sábado, 26 de septiembre de 2015

CITA EXPRÉS

Pasqua Rosée



"El  café es bueno para los niños enfermos"


¿Qué tiene que ver George Clooney con el señor que encabeza esta entrada? No nos ha quedado ni un mal carboncillo de la jeta de Pasqualino, así que no te puedo decir si era un galán o el primo feo de Picio. Pero, eso sí, ambos tienen, y tendrán para los restos, una íntima relación en la epopeya del café. Relación comercial, digo. Y es que los dos, Clooney y Rosée, han sido imagen de una marca cafetera: George de la de otros, Pasqua de la suya.

George Clooney is inside! 

Siete siglos después de que Avicena, el Príncipe de los Médicos, mencionara en sus escritos una sustancia prodigiosa llamada bunchum, el café aún seguía envuelto en una nube de misterio. ¡Ojo!, he dicho nube, porque si digo nave, ya veo a Iker Jiménez dedicándole un monográfico: "¿Los mismos extraterrestres que levantaron las pirámides e inventaron el alfabeto Ikea plantaron el primer cafeto con planes, intenciones u objetivos cuyo fin último aún no ha sido descubierto por la Ciencia contemporánea? ¡¿Eeeeeeeeeeehhhhh?! ¿Por qué a diario, y he dicho a diario, se escapa el aroma de un magnífico expreso recién hecho, sin trazas de aguachirle yanqui, en el Área 51? ¿Cabe la posibilidad de que el mono bajase del árbol para convertirse en homínido tras oler la aromática e inquietante infusión cuyos efluvios eran intencionalmente dirigidos, desde un arca de Noé intergaláctica, sobre colonias enteras de primates tanzanos? ¡Cuidadín!, que aquí hay temita... ¡Bienvenidos a la Nave del Misterio!".



Digo esto porque es más fácil trazar un perfil completo del alienígena que el ejército de los Estados Unidos encontró en el desierto de Nevada que del personaje que protagoniza este capítulo, del que ni siquiera sé decirte cuándo nació ni cuándo la diñó. Y eso que estamos ya en pleno siglo XVII inglés, a un suspiro de la Revolución Industrial; así que por falta de documentación no será.

Hervidor de café turco -ibrik- y molinillo.

Ahí va lo que, grosso modo, se sabe del amigo Rosée. Daniel Edwards, un importador británico de ultramarinos y coloniales asentado en Esmirna, sucumbió al muy otomano hábito del café. Cuando regresó a Inglaterra, allá por la mitad del siglo, no solo se agenció los consabidos sacos de grano, un ibrik turco, las tacillas de porcelana y todos los corotos necesarios para seguir disfrutando de la fragante bebida, sino que se trajo también a un mozo que sabía prepararla: Pasqualino Rosée. El zagalote, del que se duda si era griego o armenio, vivía, eso sí, en Ragusa. "¿Pero en qué Ragusa? –podrías preguntarme– ¿En la siciliana o en la dálmata?". ¡Ajá!

Mapa francés con la ubicación de Ragusa en el Golfo de Venecia.

Pues ni siquiera en eso se ponen de acuerdo las fuentes, porque los autores se abonan con simpar alegría a una u otra ubicación geográfica. Entiendo que andan más finos los que se refieren a la República de Ragusa (1358-1808), cuya cabeza era la actual y turística ciudad croata de Dubrovnik, capital de los Siete Reinos y sede del Trono de Hierro en Juego de tronos. Hablamos de una zona de paso en el antiguo comercio europeo con Oriente, por eso Ragusa cambió de manos bizantinas a manos venecianas con harta frecuencia. Hartos, justamente, de aquel vaivén, los ragusinos proclamaron su independencia en el siglo XIV, aprovechando los muy cucos que el reino de Hungría y la Serenísima República de Venecia, de la que entonces dependían, andaban a la greña. A cambio de un tributo anual -tributo entendido como impuesto, no como ese anglicismo cursi que lo iguala a homenaje-, los húngaros les permitieron gobernarse por sí mismos.

Panorámica del casco histórico de la ciudad croata de Dubrovnik, Ragusa en italiano aún hoy.

Aquella gente llevaba el mercadeo en la sangre, vamos, que lo de import-export lo traían de serie, pero, por si fuera poco, los vino a ver Yavéh cuando los Reyes Católicos expulsaron a los judíos españoles, pues en Ragusa acogieron a un grupo de sefardíes con muy buena agenda, repleta hasta las tapas de contactos orientales y occidentales. En el siglo XVI, Ragusa ya tenía una flota de doscientas naves y se tuteaba con Venecia. Sus tripulaciones eran muy marineras, pues aquellas costas habían sido madriguera de los piratas eslavos de Pagania, que hicieron y deshicieron a su antojo en el Adriático durante la Alta Edad Media. Pero todo en la vida, y en la Historia, se acaba: en 1667, un terremoto cambió el destino de aquella república marítima; sobre sus ruinas, dio comienzo la decadencia de Ragusa.

Puede que, pese a toda esta explicación, aún albergues dudas y des valor a la teoría de que Pasqua Rosée era de la Ragusa siciliana. Creo que la confusión radica en que la dálmata estuvo bajo la protección del reino normando de Sicilia en el siglo XII. Además, si el café estaba entrando en Italia por Venecia, que tenía relaciones comerciales con los mercaderes ragusinos del Adriático, ¿qué pinta Sicilia en todo esto? Pues eso, nada.

El ajetreado puerto de Londres sobre el Támesis en pleno siglo XVII .

En fin, que míster Edwards tomo a Pasqua como criado y se lo llevó a la City. Vuelve en este punto a echarse una nube bien oscura sobre la biografía de Rosée: que si el amo le puso al criado un tenderete en la calle o le abrió un local; que si fueron socios o no; que si le mandó a un administrador inglés de confianza, un tal Bowman, para que Pasqua no metiera mano en la caja y sisara café; que si Edwards y Rosée riñeron y el negocio se fue al traste…

Ubicación de la Coffe-house de Rosée junto a la Bolsa.

Sea lo que fuere, Pasqua ya servía café en 1652 en Sant Michael’s Alley, sobre las ruinas de la Londinium romana, en el distrito de Cornhill, germen del futuro centro financiero londinense; o sea, todo de los más cockney, que es como llaman a los castizos londinenses. Eso convierte al ragusino trasplantado, brumas históricas aparte, en el pionero de los barmen de la ciudad. Y más aún, en el creador del primer anuncio de café.

The Jamaica Wine House, negocio actual con el cartel que recuerda
a Pasqua Rosée en la jamba derecha de la puerta del establecimiento.

Pasqua Rosée mandó imprimir unos volantes en los que anunciaba la apertura del negocio, se presentaba a los clientes y detallaba los beneficios de tomar aquel ébano líquido. Un ejemplar original de aquel pregón volandero, algo dañado en los bordes, se conserva en el Museo Británico. Se titula Virtudes del Café, mandada imprimir en Inglaterra por Pasqua Rosée.

Hojilla volandera de Pasqua Rosée, primer anuncio de café del que se tiene noticia,
conservada en el Museo Británico.

Arranca la octavilla con una sumaria descripción del "grano o baya" del cafeto, "un arbusto que crece solamente en los desiertos de Arabia". Notas exóticas aparte, estas plantas no se dan más arriba o más abajo de los trópicos, ni fuera de plantaciones bien sombreadas con árboles de copa extensa. Pero, en aquel tiempo, qué le importaba a Rosée la exactitud botánica con tal de que los ingleses creyeran que tomaban el mismo néctar que el legendario Harún Al Raschid: "De allí [del desierto] sale para ser bebida en los dominios de los Grandes Señores", anuncia Pasqua, en una ladina y atractiva referencia a sultanes, califas y bajás. Cómo si ahora no bebiéramos placebos promocionados con la jeta y las boberías místicas de algún gurú bollywoodense nacido en Queens. La gente que produce las teletiendas y los programas de salud matinales también tiene hipotecas y libros de texto que pagar.

