar el café, el chocolate y el té, y no comprendo cómo hay quien se deleita con ellos".
Y aquí es cuando la walkiria Elisabeth Charlotte Wittelsbach von Pfalz hace honor a su cuna germana, construida con madera de roble sin desbastar y clavos de los nibelungos:
"Un buen plato de chucrut y de salchichas ahumadas son, en mi opinión, un regalo digno de un rey y preferible a cualquier otra cosa; una sopa de coles con tocino me convence más que todas esas fruslerías que tanto les deleitan por aquí"
[Ahora vuelve a echar un vistazo a la foto de cabecera de este post; de lo más coherente].

Y después de este banquete, el café con sacarina, ¿no?

¿Qué más se puede añadir sino desearle buen provecho a esta santa patrona de la Oktoberfest? Prosit, meine dame! Bueno, sí, una cosita: ¡Qué bien le habría venido a Liselotte un café después de ese festín digno de Pantagruel!, quien, por cierto, era de lo más francés...


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sábado, 6 de junio de 2015

CITA EXPRÉS

Dios



"Y al séptimo día tomé café"


Cuando, tras seis días creándolo Todo, Él quiso tomarse un descanso y un café, Luzbel sonrió. Mientras el Ángel Caído se regocijaba, Dios envió a Uriel, administrador de sus propiedades, a por unos granos de café al Jardín de las Delicias.

-¡Aquí tienes tus granos, Tú! -le anunció el arcángel cuando regresó al Cielo, o sea, en un pispás.
-Mira una cosita -replicó Dios-. ¿De cuándo acá hemos creado Yo y tú mundos juntos como para que me tutees con tanto desahogo?
-¡Uy, Dios mío!, o sea, Vos. Perdonadme, habrá sido un lapsus...
-¡Pues anda y ve a tostarlos, zascandil! -le ordenó Su Señor.

Y allá que se fue Uriel al arsenal del Cielo, donde mandaba -Dios mediante- el arcángel Miguel, mariscal de las legiones celestiales.

-Que dice Él que si puedes darle una pasadita de espada flamígera a esto.
-Eso está hecho -le respondió el Jefe de Estado Mayor angelical.
-¡No me jodas! -se le escapó a Uriel al ver que las habían torrefactado- Esto no hay quien se lo tome; verás qué bronca...

Pues sí. Fueron tales los gritos, que a Adán y Eva les zumbaron sus flamantes oídos una semana entera.

-Rafael, ven acá p'acá -ordenó, contrariado, Dios-. Ve a por café al Edén, y me lo tuestas bien tostao. Y deprisita, que es gerundio.
-Mi Señor, no es gerundio, es adverbio...

Hasta Luzbel se tapó las orejas de macho cabrío al oír la respuesta de Dios. Y allá se fue Rafael, arcángel de la salud, cavilando cómo asar los dichosos granos sin tener que aguantar otra sagrada bulla.

-¡Eureka! -gritó de repente en perfecto griego bíblico. Y lanzó los granos al cráter de un volcán. Cuando probó aquel café con lava, Dios le llamó de todo menos angelito mío

-¡A ver si he mandao al Infierno a los espabilaos y me he quedao con los maulas! -vociferó Él- Eso me pasa por parir criaturas libres de toda malicia.

Según oyó ese lamento el arcángel Gabriel, mensajero divino, primero se picó y luego carraspeó.

-¿Y a ti que te pasa? -inquirió ceñudo Su dios.
-Mi Señor, creo que sé dónde tostar granos de café a Vuestro Entero Gusto...
-¡Ah!, ¿sí? ¿Y dónde será que no lo sepa Yo que lo sé todo? -se interesó Él.

Gabriel volvió a carraspear y miró hacia abajo, hacia muy abajo, más allá de las nubes, de las montañas, de los océanos, de la corteza, del manto y del mismísimo núcleo. El resto de cortesanos celestiales empezaron a chillar como angelillos de papel pintado, y se cogieron de las manitas o se taparon las boquitas con ellas, escandalizados y horrorizados. Dios frunció aún más el ceño y posó, reflexivo, el índice sobre los labios.

-¡Sea!, pero vas tú -le ordenó a Gabriel-. Por bocas.

Y allá que se fue el correveidile de los Cielos, a llamar a la puerta de los Infiernos. Mas, antes de que llegase, ya le estaba ladrando el Can Cerbero.

Gabriel dando lecciones de cortesía a Luzbel.
-¡Verás como se entere Hades de que su perro no se ha perdido! -le soltó a Luzbel, que lo esperaba en portería- ¿Te cuento a qué vengo o ya estás al tanto?
-Vas y le dices a tu jefe que sí, pero con una condición...
-¿Y cuál será? -Gabriel se puso a la defensiva.
-Que me dé combustible.
-¿Combustible para qué? -se sorprendió el arcángel.
-Para mis calderas, ¿para qué va ser, hombre?
-¡Ojito, Luzbel!, que por decirme hombre he churruscao a más de uno con mi resplandor querubínico. Pero a lo que íbamos, ¿me estás diciendo que no tienes con qué prender tus hornos y te quedas tan fresco?
-¿Fresco? ¡Como el chichi de una sirena! -te recuerdo que Luzbel era (y es) muy mal hablado- Compruébalo tú mismo...

Y Lucifer invitó a Gabriel a recorrer las galerías infernales. El arcángel tuvo que arroparse con sus alas, tal era el frío que reinaba en los palacios de Pedro Botero. Y es que no era broma: ¡El Infierno se había congelado!

