sábado, 25 de julio de 2015


CITA EXPRÉS

Francisco de Melo Palheta


"Traje, con riesgo, 
cinco plantas de café"


"¡Vamos, chicos, al tostadero!" fue uno de los soniquetes de mi infancia. Un grano de café carioca, muy moreno él, con bastón de caña y canotier a lo Maurice Chevalier, animaba a congéneres de Brasil, Colombia y Puerto Rico a lanzarse a una tostadora industrial. Yo, que tuve algo de repelente niño Vicente, me preguntaba por qué tenían que tostarse si ya venían bronceaditos. ¡Ay, alma de cántaro! Eso era por culpa de la televisión en blanco y negro (¡Caray!, me habrás sacado la edad...).



Además del café, por entonces llegaban de Brasil la samba, la bossa nova, el carnaval eterno y Pelé. Luego vinieron los muslos de Xuxa y la garota del guaraná, que, para celebrar un gol, se tapaba la cara con la misma camiseta que debía ocultar sus pechos, duros y redondos como un balón de reglamento (¿o lo habré imaginado?): "¡Será, será, será do Guaraná!", aullaba un coro de hinchas en el estribillo.



El caso es que nunca, ya fuera en color o en blanco y negro, me cupo la menor duda de que los cafetos ya florecían en Brasil antes de que a Matusalén se le cayeran los dientes de leche. Pues no, ¡eeeeeeeerror!, estaba más perdido que el barco del arroz, que es una cosa que dicen en Cádiz. El cafeto nació en algún punto del Este de África, quizá en el Gran Valle del Rift, donde aseguran que vio la luz el primer ser humano. Los etíopes -invasores o esclavos- lo llevaron al Yemen; de allí se extendió por Arabia y alcanzó Constantinopla. De Moca partió a Venecia y Amsterdam y los holandeses lo trasplantaron en la Batavia índica y la Guayana atlántica. Pero hasta 1727 no se plantó un solo cafeto en Brasil. Lo que sí te garantizo es que aquel episodio histórico tuvo tintes de culebrón: hubo en él un galán aventurero, una dama que no lo quiso ser, noches de sexo a la luz plateada de un océano tropical y un gobernador cornudo y estafado. ¿Te lo cuento? ¡Qué pregunta!

En aquel año, Francisco de Melo Palheta (1670-1750) era oficial de mar y tierra en el ejército colonial de los reyes navegantes de Portugal. Reunía los oficios de sargento mayor y capitán de guardacostas y manifestaba un marcado gusto por la aventura, a tal punto que hoy los brasileños lo consideran un bandeirante. Al capitán general del Estado de Maranhao, en el Nordeste del país, Joao da Maia da Gama, le preocupaba en esos días que los franceses no respetasen las fronteras establecidas en el Tratado de Utrecht (1713). Es más, el gobernador militar estaba seguro de que las estaban violando.



"¿Qué fronteras?, ¿qué franceses?" -puede que te preguntes. Paciencia, que para eso estoy yo aquí. En esa zona del Nuevo Mundo encontramos hoy tres Guayanas, encajadas entre Venezuela y Brasil y las tres mirando al mar (con permiso de Jorge Sepúlveda). Una es la antigua Guayana británica, hoy Guyana; la segunda también fue colonia, pero holandesa, hoy Surinam; y la tercera es la última rebaba colonial europea en el continente (subrayo "continente") americano, la Guayana Francesa, que es un departamento de ultramar galo y una Región Ultraperiférica de la Unión Europea cuya capital irrita las papilas: Cayena. ¿Has leído, o visto, Papillón? Pues ahí tiene lugar ese drama carcelario. Por mucho que repitamos que la Primera Guerra Mundial fue la de 1914, las hostilidades barrocas, rococós y neoclásicas europeas ya tenían esa condición, dada la expansión de la Vieja Europa por los demás continentes. Si se luchaba en Cádiz, por poner un ejemplo, pues también se calaban las bayonetas en Goa y se cargaban los cañones en Panamá, con semanas de retraso, claro, que no había satélites ni cables submarinos.


Batalla de Cádiz (1702). Guerra de Sucesión Española.


Por el Tratado de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión Española (1701-1713), Gran Bretaña se convirtió en el árbitro de Europa y España perdió su presencia en el Viejo Continente. Además, la monarquía española tuvo que hacer importantes concesiones comerciales a los ingleses en América. Con semejante ambiente y tal dibujo geopolítico, tenía lógica la suspicacia del gobernador de Maranhao. Portugal, Holanda y Gran Bretaña habían sido aliados de los austracistas españoles y enemigos de Francia y del rey borbón impuesto en Madrid, Felipe V. De hecho, el rey portugués, Pedro II de Portugal, demandó las tajadas de Colonia del Sacramento, en Uruguay -que consiguió-, y de Badajoz y Vigo en la Península -que no-. Así que la Cayena gabacha no estaba rodeada, precisamente, de simpatizantes; y todos se aguijoneaban entre sí tanto como los mosquitos que tan mala fama daban a las Guayanas. 

