sábado, 31 de octubre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Favell Lee Mortimer (1)



"¿Es España un país bonito?"


Hombre, pues depende. Siglos mirándonos el ombligo y hoy solo notamos las almorranas... Pero mejor lo dejo estar, que me emberenjeno.

Ya voy por la cuarta entrada de GUIRIS CON PUÑETAS, así que aprovecho para resumir la idea: viajeros del siglo XVIII que dejaron por escrito sus impresiones sobre España. De ahí lo de puñetas: una, de que las traían en la bocamanga; y dos, de que nos la hicieron al contribuir, en general, a perpetuar los peores tópicos sobre esta ajada piel de toro. También avisé entonces de que me iba a meter una pizca en el siglo XIX, advertencia que se afirma en este post que ahora te traigo.

La pregunta de arriba se la hace la señora de más arriba en uno de sus libros, una guía de viajes tan decimonónica como ella. Se llamó, de soltera, Favell Lee Bevan, apellido que recibió de su padre, David Bevan, confundador del Barclays Bank; cambió de apellido al casarse a los 39 años con el reverendo Thomas Mortimer. Favell nació en Londres en 1802 y murió en 1878. Rigurosa evangelista, aún es popular en Gran Bretaña por haber ideado un método innovador para enseñar a leer a los niños.

Antiguo hornbook.
Mrs. Mortimer sustituyó unas tablillas conocidas como hornbooks -"libros de cuerno", hechos de madera o hueso y cubiertos de mica- por flashcards, tarjetas con una pregunta por una cara y la respuesta por la otra, como en el Trivial. Publicó un auténtico bestseller titulado The peep of day (1833), cuyo significado sería el de "aurora" o "primera luz del día". El subtítulo se explica solo: "Un catálogo de las más tempranas instrucciones religiosas que la mente infantil es capaz de recibir: con versos ilustrativos del tema". Su sobrina nieta lo consideraba, a mediados del siglo XX, "el libro más sádico jamás concebido para enseñar algo a un niño", debido a su obsesión con el pecado y con los tormentos de ultratumba.


Un poquito de repelús sí que da.
Me he tomado la molestia -¿qué no haría yo por mis lectores?- de buscarlo en Internet y lo he encontrado; ahí va un fragmento de la lección LIII, El Día del Juicio: "¿Qué hará Dios con los que no lo aman? Los arrojará a un lago de fuego llamado Infierno. Allí les crujirán los dientes y llorarán y se lamentarán para siempre". Compadezco a aquellos críos de todo corazón: de los cuatro a los siete años fui a un colegio de monjas.


En el currículum pedagógico de Mrs. Favell Lee Mortimer encontramos, basado en sus métodos de lectura, dos obras más: Reading without tear (Aprender a leer sin lágrimas) y, visto el filón, Latin without tears. Suenan a libros de autoayuda, ¿verdad? Menuda visionaria la lady.


Favell Lee Mortimer apenas salió un par de veces de Gran Bretaña, pero se dio el lujo, asaz audaz, de escribir y publicar una guía para viajeros. Un alemán emprendedor -¡qué novedad!- llamado Karl Baedeker publicó la primera guía turística moderna en 1828, más objetiva y desapasionada que los diarios de los viajeros del Romanticismo. Junto con una relación de los lugares de interés, las Baedeker incluían puntuaciones por estrellas.

Las guías de viaje muestran la vulgarización de aquel rito de paso elitista que fue el Grand Tour. Los hijos de la nobleza y de la alta burguesía británica se lanzaron durante el XVII y el XVIII a recorrer Francia, Alemania e Italia antes de sentar la cabeza. Volvían a casa más bronceados, con una pizca de mundo y, a veces, con algunas bubas y la prescripción de unos baños de mercurio, remedio en boga contra la sífilis. 


Guía Baedeker con sus
características tapas rojas.
La llegada del vapor, impulsor de barcos y trenes, popularizó el turismo. En consecuencia, para la rígida sociedad victoriana se hizo imprescindible contar con instrucciones que aminoraran los fastidiosos trastornos derivados del azar. Así, nuestra buena matrona, tan british ella, mandó a imprenta en 1849 su propia guía: Near home, or the countries of Europe described. With anecdotes and mumerous ilustrations, que, en versión libre, traduzco como Aquí al lao, lo que hay en esa isla que llaman Europa: con muchos santos y cosas de reír.

Hace unos años me encontré en Nueva York con una recopilación contemporánea de las highlights de la obra de Mrs. Mortimer, lo más sembrao, vaya. Se titula The clumsiest people in Europe, or: Mrs. Mortimer bad-tempered guide to the victorian world (La gente más torpe de Europa, o la malhumorada guía de la señora Mortimer al mundo victoriano). Creo que es el único libro que he comprado por el índice, y no es para menos:

INGLATERRA.- 
No son una compañía agradable, pues no les gustan los extranjeros......24
FRANCIA.- 
Se las dan de inteligentes, pero no son muy limpios......35
ITALIA.-
Da miedo pensar en la cantidad de asesinatos que se cometen en Italia......54
ALEMANIA.-
Ni beben té ni saben cómo hacerlo......57


Sí, claro, ni me lo preguntes. Me fui como una centella a ver qué decía Mrs. Mortimer de los españoles, y este es el resultado (y solo en el índice):
"Los españoles no solamente son haraganes, sino también gente cruel".



Con semejante aperitivo, por descontado que el banquete tenía que ser suculento; y es verdad que la anfitriona no decepciona. Pero antes de meternos en faena, quiero que te detengas un momento en el mapa que ilustra la portada del libro recopilatorio (por eso lo he reproducido con su mayor tamaño). Pertenece a The G. A. Gaskell Atlas of the World (1895) y es de lo más coherente con la intención de la autora: los turcos son "malvados", los rusos "borrachos", los alemanes "sucios" y los ingleses "quejicas", entre otros piropos.

