sábado, 3 de octubre de 2015


CITA EXPRÉS

Voltaire



"El  café es un veneno lento"


"Y creo que he bebido más de cuarenta cervezas hoy", calculaba Pablo Carbonell al frente de Los Toreros Muertos. Y continuaba: "Sale de mí un agüita amarilla cálida y tibia". Y remataba: "Y la empiezo a mear, y me echo a reír, y me pongo a pensar, ¿dónde irá, dónde irá, dónde irá, dónde irá?". Dos siglos antes, otro que pensaba -y mucho- pudo confesar algo parecido: "Y creo que he tomado más de cuarenta cafés hoy y me pongo a pensar, a pensar, a pensar y a pensar". 

El pensador del que te hablo es el mismo que aparece en el frontón de este artículo recibiendo en cama con su gorrito de dormir, su cafetera, su lechera, su mesita camarera, su camisita y su canesú. El grabado, tomado del natural por Dominique Vivant, barón de Denon (1747-1825), ilustra un desayuno de François Marie Arouet, alias Voltaire, en Ferney, el señorío del que era titular. Antes de seguir con el filósofo deja que te presente al autor del dibujo. Denon fue artista, diplomático, viajero, orientalista y un pionero de la museología.

Dominique Vivant de Denon.
De esto último lo fue tanto, que lo nombraron primer director del Musée Central de la République, futuro del Louvre. Acompañó a Napoleón en sus campañas y saqueó el patrimonio artístico de las naciones vencidas para enriquecer París con él. Ya sé que suena crudo, pero cuando Bonaparte fue vencido, a Denon le obligaron a devolver las obras.

Pero de quien yo vengo a hablarte hoy es del filósofo encamado de más arriba, cuyo nombre artístico, Voltaire, se desdibuja en la bruma de mil y una versiones. Que si viene de Petit Volontaire, apelativo cariñoso que usaban con él sus familiares; que si de un anagrama, usando las mayúsculas latinas, de Arouet Le Jeune (Arouet el Joven); que si era el nombre de un pequeño feudo materno; que si lo armó con la expresión voulait faire taire ("deseaba hacer callar") en alusión a su genio intelectual... El caso es que lo adoptó en 1717 tras su detención por haber publicado una sátira sobre el Duque de Orleáns, regente de Luis XV.

Un personaje de mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café), el padre Verboso, abate glotón, lúbrico, reaccionario y chocolatero, se atreve a criticar así al sofista Voltaire, impenitente azote de todas las religiones:
"Dejadme que os diga que Voltaire sorbía en una sola jornada cuarenta tazas, inspiración demoníaca de tantas líneas hediondas plagadas de razonamientos sulfurosos"
Para ser exactos, no eran cuarenta: sus biógrafos estiman que trasegaba, a diario, de cincuenta a setenta cafés. Como lo oyes. Si el ilustrado señor de Ferney durmiera, pongamos por caso, cinco o seis horas al día, viviría dieciocho en agitada vigilia. Es decir, que se metería pal'cuerpo, en sus días pletóricos, un café cada cuarto de hora. Y sin que le temblase la pluma, oiga, que era un señor de letra bonita y muchos amigos en el gimnasio. Esto último no te lo tomes en serio, aunque es verdad que mantuvo una amistad cercana con Federico el Grande, al que sus enemigos tachaban de soberano sodomita. El déspota ilustrado protegió al filósofo en su corte de Berlín durante un trienio.

Voltaire con Federico de Prusia en Berlín.
Tampoco en los salones de la corte berlinesa le faltó a mesié Arouet la infusión arábiga, pues se cuenta que el káiser era otro cafetómano de agárrate y no te menees: no solo despenalizó el consumo de café en Prusia -contra la opinión de los cerveceros-, sino que, según su propio testimonio, "solamente" tomaba entre siete u ocho tazas por la mañana y una cafetera por la tarde. Eso sí, infundido (perdón, pero infusionado me parece cursi y más largo) en champán, no en agua. A ese mecenazgo, ejemplo del despotismo ilustrado, alude otro personaje de mi novela picaresca, una bellísima y malévola exiliada polaca:
-La filosofía consuela -repuso don Gaspar.
-¿La de quién, mi buen amigo? ¿Os referís a la de Voltaire, filósofo de cámara de Federico, obsesionado con ser el verdugo de Polonia, al que algunos llaman Grande y yo tacho de sodomita? ¿Sabéis que el mismo Voltaire llama Salomón boreal al déspota prusiano? ¿Y Estrella del Norte a Catalina, la tirana rusa? ¿Y que esa ninfomaníaca cruel, que se pone en pompa ante los sementales de sus caballerizas, quiso proteger a Diderot y ser mecenas de los enciclopedistas?
Cada uno cuenta la feria tal y como le va en ella, claro. En todo caso, no te puede extrañar que el muy cafetero Voltaire dejara esta frase para la posteridad: "Es necesario reconocer que si el café es un veneno, lo es muy lento, pues yo bebo bastantes tazas al día desde hace ochenta años y mi salud, como pueden ustedes ver, no ha empeorado en absoluto". Arouet vivió ochenta y tres y produjo alrededor de medio centenar de obras, así que calcula el daño que la cafeína le hizo... ¡Alto ahí!, que aquí es cuando yo te desengaño.

