sábado, 17 de octubre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Giacomo Casanova (2)



"La siempre santa Inquisición"


Con un sonoro "¡Maldita España!" saludaba Giacomo Casanova a la nación que pisaba después de cruzar los Pirineos; y así terminaba la primera entrada de GUIRIS CON PUÑETAS. A ver, para ser exactos, el viajero soltó aquel exabrupto tras salir de Pamplona y recorrer veinte leguas. Hasta ese momento, su carruaje había rodado por una carretera "tan hermosa como en Francia". Casanova atribuye la autoría de esa calzada al buen gobierno del conde de Gages, virrey de Navarra entre 1749 y 1753, un ilustrado que se preocupó de mejorar las infraestructuras del territorio foral:
"Tras aquella ruta no puedo decir que encontrara una mala, porque ya no hallé camino. Subidas, bajadas rápidas llenas de baches. Por ninguna parte se veían indicios de que por allí hubieran pasado coches, y es que así es Castilla la Vieja".
Su conductor, Andrés Capello, que conoce el panorama que le espera al exquisito turista, busca las mejores, por decir algo, posadas del camino, tarea tan ardua como plantar geranios en el jardín de un igloo:
"El amo de la choza donde parábamos ni se movía; me mostraba con un gesto la habitación y una chimenea donde podía encender fuego si me parecía, pero ni me daba leña ni víveres: no era de su incumbencia. El hombre aquel fumaba con parsimonia su cigarito del Brasil en un papelito enrollado como un mango de pluma y lanzaba grandes bocanadas de humo con un aire de dignidad magistral [...] Se ufanan, en fin, de poder decir, al ver marchar a un extranjero al que han hospedado: 'No me he tomado trabajo alguno para servirle'. Esto viene de una profunda pereza mezclada con mucho orgullo"  
Pernoctar en aquellas leoneras castellanas tenía sus ventajas: era más barato que dormir en Alemania en un granero. Quien no se consuela es porque no quiere.

Venta andaluza entre los siglos XVIII y XIX.

En los alojamientos que encontraba, Casanova tuvo motivos de sobra para pasmarse con las costumbres de aquel país a medio camino entre la Europa de las Luces y las ruinas de su pasado musulmán, orgulloso de su propia miseria, que su paisanaje entendía como virtud; a la fuerza ahorcan. Una de aquellas particularidades hispanas que dejaron al caballero boquiabierto y ojiplático fueron los cerrojos de las puertas... perdón, el cerrojo: uno, y solo por fuera. Su cochero y cicerone se lo explica:
"Señor don Jacobo, hay que permitirlo en España, porque la siempre santa Inquisición ha de contar en todo momento con la facultad de enviar a ver qué hacen los extranjeros en su habitación". 
Casanova se indigna con cajas destempladas: "¿Y qué le importa a la Inquisición?". Capello le pide -"¡Por el amor de Dios!"- que no grite:
"Le importa todo. Si coméis carne en vigilia, si hay sexos distintos mezclados en la misma habitación. Y de ser así, si las parejas que duermen juntas son esposos legítimos, para detenerlos si los certificados no hablan a su favor. La Santa Inquisición, señor don Jacobo, vela a toda hora en nuestra nación por la salvación eterna de sus naturales"
No sabes si reírte o echarte a llorar, ¿verdad? Pues a los más jóvenes les vendrá bien saber que, no hace tantos años, en los hoteles exigían a los varones el Libro de Familia si pedían una habitación con una mujer a la verita suya. Y en las lunas de miel el certificado de matrimonio, claro. ¿Inquisición? No, Ministerio de la Gobernación, hoy de Interior. También es verdad que, bajo mano, un billete de curso legal -dólares o pesetas- abría muchas puertas.

¡Ay, la Inquisición!, diana favorita de aquellos guiris con puñetas. Pues déjame decirte que Casanova vagabundeaba por Europa gracias a ella. Y no a la española, sino a la veneciana, dirigida por la Compañía de Jesús, orden que había sido expulsada de España unos meses antes del viaje de Casanova, en la primavera de 1767. Doce años antes, en 1755, los inquisidores de la Serenísima lo acusaron de nigromante, por lo que el seductor dio con su alma en la cárcel de los Plomos, a la que se accedía por el Puente de los Suspiros.

Vista nocturna del Puente de los Suspiros.

¿Pensabas que lo llamaban así por los enamorados que, arrobados, miraban la luna que se reflejaba en el canal? Más bien por los lamentos de quienes perdían la libertad y hasta la identidad, pues unos cuantos eran borrados de las memorias una vez traspasaban la puerta de la prisión inquisitorial...

En Los Plomos había dos tipos de celdas: los pozos, en lo más profundo del edificio, y los piombi del ático, llamadas así porque estaban cubiertas con planchas de plomo; de una de estas se fugó Casanova en 1756, tras un año de condena y a once de llegar a España. Cierto que si alguno de aquellos viajeros puñeteros tenía autoridad para salirse de quicio al oír hablar de la Inquisición, ese era, sin duda, don Jacobo Casanueva.