Maia da Gama era un hombre de arrestos, antiguo combatiente, mil veces herido en el Índico, donde Portugal tenía colonias, y en la guerra dinástica hispana. Así que ordenó a Melo Palheta, nacido en Pará, territorio fronterizo con la ensalada guayanesa, que comprobara que los marcos fronterizos entre el Brasil portugués y Cayena estuvieran en su lugar. Hay otra versión según la cual el sargento mayor tuvo que mediar en un conflicto territorial entre holandeses y franceses. Da igual, el resultado fue el mismo...


Oficiales luso-brasileños alrededor de 1730.
Dibujos de Jose Wasth Rodrigues (1922).

Aquella misión diplomática fue una tapadera, pues Francisco de Melo tuvo licencia, en realidad, de agente cafetero encubierto: no buscaba mojones, sino plantones. Los holandeses les habían robado una planta de café a los árabes del Yemen en el siglo XVII; cuentan que los franceses de Cayena les robaron otra a los holandeses de Surinam gracias a un mercader apellidado Morgues. Pero aquí también hay versiones: el café pudo llegar a la colonia gala desde el Caribe sobre 1720, gracias a una planta que el burgomaestre de Amsterdam le regaló a Luis XIV; un oficial de Marina, Gabriel de Clieu, llevó a La Martinica un pie nacido de aquella. En todo caso, los brasileños debieron de quedarse con el primer cuento y se aplicaron aquello de Quien roba a un ladrón... 

No tengo que explicarte que los colonos franceses guardaban sus pies de café bajo siete llaves y catorce candados. Quienes juran que Melo medió entre holandeses y franceses y que sus gestiones dieron fruto, también afirman que el portugués pidió como gratificación un cafeto. La carcajada del gobernador de Cayena, Claude D'Orvilliers, se oyó en Versalles. Picado, O Senhor Francisco se retorció el cabo del mostacho y le guiñó un ojo a la esposa del funcionario colonial, Marie Ducé. Ella tuvo que llevarse el abanico al rostro para disimular no solo el rubor, sino también una pícara sonrisa. Luego sorbió una pizca de rapé para bajar los pulsos y prevenir la jaqueca que las galopantes fantasías sobrevenidas le produjeron. Lo que pasara bajo el tontillo y las enaguas de la gobernadora tuvo que ser de órdago, pero a la grande... "¡Será, será, será do guaraná!", juran que gritaban los amantes, empeñados en estrechar como nunca los lazos franco-lusos. No se tuvo que portar nada mal el bravo brasileiro, pues, al despedirse, ella le regaló un ramo de flores en el que iba escondido un puñado de semillas de cafeto. Otra versión -una más- dice que ella le metió los granos en un bolsillo de la casaca, aunque no especifica si antes o después del desayuno.


La gobernadora consorte de Cayena, doblemente traidora.

De qué modo contrabandeó el galán, a mayores, cinco pies de cafeto no lo sé. Al fin y al cabo, lo que nos ha llegado de aquel episodio de inteligencia militar se basa en la crónica de un monje benedictino, Joao de San José: Viagem e visita ao bispado do Grao-Pará en 1762 y 1763, es decir, casi cuarenta años después. El caso es que, al llegar a Pará, Melo Palheta plantó los arbustillos y en 1734 -siete años después de su aventura- entraban en Lisboa tres mil arrobas de grano remitidas por la Companhia Geral do Maranhao e Grao-Pará. 

Melo Palheta planta café en Pará
(Henrique Cavalleiro, 1943).

Te he dicho que Francisco de Melo Palheta fue un bandeirante. En Brasil son considerados pioneros que ampliaron los límites de la Corona de Portugal en América y, en consecuencia, del país actual. Pero, según la Historia, tienen mucho de bandoleros, o de corsarios de tierra, pues actuaban bajo bandeiras, verdaderas compañías de hombres de guerra y caballeros de empresa -facinerosos en el habla de la época- que exterminaban o esclavizaban a los indios y monopolizaban la minería y el latifundio. Tuvieron entre sus mayores enemigos a los misioneros jesuitas. El capitán Rodrigo Mendoza, interpretado por Robert de Niro en La misión (1986), tiene rasgos de bandeirante. 

Melo Palheta alcanzó la frontera con el Perú español en una expedición de 1722 que salió de Belem, en la costa atlántica, y remontó el río Madeira. Llegó hasta la estancia jesuítica de Santa Cruz de los Cuajabas y allí conminó a los misioneros a no rebasar determinada línea fronteriza, entre los ríos Guaporé y Mamoré.

Juan V de Portugal, por Pompeo Batoni.
Por ese y otros servicios prestados a la Corona, que superaban con mucho sus cuarenta y ocho mil reales de sueldo, nuestro bandeirante solicitó a Juan V de Portugal (1689-1750), apodado El Magnánimo, que le financiara la compra de un centenar de esclavos y cincuenta indios para trabajar en su cafetal, por hallarse "muy falto de siervos". Acreditaba su celo y lealtad a la monarquía con la hazaña protagonizada en Cayena, de donde trajo, con riesgo, "mil y tantos frutos de café [...] como también cinco plantas de las que ya hay muchas" en Pará. El valor de aquella acción de guerra económica protagonizada por el sargento mayor Melo Palheta fue reconocido un siglo más tarde por Pedro I de Brasil. 
En 1822, cuando todavía era príncipe regente, enmarcó sus armas con una rama de tabaco florida y otra de café en sazón; aquellos símbolos permanecen hoy en el escudo de la República Federativa del Brasil.