Resulta que la cita que abre esta entrada de hoy es apócrifa, o sea, que no hay constancia de que la dijese Voltaire, como pasa con tantas otras frases que circulan por Internet igual que la farsa monea, "que de boca en boca va y ninguno se la quea". Es atribuida también al erudito Bernard Le Bovier de Fontenelle, defensor de los modernos en la polémica dieciochesca contra los antiguos, divulgador científico y "ateo virtuoso". Fontenelle nació en 1657 y murió en 1757, cien años más tarde, así que la frasecita bien pudo ser suya.

Fontenelle, por Hyacinthe Rigaud.
Pero es que también se le cuelga a George Louis Leclerc, conde de Buffon, naturalista y director del jardín botánico parisino, que falleció a los ochenta y un años. 
El padre de todos los gastrónomos que hoy son portada de los suplementos dominicales, Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826), dijo de Buffon lo que sigue: "Es evidente que varias páginas de sus tratados sobre el hombre, el perro, el tigre, el león y el caballo fueron escritas en un estado de exaltación extraordinaria". ¡Culpa de la cafeína!, le faltó decir. Para remate, a la calificación de veneno lento del café se le pone también la firma de Molière, que solo vivió medio siglo; cuando murió, en 1673, el café apenas había entrado en Francia. Incluso se le atribuye a una buena señora saboyana, Elizabeth Durieux, que vivió 114 años. ¿De quién es? Yo no lo sé, ¿y qué sabe nadie?

Sí es cierto, en su pleno significado de tener certeza, que Voltaire habló del café en algunas de sus obras. Sin ir más lejos, en el capítulo XXX de Cándido:
"Dicho esto, convidó a los extranjeros a entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les presentaron muchas especies de sorbetes que ellos mismos elaboraban: de kaymak, guarnecidos de cáscaras de cidra confitadas, de naranjas, limones, limas, piñas, pistachos y café de Moca, que no estaba mezclado con los malos cafés de Batavia y las islas de América; y luego, las dos hijas del buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, Pangloss y Martín".
Kaymak es el nombre de una especie de nata montada de origen oriental y la cidra es la toronja o limón francés. 

El señor de Fernay también es el autor de la comedia El café o la escocesa (1760), cuyo protagonista, Fabricio, es dueño de una coffe-house en Londres. Brillat-Savarin atribuía a la adicción de Voltaire "la claridad admirable que se observa en sus obras". Paul Valéry lo elevó aún más: "Es el hombre de ingenio por excelencia; el más agudo de los humanos, el más vivo, el más despierto. Todos los demás, a su lado, parecen dormir o soñar despiertos".

Para cuando Voltaire se volvió un cafeinómano declarado, los franceses habían empezado a usar bolsitas de lino para sumergir la moltura cafetera en agua hirviendo. Tal innovación data, según dicen, de principios del siglo XVIII, así que los cafés que tomara el filósofo no serían como las intensas y espesas decocciones de los turcos. Al mismo tiempo nacieron, más o menos, los primeros molinillos, que se consideraban artículos de lujo; en La Enciclopedia de Diderot (1751-1772) tienen ya su entrada: "molino de embudo".

Molinillo de muela del siglo XVIII,
en madera de olivo.
Pero el desenfreno de Voltaire con el café no debe confundirte. Esa generosidad consigo mismo no la tenía, según las malas lenguas, con el resto del género humano. Se dice que el señor de Ferney era un tacaño de los de Dickens, más agarrao que la Virgen del Puño. Cuentan que el sofista colmaba sus copas -sí, también empinaba el codo- con un magnífico borgoña, mientras servía a sus invitados un tinto de regimiento. Es más, juran que mandó azotar a unos arrieros porque le reventaron un tonel de vino. Murió podrido de dinero, fruto de sus rentas y, al parecer, de negocios muy poco filosóficos. Ten en cuenta, además, que el ilustrado, liberal, ateo y luminoso Voltaire se permitía un par de lujos, el del café y el del azúcar que lo endulzaba, sembrados y cosechados por esclavos arrancados de su África natal y trasplantados en los cafetales e ingenios coloniales. Todo su afán de libertad era, matices aparte, para sus iguales en color y categoría.