Interior de una Coffee-house londinense en una ilustración de 1668.
Aunque las mujeres no podían ser clientes, sí las regentaban.
Lordprice Collection/Alamy.

A continuación, el flamante expendedor de cafés explica cómo se prepara la rara cocción: "Es una cosa inocente, presentada como bebida, que se tuesta en un horno, se muele hasta convertirla en polvo y se hierve en agua fresca". Y a la receta le añade la posología: "Propia para tomarse una hora después de la comida […] tan caliente como sea posible, sin que llegue a despellejar la lengua".

Después se extiende en las virtudes de la poción arábiga para el cuerpo y el alma. Tras ser ingerido, "conserva el calor interior, ayuda a la digestión y es, por consiguiente, propia para ser tomada en la sobremesa". Nada que no hubieran dicho antes médicos, botánicos, mercaderes y viajeros -tónico cardíaco y bueno contra la gota, la hidropesía y los cálculos-, por lo que no sabemos si Rosée hablaba por experiencia o de oídas.

La novedad es que no considera que la nueva bebida esté contraindicada para ancianos y niños enfermos, sino que más bien se la aconseja. En apariencia, también le hace un guiño al público femenino: "Se ha observado que los turcos, que lo beben mucho, tienen el cutis claro, terso y blanco". No hay poco riesgo en lanzar semejante afirmación a un gentío, el londinense, que tenía a los turcos por demonios requemados por el acarreo de carbón en las más profundas calderas de Belcebú. En todo caso, me da que el mensaje no iba dirigido a las damas, pues ellas tenían prohibido entrar en las coffe-houses. Me explico.

Oliver Cromwell, por Samuel Cooper (1656).
Corrían tiempos puritanos. Tres años antes, en 1649, Carlos I Estuardo había perdido la cabeza por gobernar de espaldas al Parlamento. Tras la guerra civil entre parlamentarios y monárquicos, Oliver Cromwell, un calvinista ambicioso y fanático con notables aptitudes militares, se nombró Lord Protector, o sea, dictador de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Así que puede que los austeros Roundheads (Cabezas redondas), sus fanáticos seguidores, quisieran conservar su tez lechosa para que nadie los confundiera con un turco del color de la pez o con un papista español, bastante más bronceado que ellos. De ahí que Rosée indicara que, antes de beber el café, se inclinase el rostro sobre la taza, como si uno hiciera vahos de eucalipto, para así potenciar su acción blanqueadora, igual que si fuera un detergente en gel.

Roundhead puritano,
por John Petty.
Eso en cuanto al cuerpo; porque en lo que atañe al alma, Pasqua Rosée proclama que "evita la somnolencia y prepara para los trabajos de la jornada". Añade que se trata del mejor remedio "contra la melancolía y la hipocondría". ¡No sas'fastidiao! ¿Y quién no se enfrenta mejor al lunes tras tomarse un buen café?, ¿o quién no disfruta de una apacible mañana de fin de semana con una taza de elixir humeante?

Al final de la hojilla volandera, verdadero antecedente histórico del What else? de Clooney, el anunciante da sus señas: "Se hace y se vende en Saint Michael´s Alley, Cornhill, por Pasqua Rosée bajo su sola dirección". Con tal remate, el barman cockney disipa alguna de las dudas iniciales: el negocio estaba a su cargo.



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sábado, 19 de septiembre de 2015

CITA EXPRÉS 

Pedro Páez 

(1564-1622)




"Con buenas palabras,
el sultán nos dio câhua"




"También me dijo un arriero que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar", te suelta Vicente Fernández, charro entre los charros, cada vez que le dejan. Es fácil cantar eso cuando pagas a una cuadrilla de domésticas para que le saquen brillo a dos Grammy, ocho Grammies Latinos, catorce premios Lo Nuestro y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Y, total, por un quítame allá esas ventas: 50 millones de discos en todo el mundo (y lo que te rondaré, morena, que es lo que hacen los charros).


¡Como pa'no reírse!
Imagino que Chente -así le llamamos los íntimos- tomará café; y que, de puro macho, lo beberá a morro de la cafetera recién hecha. Bueno, no lo imagino, como soy íntimo, lo sé. Pero no son tales hazañas las que lo traen hoy aquí, eso me importa lo que una hoja de achicoria; a lo que voy es a que tiene más razón que un santo, verbigracia, el santo patrón de todos los mariachis, que debe de ser San Tostón de la Plaza Garibaldi.

Y para demostrarlo, voy a presentarte a Pedro Páez Jaramillo, natural de Olmeda de las Cebollas (cambiado hoy a de las Fuentes por las rimas y las bromas) y dado a luz en su término municipal en el año de Nuestro Señor de 1564. Por entonces, el pueblecito pertenecía al arzobispado de Toledo y era considerado uno más de la Alcarria. Hoy depende de la Comunidad de Madrid.

Olmeda de las Fuentes, que tenía unas cebollas muy ricas.

Páez, soldado de Dios, fue un aventurero de café de Moca, de salitre del Índico y de arena ardiente de los desiertos de Arabia. Tres cosas hizo que lo traen a esta galería de pioneros de la cafetomanía:

-descubrió para Europa las fuentes del Nilo Azul,
-bebió café antes que ningún otro español,
-y describió el mítico Reino del Preste Juan con rigor científico.

Hizo todo eso a caballo entre el renacentista XVI y el barroco XVII y, guiado por el nuevo espíritu científico, mandó sus hazañas a imprenta. Sin embargo, es posible que no hayas oído hablar de él hasta ahora, por mucho que el esforzado viajero se empeñase en dejar constancia. Con toda humildad lo reconozco: yo no lo conocí hasta que me metí en esta aventura cafetera. Es más, en su pueblo, Olmeda de las Cebollas (hoy de las Fuentes), no se enteraron de las hazañas de su paisano hasta que Javier Reverte, escritor y viajero, publicó su biografía en 2001: Dios, el Diablo y la aventura.

Y te digo más, César Antonio Molina, que fue ministro de Cultura seis años más tarde y que tenía segunda vivienda en Olmeda, tampoco lo conocía. Lo de "yo no lo sabía" pasa mucho entre nuestros políticos, ya sea con un aventurero del Siglo de Oro o con un coche de lujo que te crece en el garaje como si fuera un hongo, así, por generación espontánea, ¡menuda gürtelada tiene que ser eso! En fin, que Páez, retomando a Chente Fernández, llegó primero, desde luego; pero, vistos los resultados, le habría traído más cuenta "saber llegar", como hizo otro viajero más petulante y soberbio que él y que nombraré para público escarnio más adelante. Te avanzo que era británico…


Placa en honor de Pedro Páez en Olmeda de las Fuentes (2001). Foto: Babel-TCS.

Periquín Páez Jaramillo tuvo una niñez acomodada, pero un buen día de su mocedad se le metió en la cabeza convertirse en Soldado de Cristo, o sea, jesuita. Treinta años antes de que él naciera, en 1534, Ignacio de Loyola había fundado la Compañía de Jesús, aprobada por Paulo III en 1540. Loyola fue soldado y quiso, en consecuencia, dotar a su orden de la disciplina, la conciencia del deber, el sentido del sacrificio y el espíritu de aventura -indispensable para las misiones- de los Tercios hispánicos. De hecho, Compañía se deriva del término militar y la bula por la que el Papa confirmó la orden llevaba el título de Regimini militantis ecclesiae: "Por el gobierno de la Iglesia militante". Pero la habilidad de Loyola y sus conmilitones estuvo en traer gentiles a la Iglesia de Roma por la razón y los argumentos, y no manu militari. De ahí el prestigio educativo de los jesuitas, quienes, antes de formar, se formaban. Así se convirtieron en alfareros de la palabra, en polemistas infalibles que pelearon en la vanguardia de la Contrarreforma. 