Y aquí volvemos a la pregunta que abre este post y que inaugura el capítulo de Near home sobre los españoles: "¿Es España un país bonito?". La respuesta podría ser: "¡Bonito país está hecha España!". Pero lo que la británica respondió fue esto otro: "Sí, muy bonito. Hay cumbres, llanuras, árboles hermosos y un cielo claro y azul".

Pero tal Paraíso está infestado de lobos, de cuatro y de dos patas. Sobre los animales, recomienda a los más jóvenes que no jueguen al escondite en sus montes, pues pueden encontrarse con semejantes fieras. A los bípedos los describe así:
"Hay hombres en España que son como lobos: roban y asesinan. Se esconden en cuevas y se emboscan en las forestas. [...] Jalonan los caminos cruces negras con sombrías inscripciones. Cada una marca la escena de un crimen: "Una mujer, llamada Julia, y sus niños fueron asesinados aquí en enero de 1736".

El bandolero Andrés Vázquez y sus hermanos en un asalto.

Cuando tales lobos son enjaulados aún conservan sus garras y su orgullosa fiereza:
"Las prisiones son horribles, sin camas, con mantas de caballerías en el mero suelo. La más oscura y hedionda de todas las mazmorras es aquella a la que arrojan a los ladronzuelos, pobres chiquillos cubiertos de harapos...
... Pero incluso allí es posible ver a hombres pintorescos, vestidos de colores: camisas de lino blanquísimo con mangas holgadas, chalecos de seda turquesa con botones de plata, medias de seda, fajas carmesí y alegres pañuelos ciñendo sus frentes. ¿Quienes son? Los más audaces, los más orgullosos, la Grandeza de los ladrones. Y tienen fuera amigos de su calaña que les regalan tan finos ropajes".
Tales criminales encuentran, según Mrs. Mortimer, suelo fértil y nutritivo abono en los rasgos característicos de los españoles:
"Son cortos de talla y enjutos, con el pelo y los ojos negros y broncíneos de piel, pero de mejillas pálidas. Su continente es grave y sombrío. Caminan muy despacio y con la barbilla alzada".
Y de ahí pasa la matrona victoriana a concluir la idiosincrasia de nuestros trastatarabuelos:
"No son locuaces ni vivaces como los franceses, sino graves y callados. No son diligentes como los escoceses, sino fríos y distantes. No son hogareños comos los ingleses, aunque gusten de la compañía. Son, más bien, crueles, hoscos y vengativos. Y cuanto más pobres, más orgullosos. [...] A muy pocos les gusta leer o entretenerse con provecho [...] No solo son haraganes, sino también crueles..."
Y, como resultado, Mrs. Mortimer llega, no podía ser de otro modo, a las corridas de toros. Pero me da que, por ahora, ya tienes como para una digestión de anaconda. Te voy a poner deberes: con el corazón en la mano, y con el orgullo a por tabaco, ¿cuánto de actual ves en esta descripción decimonónica de nuestro carácter? No tienes que contármelo, solo piénsalo... La semana que viene volvemos con la alegre comadre Mortimer.

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sábado, 24 de octubre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Giacomo Casanova (y 3)



No, pero sí; sí, pero no...


Una de las lecciones de Ciencias Naturales que se me quedó grabada en el colegio fue aquella de que las rocas montañosas se quebraban y pulverizaban por el contraste entre el frío nocturno y el calor diurno. Y la he vuelto a recordar con las peripecias amorosas de Giacomo Casanova en Madrid. Ya te conté que el veneciano estimaba a las mujeres españolas por considerarlas apasionadas y más inteligentes que los varones de la tierra:
"El amante que esté dispuesto a desafiar el peligro será siempre el preferido. En los paseos, en la iglesia, en los espectáculos, hablan con la mirada a quien quieren y dominan a la perfección tan seductor lenguaje. El hombre al que va dirigido, si sabe aprovechar el momento y valerse de él, tiene la certeza de alcanzar la dicha y no ha de esperar resistencia alguna. Si desdeña la oportunidad, o si no la aprovecha, no se la vuelvan a ofrecer".
Cuando llega el Carnaval de 1768, Casanova lleva unos meses en Madrid. La pudicia arquitectónica e inquisitorial del Teatro de los Caños del Peral esconde entonces su fea estampa bajo un dominó, y se tapa los ojos escandalizada por las piruetas eróticas de los bailarines de fandangos. Tan arrebatada le parece al italiano esa danza española que contrata a un bailarín para que se la enseñe. Y con notable éxito, según el testimonio del propio alumno.

Rumba flamenca según la plumilla de Gustavo Doré.

Casanova asiste sin acompañante a los bailes de máscaras de los Caños hasta que un Grande de España, el Duque de Medinaceli, le avisa: "No creo que me equivoque si digo que ahora hay en la Villa cuatro mil muchachas que lloran o suspiran en sus casas porque no tienen un galán que las traiga". Con el aviso ganaba el extranjero, al que le cobraban cuatro doblones de entrada por ir de solateras, el cuádruple que a las parejas; e iría en góndola, como quien dice, la madrileña elegida, pues no se permitía la entrada a las mujeres que no llevaran cortejo.

Mujeres castellanas "sentadas" en misa.

El duque le explica cómo hacerlo y Casanova sigue fielmente sus instrucciones:

  • Va a misa. En la Iglesia de la Soledad se fija en "una muchacha alta y hermosa". El italiano se extraña de la incómoda postura de las feligresas españolas, un poco moruna para su gusto: se sientan sobre las piernas en el suelo sacro. Y con sorprendente agilidad se arrodillan, se alzan y vuelta a empezar.
  • Espera a que la joven se vaya en paz -demos gracias Dios- y la sigue hasta que entra en su casa. Pasea media hora por su calle, la del Desengaño, y llama a la puerta.
  • Según le recomendó Medinaceli, el seductor se presenta y le ofrece sus señas al padre de la moza y le pregunta si tiene alguna hija a la que pueda llevar al baile, como si no la hubiera visto nunca.
  • Tras un regateo galante, el padre de la pretendida le promete responder a su pretensión en breve plazo. Su hija, cuya gracia es Ignacia, se come las uñas hasta el codo, a punto de pedir las sales por el sofocón. El sofocón de que su padre diga que no, claro. 
  • Ese mismo día, a la hora de comer, el guardián de aquel tesoro de virtud femenil que se pirra por asistir a una mascarada con un desconocido que no habla español visita a Casanova en la Posada de la Cruz. Condiciones: costear dos disfraces, el de la niña y el de la madre, que irá de carabina; hará falta un coche de cuatro plazas para que vayan cómodos y para que la señora se quede en él mientras ellos bailan. El ágape en el teatro, a tutiplén, se da por descontado.
El pasmo de Casanova ante el estrambótico galanteo hispano se queda en nada cuando se entera del oficio de aquel tratante de virtudes: es zapatero. Pero, ¡mucho ojo!, "remendón". El veneciano no concibe por qué en Madrid un zapatero que remienda botas es más respetable que uno que las fabrica.
"Soy hidalgo, caballero: para tomar medidas a alguien tendría que tocarle el pie y eso me degradaría. Al ser remendón, no he de rebajarme"

"Remendón", Antonio Rotta.

No hay que comentar los chistes buenos, y los muy buenos, menos. Y sí, somos de chiste: cuando alguien alardea a mi lado de que tiene "clase", veo al remendón de Casanova. 

El caso es que el pretendiente de doña Ignacia, al que se le supone mucho mundo, se gasta un dineral en disfraces, viandas, propinas y carruajes sin pasar de lo que un lord llamaría petting y un chispero magreo: "Sois dueño de seducirme, pero, si me amáis, debéis evitarme tal vergüenza", le suelta la muy frívola un día que todos sus parientes los han dejado solos en la casa paterna. "La ataqué entonces con suavidad, pero ella se defendió con fuerza y con una seriedad que me cohibía", se lamenta el crápula ilustrado. No, pero sí; sí, pero no...

Esta ilustración y la que abre esta entrada son
de Konstantin Somov: Book of the Marchese.
Mientras la madre de la fingidora va a alquilar un disfraz con un doblón que le da Casanova, este aprovecha y vuelve a la carga: "La besé y, con mano temeraria, logré mucho: las suyas me dejaron el campo abierto", pero hasta un límite, caballero. Sí, pero no; no, pero sí...

A todo esto, un enjambre de moscones acude al dorado panal del dadivoso pagafantas. El italiano se agencia un paje "que no hace servicios ni recados y que era feo total", pero que cobra por tocarse las narices. También aparece un celestino, Marazzani, que mamporrea de acá para allá. Y, como no, el galán, es decir, el novio de doña Ignacia, Francisco de Ramos, quien, de parte de ella, le pide a Casanova cien doblones para la boda, pues le consta que siente por su prometida "un afecto paternal; entre los dos sabremos cómo hacerla dichosa".


"Baile de máscaras en el Teatro del Príncipe", Luis Paret y Alcázar, 1767.

Tras el último baile de carnestolendas, en vísperas del Miércoles de Ceniza, doña Ignacia consiente en acompañar al mujeriego a su posada: "La naturaleza ardiente de las castellanas, junto con el amor propio, la convencía de que debía pensar únicamente en retenerme". Y el amor a la pródiga bolsa del guiri panoli, no te digo. Pero, una vez más, su gozo en un pozo, porque en el café de la Cruz se encuentran con don Paquillo, el novio de la interfecta, quien le fastidia la noche a don Giacomo haciendo de sujetavelas un buen rato, hasta que se da cuenta de que peligra la dote. Eso sí, la coqueta castiza interpreta un alarde de indignación hiperbólica y, cuando el otro se va, le permite tocamientos a Casanova, pero lo frena a tiempo con un "¡Alto ahí, señor! ¿A dónde va su merced?, que si me encuentra lo que anda buscando, me lo pierde y me pierde" [esto no lo cuenta el veneciano, lo interpreto yo de una larga parrafada].

En fin, que don Jacobo del Sumo Calentón, pues tal fue su apellido en Madrid, debió decirse para su magín lo que dicen en Caracas, que es román paladino: "Mire usté, si no va a planchar, no arrugue". Con las mismas, devolvió a casa de sus señores padres a doña Ahí no me toque, que me da la risa y se volvió a su aposento con la hinchazón propia del caso, esa con la que los pardillos salíamos de la disco a los quince años después de bailar lento. ¡Este no es mi Casanova, que me lo han cambiao! Pero lo peor aún estaba por caer...


Palacio del Buen Retiro de Madrid a principios del siglo XVIII.

Como si fuera penitencia de Cuaresma, a la mañana siguiente del recalentón un oficial llega a la posada para detener al extranjero. ¿Los cargos? Posesión de armas, tanto blancas como de fuego. Mentira no era, el veneciano podía viajar sin caballos, sin dinero y sin ganas, pero nunca sin su espada, sus pistolas y una carabina, arsenal que guardaba tras la estufa que le fabricó el latonero. Con toda cortesía por ambas partes, pero con la prohibición de mandar una nota al embajador veneciano, Casanova es conducido al Buen Retiro, que ya no era residencia de los reyes, sino de reos con boleta para presidios africanos o galeras.

Allí se pasa dos o tres días entre "un hedor que asfixiaba" y "cubierto de esa plaga de piojos que parece endémica en España". Eran treinta presos, casi todos soldados, para doce camas. El italiano, muy pardillo para mi gusto a estas alturas, no tiene otra ocurrencia que pedirle papel, pluma y tinta a un guardia; y, para más inri, le suelta un duro de propina: "Lo tomó riéndose, se fue y no le volví a ver. Aquellos a quienes se me ocurría preguntar se reían de mí en mis narices".