Voltaire en un antiguo billete francés de diez francos.

Permíteme una pizca de psicoanálisis en pantuflas. Por algún lado he leído que su sarcasmo y cierto desprecio cotidiano por sus congéneres, corregido en sus obras universales -espejo de liberalismo-, se debió a la coraza con la que se protegió tras quedarse huérfano de madre a los siete años. Si las adicciones son un modo de compensar abismos emocionales, no resultaría tan extraña su cafetomanía. Tampoco olvides que fue, al fin y a la postre, un aristócrata, más cercano en su discurso a la élite económica de hoy en día que a la masa de expoliados. En todo caso, Voltaire orinaba como tú y yo, y dada la cantidad de tazas de café que tomaba, su agüita sería, sin duda, marroncita.

Y llegados al final, tengo otra sorpresa para ti, citas apócrifas aparte. Una sorpresa que, para mí, se tiñe de melancolía. Esta aventura de las CITAS EXPRÉS, sorprendente y satisfactoria, llega a su The End. No es que no me queden citas, ni que me falten ganas... ¡Ni mucho menos!... Es más, creo que nunca cumplí, salvo en los dos primeros posts, su condición de exprés. Auténticas biblias cafeteras han salido de aquí, la verdad.

Lo que pasa es que esta peripecia va a crecer; a alguien más le ha parecido buena idea y debo ponerme al tajo extrablogueramente. No te puedo contar más -por ahora-, aunque espero poder hacerlo en unos meses. Seguiré escribiendo una entrada a la semana hasta que se me sequen las meninges, pero será con otra forma, unas veces sobre el café y otras sobre las muchas curiosidades históricas del siglo XVIII, en el que se ambienta la novela que da título a este blog. No es una despedida, es un feliz cambio de cara. Muchas gracias por tu seguimiento, por tu apoyo, por tus comentarios, por tus colaboraciones. Y gracias por seguir aquí. ¿Hace un cafelito?


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8 comentarios:

  1. Estoy a punto de echarme a llorar. De alegría, por tí, por tu nuevo "secreto" proyecto que seguro que va a ser un éxito, como te mereces. De tristeza, por mí, porque te voy a echar mucho de menos, tanto a tí como a tus citas express. Pero creo que más a tí. Un besazo, campeón y si necesitas, en alguna hora baja de tu proyecto, un poco de ánimo y apoyo de mí, no lo dudes. Estaré encantada de tomarme una buena taza de café contigo.

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    1. ¡Dios mío!, me vas a hacer llorar a mí. Voy a seguir, pero con otra entradas. No voy a renunciar a estos buenos momentos ni a tanta gente estupenda que he conocido. Muchas gracias, Elisenda.

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  2. Me pasa como a Elisenda. ¡Pero te has comprometido a estar con nosotros una vez a la semana, no lo olvides! Me alegro muchísimo por tu nueva aventura. ¡A trabajar duro! Me apunto a ese café del que hablabais.

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    1. Claro que sí, faltaría más. Lo de trabajar duro ya lo venía haciendo, en dos semanas termino, pero seguir con las CITAS EXPRÉS sería pisar lo que pueda venir. Muchas gracias, Carmen.

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  3. Espero que tu nuevo y secreto proyecto no te impida romper tu promesa de regalarnos con una cita semanal, aunque no trate de café. Muy interesante todo lo que nos has contado sobre Voltaire. No sabía que el café se hubiera infundido en bolsitas como el té... ni tantas otras cosas.
    Un beso y hasta dentro de una semana (más o menos)

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    1. Muchas gracias, Rosa. No, tranquila, no abandonaré este blog que tantas satisfacciones y buena gente me ha regalado. El negocio sigue, pero cambia de actividad. Un beso y hasta dentro de siete días.

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  4. Yo tenía entendido, seguramente por algún estudio de la Universidad de Mascachuches, que eran 46 el límite máximo de tazas de café seguidas que un ser humano podía beber antes de tener una de las muertes más horribles que se conocen.
    Enhorabuena por el próximo proyecto y aquí seguimos... para tomar los cafeses que haga falta, 46 o más.
    Saludos a todos.

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    1. O de Wyoming igual, maestro. Parece que hay casos actuales de ese nivel, según he visto he algún libraco sobre el café. Muchas gracias, vamos a ver qué pasa... Informaré de las novedades, si las hay. De todos modos, sigo con el blog, pero de otros modos. Un abrazo.

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