Pero como no hay bien que por mal no venga, en el imaginario colectivo se les empezó a pintar con muy malos trazos; en el DRAE aún figura "jesuita" con la acepción de "hipócrita" y "taimado", y en muchas novelas aparecen como buitres que rondan los lechos del dolor de las viudas ricas (te recomiendo El hombre de negro, de Wilkie Collins, un folletón con jesuita retorcido que acecha a un gentleman anglicano débil de carácter, amén de Retrato del artista adolescente, de James Joyce, y de La araña negra, un título de lo más gráfico, de Blasco Ibáñez).

Íñigo López de Loyola herido en el Sitio de Pamplona (1521).

Durante siglos, los seguidores de Ignacio de Loyola no se llamaron a sí mismos jesuitas. Al parecer, ese mote se lo colgaron, con harto desprecio, los luteranos. Fue en un documento del año 1975 cuando, oficialmente, la Compañía de Jesús aceptó tal nombre para sus miembros. Antes se habían llamado los de la Compañía, teatinos, papistas o iñiguistas, este último debido a que el nombre mundano de su fundador era, en realidad, Iñigo López de Loyola. Su rebautizo se debió a que Ignacio era "más común a las otras naciones".

Desde el principio, aquellos maquiavelos con sotana tuvieron entre sus votos el de obediencia al Papa por encima de cualquier poder temporal, lo que les valió ser considerados espías del Vaticano, de ahí papistas; tal sospecha pronto se convirtió en sentencia y contribuyó a su expulsión de muchos países europeos durante la Ilustración, entre ellos España. Llama la atención que, a pesar de su lealtad a los herederos de San Pedro, nunca hasta el papa Francisco un jesuita hubiera sido elegido Sumo Pontífice.

Con esos antecedentes, ¿tenía el alcarreño Pedro Páez cualidades para entrar en la milicia de Cristo? Sobradas. Según Reverte, poseía "espiritualidad, valor, disciplina, amor al viaje y a la aventura", además de "curiosidad científica, enormes dotes intelectuales y pedagógicas" y, sobre todo, "férrea determinación", pero conjugada con agudo sentido diplomático, don de lenguas y también de gentes y simpatía a raudales. Vamos, que si Francisco Javier se hubiera despistado un poco, la Compañía de Jesús la habría fundado San Pedro Páez Jaramillo.

Encontrada su vocación y con dieciséis primaveras flamantes en el petate, el joven Páez marcha a estudiar a la universidad jesuita de Coímbra. Corre el año 1580, en el que Felipe de Austria se parte en dos para ser Segundo de España y Primero de Portugal. El imperio luso de las Indias Orientales, con centro en la ciudad indostaní de Goa, pasa a formar parte de la Monarquía Hispánica. Nueve años antes, en 1571, una flota combinada de la Cristiandad, al mando de Juan de Austria, le había dado la del pulpo a la flota de galeras de la Sublime Puerta otomana. Pero aparte de que los turcos se recuperaron con pasmosa facilidad y siguieron acosando a las naciones mediterráneas desde los puertos berberiscos, sus corsarios azotaban a los mercantes portugueses -ahora españoles- de la Ruta de las Especias, derrotero entre el Índico y el Atlántico con revalida marinera en el sudafricano Cabo de las Tormentas, luego de Buena Esperanza. Como Felipe de Austria no tenía ya bastantes úlceras, la anexión de Portugal le trae una nueva. ¿Qué remedio se le ocurre? Pues aliarse con el Preste Juan para zurrarles a los infieles desde la línea del Ecuador.

Ilustración medieval del Preste Juan en su versión africana.

¿Y quién era este Preste Juan? Pues un personaje mítico medieval, rey cristiano del Lejano Oriente, rodeado de naciones paganas y descendiente de Gaspar, Melchor y Baltasar. Los fabulistas medievales primero ubicaron la corte de este rey de fantasía en la India, luego en Asia Central y, finalmente, en Etiopía. En el último caso no les faltaba razón a los mitófilos, pues, en efecto, el Negus abisinio gobernaba un reino de cristianos coptos dependientes del patriarca ortodoxo de Alejandría, pero bloqueado por las conquistas turcas de Egipto y el Mar Rojo. Para Roma y sus seguidores, "un oasis de fe en el desierto infiel", aunque fuera un oasis cismático y un poco hereje. Te lo digo porque los etíopes practicaban el monofisismo: creían en la naturaleza única de Cristo, es decir, que en el Hijo de Dios no hay parte humana, sino solo divina. Los católicos, en cambio, defienden que en la persona de Jesús se reúnen ambas.

Mapa barroco del Imperio del Preste Juan etíope.

Por si esto fuera poco, los emperadores abisinios, encarnación del León de Judá, juraban descender de un hijo de Salomón y la reina de Saba: el rey Menelik, ladrón del Arca de la Alianza. También disfrutaban los neguses de las ventajas musulmanas de la poligamia (si las tiene, que no sé yo), que se traduce en alimentar, vestir y perfumar a un harén con su serrallo y todo; por si fuera poco, practicaban la circuncisión y la ablación, respetaban el sabbath, no comían cerdo y construían las iglesias según el modelo del Templo de Jerusalén. 

Aun así, Felipe II pidió a la Compañía de Jesús -marcial, misionera y llena de piquitos de oro- que fuese la avanzadilla de una futura alianza con aquel Preste Juan que practicaba la fusión religiosa, un max-mix con lo mejor de todos los cielos. Los jesuitas, muy a lo suyo, entendieron la orden como la oportunidad de convertir de una vez por todas a aquel rebaño de cismáticos y conducirlo mansamente al redil de la Iglesia romana. 

Lo cierto es que había jesuitas en Etiopía desde los años cuarenta del siglo XVI, por eso he dicho "de una vez por todas". En 1541, una fuerza expedicionaria portuguesa al mando de Cristóbal de Gama atendió la demanda de auxilio del negus abisinio, Asnaf Sagad I -Claudio para los amigos-, acosado por un señor de la guerra musulmán, Ahmed Gragn, El Zurdo. Cristóbal era hijo de Vasco de Gama, del que se dice con cierta frecuencia que fue el primero en doblar la punta meridional de África, obviando a Bartolomé Díaz, otro que llegó primero sin saber llegar.


Noble abisinio a caballo y artillero expedicionario
portugués (Autores: Gerry y Sam Embleton),
Osprey Publishing.

En 1488, Díaz descubrió para la Europa renacentista el que bautizó como Cabo de las Tormentas, nombre bien calzado para tan indómito accidente geográfico. El rey Juan II de Portugal, que pretendía que aquella ruta fuese un filón para el comercio portugués de las especias, le cambió las tormentas por la Buena Esperanza. Cosas del márketing renacentista.

Pero a lo que yo iba: la hazaña que hizo famoso a Vasco de Gama fue la de completar aquel viaje pionero de Díaz, doblando el cabo, aprovechando los monzones y, por fin, llegando a la India. Así dejó establecida la ruta marítima de las especias. Eso fue en 1497. Quince años después, su compatriota Francisco Serrao alcanza las míticas Islas de las Especias, hoy llamadas Molucas. Solo allí se podía recoger la nuez moscada y el clavo de olor, este último compartido con Madagascar, también en la ruta.

Soldado luso-hindú (Goa, s. XVI).
Ilustración: Gerry y San Embleton.
Osprey Publishing.


Soldado portugués (Goa, s. XVI).
Ilustración: Gerry y Sam Embleton.
Osprey Publishing

"Espera, espera –puede que me quieras frenar–, ¿por qué aquella gente, metida en cascarones, se iba a dar la vuelta donde Cristo pegó las tres voces si había rutas más directas?". "Me alegro de que me hagas esa pregunta" –te respondería yo. Porque la respuesta es de lo más práctica: el sultán de Constantinopla y los senadores de Venecia eran intermediarios del tráfico de especias a Europa, como luego lo fueron del café. A los reyes navegantes de Portugal les compensaba fletar naves y contratar capitanes que rodeasen África para ir a buscar la pimienta, el clavo y la nuez moscada allá donde crecían sin tener que pagar tasas ni sufrir los caprichos de visires y patricios.