Esta que acabas de leer es la última CITA EXPRÉS de la temporada, desde que allá en febrero pusiera en entradas una idea que, en principio, me pareció peregrina. He de reconocer que ya no puedo tomarme una taza de café sin sentir que toda su historia baja por mi garganta. He aprendido una barbaridad y me he divertido, espero que tú también. Durante el mes de agosto cederé este espacio en mi blog -con mucho gusto y enorme agradecimiento- a unos invitados muy especiales que, cada uno a su modo, te seguirán hablando del café. Deseo que descanses y disfrutes porque no me cabe duda de que, por unas u otras razones, te lo habrás merecido. Permíteme un consejo: si vas a tomar un café con hielo -por el calor- usa cubitos de café; haz una cafetera, déjala enfriar y reparte su contenido en una(s) cubitera(s) del frigorífico, me lo agradecerás. ¡Nos vemos en septiembre! Besos y abrazos.


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miércoles, 15 de julio de 2015

CITA EXPRÉS

Benjamin Franklin



"El café trae alegría sin embriaguez"


Hay dos experimentos con el café que no me atrevo a intentar. El primero, cambiar el agua por champán; así se lo preparaban al káiser Federico, llamado El Grande. La regla matemática establece que más por más es más, así que el champán multiplicado por el café tiene que ser igual a la ambrosía de los dioses, por lo menos. ¿Pues qué quieres que te diga?, a mí, en este caso, se me antoja "menos": aguachirle con burbujas. Será porque no soy tan aventurero como tanto buscavidas del café que ya ha pasado por este blog: Della Valle, Teixeira, Kulczicky... O que tanto placer junto me empalaga, ¿quién sabe?

El otro ensayo es el de aligerar una fabada con tragos de café; ¡ojo!, no digo después, allá en la merecida sobremesa, sino durante, en plena comida, tal y como hacían los cow-boys con el estofado de judías, cocinado en el mismo fuego de chasca en el que recocían la infusión (y sí, he dicho recocían). ¿Cuánto café -y whisky, por cierto- habremos visto beber en el cine americano? Comer no comen mucho (mi madre se desesperaba cuando veía tanta comida en el plato, mareada de un lado a otro y sin probar); no, los gringos de las películas no son de comer, pero nos consta que se toman hasta el pulso si se lo sirven en vaso corto. En fin, a lo que yo iba es a que el ansia norteamericana por el café es tan vieja como su propio país, ni más ni menos. Y te cuento...

Los primeros en llevar café a Norteamérica fueron los mercaderes calvinistas holandeses, crecidos por su independencia flamante y porque su Dios implacable tomaba de la mano a quienes sabían hacer dinero y enviaba a los abismos de Luzbel a los que no. De ahí, y de la extremosidad puritana estibada en el Mayflower, viene la muy norteamericana división del mundo entre ganadores (virtuosos) y perdedores (pecaminosos), crudamente practicada hoy en Europa por alemanes y holandeses. ¿Te das cuenta de cómo la Historia es una especie de gigantesco puzzle sideral cuyas piezas flotan en el espacio-tiempo hasta encajar en el eón adecuado? Por eso me huelo yo -pero me lo callo- que lo que pasa hoy en el Viejo Continente es otra guerra de religión: el Jehová de las batallas financieras de los boreales contra el Cristo de la compasión de los sureños; el Yahvé fatalista y matagandules contra el profeta del libre albedrío. ¡Bueno, basta ya de sermones!

Los Países Bajos, a la estela de Venecia en la novedosa importación del café a Europa, fueron pioneros, en cambio, en su cultivo y comercialización a gran escala. En 1616, mercaderes holandeses contrabandearon un cafeto de Moca, en Yemen, y se lo llevaron, como gaviotas con cuello valón, a Amsterdam. A mediados de siglo, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales trasplantó vástagos de aquel arbusto robado en la isla de Java.


El muy taurino emblema de la Cía. 
Neerlandesa de las Indias Orientales.

En 1706, una de aquellas plantas javanesas "regresó" a casa y se convirtió en la estrella del Botánico de la capital de los tulipanes, jardín que recibió el soberbio nombre -el Viejo Mundo se miraba el ombligo- de "Vivero Universal del Café"...


El mercader Peter Minuit practica el tocomocho con los lenapes. 

¡Agárrate, que volamos ahora del Lejano Oriente al Salvaje Oeste! Hacia 1624 ya había colonos holandeses en la desembocadura del río Hudson, en la costa este norteamericana. El asentamiento era propiedad de otra compañía monopolista holandesa: la Neerlandesa de las Indias Occidentales. Uno de sus empleados, Peter Minuit, "compró" una isla a la tribu lenape por 60 florines en abalorios: la llamaron Nueva Amsterdam, ¿te suena?... Pues debería.