Soldados españoles del siglo XVIII.
Para entonces ya sabe que lo ha delatado el paje que contrató, a quien también tienen preso. ¡Vaya malhechores de baratillo! Casanova amenaza, pierde los estribos, ofende al inquisidor que lo interroga y, tras muchos ¡Me cago en tó! en italiano, consigue pluma y papel y manda cuatro cartas, una de ellas al embajador de la Serenísima y otra al poderoso Conde de Aranda, quien hace y deshace a su gusto como si fuera un valido de los Austrias. Escribirlas fue otro suplicio, pues los demás presos le apagaban la vela y exigían que les tradujera lo que decían. Uno de ellos le pidió otro duro a cambio de protegerlo. Para colmo, doña Ignacia, hecha un beatona, se presenta con su padre y con un repertorio de mohines y cucamonas de sainete.

Por fin, la presencia del Conde de Aranda y del asistente -y amante- del embajador de Venecia, el conde Manuzzi, avalan al distinguido preso, que es liberado. Antes le devuelven la propina robada por el soldado, a quien propinan un soberana tunda reglamentaria delante de Casanova. Con eso da por satisfecho.

No terminan aquí las desventuras del patrón de los seductores en España, pero tres entregas me parecen suficientes de momento. Sin duda volveremos a encontrarnos con él, pero la nómina de GUIRIS CON PUÑETAS es larga y todos merecen su espacio en este blog. Te dejo, no obstante, con una sentencia de Casanova sobre Carlos III:
"Testarudo como una mula, débil como una mujer, sensual como un holandés, muy devoto y decidido a morir antes que macular su alma con el menor pecado mortal". 
¿A tal rey tales súbditos? Esa parece ser la opinión del viajero tras conocer nuestro país: "He de acordarme de lo que pasé cuando en el resto de Europa me encuentre con personas libres que sientan la tentación de viajar por aquí".


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sábado, 17 de octubre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Giacomo Casanova (2)



"La siempre santa Inquisición"


Con un sonoro "¡Maldita España!" saludaba Giacomo Casanova a la nación que pisaba después de cruzar los Pirineos; y así terminaba la primera entrada de GUIRIS CON PUÑETAS. A ver, para ser exactos, el viajero soltó aquel exabrupto tras salir de Pamplona y recorrer veinte leguas. Hasta ese momento, su carruaje había rodado por una carretera "tan hermosa como en Francia". Casanova atribuye la autoría de esa calzada al buen gobierno del conde de Gages, virrey de Navarra entre 1749 y 1753, un ilustrado que se preocupó de mejorar las infraestructuras del territorio foral:
"Tras aquella ruta no puedo decir que encontrara una mala, porque ya no hallé camino. Subidas, bajadas rápidas llenas de baches. Por ninguna parte se veían indicios de que por allí hubieran pasado coches, y es que así es Castilla la Vieja".
Su conductor, Andrés Capello, que conoce el panorama que le espera al exquisito turista, busca las mejores, por decir algo, posadas del camino, tarea tan ardua como plantar geranios en el jardín de un igloo:
"El amo de la choza donde parábamos ni se movía; me mostraba con un gesto la habitación y una chimenea donde podía encender fuego si me parecía, pero ni me daba leña ni víveres: no era de su incumbencia. El hombre aquel fumaba con parsimonia su cigarito del Brasil en un papelito enrollado como un mango de pluma y lanzaba grandes bocanadas de humo con un aire de dignidad magistral [...] Se ufanan, en fin, de poder decir, al ver marchar a un extranjero al que han hospedado: 'No me he tomado trabajo alguno para servirle'. Esto viene de una profunda pereza mezclada con mucho orgullo"  
Pernoctar en aquellas leoneras castellanas tenía sus ventajas: era más barato que dormir en Alemania en un granero. Quien no se consuela es porque no quiere.

Venta andaluza entre los siglos XVIII y XIX.

En los alojamientos que encontraba, Casanova tuvo motivos de sobra para pasmarse con las costumbres de aquel país a medio camino entre la Europa de las Luces y las ruinas de su pasado musulmán, orgulloso de su propia miseria, que su paisanaje entendía como virtud; a la fuerza ahorcan. Una de aquellas particularidades hispanas que dejaron al caballero boquiabierto y ojiplático fueron los cerrojos de las puertas... perdón, el cerrojo: uno, y solo por fuera. Su cochero y cicerone se lo explica:
"Señor don Jacobo, hay que permitirlo en España, porque la siempre santa Inquisición ha de contar en todo momento con la facultad de enviar a ver qué hacen los extranjeros en su habitación". 
Casanova se indigna con cajas destempladas: "¿Y qué le importa a la Inquisición?". Capello le pide -"¡Por el amor de Dios!"- que no grite:
"Le importa todo. Si coméis carne en vigilia, si hay sexos distintos mezclados en la misma habitación. Y de ser así, si las parejas que duermen juntas son esposos legítimos, para detenerlos si los certificados no hablan a su favor. La Santa Inquisición, señor don Jacobo, vela a toda hora en nuestra nación por la salvación eterna de sus naturales"
No sabes si reírte o echarte a llorar, ¿verdad? Pues a los más jóvenes les vendrá bien saber que, no hace tantos años, en los hoteles exigían a los varones el Libro de Familia si pedían una habitación con una mujer a la verita suya. Y en las lunas de miel el certificado de matrimonio, claro. ¿Inquisición? No, Ministerio de la Gobernación, hoy de Interior. También es verdad que, bajo mano, un billete de curso legal -dólares o pesetas- abría muchas puertas.

¡Ay, la Inquisición!, diana favorita de aquellos guiris con puñetas. Pues déjame decirte que Casanova vagabundeaba por Europa gracias a ella. Y no a la española, sino a la veneciana, dirigida por la Compañía de Jesús, orden que había sido expulsada de España unos meses antes del viaje de Casanova, en la primavera de 1767. Doce años antes, en 1755, los inquisidores de la Serenísima lo acusaron de nigromante, por lo que el seductor dio con su alma en la cárcel de los Plomos, a la que se accedía por el Puente de los Suspiros.

Vista nocturna del Puente de los Suspiros.

¿Pensabas que lo llamaban así por los enamorados que, arrobados, miraban la luna que se reflejaba en el canal? Más bien por los lamentos de quienes perdían la libertad y hasta la identidad, pues unos cuantos eran borrados de las memorias una vez traspasaban la puerta de la prisión inquisitorial...