El caso es que los cuatrocientos piqueros, arcabuceros y bombarderos -artilleros de bombardas- de Cristóbal de Gama enviados a Etiopía salvaron al emperador abisinio, aunque pagaron su victoria con la muerte, tras horribles tormentos, de su capitán. Parece que los ibéricos no se quedaron atrás, pues dejaron fama entre árabes y etíopes de ser intrépidos y corajudos y de estar "sedientos de batallas como lobos" y "hambrientos de matanzas como leones", según los juglares locales. Los abisinios los llamaron afriti, nombre de los demonios en suajili; por eso pasaron a formar parte de la guardia imperial etíope y recibieron esposas y tierras. Gracias a aquella empresa bélica, los jesuitas pudieron fundar una primera misión en Fremona, en el norte del país, provincia así llamada en honor del primer apóstol de Etiopía, el libanés Frumencio de Aksum, que evangelizó a los abisinios en el siglo IV. Lo que es torcerse, ya se torcieron después ellos solitos.

En esas estábamos -corría el año de 1588- cuando el castellano Pedro Paéz desembarca en Goa; estaba empeñado en irse a Cipango, a evangelizar a los japoneses, igual que su admirado Francisco Javier. Goa, La Dorada, conquistada para Portugal en 1509, era una bella ciudad colonial, urbe cosmopolita y plaza fuerte, muy fuerte, en la costa occidental de la India. Para que te hagas una idea, corría por entonces un dicho: "A quien ha visto Goa, no le hace falta ver Lisboa". Los jesuitas eran hegemónicos en ella tras haber empujado a la cuneta a los franciscanos, según cuentan las lenguas de doble filo. Pero la reciente unión luso-hispana no le vino nada bien al emporio colonial: Holanda e Inglaterra, enemigos jurados de la Monarquía Hispánica y presentes en el Índico a través de sus compañías comerciales, aprovecharon para volver las proas de sus naves y las bocas de sus cañones contra la próspera ciudad.


Posesiones portuguesas en las Indias Orientales.
Goa está en el centro de la costa occidental de la India.
Mapa de Maximilian Dörrbecker (Chumwa) en Wikipedia.
 

Allí y entonces se pone a prueba el voto de obediencia del novicio Páez: recibe la orden de marchar no a Oriente, sino a Poniente, rumbo a Etiopía. Ni frunce el ceño ni protesta: junto con el misionero catalán Antonio de Montserrat, Pedro Páez enfila hacia el Mar Rojo a principios de 1589. Montserrat es mayor y más experimentado; en su currículum destacan su evangelio en la corte del Gran Mogol y el primer mapa del Tíbet del que se tiene noticia. 

Los misioneros, disfrazados de mercaderes armenios, sufren tormentas y averías, fiebres y un secuestro exprés a manos de corsarios turcos que se soluciona con un rescate pronto pago. En consecuencia, su viaje a Abisinia se demora. Irreductibles, vuelven a la carga -nunca olvides que son soldados cristianos- y los capturan de nuevo por culpa de un soplón; sólo han llegado a lo que hoy es Omán, en el sureste de la Península Arábiga.

Páez disfrazado de mercader armenio.
Pero esta vez no hay tutía: ambos se declaran católicos y, para colmo de males, les encuentran bajo el disfraz unas estampas, lo que excita el odio de sus captores por las imágenes sacras, prohibidas por Alá. Dan comienzo aquí, a principios de 1590, los seis peores años de la vida de Pedro Páez Jaramillo; "peores" para seres humanos como tú y yo, para él debieron de llegar con la palma gloriosa del martirio y las llaves de oro de la portería de San Pedro.

Páez y Montserrat son acarreados de acá para allá. Tienen que compartir mazmorra con chinches y pulgas; son obligados a caminar atados a las colas de los dromedarios; sufren nuevas fiebres y agotamiento extremo; duermen casi envueltos en las bostas de los animales de carga, cuyo hedor espanta a hienas y leones; y apenas comen, pues no son capaces de tragar una delicia del desierto que entusiasma a los árabes: saltamontes gigantes. Finalmente son regalados a un pequeño sultán, pero el gobernador turco del Yemen los reclama porque son cautivos valiosos: alguien habrá que pague un rescate por ellos, pensaría el muy tunante.

Si en algún momento los dos atribulados jesuitas creyeron que Dios estaba a punto de acabar con sus sufrimientos, se equivocaron de cabo a rabo: aún les faltaba recorrer una de las regiones más inclementes del mundo, estación turística del Averno a donde viaja la suegra de Belcebú cuando le duelen los huesos. Es el Hadramaut, en Yemen, donde la arena no se forma por erosión de las rocas, sino por fundición. A tal punto llegó el agotamiento de su compañero, el viejo Montserrat, que lo tenían que subir a diario a un camello como si fuera un fardo, para que el obsequio no llegase deteriorado. También en esto, en atravesar aquel llano abrasado, fue Pedro Páez pionero, pero tampoco supo llegar: en 1843, un viajero alemán, Wrede, se atribuyó la machada de ser el primer occidental que había atravesado el Hadramaut. Bien es verdad que, para ser tan rigurosos como Páez, la caravana viajó por el Wadi Hadramaut, una rambla más fértil que el resto, pero, a cambio, cada vez que pasaban por algo que pudiera llamarse aldea, la gente salía a escupirles y apedrearlos. Solo hubo un momento de clemencia en aquel balneario del infierno…

Localización del desierto del Hadramaut en Yemen.

En Al Qattan, una de las ciudades de ladrillo y barro del inhumano secarral yemení, con edificios altos y calles angostas y penumbrosas, residencia de un sultán al que Páez llama Xafêr, son llamados a palacio y atendidos como invitados: "Nos recibió con buenas palabras, nos hizo sentar y nos dio câhua, que es agua cocida con una fruta que llaman bûn y que beben muy caliente en lugar de vino", explica, muy sereno, el iñiguista Páez. Con buenas palabras sí, no digo yo que no, pero con muy malos hechos. El caso es que aquel cafelito debió de ser como ambrosía para los destartalados cautivos. Paéz usa la primitiva palabra etíope que el Príncipe de los Médicos, Avicena, recogió en la Edad Media: bûn.

Aldea de adobe en el infierno del Hadramaut (Yemen).

Javier Reverte, inflamado por su admiración hacia el aventurero, afirma que si no fue el primer europeo en probarlo, "sí es seguro que fue el primer europeo en escribir sobre el café". No quisiera yo meterme en camisa de once varas, pero me meto: como bien demostraré en entradas posteriores, no solo se escribió en Europa sobre el café antes de que el jesuita alcarreño enviase una sola línea a imprenta, sino que también se dibujó. Ten presente esta fecha: Páez y Montserrat tomaron su primer café en 1590.

De la importancia estratégica que para Felipe II tenía la presencia militar y apostólica en Etiopía da una idea su orden perentoria de que los dos misioneros fuesen rescatados a todo precio. Durante mucho tiempo se les había dado por muertos, hasta que sus apresadores los tasaron. A tales alturas de la película, ambos andaban apaleando sardinas en una galera turca. Gracias a los quinientos escudos que la Hacienda Real desembolsó por cada uno, Páez y Montserrat desembarcan en Goa en diciembre de 1596. Atrás quedaban seis años de duras oposiciones a la Gloria; a la divina, pues la humana no la conseguiría Pedro Páez Jaramillo hasta cinco siglos más tarde.