Pabellón de la Cía. Neerlandesa de las Indias Occidentales.

En l674, cuando las fuerzas expedicionarias británicas se hicieron con el asentamiento (Europa andaba en guerra), lo rebautizaron como Nueva York; y a los casacas rojas no les extrañó que ya se bebiera café de Java en Manhattan. También los ingleses, que sufrían por entonces una ferviente cafeinomanía, siguieron tomándolo en ultramar; pero, claro, en sus colonias asiáticas no se plantaban cafetos, sino matas de té. "¿Y ahora qué? ¿Esto cómo se arregla?" -se preguntaron los codiciosos regidores de la Honorable Compañía Británica de las Indias Orientales (desde ahora, la Cía.; ya ves que había unas cuantas en aquellos tiempos y que ponían el mundo del revés como la de ahora). La misma pregunta -"¿Esto como lo arreglamos?"- se hicieron los colonos. Pero las respuestas no tuvieron nada que ver...

Pabellón de la Cía. Británica de las Indias Orientales.

Los colonos fueron a preguntar a los contrabandistas holandeses que a cuánto la onza de café y que si tenían el té barato, ya de paso. Y los tulipaneros les dijeron que, por ser ellos y porque no pagaban aranceles a Su Graciosa Majestad, se lo dejaban a precio de amigo y les regalaban un abanico pa'que se dieran aires. Y todos tan contentos: café y té en las mesas coloniales y libras en las faltriqueras calvinistas.

La Cía. fue a quejarse a la Corona, ¡hombre, te diré! Y Jorge III, Parlamento mediante, aprobó el Acta del Té sin contar con las Trece Colonias del otro lado del mar. O sea, subida de impuestos a las importaciones americanas de té para proteger el monopolio de la Cía: "And they are lentils! If you want, eat them, and if not, not", sentenció el rey (o sea, "¡Y son lentejas! Si las quieres, las comes, y si no, las dejas"). Y se lío, ¿no se iba a liar?

Los futuros estadounidenses, que venían crujiditos a impuestos metropolitanos, estallaron. Unos antisistema (siempre los ha habido, no nos tiremos ahora de los pelos), llamados Los Hijos de la Libertad, se disfrazaron de indios mohawk y abordaron tres mercantes de la Cía. atracados en el puerto de Boston. Echaron al mar y a perder cuarenta cinco toneladas de té que importaban diez mil libras. Eso fue el 16 de diciembre de 1773 y el festejo se llamó Motín del té, Boston Tea Party para ellos. De ahí a la independencia, diez años.

El Motín del té en el puerto de Boston, con los falsos mohawk a bordo, en una litografía de 1846.







Y esto es lo que nos cuentan los libros de Historia, sin entrar en detalles, que esos los traigo yo. ¿Porque tú sabes, acaso, dónde se maquinó el motín?... ¡Ahí le has dao! Claro que sí, en un café, el bostoniano Green Dragon, elevado posteriormente al grado de "Cuartel General de la Revolución". Allá conspiraban independentistas como John Adams, que fue el segundo presidente de los Estados Unidos; James Otis, autor de la sentencia "Impuestos sin representación [parlamentaria] es tiranía"; o Paul Revere, creador de la red de espionaje de los sublevados y protagonista de una legendaria cabalgada que facilitó la victoria miliciana de Concord; es más, aquella galopada nació en el Dragón Verde.


El Dragón Verde, la revolucionaria coffe-house de Boston.

Tanto café tomaron aquellos revolucionarios que alguno debió de proponer -alegre, pero no embriagado- que, en vez de trece estrellas, se plantaran trece granos de café en la nueva bandera; me da que, en aquellos días, si pillaban a algún paisano bebiendo té, acababa embreado, emplumado y dando gracias por que no lo colgasen del árbol más cercano. Es más, en un Congreso Continental, representación política de los alzados contra la Corona, se tomó una resolución contra el té. Y John Adams le escribió a su esposa en estos términos:
"Se debe renunciar al té de modo universal, y yo debo abandonar la costumbre de tomarlo, cuanto antes, mejor".
Uno de aquellos colonos no había estado muy de acuerdo con lo del motín de Boston; es más, llegó a ofrecerse para compensar una parte de la mercancía dañada. Era Benjamin Franklin (1706-1790), Padre Fundador de los Estados Unidos (uno de ellos). Pero lo que importa aquí es que, al armarse la marimorena, se dejó de melindres y se lío la manta de la independencia a la cabeza. En una mano esgrimía la nueva constitución y en la otra una cafetera. 

Benjamin Franklin después de tomarse unos cafés.