-¿Y desde cuándo estáis así?
-Desde el primer día.
-¿Es que no tienes carbón?
-¡Carbón, carbón! -se burló el Diablo- Eso es pa'los Reyes Magos. Lo que enciende los fuegos infernales es otra cosa...
-¿Y cuál será?
-Pecados -sentenció el Diablo.

Espantado, Gabriel retrocedió un paso y, como los actores de opereta, se llevó el antebrazo diestro a la cara.

-¡Eso es imposible! -aulló el heraldo divino.
-¡¡¡Tú a callar, alcahuete!!! -les llegó, desde el Cielo, la voz tonante de Él- Mira, Luzbel, yo, por un café, ¡maaaaaaaaato! Si me lo tuestas al punto de aquí para los restos, ¡sea!


Luzbel a punto de entrar en el Edén.
Y no se habló más. Luzbel se puso los leggins y el top de piel de víbora, sus mejores stilettos rojo sangre y la más cardada de sus pelucas y, dando grititos a lo Rocky Horror Show, se marchó, perdiendo el culo, al Paraíso: "¡Eva, cariño, mira lo que te traigo!". 

Y nunca más le faltó combustible a Luzbel. Ni a Dios el café...

Bueno, vale, de acuerdo, me lo he inventao. Y encima esta entrada me va a quedar de todo menos exprés. Te lo advierto, es larga, pero es fin de semana y lo que no te leas hoy, te lo leerás mañana. Así que sigo, porque lo que viene es en serio: Dios también tiene su cita sobre el café; más de una, incluso. Y están todas en la Biblia.

-¡Venga ya! La Biblia la escribieron los Jueces, los Profetas, los Evangelistas... -me contradirás con desdén. Y yo te replicaré que impíos como tú iban derechitos a la hoguera en otros tiempos. Así que cuidadito con lo que respondes. Otra vez: ¿Quién escribió la Biblia? Tic-tac, tic-tac... Te doy una pista: en misa lo dicen... ¡"Palabra de Dios"!... "Te alabamos, Señor" -responde la feligresía-, por haber escrito el mayor best seller de todos los tiempos, añado yo. Dios no fue la inspiración, es el autor de la Biblia. Y si tienes redaños, vete a Alabama con una camiseta con el careto de Darwin y dile que nones al primer reverendo que te encuentres. Verás.


Globbos.com

Que sí, que el Antiguo Testamento menciona el café, que eso no me lo he inventado. Así, al menos, lo creía Georgius Pascius -o Georg Pasch (1661-1707)-, un estudioso prusiano de la Biblia. En 1700, este erudito bíblico vio muy clara la referencia en el Libro I de Samuel, 25:18, pasaje en el que Abigail, futura mujer de David, se echa a sus pies para ofrecerle
"doscientos panes, dos odres de vino, cinco carneros ya compuestos, cinco medidas de grano tostado, cien atados de uva y doscientas masas de higos secos"
Ese grano tostado, que en algunas versiones de la Biblia se traduce como trigo, lo tomo Pascius por café. No satisfecho con haber hallado aquella pista, siguió indagando hasta dar con otra en Samuel II, 17:28, donde se cuenta la guerra entre David y su hijo rebelde Absalón...
"trajeron camas, calderas y vasijas de barro, trigo, cebada y harina, grano tostado, habas, lentejas y legumbres"
¡Ajá! Esta vez no había confusión posible: por un lado el trigo y, por otro, el café... ¿Qué interés tenía Pascius en encontrar café en la Biblia? Pues yo creo que un hombre del Libro como él prefería que sus compatriotas se tonificaran con café a que se emborracharan con la muy patriótica cerveza. Pero no fue el único...

Otro erudito, el político calvinista suizo Pierre Etienne Louis Dumont (1759-1829), fue aún más allá: vio café, en vez de lentejas, en el famoso plato por el que el glotón Esaú le vendió su primogenitura al trilero de Jacob.

P. E. L. Dumond, reverendo cafeinómano.
Y otro par de estudiosos bíblicos, Straimberg y Stütz, se convencieron a sí mismos de que allá donde la Biblia dice que la Reina de Saba le trajo "aromas" a Salomón, ellos debían entender "café". De ahí a concluir que la exaltación mística del Cantar de los Cantares no respondía a otro dopping que el de la cafeína, había un paso. ¡Chúpate esa y vuelve por otra!


Y otra te traigo, y también cogida de la mano del Rey Sabio. Tal y como relata Abu Tayyib Al-Ghazzi, musulmán del XVI, Salomón, afligido porque sus súbditos caían como moscas -y eran comidos por enjambres de ellas- ante un mal desconocido, pidió ayuda al arcángel Gabriel. Este voló al Yemen y le trajo una infusión de semillas de cafeto que acabó con la epidemia. El café y el arcángel Gabriel suelen aparecer unidos en las leyendas sobre el aromático grano, como ya te conté en una entrada anterior sobre un poeta cafetero.


"Yooo te daré, te dareeé, Saaalomón, te dareeé una cosa, una cosa que yo solo sé... ¡Café!"

Te lo advertí, me ha quedado una CITA NADA EXPRÉS, pero como decía Escrivá de Balaguer, "caminante, no hay camino"... ¡Ah, no!, perdona, era esto otro: "Si la misa te ha parecido larga, es que tu amor es corto". Y tan pancho. En fin, hermanos y hermanas, podéis ir en paz (ya sabes lo que sigue) y pensad que con pan y un café divino, se hace corto el camino. Amén.


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