¿Y tendría bastante con aquellas calamidades el indómito castellano? ¡Qué preguntas! Pues claro que no. Si nos metiéramos de hocicos en su genealogía, ya saldría algún antepasado baturro: "¡Chufla, chufla, que como no te apartes tú!", le decía el maño al tren. Empecinado en lo suyo y alentado por el lema jesuítico ¡Id e inflamad el mundo!, Pedro Páez se embarca de nuevo para Etiopía en la primavera de 1603. Cuatro años atrás, su compañero de fatigas, el padre Antonio Montserrat, había muerto en Goa. El castellano vuelve a disfrazarse de armenio, pero ahora sabe más que los ratones coloraos. Y no es hablar paja, pues durante su cautiverio enriqueció sus conocimientos de árabe y persa y se hizo con rudimentos de hebreo y chinés, amén de asimilar las rutinas cotidianas de sus captores infieles: la primera, dejar las estampitas en casa.

Lo que para el resto de mortales se resume en "nunca segundas partes fueron buenas", se tradujo en el terco jesuita en "a la segunda va la vencida". Porque tampoco le faltaron peripecias en este nuevo viaje, pero consiguió llegar sano y salvo a la misión de Fremona. Y no contento con eso, en los diecinueve años siguientes convertiría al catolicismo a dos emperadores etíopes -Za Denguel y Susinios- y a cien mil de sus súbditos, ganándose, de paso, el odio del clero copto, al que toreaba dialécticamente. Bien se puede decir, con todo rigor teológico, que armó la de Dios es Cristo. El tenaz clérigo fundó una docena de nuevas misiones y planeó y dirigió la construcción de un palacio imperial -mitad renacentista, mitad barroco- que admiró a quienes lo pudieron ver. Aquel fue el primer edificio de dos plantas levantado en el país. Con toda lógica, los abisinios lo llamaban Babet laybet, "la casa sobre la casa".

El monarca le insiste, y mucho, en una alianza con "su primo", el rey de España, que era la misión original del jesuita. Páez envía cartas en su nombre que son respondidas por el Austria tarde, mal o nunca. A pesar de ello, el castellano conserva el favor imperial. Por eso estaba en su séquito el día que Susinios visita el nacimiento del Nilo Azul, en la ribera sur del lago Tana, uno de los misterios más apasionantes de la Historia. Aunque el español lo vio en la estación seca, aún pudo comprobar la profundidad de sus "ojos", los estanques subterráneos de los que mana el Padre de Todos los Ríos:

"A veintiuno de abril de 1618, cuando yo llegué a ver la madre, no parecían más que dos ojos redondos, anchos como de cuatro palmos. Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César. El agua es clara y muy ligera, que la bebí, más no corre por encima de la tierra, aunque llega al borde de ella".

Localización de las fuentes del Nilo Azul en el lago Tana.

En 1610, un dominico valenciano, el padre Luis de Urreta, publicó la Historia Eclesiástica y Política de los grandes y remotos Reinos de Etiopía, Monarquía del llamado Preste Juan de las Indias. Tal mamotreto era una miscelánea de embustes de dimensiones medievales: unicornios trotones, hormigas grandes como perros, tritones antropomorfos y emperadores que nacían con la Estrella de Belén tatuada en la frente. Pero lo que colmó la paciencia de los jesuitas fue que Urreta afirmara que los etíopes siempre habían sido católicos. Como si los misioneros de la Compañía no hubieran tenido que currárselo.

Pedro Páez -misionero, arquitecto, consejero imperial, polemista, maestro armero y descubridor- debió de pensar que no tenía bastante faena, así que se propuso rebatir todas aquellas falsedades. Con esa intención redactó durante diez años los cuatro volúmenes de su Historia de Etiopía, ejemplo admirable, aún hoy, de rigor y objetividad. Escribió el final poco antes de que, en 1622, la malaria le diera el suyo y lo pusiera a descansar tras una vida tan ajetreada.

Edición portuguesa de
Historia de Etiopía (1945).

A pesar de aquel testimonio colosal, un escocés petulante y vanidoso, James Bruce de Kinnaird, se nombró a sí mismo "descubridor de las fuentes del Nilo Azul" en 1769. Si alguna vez leyó a Páez, se lo calló; y algún contemporáneo suyo que se lo afeó se equivocó de jesuita y le atribuyó la primicia a un misionero portugués también embarcado en la aventura abisinia, el padre Jerónimo Lobo.


El rubicundo Bruce, que no llegó
primero, pero supo llegar.
Tras la muerte de Páez, su obra se desmoronó como el palacio de Susinios, derribado por los terremotos y el olvido. En consecuencia, la Compañía de Jesús prefirió correr un tupido velo sobre lo que se convirtió en un fracaso. El culpable fue quien sucedió al jesuita alcarreño, el inflexible y fanático Alfonso Mendes, un cura sin mano izquierda ni el más leve sentido de la diplomacia. Más que un misionero, un inquisidor. ¡Qué contraste con Páez!, quien nunca tomó al etíope como un "buen salvaje", sino que más bien se interesó por su historia con un interés científico propio de los tiempos que llegaban.

Por su parte, el heredero de Susinios, su hijo Fasilides, visto el percal del nuevo jesuita, cortó por lo sano. El nuevo emperador era, a mayores, copto alejandrino y, por tanto, hereje para Roma y la Compañía. Con las mismas, expulsó a iñiguistas y colonos portugueses y cerró las fronteras del Reino del Preste Juan a todos los europeos. Y aquí paz y después gloria.

En la memoria de los jesuitas, Páez quedó como "el segundo Apóstol de Etiopía" -Frumencio fue el primero-, sin más detalles sobre su labor política y sus descubrimientos. Y eso a pesar de que el español dejó constancia escrita de sus logros, y no con soberbia, sino con suma objetividad, condición que la Compañía exigía a sus misioneros por virtud cristiana y sentido práctico. 

Pedro Páez escribía sus textos en tres idiomas imperiales: castellano, portugués y latín. Si usaba la lengua de Castilla, firmaba Pedro Páez; si la de los reyes navegantes, Pêro Pais; y si la de Cicerón, Petrus Paez. Se atribuye a Luís de Camões (1524-1580), bardo de la epopeya lusa de los descubrimientos, esta cita: "Hablad de castellanos y portugueses, porque españoles somos todos". Quizá llevado de ese espíritu, reforzado por su época universitaria en Coímbra, y, sobre todo, porque sus superiores en Goa eran lusos, Pêro Pais Xaramilho escribió História da Etiópia en el idioma de Os Lusíadas.

Me habría gustado decirte que el alcarreño padre Páez fue el primero en nombrar el café en la lengua de Cervantes, pero faltaría al rigor que inspiró su obra. Para ser exactos, la cita sobre el café de Historia de Etiopía que abre este capítulo debería ser esta: "Com boas palavras, o sultão deu-nos câhua" (Libro Tercero; capítulo XVIII). Si quieres leer el primer texto en castellano sobre el café tendrás que ir en busca de otro aventurero, Pedro Teixeira, del que ya te hablé en una entrada anterior y que resulta que fue... ¡portugués! Ahí los tienes, uno reflejo del otro en el espejo de la Historia.

Vaya, esta primera entrada de la temporada me ha quedado muy poquito exprés, se ve que tenía ganas de volver al tajo. Muchas gracias por seguir conmigo y, aunque lo haré en una entrada exclusiva, doy las gracias a todos los que durante este verano me habéis acompañado en mi blog, que, como bien habéis podido comprobar, es el vuestro. Besos y abrazos, os los repartís a discreción.


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sábado, 12 de septiembre de 2015

Víctor Miguel tiene como heroica y colosal destreza "entender a Góngora" y, a mayores, "versificar en redondillas y en silvas cuando la ocasión lo amerita".

Descubre a este hispanista y humanista, oriundo de lo que un día fue Nueva España, en CSO: Comunidad Siglo de Oro.