Franklin recibió la misión, como ministro plenipotenciario del Congreso Continental, de firmar una alianza con Francia, enemiga declarada de Gran Bretaña. Y, claro, viajó a París, donde residió entre 1776 y 1785. Allá formó parte de la parroquia del Café Procope, nido de ilustrados y de conspiradores prerrevolucionarios. Por gusto, o por devoción patriótica, debió de tomar unas cuantas tazas del café que allá servían, preparado con más delicadeza de la que usaban los británicos, colonos incluidos. Puede que de aquellas veladas surgiera una de las citas que Franklin dejó para la posteridad:
"Entre los muchos lujos de la mesa, el café puede ser tomado como uno de los más valiosos. Trae alegría sin embriaguez; y el placentero flujo del espíritu que ocasiona nunca es seguido de tristeza, languidez o debilidad".
¡Y en París menos!, no s'as fastidiao; me da que las ciudades norteamericanas no eran, precisamente, suburbios ajardinados de Versalles. Porque no te lo he dicho hasta ahora, pero, mientras los cafés europeos eran lugares de negocio, conspiración, chisme y ocio, en las coffe-houses coloniales se respiraba un aire intoxicado con la severa laboriosidad hereje y su apabullante sentimiento de culpa; no, no estaba bien visto "perder el tiempo" en ellas... ¡Por mucho menos quemaron los puritanos a las brujas de Salem! De ahí que don Benjamín alabara la sobriedad de la infusión arábiga.

Tras la guerra de emancipación norteamericana (1775-1783), los continentales empezaron a mirar hacia el Oeste. Y las praderas se llenaron de carromatos conestoga y de fogatas sobre las que los pioneros recocían el café hasta convertirlo en un brebaje que asfaltaba la lengua y volvía de latón la campanilla. A algunos sibaritas norteamericanos (sí, ya sé, ¡menudo oxímoron!) les dio por mezclar el café con claras y yemas de huevo, o con la misma cáscara -picada, of course- para darle "riqueza y color"... "¡¡¡¿Cóooooomo?!!!" -no te sofoques, que no vas a arreglar nada, ya pasó. Y, además, aún no has oído lo peor: si no tenían huevos (que los tenían, y cuadraos), le echaban a la moltura de café cola fresca de bacalao. Sí, lo que yo te decía: herejes.

Aun así, lo que perdían en calidad, lo compensaban en cantidad, algo muy propio de aquellos emprendedores. A mediados del siglo XIX, en la naciente Norteamérica se tomaban ocho libras y media anuales de café por cabeza (casi cuatro kilos); en Europa, libra y mitad, unos setecientos gramos. Entre 1789 y 1921, la Oficina de Patentes de los EE.UU. registró casi un millar de accesorios para preparar café, cafeteras excluidas. Y todo para que hoy podamos beber, si hemos de pagar alguna penitencia, un aguachirle de franquicia cuyo ardiente envase te deja sin huellas dactilares. Una frase atribuida al presidente Abraham Lincoln resume el particular gusto de los suyos por el café:
"Si esto es café, por favor, tráigame té; y si es té, ¡por Dios!, tráigame café".




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sábado, 11 de julio de 2015

CITA EXPRÉS

Pedro Teixeira



"Es de provecho para 
almorranas y ventosidades"


Ya son diecinueve citas sobre el café, sin contar esta, las que lleva sobre el lomo este blog. Por naciones, sus autores se reparten así: seis franceses, cuatro británicos, tres alemanes, dos italianos, un griego, un austriaco, un polaco y un hebreo: Dios... Te has dado cuenta, ¿verdad? No me cabe duda, sé que te sobra perspicacia. Así es: hasta hoy, ningún español en esa lista. 

¡Pues claro que hay un porqué! Es posible que en España hayamos inventado el catálogo de cafetear más largo jamás creado. Y, sin embargo, fuimos los últimos en aficionarnos al café. Será por eso que luego corrimos como pollos sin cabeza para inventarle versiones: tocaet, carajillo, nube, manchao, mediana, con gotas, de pota, biberón... Como los cuentos de Sherezade, vaya, mil y una. Puedes encontrarlas en Internet, separadas por comunidades, provincias, ciudades y barrios.


Xocoatl, la bebida de los dioses de las culturas precolombinas.

Y ahora te cuento la causa. Es corta de explicar: el chocolate tiene la culpa. Sí, como lo lees. Desde que Hernán Cortés observó a los caciques aztecas mezclar el cacao con ají y harina de maíz y se maravilló del latigazo de energía que otorgaba, el xocoatl se convirtió en la bebida nacional del lado viejo del océano, eso sí, endulzado con azúcar y aclarado con leche:


¡Oh, divino chocolate!,
que arrodillado te muelen,
manos plegadas te baten
y ojos al cielo te beben.

La apología es del erudito Marcos Antonio Orellana (1731-1813), que vivió en tiempos de Carlos III, un rey que desayunó chocolate con leche todas las mañanas de su vida. A pesar de esa obsesión del "mejor alcalde de Madrid" por la bebida mesoamericana, fueron sus parientes borbones los que trajeron el café a España. Ya hicieron el experimento, sin éxito, con el último Austria, Carlos II el Hechizado (1661-1700), al que Luis XIV invitó a un cafecito en el castillo de Freÿir, en Bélgica, mientras le dejaba claro quien  iba a ser el nuevo dueño de Europa. Pero no nos vayamos tan lejos...