En Los Plomos había dos tipos de celdas: los pozos, en lo más profundo del edificio, y los piombi del ático, llamadas así porque estaban cubiertas con planchas de plomo; de una de estas se fugó Casanova en 1756, tras un año de condena y a once de llegar a España. Cierto que si alguno de aquellos viajeros puñeteros tenía autoridad para salirse de quicio al oír hablar de la Inquisición, ese era, sin duda, don Jacobo Casanueva.


Ilustración, tirando a fabulosa,
de la fuga de Los Plomos.
Ya sé que a Carlos III (1716-1788), el borbón güay, el mejor alcalde de Madrid, blablablabla... no le cuadra tener una Inquisición en su reino si atendemos a las apologías sobre su figura. A ver. Aquel monarca era lo que, mal y pronto, llamaríamos un sobarrosarios, un beatón de misa diaria; era tan consciente de la legitimidad divina de su poder como Luis XIV, y tan déspota como Federico el Grande, pero menos ilustrado que ambos; mientras que su hermano, Fernando VI, prefirió la peor de las diplomacias a la mejor de la guerras, Carlos fue un rey belicoso, por necesidades de su imperio, por los pactos familiares con los Borbones franceses y por mantener un pie en Italia, no en vano fue rey de Nápoles antes que de España; por ello "exprimió", en palabras de sus ministros, las colonias americanas hasta puntos nada compasivos; tenía muy claro que "Hacienda no somos todos", pues toda riqueza era patrimonio suyo. ¡Claro que a Carlos III, el de la Puerta de Alcalá, mírala, mírala, le convenía contar con una fuerza de orden público como la Inquisición!


Carlos III retratado por A.R. Mengs.
El hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio nunca se planteó suprimirla; cuando uno de sus consejeros le arrima la cuestión, su respuesta es esta: "A los españoles les gusta y a mí no me molesta". Y ahora, si quieres, vuelve a por otra. "¡Con dos pelotas y un palo!", que diría un Peñafiel de la época si se hubiera inventado el golf. Además, en la pugna entre un rey católico del XVIII, celoso de su ámbito de poder, y la injerencia del Papa de turno, los inquisidores españoles estaban más cerca de Madrid que de Roma.

Saltemos de las infames posadas castellanas a la fonda en la que Casanova se hospedó en Madrid, sita en la calle de la Cruz, cerca de la Puerta del Sol. Lo primero que hizo fue ordenar que le retirasen el brasero -por las migrañas que le producía- y encargó a un artesano que le construyera una estufa con salida a la calle. El latonero se quedó con la boca abierta al recibir tan peregrina encomienda, nada común en sus madriles; y al italiano le pasó lo propio al oír el precio, que, al cambio, fue de un ojo de la cara. Por caprichoso.

No vayas a creer que el mundano salió a buscar hembra por la capital como busca trapo un miura que sale de toriles. Ni mucho menos. Se lo tomó con calma mientras estudiaba la idiosincrasia galante de los castizos. Se entretuvo, entre otras amenidades, acudiendo a representaciones en el teatro de los Caños del Peral, donde hoy se alza el Teatro Real, en la Plaza de Isabel II.



Pero ni siquiera en tan lúdico escenario pudo esquivar la sombra alargada de los inquisidores. Si los cerrojos de las ventas lo dejaron patidifuso, ¿qué decir de la taimada construcción del coliseo madrileño?:
"Los palcos, que allí se llaman aposentos, en lugar de tener tablazones que resguarden del patio de butacas las piernas de los hombres y las faldas de las mujeres, están completamente al aire, pues solamente los sostienen unas columnillas".
Un beato sentado junto al vividor le explica el porqué de aquella medida de la Policía de Espectáculos española que prohibía los palcos cerrados: "Porque los enamorados, en la seguridad de que no puede vérseles desde la platea, pueden cometer impudicias". Vamos, que en Madrid no había el típico palco de los mancos de los teatros de Venecia y París. La respuesta de Casanova es de lo más prudente: "Me encogí de hombros y callé".

Y así, con ese buen conformar del veneciano, cerramos esta segunda entrada de GUIRIS CON PUÑETAS... ¿Cómo?, ¿que la semana pasada te prometí contarte por qué encerraron a Casanova en los calabozos del palacio del Buen Retiro? Bueno, cárcel por cárcel, es más sorprendente la de Los Plomos. Pero no te preocupes, la semana que viene no solo te hablaré de la detención de Giacomo Casanova en Madrid, sino también de doña Ignacia, ejemplo carnal de las pintorescas costumbres galantes de las españolas de aquel tiempo... Vas a flipar.
Continuará... 


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sábado, 10 de octubre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Giacomo Casanova (1)



"¡Miserable España!"


Te lo advertí, no las dejé por falta de munición, sino porque me han cambiado la diana (a ver si esta vez doy justo en el centro...). Por eso he sustituido las entrañables Citas Exprés que compartíamos hasta hace una semana por esta nueva peripecia: GUIRIS CON PUÑETAS. "¿Y de qué va eso?", me preguntarás. "¿Cómo que de qué va?", te responderé... ¿Es que no está claro en el título? Déjame decirte que estás cogiendo malas mañas: todo te lo tengo que explicar.

Lo primero es que yo no sé de dónde viene guiri, aunque sepa usarlo. Según el Diccionario de la Real Academia, los carlistas vascones llamaban así a los liberales de la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, madre de la futura Isabel II: guiristinos, por cristinos. De ahí a considerarlos extranjeros, haz tus cábalas. Otros dicen que deriva de guiri-gay, por ser bárbara (de fuera) la jerga de los guiris. Y Juan Goytisolo cree que tiene su cuna en la palabra turca guiur, que señala a los extranjeros infieles. La primera y única vez -por ahora- que pisé Estambul sellaron mi pasaporte con la palabra giriş: "entrada". Como Goytisolo, ahí mismo creí que guiris venía del turco, salvo que el guiri era yo.


En España, todo guiri que se precie, se viste por los pies.