CITA EXPRÉS

Amado de Jesús Rodríguez


©Mario Jiménez Leyva


"Sembrando café en las alturas,

no habrá sequía en la llanura"



Sin duda el café es una bebida identificada con lo más sofisticado de la sociedad; doquiera que se vaya, pareciera una norma inquebrantable, si hay café hay intelectuales, hay cultura y hay poesía. Sin embargo, lejos del encanto fascinante que despiertan el refinamiento y la elegancia del literato, del filósofo, del historiador o del artista, el café es el hijo de la tierra de labranza, escenario que rara vez concuerda con los bucólicos paisajes que tantos ingenios, a lo largo de la historia, se han esmerado por confeccionar, con más ideales que semillas y harto más sueños que agotadores trabajos en el campo. Si es verdad que la cosmopolita sociedad urbana ha adoptado esta bebida como emblema de su cúspide más preciosista, también es cierto que el café es primero vástago y discípulo del campesino que lo siembra y lo cultiva. 

En el Viejo Mundo la historia de los granos de café se puede rastrear hasta finales de la Temprana Edad Media, pero en el Nuevo este singular rubiáceo no se conoció sino a mediados del siglo XVI. Las primeras ciudades americanas que consumieron consuetudinariamente el afamado brebaje fueron Boston, Nueva York y Filadelfia; cabe destacar que el cafeto no se cultivaba en el continente sino que se compraba el grano a las metrópolis europeas.

Tontine Coffee House; Nueva York, 1797
Óleo sobre lino, Francis Guy.

Según algunas fuentes de pasmosa exactitud ha de situarse la llegada del café a América en calidad de cultivo en 1715, mientras que otras defienden que ocurrió ocho años más tarde. Sin reparar demasiado en las fechas, lo cierto es que para antes de la tercera década del siglo XVIII la cosecha cafetalera era próspera y popular. Las favorables condiciones de la tierra americana permitieron que el nuevo cultivo se propagara de tal manera que llegó a desplazar a otros oriundos como el cacao. Asimismo, la encarnizada competencia entre británicos, españoles, franceses y holandeses por explotar las riquezas del nuevo continente estimulaba a los comerciantes, soldados y agricultores a buscar nuevas cosechas con las cuales entrar en la carrera económica y enriquecerse. 

A la Nueva España el café llegó de Las Antillas en 1790 o 1796, pocos años antes de que el virreinato se convirtiera en el joven y bárbaro México. Se le destinó la región de Córdoba, en el actual estado de Veracruz, como principal centro productor. La guerra de independencia en 1810 pudo haber inhibido el cultivo (parece conveniente apuntar que no por capricho del cura Hidalgo, pese a que se cuenta que él era más afecto al chocolate y dicen que disfrutaba de una taza calentita la madrugada del dieciséis de setiembre, cuando le notificaron que su libertaria conspiración había sido descubierta).

Carta de la Nueva España indicando la extensión
del territorio donde se propagó la revolución
desde 16 de septiembre de 1810 hasta marzo de 1811.

Pero a medida que los tambaleantes gobiernos nuevos comenzaban a ganar cierta estabilidad, como niños que aprenden a caminar por cuenta propia, el café fue uno de los productos más favorecidos por las leyes, ya que su exportación (y no tanto su consumo) era uno de los pilares que fortificaban la dañada economía nacional. 

Todo lo anterior ha sido necesario, en parte, para comprender el motivo de la cita que hoy he deseado compartir con ustedes, ya que mucho se dice sobre el placer que comporta beberse una, dos o diez tazas de café, pero casi nunca se habla de su accidentada producción. De igual manera, hablar de México y de sus cafetales es hablar de un país que exporta un producto de primera calidad, pero cuya población apenas se interesa en consumir. 

En la actualidad esta nación azotada por la violencia, el crimen organizado y una ciudadanía pasmosamente pasiva (que se empeña más en conocer el destino de “El Piojo” Herrera en vez de encaminarse hacia un mejor futuro) ocupa el 9º lugar en la producción mundial de café. En varias entidades se cultiva el preciado grano; las principales son, en orden de importancia, Chiapas, al sur; Veracruz, en la costa oriental; Oaxaca, en la costa suroccidental; y Puebla, en el centro, que en conjunto logran el 84% de la producción nacional. La cita de hoy ha emergido no de la pluma erudita de un ínclito poeta, admirador de Homero y de Cervantes y discípulo de Pamuk y Vallejo, sino de un humilde campesino oaxaqueño: Amado de Jesús Rodríguez. 

Estados mexicanos productores de café.

Don Amado es el último patriarca de un clan cafetalero arraigado en San Pedro Pochutla, poblado costeño que, a diferencia de otros que se ubican en locaciones semejantes y por ende se dedican a la pesca o al turismo, consagró sus fértiles tierras al cultivo del café. Durante las décadas de los 70 y 80 la tierra parecía bendita; se producía y se vendía en grandes cantidades, lo que motivó que los pobladores no se interesasen en actividades ajenas a la agricultura. Sin embargo los días felices poco a poco fueron terminando. 

Como ya he dicho antes, México produce mucho café, pero aprovecha para sí muy poco (las estimaciones oficiales dicen que apenas se consume 1 kg al año por habitante… ¡imagínense!), lo que dificulta las cosas para los productores, que constantemente bregan por colocar su mercancía en la mira de países como Bélgica, Alemania o Estados Unidos. En parte este fenómeno ha afectado al clan de Pochutla. Ante semejante panorama no debe sorprender que el mercado rara vez, o nunca, se apiade de los que no resultan favorecidos por su dorada balanza. 

Otro gran factor que ha lastimado la región es la roya, que recientemente ha destruido los cultivos de más de 70 municipios, pero ha devastado hectáreas enteras desde 1981. Sin embargo, inspirado por su amor al campo y al café, don Amado ha promovido la introducción de nuevas cepas, resistentes a la plaga, con las que espera recuperar el ritmo de producción y la calidad que hace casi cuatro décadas trajeron la bonanza a la costa oaxaqueña. 

La variedad que los Rodríguez quieren que prospere es conocida como “Oro Azteca” y fue creada por el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuniarias (INIFAP). El objetivo no es sencillo ya que se trata de una cepa nueva que, a pesar de su sólida constitución genética, todavía no ha conocido el suelo mexicano en su más prístina y silvestre modalidad. Asimismo, lograr la adaptación de la planta es apenas uno de los peldaños; resta convencer a los demás agricultores de que apuesten por esta especie, lo cual no siempre es sencillo, ya que toda introducción supone un alto riesgo; ¿qué pasa si el Oro Azteca no se adapta? ¿Qué ocurre si no es tan resistente a la roya y termina sucumbiendo? ¿Y si no es tan bueno como el arábigo que se cultiva en la actualidad y los clientes no lo quieren? Cada duda no es sino el temor a que el remedio salga peor que la enfermedad, como se dice en estas tierras. Abandonar un cultivo conocido por uno de reciente creación puede suponer pingües ganancias si todo sale bien, pero si Fortuna no es propicia las consecuencias pueden ser nefastas: pérdidas cuantiosas, deudas impagables, bancarrota, quizá incluso la necesidad de vender los terrenos y dedicarse a otra cosa para seguir subsistiendo. Muchos terratenientes, gentes folclóricas y tradicionales donde las haya, prefieren apegarse al viejo refrán: “más vale malo por conocido que bueno por conocer”, saben que no están en condiciones para asumir el riesgo. 

Oro azteca en el vivero San Pedro.

No obstante es cierto que la peor lucha es la que no se hace, así que para contrarrestar los temores y demostrar que el café oaxaqueño puede volver a los mercados internacionales pisando fuerte, don Amado ha propuesto además técnicas de cultivo sustentable, con el objetivo de facilitar la adecuación del Oro Azteca al entorno y maximizar el aprovechamiento de recursos sin perturbar el ecosistema. Con el ejemplo por amar y mucha esperanza por escudo, el viejo agricultor se decidió a comenzar esta cruzada en pro del café al grito de: “Sembrando café en las alturas / no habrá sequía en las llanuras”, lema con el que distingue sus plantaciones en la accidentada superficie oaxaqueña (de ahí la mención de las alturas) y al que se aferra con el ferviente anhelo de ver nuevamente sus granos en el mercado pero, sobre todo, en el corazón de los asiduos bebedores del aromático y oscuro néctar.