A caballo entre los siglos XVI y XVII nacieron en Portugal tres tocayos, de nombre Pedro y de apellido Teixeira. Por año de nacimiento, el primero es un sertanista del Brasil colonial, -prototipo de los bandeirantes-, mezcla de soldado, explorador y bandolero. Recibe su apelativo de sus correrías por el sertón, la altiplanicie semiárida del nordeste brasileño. Hay diecisiete años de diferencia entre las dos fechas posibles de su nacimiento: 1570 o 1587. Más segura -la muerte siempre lo es- tenemos la fecha de su óbito, en 1641.


Teixeira, avanzado del sertón brasileño.
El tercero de los tres Pedros -permíteme el salto-, Teixeira Albernaz, vio su primera luz en Lisboa hacia 1595. Cerró para siempre los párpados en 1662, en la ciudad a la que regaló uno de sus planos más famosos: Mantua Carpetatorum sive Matritum Urbs Regia (1656), o, en castizo, El plano del Teijeira, que's dabuten. ¿Te he dicho ya que es un mapa de Madrid?

Tampoco tendré que explicarte que este segundo Teixeira fue cartógrafo, pero sí añadiré que tuvo patente de corso para hacerse con más de un botín; no estaban los tiempos -eran los de Felipe IV- para despreciar ninguna oferta de trabajo, como ahora mismo, vaya. Y es que, según a quién le preguntes, vivimos otro Siglo de Oro, con pícaros, buscones y monipodios, pero sin Fénix de los Ingenios.

Mantua Carpetatorum sive Matritum Urbs Regia, de Pedro Teixeira Albernaz (1656).



Así llegamos al Teixeira que firma la cita exprés de hoy (algo escatológica, es verdad). Este viajero -otro más de la época- pudo nacer en Coimbra en 1575 (depende del historiador al que le preguntes). Era lo que, por entonces, se conocía como marrano, es decir, un judío convertido al catolicismo. Creció y murió bajo la Monarquía Hispánica, cuando ambas naciones -España y Portugal- estaban unidas por los reyes de la Casa de Austria. Entre sus muchos méritos, que los tuvo, figura el que lo trae hoy aquí, el de ser el primer castellanoparlante que escribió sobre el café. Y lo hizo en un libro de viajes que tituló con generosidad verbal (coge aliento):
Relaciones de Pedro Teixeira d'el origen, descendencia y suçcesión de los Reyes de Persia y de Harmuz, y de un viage hecho por el mismo autor dende la India Oriental hasta Italia por tierra.
Su primera edición salió del taller de Jerónimo Verdussen, impresor de Amberes, en 1610. La obra tuvo cierto éxito, pues se tradujo al latín, al francés y al inglés. 

Teixeira se embarcó en 1586 para Goa, colonia hispánica en el Indostán, y regresó a Europa, también en barco, en 1601. Tuvo fama de hombre discreto y administrador honrado y competente, por eso llama la atención que unas deudas lo hicieran volver a las Indias Orientales en 1603: "La cosa que menos me entrara en el pensamiento", asegura. Cuando hubo arreglado sus asuntos, decidió retornar a la Península Ibérica por tierra; es este viaje el que describe en sus Relaciones.

"Espera, espera, que me he hecho un lío -podrías decirme-, ¿cómo que Teixeira era castellanoparlante?". Sí, sí, he dicho bien: castellanoparlante; si hubiera querido decir lusoparlante, lo habría dicho. Te lo explico; según algunos especialistas en su vida y obra (que los tiene), Teixeira fue un iberista: "Tuvo conciencia de ser hispano". En consecuencia, decidió escribir en la lengua de Castilla. También hablaba persa y árabe y se defendía con algunos rudimentos de otras lenguas orientales, portugués materno aparte, claro está. Pero a lo que íbamos: Teixeira describe en su libro de viajes el cafeto y su grano y detalla el aspecto y sabor de la poción:
"Hay otra manera de bebida muy uzada por toda Turquía, Arabia, y Surya, dicha Kaoáh; es una simiente, muy semejante a pequeñas havillas sequas, trahese de Arabia, cuezese en casas para ello deputadas. El cocimiento es espeso, sobre negro, y inçipido, y si algún gusto o sabor tiene es declinente àmargo, pero poquísimo..."
Ese Kaoáh es la primera mención conocida del café en castellano, antepasado del cortaíto que hoy te tomas tú. En cuanto a "las casas para ello deputadas" -las kahve kane orientales- dice que son públicas, pues en ellas "se juntan todos los que quieren":
"Y por unas escodillas de porcelana de China que llevarán hasta quatro o cinco onças [casi 150 gramos], van dando à los que piden, que tomadas bien calientes están soplando y sorviendo [...] Esta casa estaba cerca del río, sobre el cual tenía muchas ventanas y dos galerías, siendo un lugar muy placentero".

"Turca bebiendo café". Anónimo (Museo de Pera/Estambul).