En cuanto a las puñetas, segunda parte del título de este nuevo invento, eran una parte de la guardarropía masculina en el siglo XVIII, como ya te expliqué en una entrada anterior. Es el nombre que se daba al encaje o vuelillo de los puños de ringorrango. Pero tú y to sabemos que hoy es un vocablo polisémico: despreciar, mandar a hacer, venir a joder o joderse lo que no debía ni tenía por qué, sanseacabar algo o con alguien, cabrearse, hartarse...

Y hasta aquí las explicaciones. Ahora tienes que juntar todo... ¿Y qué te da?... ¿Que no lo sabes? Ya estamos otra vez, ¡vale!, yo te lo digo: las entradas que leas aquí a partir de ahora irán de extranjeros del siglo XVIII, gente con puñetas en las mangas, que vinieron a España a hacer la ídem, es decir, a ponernos de chupa de dómine. No, no es de chúpame dómine, eso también te lo expliqué en la entrada aquella de las puñetas. 


Este es el tipo de puñeta que hoy nos hace la ídem, ¿o no?

De eso trata GUIRIS CON PUÑETAS, de viajeros de la ilustrada Europa del Siglo de las Luces que vinieron a darse un garbeo por aquel reducto de barbarie que era España, según su punto de vista, claro. Con otras palabras: "¿Pero es que me van a venir con puñetas los guiris estos?". Pues sí, así venían. Y dejaron sus impresiones en un buen puñado de libros de viajes que son, cada uno, como una tobita en los mismísimos. Y en algún caso, un punterazo.

Pude haber titulado estas entradas como "Guiris con chorreras", pero es que me voy a meter un poco en el siglo XIX y entonces me quedarían demodé, porque ya usaban corbatas y plastrones. Con tanta explicación, comprenderás que tenía que estrenarme a lo grande, así que he traído a un verdadero campeón dieciochesco, y en más de una disciplina, pues fue abate, diplomático, espía, bibliotecario, escritor, astrólogo, nigromante, prófugo y, claro está, seductor impenitente... Sí, te hablo de Giacomo Girolamo Casanova (1725-1798). El clérigo engatusador, el acróbata del tálamo, el sátiro de los palcos y las alcobas llegó a Madrid en 1767, a sus cuarenta y dos años, como bien indica la placa fija en la calle de la Cruz con esquina a Espoz y Mina, es decir, a un tiro de canica de la Puerta del Sol. 

Sí, Casanova hizo de las suyas en El Foro.
El mismo Casanova lo confirma en sus memorias, Historia de mi vida (1789-1798). Al llegar a Madrid, un funcionario le confisca un par de libros que le son devueltos "a la calle de la Cruz, al café donde me alojaba, con gran pesar del señor Andrés [su cochero], que quería por imperativo llevarme a otro sitio. Un buen hombre me había dado estas señas en Burdeos".

Puesto que las peripecias de Casanova merecen más de una entrada, en esta de hoy pienso ir directamente al grano: ¿qué pensaba el colmo de los seductores de las costumbres sexuales de los españoles de su época? ¿Había costumbres sexuales entre los españoles de su época? ¿Si no las hubiera habido estaríamos nosotros aquí? Antes de meternos en harina, déjame decirte que las hazañas del italiano no fueron para tanto; se le podría aplicar aquello de me como una y cuento veinte. Yo he tenido la oportunidad de trabajar con cámaras de televisión -¡Tremendo ese gremio!- con más muescas en sus betacam que Casanova en diez vidas que le regalasen. Al fin y al cabo, las conquistas de aquel magnífico publicista de sí mismo fueron ciento treinta y dos (132), yo no me tiraría tanto el rollo. Si Álvaro Muñoz Escassi -con quien también trabajé- tuviera que escribir las suyas, nos quedábamos sin bosques en el planeta. Y encima, el jodío es gracioso. Será por eso...

¡Mmmmmm! Esa mirada acero azul...
(Foto: Interviú).
Cotilleemos en la autobiografía de Casanova para saber qué opinaba, por lo grueso, de nuestros trastatarabuelos: "Los hombres, en este país, tienen la mente limitada por un sinfín de prejuicios, mientras que las mujeres, aunque ignorantes, son por lo general discretas". La discreción no significaba solo prudencia, sino también discernimiento y razón, o sea, inteligencia. 

Pero luego, don Giacomo advierte a los viajeros incautos: "Ambos sexos alientan deseos y pasiones tan vivos como el aire que respiran, tan ardientes como el sol bajo el que viven". Para luego matizar que para ardientes, lo que se dice ardientes, las españolas, anticipándose al topicazo de la Carmen de Mérimée: "Todo español odia al extranjero por la única razón de que no es español, porque no podría dar otro motivo para su odio; pero las mujeres, que ven sin duda lo injusto de semejante odio, nos vengan amándonos, aunque con grandes precauciones; porque el español, celoso por naturaleza quiere serlo también por razón".


Ilustración alemana sobre el arquetipo hispano de Mérimée.

¡Alto ahí!... Calma, que no es el grito de un oficial de la Inquisición. Es que voy a toda mecha y no te he contado por qué llegó Casanova a España. Resulta que un buen día de finales de 1767 asistía a un representación en París. Un petimetre que tenía detrás empieza a ofenderle como si Casanova fuese de atrezzo y no sintiera ni padeciera. Y claro, el italiano se da la vuelta y le advierte al pisaverde que si no cierra la boca, le cerrará la cloaca de una coz. Él otro no da crédito y el encendido Giacomo sale del teatro dispuesto a hacerle un siete en la barriga con su florete. Tras mucho esperar y nada solucionar, se marcha porque, total, ya ha perdido el hilo de la obra y el dinero de la entrada.


"La despedida", Jean-Michel Moreau, El Joven.
Escena en el palco de un teatro.