Jarros de olla y pan dulce, la manera rural
de consumir café en México.

Esta historia, aunque actual e inconclusa, noble senado, espera tener gozosa continuación en obra de dos o tres años, cuando el fruto del cafeto esté listo para que las laboriosas manos de los Rodríguez y sus trabajadores lo recojan, beneficien y obtengan un grano fragante y listo para procesarse. Entre tanto, caro lector, cara lectora, la próxima vez que disfrutes de una exquisita taza de café, recuerda que te bebes la sangre de la tierra, la auténtica poesía del campo, y das al campesino sustento y motivo para seguir labrando.


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sábado, 5 de septiembre de 2015


José Florentino Menéndez Álvarez es, básicamente, sinestésico: 

"En ocasiones veo... Música". 

Y se gana la vida conduciendo un camión, en cuya cabina no suena Radio Olé, sino "los más grandes compositores, directores, intérpretes, cantantes, orquestas, solistas y coros". Tú también puedes "ver música" en su blog, Momentos Florentinoshttp://www.momentosflorentinos.com/





SOY CAFÉ

Por José Florentino Menéndez 



"Entra un señor en un café y... ¡CHOF!".
(Chiste malo).




-Vaya, pues empezáis bien, Milord...

-¡Oh!, apeadme los tratamientos don José Juan, que a vuestro lado siempre serán ensombrecidos. Sí, quizás os parezca una vulgaridad comenzar con tan mal chiste, pero no me negaréis que es una buena manera de asegurarnos que de aquí en adelante todo puede ir a más, a más mejor, entendedme...

-Entiéndoos, pero ¿qué tal si empezamos este café?

-Empecémoslo pues, pero para hacer un buen café, empecemos por el principio: yendo al grano:



Moliendo café. 

Cuando la tarde languidece 
renacen las sombras. 
Y en la quietud los cafetales 
vuelven a sentir. 
esta triste canción de amor 
de la vieja molienda. 
Que en el letargo de la noche 
parece gemir. 

Una pena de amor 
una tristeza. 
Lleva el zambo Manuel 
en su amargura. 
Pasa incansable la noche
moliendo café.



Dunja Lavrova
En 1999 dos músicos británicos, la violinista Lizzie Ball y el violonchelista Graham Walker, enamorados de los ritmos populares latinos, tras conocer al pianista colombiano Iván Guevara, formaron el trío Classico Latino, no tardando en obtener un muy merecido éxito que les llevó a dar la vuelta al mundo con esta mezcla de culturas, la clásica de la vieja Europa con la popular de Latinoamérica. El disco en el que se incluye este fantástico Moliendo café, fue grabado en los míticos estudios londinenses Abby Road, contando con la colaboración de varios artistas internacionales de los que quiero destacar a la violinista rusa Dunja Lavrova, quien, por cierto, se confiesa una apasionada del café.
  
En cuanto al tema Moliendo café, parece ser que fue escrito y compuesto en 1958 por el músico venezolano José Manzo quien se lo entregó a su sobrino Hugo Blanco para que lo interpretara y que éste, con el paso del tiempo, fue atribuyéndose también su composición, dando lugar a una polémica aún no resuelta sobre una de las canciones más traducidas y versionadas del ritmo latino.



Hola, mi nombre es José Florentino y... soy café. 

Y ahora saldrán un montón de estudiosos de la cosa científica poniendo el grito en el cielo para dejar claro por enésima vez que lo que somos es agua. ¿Somos?, no, ¡sois!, señores estudiosos de batas blancas, carreras, másteres y doctorados. ¿Agua?, ¡AGUACHIRRI! 

Soy café, sí, como demostraron los resultados de mi última analítica, y que años ha que no he vuelto a repetir por temor a terminar en el laboratorio de alguna renombrada universidad; ¿como curioso estudioso?, preguntaranme ustedes; no, respóndoles yo, como raro estudiado; en un frasco de formol, entiéndase. 

-"Verá, caballero, los resultados de su analítica..., el caso es que le hemos encontrado... unas gotas de sangre en el café".




Soy café, amo el café y tomo mucho café y creo que por eso estoy aquí, agradecido y emocionado, gracias por venir (snif), invitado por don José Juan Picos Freire al Viento de sus velas, templo del buen gusto y de mejor vida que, como el hermoso post anterior, de Casaseca, me retrotrae a tiempos y lugares archivados en la memoria, de aromas a tierras y maderas húmedas, a la casa de los abuelos, a pocillo de café de manga hecho sobre la cocina de carbón y recién molido en aquellos maravillosos molinillos de madera y manivela, al bota un poquiño mais, a hogaza de pan, a picadura y yesca, a radios de válvulas que antes ya eran viejas y ahora serían vintage, a viejas historias de escaseces, achicorias, estraperlos... Pero para recuerdo imborrable, el de aquel primer café hecho por mí, aún siendo un crío, en la vieja cafetera Moka, o italiana, para orgullo materno de una madre a la que pocos orgullos más le pude conceder y de la que, aparte de la extrema belleza que me adorna -tema del que no voy a comentar más, por no aburrir-, también heredé el gusto por el líquido elemento que nos ocupa. 


"At cafe", de Nathan Brutsky. 

 

Pues sí, ya me he llevado por delante muchos cafés, lo malo es que la mayoría de ellos ni siquiera merecen tan hermoso nombre. Supongo que como musicópata y cafetómano empedernido, debería centrar esta ponencia relacionando ambas artes, pero aconséjanme la prudencia y la cordura que, por cortesía hacia nuestro anfitrión, no ha de estar bien acudir a casa del Maestro a dar clases, no me vayan a salir con aquello del maestro Ciruela, el que no sabía leer y puso escuela; y no habría de faltarles la razón, pues, aparte de un jarra de café reclamada en la primera escena del Don Giovanni de Mozart, sólo conozco la famosa Cantata del café, de Bach, ya espléndidamente servida en este magnífico blog que hoy nos acoge: enlace aquí.

Por la tanto, y por lo tonto, centrareme en la cosa social.


Un café a la orilla del río, de Alfonso Pérez.


Hola, buenos días; un café, por favor. Silencio, pero sólo de boca, que del ruido ya hablaremos. Camarera que se da la vuelta y me mira fijamente, muda, con el cacito -o como se llame- de la cafetera en una mano, la otra en la cintura, levanta una ceja, no, no lo digas, suplico en pensamientos sin apartar la mirada, no me falles, vamos... ¿Solo?, me falló; pero tranquilícese el lector, voy ahorrarle el chiste de bueno, pues póngame dos; sí, solo y sólo, y aquí siga manteniendo la calma el respetable, que tampoco voy a hablar sobre la conveniencia de tildar o no ciertas palabras que ya no se tildan, nuevas costumbres contra las que me rebelo ferozmente, ah, y tampoco les torturaré con que debe decirse tildar y no acentuar, porque acentuar acentúanse todas y blablablá... ¿Por dónde íbamos?, ah, sí: sí solo y sólo, y unos eternos dos segundos después, que os juro que a mí me parecieron cuatro, obsequiome la interfecta con un doble levantamiento de cejas seguido de una sonora pompa de chicle y una vacilona media verónica para colocar el cacito de la cafetera -o como se llame el dichoso chisme- en el portacacitos -o como se llame el dichoso portachismes-, rematando la faena en increíble -por perfecta- sincronización con un estiramiento hacia abajo del sutil vestido empeñado en negar las newtonianas leyes gravitatorias, allá por los cuartos traseros, con la mano libre que antes reposaba en más castas cotas. Sí, el primer solo, porque es obvio, y el segundo porque es el único que me vas a servir, preciosa, pensaba yo en creciente desagrado a medida que me iba autoconvenciendo de que aquel no iba a ser el café de mi vida.