No olvides que seguimos a horcajadas entre el XVI y el XVII, una época en la que los frutos exóticos que llegaban a Europa eran considerados, a la pata la llana, veneno o remedio, tabaco incluido. Así pues, no es raro que Teixeira hable en su obra de los efectos del café en el cuerpo humano, y más si tenemos en cuenta su interés personal por la farmacopea:
"Dizen los que la suelen bever, que es de provecho para el estómago, para las ventosidades y almorranas, y que despierta el apetito".

Hoy en día, habría médicos que no estarían de acuerdo con este buen trotamundos, pues todavía se debaten -como en tantos alimentos- sus beneficios y perjuicios. Yo creo -y seguro que tú también- que lo que hay que hacer es aborrecer el sentimiento de culpa que una sociedad que se dice laica alimenta a diario con tanta cháchara pseudoinformativa. Bien te sentará el café si bien lo tomas... Y tú lo sabes, y yo lo sé. ¡Salud!


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sábado, 4 de julio de 2015

CITA EXPRÉS

Lord Byron



"Clavo, canela y azafrán 
lo echan a perder"


Lord Byron murió en Grecia. Y por Grecia. No le quedó otra: en Inglaterra no tenía dónde caerse muerto; y no porque Fama y Fortuna le fueran esquivas, sino porque una sociedad que corría como loca a enajenarse con la mascarada moral victoriana no le cedería (y así fue) una parcela donde enterrarse a gusto. Comparado en su patria con Nerón y Calígula, George Gordon Byron (1788-1824) partió al exilio en el sur soleado, vivaz y carnoso, lejos de las pieles de lenguado hervido de sus compatriotas.

Al llegar a Italia, se puso a enredar con los antisistema que conspiraban contra la tiranía de Austria. Aquellos revolucionarios -los carbonari- triunfaron en el Reino de Nápoles en 1820, pero un año más tarde los aplastó la Santa Alianza: Austria, Rusia y Prusia (¡qué obsesión!). En 1823, Los Cien Mil Hijos de San Luis (todos bastardos, por los resultados) hicieron lo propio con los liberales españoles y repusieron en el trono al repulsivo Fernando VII. ¿Por qué será que, al contar todo esto, no se me va de la cabeza la dichosa Troika?

Poca mella hizo en Byron el desánimo, pues, mientras el brazo armado del absolutismo europeo domeñaba el sur latino, los griegos se habían alzado en 1821 contra el Imperio Otomano, su dueño desde la caída de Constantinopla (echa cuentas...). Surgieron entonces muchos helenófilos europeos y americanos que se tomaron aquello no como una cruzada, sino como la defensa legítima de la herencia clásica de Occidente. Así los arengó Luis I de Baviera:
"Europa tiene una deuda enorme con Grecia. A los griegos les debemos las Artes y las Ciencias".
Se conoce que eran otros tiempos... En cuanto Byron supo del alzamiento, allá que se fue: ¡¡¡Al rescate de Grecia!!! Reunió dinero, compró bastimentos para los insurrectos y se hizo con un bergantín que levó anclas en Génova. No era la primera vez que el poeta viajaba a Grecia; estuvo allí cuando emprendió el viaje iniciático por Europa de los jóvenes aristócratas ingleses: el Grand Tour, entre 1809 y 1811. Aquella ocasión le inspiró el más famoso de sus poemas: Las peregrinaciones de Child Harold (1812-1818). Tan gran impresión se llevó en la cuna de Occidente que llegó a sentenciar: "Soy poeta porque así me ha hecho el aire de Grecia".

Tras arribar a la isla de Cefalonia, Byron concluyó, a las primeras de cambio, que el principal enemigo de los griegos no era Turquía, sino los griegos mismos. Como las antiguas polis helenas, siempre a la greña salvo cuando asomaban los persas, la revolución se difuminaba entre una miríada de señores de la guerra atrincherados en las montañas. Unos defendían el SÍ a los turcos y otros, claro está, el NO.

A. Mavrokordatos (1791-1865).
Lord Byron se puso a las órdenes de uno de aquellos caudillos, Alexandros Mavrokordatos, para el que reclutó y financió una tropa de medio millar de hombres. Ambos planearon marchar sobre Mesolongi, amenazada por los turcos, pero un cabecilla rival, Theodoros Kolokotronis (abajo, a la izquierda), consiguió amotinar a la hueste del poeta: los persuadió de exigirle más dinero al inglés por liberar su propia nación.


Abatido por el cainismo imperante en el bando griego, Gordon se retiró. Sus mercenarios (no merecían otro nombre) fueron bloqueados a las puertas de Mesolongi por otro bandolero griego, este aliado con los otomanos, Georgios Karaiskakis (a la derecha), al que apoyaba la flota del sultán.

 

Presa de la decepción y el desánimo, Lord Byron sufrió un episodio epiléptico, agravado con vértigos y espasmos pectorales. Contra la opinión del poeta, sus médicos lo sangraron hasta sacarle dos litros de sangre. Unas fiebres, quizá malaria, vinieron a rematar el trabajo de los matasanos el 19 de abril de 1824. Con el sentido del drama propio del pueblo que lo inventó, los griegos, aun divididos, guardaron veintiún días de luto por el inglés que luchó por su independencia, que no llegaría hasta 1827. ¡Ah!, también pidieron su corazón, pero los ingleses se negaron y, a cambio, les dejaron los pulmones.