Al día siguiente recibe una carta de Versalles: tiene que salir de París a escape. El mismísimo rey, Luis XV, le da veinticuatro horas; añade Casanova "porque era su real gana". Y si en tres semanas no ha salido de Francia, en La Bastilla le están preparando un baño de espuma. Y todo porque le quiso dar un puntapié en el culo "a un joven que no es de los que los reciben". El veinte de noviembre, al día siguiente de aquella invitación que no podía rechazar, parte para España: "Un país donde había menester prudencia y circunspección". Pues consejos doy y para mí no tengo, porque acabó encerrado en un calabozo del Palacio del Buen Retiro, pero eso te lo contaré la semana que viene... Lo que sí te diré es que nada más entrar en Castilla la Vieja soltó un sonoro "¡Maldita España!".

Oye, aunque ya no sea lo mismo, no te olvides de tomar tu cafelito, recuerda que es el viento de nuestras velas.
Continuará... 


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sábado, 3 de octubre de 2015


CITA EXPRÉS

Voltaire



"El  café es un veneno lento"


"Y creo que he bebido más de cuarenta cervezas hoy", calculaba Pablo Carbonell al frente de Los Toreros Muertos. Y continuaba: "Sale de mí un agüita amarilla cálida y tibia". Y remataba: "Y la empiezo a mear, y me echo a reír, y me pongo a pensar, ¿dónde irá, dónde irá, dónde irá, dónde irá?". Dos siglos antes, otro que pensaba -y mucho- pudo confesar algo parecido: "Y creo que he tomado más de cuarenta cafés hoy y me pongo a pensar, a pensar, a pensar y a pensar". 

El pensador del que te hablo es el mismo que aparece en el frontón de este artículo recibiendo en cama con su gorrito de dormir, su cafetera, su lechera, su mesita camarera, su camisita y su canesú. El grabado, tomado del natural por Dominique Vivant, barón de Denon (1747-1825), ilustra un desayuno de François Marie Arouet, alias Voltaire, en Ferney, el señorío del que era titular. Antes de seguir con el filósofo deja que te presente al autor del dibujo. Denon fue artista, diplomático, viajero, orientalista y un pionero de la museología.

Dominique Vivant de Denon.
De esto último lo fue tanto, que lo nombraron primer director del Musée Central de la République, futuro del Louvre. Acompañó a Napoleón en sus campañas y saqueó el patrimonio artístico de las naciones vencidas para enriquecer París con él. Ya sé que suena crudo, pero cuando Bonaparte fue vencido, a Denon le obligaron a devolver las obras.

Pero de quien yo vengo a hablarte hoy es del filósofo encamado de más arriba, cuyo nombre artístico, Voltaire, se desdibuja en la bruma de mil y una versiones. Que si viene de Petit Volontaire, apelativo cariñoso que usaban con él sus familiares; que si de un anagrama, usando las mayúsculas latinas, de Arouet Le Jeune (Arouet el Joven); que si era el nombre de un pequeño feudo materno; que si lo armó con la expresión voulait faire taire ("deseaba hacer callar") en alusión a su genio intelectual... El caso es que lo adoptó en 1717 tras su detención por haber publicado una sátira sobre el Duque de Orleáns, regente de Luis XV.

Un personaje de mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café), el padre Verboso, abate glotón, lúbrico, reaccionario y chocolatero, se atreve a criticar así al sofista Voltaire, impenitente azote de todas las religiones:
"Dejadme que os diga que Voltaire sorbía en una sola jornada cuarenta tazas, inspiración demoníaca de tantas líneas hediondas plagadas de razonamientos sulfurosos"
Para ser exactos, no eran cuarenta: sus biógrafos estiman que trasegaba, a diario, de cincuenta a setenta cafés. Como lo oyes. Si el ilustrado señor de Ferney durmiera, pongamos por caso, cinco o seis horas al día, viviría dieciocho en agitada vigilia. Es decir, que se metería pal'cuerpo, en sus días pletóricos, un café cada cuarto de hora. Y sin que le temblase la pluma, oiga, que era un señor de letra bonita y muchos amigos en el gimnasio. Esto último no te lo tomes en serio, aunque es verdad que mantuvo una amistad cercana con Federico el Grande, al que sus enemigos tachaban de soberano sodomita. El déspota ilustrado protegió al filósofo en su corte de Berlín durante un trienio.

Voltaire con Federico de Prusia en Berlín.
Tampoco en los salones de la corte berlinesa le faltó a mesié Arouet la infusión arábiga, pues se cuenta que el káiser era otro cafetómano de agárrate y no te menees: no solo despenalizó el consumo de café en Prusia -contra la opinión de los cerveceros-, sino que, según su propio testimonio, "solamente" tomaba entre siete u ocho tazas por la mañana y una cafetera por la tarde. Eso sí, infundido (perdón, pero infusionado me parece cursi y más largo) en champán, no en agua. A ese mecenazgo, ejemplo del despotismo ilustrado, alude otro personaje de mi novela picaresca, una bellísima y malévola exiliada polaca:
-La filosofía consuela -repuso don Gaspar.
-¿La de quién, mi buen amigo? ¿Os referís a la de Voltaire, filósofo de cámara de Federico, obsesionado con ser el verdugo de Polonia, al que algunos llaman Grande y yo tacho de sodomita? ¿Sabéis que el mismo Voltaire llama Salomón boreal al déspota prusiano? ¿Y Estrella del Norte a Catalina, la tirana rusa? ¿Y que esa ninfomaníaca cruel, que se pone en pompa ante los sementales de sus caballerizas, quiso proteger a Diderot y ser mecenas de los enciclopedistas?
Cada uno cuenta la feria tal y como le va en ella, claro. En todo caso, no te puede extrañar que el muy cafetero Voltaire dejara esta frase para la posteridad: "Es necesario reconocer que si el café es un veneno, lo es muy lento, pues yo bebo bastantes tazas al día desde hace ochenta años y mi salud, como pueden ustedes ver, no ha empeorado en absoluto". Arouet vivió ochenta y tres y produjo alrededor de medio centenar de obras, así que calcula el daño que la cafeína le hizo... ¡Alto ahí!, que aquí es cuando yo te desengaño.