Vamos a ver, si no trabaja usted en una de esas cafeterías para neo-gourmets en las que los cafés y sus deconstrucciones tienen nombre compuesto, media docena de apellidos, pedigrí y árbol genealógico, ¿tan difícil es de entender? Un café es un café, agua caliente con café molido y azúcar opcional; y punto. Todo lo demás son variantes, sí, algunos -pocos- exquisitos; la mayoría nauseabundas aberraciones: subcafés

Tomé asiento junto a la ventana con vistas a la carretera y como aún me quedaba media hora de parada, la dediqué a pasar revista a aquel deprimente local no tardando en vaciarlo mentalmente de todo lo prescindible, que era mucho, y de remodelarlo a mi antojo, eso sí, conteniéndome en lo posible por no venirme arriba con los recargados estilos barrococós que tanto me gustan. Hasta a aquel triste brebaje empezaba, en mis ensoñaciones, a pillarle el gusto; no llegaba a un Jamaica Mountain Blue, agitado, no revuelto, pero tampoco era el agua de fregar que parecía hace un par de párrafos. 


"Cafe des amis", de Chiu Tak Hak 


Empecemos por el nombre. Me decanto, más por romanticismo que por otra cosa, por la denominación de Café, en detrimento de los Restaurante, Cafetería, Bar, Café-Bar, Piano-Bar, Saxo-Bar, Violonchelo-Bar, Timbales-Bar..., y siga así el lector hasta completar la Filarmónica si lo desea, que un servidor se cansa. Como nombre propio me quedaría con un insinuante Sotto voce, a ver si el respetable se da por aludido y empezamos a combatir esa horrible y desagradable costumbre española de hablar a gritos do quiera que moremos. Café Sotto voce, sí, es cuqui.



Fuera toda clase de máquinas tragaperras, expendedoras y lúdicas con sus insufribles sintetizadas sintonías. ¡Fuera televisores, al infierno con ellos! ¿Y si hay fútbol?, ya estamos, ¡como si hay voley-playa femenino!, eh..., bueno, la verdad es que una pantallita plana en superultramegaHD, de 50 pulgadas de nada, se guarda en cualquier rincón, ¡pero sólo para casos de emergencia! Suave iluminación sin caer en la penumbra, con luces indirectas y una lamparita por mesa, suficiente para permitir la cómoda lectura de un periódico, o de un libro, quizás una partida de ajedrez, o de parchís, ¡los dados de goma! Nada de cocina, aquí se viene ya comido, y a ser posible, descomido. Un barman -o barwoman- experto en cócteles y esas cosas, pero sobretodo, maestro cafetero, en toda clase de cafés y derivados, o sea, subcafés, ¡ojo!, pero gourmets, con las mejor selección de cafés del mundo a su disposición. 

"Jazz-cafe", de Lena Karpinsky.
http://www.artbylena.com/


En aquella esquina del fondo, sí, lo veo, un pequeño escenario, ¡con un piano!, actuaciones en directo por las noches, música, mucha música, suave, relajante, acompañadora. Clásicos, boleros, coplas y por supuesto jazz, mucho jazz. Sí, ya lo veo, lo veo, ¡lo estoy viendo!, me está viendo, me está mirando. Fijamente. ¡La camarera! Me está mirando, absorta, apoyada en la barra. Sólo por el lento rumiar del bien amortizado chicle sé que su cuerpo aún alberga algo de vida. Simple, pero vida al fin y al cabo. Parece hipnotizada o, peor aún, parece querer hipnotizarme, como anhelando conocer mis bucólicos pensamientos.

Aaah, muchacha; si te contara...

Si te contara.

Si tu supieras 
Mi sufrimiento 
Si te contara 
La inmensa amargura 
Que llevo tan dentro 

La triste historia 
Que noche tras noche 
De dolor y pena 
Llena mi alma 
Surge en mi memoria 
Como una condena 

Si tu supieras 
Te importaria 
Si te dijera 
Que en mi ya no queda 
Ni luz ni alegría 

Que tu recuerdo 
Es el daño mas fuerte 
Que me hago yo misma 
Por vivir soñando 
Con que tu regreses 
Arrepentido.




Precioso bolero en clave de jazz incluído en uno de los discos más hermosos, tanto por dentro como por fuera, que tengo la suerte de poseer. Una producción de Fernando Trueba y Nat Chediak, del año 2006, interpretada por la simpar artista española Martirio, precursora en la llamada fusión de músicas y estilos, que acompañada de un muy excelente plantel de músicos nos deleita con 12 boleros en versión jazzística que conforman una obra excepcional e imprescindible para los amantes de ambos géneros musicales y para gourmets de la belleza artística. Acompaña a la cantante en este tema el contrabajista checo George Mraz.


Bueno, pues si os parece nos tomamos un últim... ¡oh!, disculpad, llaman a la puerta... 

-¡Uy!, hola, cariño, ¿qué tal el día?, oye, antes de que se me olvide, ¿como se llama el chisme ese en que se echa el café ya molido y luego se fija en la cafetera?

Vaya, parece que viene un poco espesa, por el cansancio. Se me ha quedado quieta bajo el quicio de la puerta, mirándome pasmada. 

-Portafiltro. 

-¿Portafiltro? Pues vaya, ni media vuelta le han dado. Claro que bien pensado llamar portafiltro al chisme que porta el filtro pues..., que... 

Aún me mira. Y suspira. Pone los ojos en blanco adornando el gesto con un doble levantamiento de cejas seguido de una sonora pompa de chicle y una vacilona media verónica, para rematar con un paseíllo de cuatro segundos que os juro a mí me parecieron dos, camino de la habitación, mañana viene mamá a tomar café, me regala mientras se alejan aquellos bamboleantes cuartos traseros protegidos por la mano que vela por el cumplimiento de las leyes gravitatorias pero que nada puede ante la soñadora mente de quien contempla tanta belleza. Play, play it, play it again...


As time goes by.

You must remember this
A kiss is still a kiss
A sigh is just a sigh
The fundamental things apply
As time goes by

And when two lovers woo
They still say: "I love you"
On that you can rely
No matter what the future brings
As time goes by

Moonlight and love songs
Never out of date
Hearts full of passion
Jealousy and hate
Woman needs man
And man must have his mate
That, no one can deny

It's still the same old story
A fight for love and glory
A case of do or die
The world will always
Welcome lovers
As time goes by


Debes recordar esto:
Un beso es sólo un beso,
un suspiro es sólo un suspiro.
Las cosas fundamentales suceden
mientras pasa el tiempo.

Y cuando dos amantes se atraen,
todavía se dicen: "Te quiero".
En eso puedes confiar,
no importa lo que traiga el futuro,
mientras pasa el tiempo. 

La luz de la luna y las canciones de amor,
nunca pasan de moda.
Los corazones llenos de pasión,
celos y odio.
La mujer necesita al hombre,
y el hombre debe tener su compañera,
eso, nadie lo puede negar. 

Siempre la misma vieja historia,
una lucha por el amor y la gloria,
un caso de morir o matar.
El mundo siempre dará la
bienvenida a los amantes,
mientras pasa el tiempo.


Homenaje a Ingrid Bergman por el reciente centésimo aniversario de su nacimiento. En el Rick's Cafe quizá no se sirvieran muchos cafés, pero, en este caso, ¿quién los necesita?


En fin, como os decía antes, podíamos tomarnos un último café... 
-Cariño, se me ha atascado la cremallera del vestido, ¿me ayudas?
O no.



¿Te ha gustado esta entrada de José Florentino Menéndez? Pues la próxima semana comienza la nueva temporada de CITA EXPRÉS con una entrada, desde México, de mi admirado Víctor Miguel, que nos hablará de la historia del café en su país, lejano en el mapamundi y cercano en el corazón.

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