Byron en su lecho de muerte, según Joseph-Denis Odevaere (1826).

"¡Oye!, pues muy entretenido esto que me cuentas (o no), pero ¿y el café?"... Pues por todas partes, siempre que haya turcos de por medio, como bien podrás imaginar. Lo cierto es que Byron menciona la oscura cocción en algunas de sus obras, pero siempre con aroma oriental. Lógico: a tales alturas del siglo, el té había destronado al café en el gusto de los británicos. Mediado el XVIII, las coffee-houses inglesas eran un monopolio masculino; de ellas nacieron los exclusivos clubes para gentlemen. Pero las mujeres y las familias empezaron a frecuentar los jardines públicos de té, hierba más fácil de preparar, conservar y adulterar, o sea, más barata. Para entonces, la Honorable (¡me parto!) Compañía Británica de las Indias Orientales ya había conquistado el Indostán, monopolizado el comercio del té y conseguido la protección de la Corona para su importación y consumo. Por si fuera poco, en las colonias inglesas no se producía café, así que tenían que importarlo, si aún lo querían, de Holanda y Francia. So, ¡Bye, bye, Mr. Coffee!

Entre su extensa y "escandalosa" producción poética, Lord Byron alumbró una versión del mito de Don Juan no solo exótica, sino también antípoda a la clásica: el seductor no seduce, sino que es seducido. Hay en sus versos, repartidos en diecisiete cantos, numerosas menciones cafeteras, quizá por llevar la contraria a otra costumbre más de su nación. En el Canto III encontrarás la cita que abre esta entrada:

Y la baya de Moca, de Arabia pura,
en tacitas de China llegó al fin;
en afiligranados platos, la mano asegurada,
del calor protegida, los sujetaba.
Clavo, canela y azafrán con el café a cocer;
de ese modo, lo echaban a perder.


Haidée encuentra a Don Juan, Ford Madox Brown (1878).

Como Byron, los gourmets cafeteros actuales considerarían esa mezcla un sacrilegio, claro. El caso es que las peripecias del Don Juan de Byron empiezan cuando huye de Sevilla porque una mujer casada se encapricha de él. Se embarca, naufraga y es el único superviviente de una tripulación abocada a la antropofagia. Acaba en una playa griega, donde Haidée, la hija del pirata Lambro, lo rescata; pero los hombres de su padre lo venden al sultán de Constantinopla. En el Canto VI detalla el despertar del Comandante de los Creyentes:

Y después de las obligadas abluciones,
Según la levantina fe,
Y las oraciones y otras pías evoluciones,
Bebe, al fin, seis tazas de café.

Hábito que, según el Canto XVI, se repite al anochecer: "La tarde palidece y el café aparece". En el Canto IV, Lambro separa a Don Juan y Haidée y esta, preñada del galán, muere de pena; en un alto en la enumeración de las desgracias que las mujeres le traen a Don Juan, Byron afirma que el café y el té "nos hacen más graves", al contrario que otros licores. En el XIV, insiste en sus virtudes:

Cuando tus asuntos se tuerzan, en uno y otro sentido,
Vete a una coffee-house, y tómate uno más.

En otra de sus obras, Beppo, a Venetian Story (1817), el desarragaido poeta vuelve a traer a colación el licor arábigo:
"Entraron y pidieron café. Lo trajeron. Un brebaje para turcos y cristianos, aunque lo preparen de dispar modo"
Es obvio que el denso café turco, que Kulczyki coló y aclaró en Viena, que Madame de Sévigné saboreaba au lait, que Pietro Della Valle mezcló con vino y que los ingleses nunca supieron hacer, nada tenía que ver con los cafés cristianos. Salvo en un caso: eso que te dan en los restaurantes griegos como su café -europeo y ortodoxo-, ni lo es ni lo fue. Tras cuatro siglos de dominación otomana, los que griegos y turcos toman hoy, mal que les pese, es la misma poción. Incluso el cacito en el que se prepara, en Atenas o en Estambul, es el mismo, y con las misma letras: ibrik en turco, briki en griego.


Te reto: ¿ibrik o briki?

¿Y si todos aprendiéramos esa lección, otra más que el café nos regala, y atendiéramos a los placeres que nos unen en vez de a las miserias que nos separan? ¿Eeeeeeeeeeh? Pues ahí te lo dejo, con una humeante taza del café que tú prefieras, para que te entretengas este fin de semana...

Si quieres conocer las aventuras de Lord Byron en Sevilla en brazos -o casi- de una mujer de bandera, puedes visitar esta entrada de GUIRIS CON PUÑETAS, un nuevo proyecto de El viento de mis velas en el que repaso las opiniones sobre España de viajeros de los siglos XVIII y XIX:
http://vientodemisvelas.blogspot.com.es/2015/11/guiris-con-punetas-lord-byron-1-las.html


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