Resulta que la cita que abre esta entrada de hoy es apócrifa, o sea, que no hay constancia de que la dijese Voltaire, como pasa con tantas otras frases que circulan por Internet igual que la farsa monea, "que de boca en boca va y ninguno se la quea". Es atribuida también al erudito Bernard Le Bovier de Fontenelle, defensor de los modernos en la polémica dieciochesca contra los antiguos, divulgador científico y "ateo virtuoso". Fontenelle nació en 1657 y murió en 1757, cien años más tarde, así que la frasecita bien pudo ser suya.

Fontenelle, por Hyacinthe Rigaud.
Pero es que también se le cuelga a George Louis Leclerc, conde de Buffon, naturalista y director del jardín botánico parisino, que falleció a los ochenta y un años. 
El padre de todos los gastrónomos que hoy son portada de los suplementos dominicales, Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826), dijo de Buffon lo que sigue: "Es evidente que varias páginas de sus tratados sobre el hombre, el perro, el tigre, el león y el caballo fueron escritas en un estado de exaltación extraordinaria". ¡Culpa de la cafeína!, le faltó decir. Para remate, a la calificación de veneno lento del café se le pone también la firma de Molière, que solo vivió medio siglo; cuando murió, en 1673, el café apenas había entrado en Francia. Incluso se le atribuye a una buena señora saboyana, Elizabeth Durieux, que vivió 114 años. ¿De quién es? Yo no lo sé, ¿y qué sabe nadie?

Sí es cierto, en su pleno significado de tener certeza, que Voltaire habló del café en algunas de sus obras. Sin ir más lejos, en el capítulo XXX de Cándido:
"Dicho esto, convidó a los extranjeros a entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les presentaron muchas especies de sorbetes que ellos mismos elaboraban: de kaymak, guarnecidos de cáscaras de cidra confitadas, de naranjas, limones, limas, piñas, pistachos y café de Moca, que no estaba mezclado con los malos cafés de Batavia y las islas de América; y luego, las dos hijas del buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, Pangloss y Martín".
Kaymak es el nombre de una especie de nata montada de origen oriental y la cidra es la toronja o limón francés. 

El señor de Fernay también es el autor de la comedia El café o la escocesa (1760), cuyo protagonista, Fabricio, es dueño de una coffe-house en Londres. Brillat-Savarin atribuía a la adicción de Voltaire "la claridad admirable que se observa en sus obras". Paul Valéry lo elevó aún más: "Es el hombre de ingenio por excelencia; el más agudo de los humanos, el más vivo, el más despierto. Todos los demás, a su lado, parecen dormir o soñar despiertos".

Para cuando Voltaire se volvió un cafeinómano declarado, los franceses habían empezado a usar bolsitas de lino para sumergir la moltura cafetera en agua hirviendo. Tal innovación data, según dicen, de principios del siglo XVIII, así que los cafés que tomara el filósofo no serían como las intensas y espesas decocciones de los turcos. Al mismo tiempo nacieron, más o menos, los primeros molinillos, que se consideraban artículos de lujo; en La Enciclopedia de Diderot (1751-1772) tienen ya su entrada: "molino de embudo".

Molinillo de muela del siglo XVIII,
en madera de olivo.
Pero el desenfreno de Voltaire con el café no debe confundirte. Esa generosidad consigo mismo no la tenía, según las malas lenguas, con el resto del género humano. Se dice que el señor de Ferney era un tacaño de los de Dickens, más agarrao que la Virgen del Puño. Cuentan que el sofista colmaba sus copas -sí, también empinaba el codo- con un magnífico borgoña, mientras servía a sus invitados un tinto de regimiento. Es más, juran que mandó azotar a unos arrieros porque le reventaron un tonel de vino. Murió podrido de dinero, fruto de sus rentas y, al parecer, de negocios muy poco filosóficos. Ten en cuenta, además, que el ilustrado, liberal, ateo y luminoso Voltaire se permitía un par de lujos, el del café y el del azúcar que lo endulzaba, sembrados y cosechados por esclavos arrancados de su África natal y trasplantados en los cafetales e ingenios coloniales. Todo su afán de libertad era, matices aparte, para sus iguales en color y categoría.

Voltaire en un antiguo billete francés de diez francos.

Permíteme una pizca de psicoanálisis en pantuflas. Por algún lado he leído que su sarcasmo y cierto desprecio cotidiano por sus congéneres, corregido en sus obras universales -espejo de liberalismo-, se debió a la coraza con la que se protegió tras quedarse huérfano de madre a los siete años. Si las adicciones son un modo de compensar abismos emocionales, no resultaría tan extraña su cafetomanía. Tampoco olvides que fue, al fin y a la postre, un aristócrata, más cercano en su discurso a la élite económica de hoy en día que a la masa de expoliados. En todo caso, Voltaire orinaba como tú y yo, y dada la cantidad de tazas de café que tomaba, su agüita sería, sin duda, marroncita.

Y llegados al final, tengo otra sorpresa para ti, citas apócrifas aparte. Una sorpresa que, para mí, se tiñe de melancolía. Esta aventura de las CITAS EXPRÉS, sorprendente y satisfactoria, llega a su The End. No es que no me queden citas, ni que me falten ganas... ¡Ni mucho menos!... Es más, creo que nunca cumplí, salvo en los dos primeros posts, su condición de exprés. Auténticas biblias cafeteras han salido de aquí, la verdad.

Lo que pasa es que esta peripecia va a crecer; a alguien más le ha parecido buena idea y debo ponerme al tajo extrablogueramente. No te puedo contar más -por ahora-, aunque espero poder hacerlo en unos meses. Seguiré escribiendo una entrada a la semana hasta que se me sequen las meninges, pero será con otra forma, unas veces sobre el café y otras sobre las muchas curiosidades históricas del siglo XVIII, en el que se ambienta la novela que da título a este blog. No es una despedida, es un feliz cambio de cara. Muchas gracias por tu seguimiento, por tu apoyo, por tus comentarios, por tus colaboraciones. Y gracias por seguir aquí. ¿Hace un cafelito?


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