Ilustración, tirando a fabulosa,
de la fuga de Los Plomos.
Ya sé que a Carlos III (1716-1788), el borbón güay, el mejor alcalde de Madrid, blablablabla... no le cuadra tener una Inquisición en su reino si atendemos a las apologías sobre su figura. A ver. Aquel monarca era lo que, mal y pronto, llamaríamos un sobarrosarios, un beatón de misa diaria; era tan consciente de la legitimidad divina de su poder como Luis XIV, y tan déspota como Federico el Grande, pero menos ilustrado que ambos; mientras que su hermano, Fernando VI, prefirió la peor de las diplomacias a la mejor de la guerras, Carlos fue un rey belicoso, por necesidades de su imperio, por los pactos familiares con los Borbones franceses y por mantener un pie en Italia, no en vano fue rey de Nápoles antes que de España; por ello "exprimió", en palabras de sus ministros, las colonias americanas hasta puntos nada compasivos; tenía muy claro que "Hacienda no somos todos", pues toda riqueza era patrimonio suyo. ¡Claro que a Carlos III, el de la Puerta de Alcalá, mírala, mírala, le convenía contar con una fuerza de orden público como la Inquisición!


Carlos III retratado por A.R. Mengs.
El hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio nunca se planteó suprimirla; cuando uno de sus consejeros le arrima la cuestión, su respuesta es esta: "A los españoles les gusta y a mí no me molesta". Y ahora, si quieres, vuelve a por otra. "¡Con dos pelotas y un palo!", que diría un Peñafiel de la época si se hubiera inventado el golf. Además, en la pugna entre un rey católico del XVIII, celoso de su ámbito de poder, y la injerencia del Papa de turno, los inquisidores españoles estaban más cerca de Madrid que de Roma.

Saltemos de las infames posadas castellanas a la fonda en la que Casanova se hospedó en Madrid, sita en la calle de la Cruz, cerca de la Puerta del Sol. Lo primero que hizo fue ordenar que le retirasen el brasero -por las migrañas que le producía- y encargó a un artesano que le construyera una estufa con salida a la calle. El latonero se quedó con la boca abierta al recibir tan peregrina encomienda, nada común en sus madriles; y al italiano le pasó lo propio al oír el precio, que, al cambio, fue de un ojo de la cara. Por caprichoso.

No vayas a creer que el mundano salió a buscar hembra por la capital como busca trapo un miura que sale de toriles. Ni mucho menos. Se lo tomó con calma mientras estudiaba la idiosincrasia galante de los castizos. Se entretuvo, entre otras amenidades, acudiendo a representaciones en el teatro de los Caños del Peral, donde hoy se alza el Teatro Real, en la Plaza de Isabel II.



Pero ni siquiera en tan lúdico escenario pudo esquivar la sombra alargada de los inquisidores. Si los cerrojos de las ventas lo dejaron patidifuso, ¿qué decir de la taimada construcción del coliseo madrileño?:
"Los palcos, que allí se llaman aposentos, en lugar de tener tablazones que resguarden del patio de butacas las piernas de los hombres y las faldas de las mujeres, están completamente al aire, pues solamente los sostienen unas columnillas".
Un beato sentado junto al vividor le explica el porqué de aquella medida de la Policía de Espectáculos española que prohibía los palcos cerrados: "Porque los enamorados, en la seguridad de que no puede vérseles desde la platea, pueden cometer impudicias". Vamos, que en Madrid no había el típico palco de los mancos de los teatros de Venecia y París. La respuesta de Casanova es de lo más prudente: "Me encogí de hombros y callé".

Y así, con ese buen conformar del veneciano, cerramos esta segunda entrada de GUIRIS CON PUÑETAS... ¿Cómo?, ¿que la semana pasada te prometí contarte por qué encerraron a Casanova en los calabozos del palacio del Buen Retiro? Bueno, cárcel por cárcel, es más sorprendente la de Los Plomos. Pero no te preocupes, la semana que viene no solo te hablaré de la detención de Giacomo Casanova en Madrid, sino también de doña Ignacia, ejemplo carnal de las pintorescas costumbres galantes de las españolas de aquel tiempo... Vas a flipar.
Continuará... 


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10 comentarios:

  1. A mí me pasa como a Fellini (don Federico), que Casanova (don Giacomo) no me cae nada bien, a diferencia de otros libertinos mmm, pero de ahí a que lo atrape la Inquisición (la doña no santa)... pues que tampoco es eso. Y bueno, Picos Freire (don José Juan), que me encanta que nos cuentes las andanzas de Casanova (don Giacomo). Ahora que nadie me oye, porque andan todos sesteando, lanzo mi grito de guerra: Vivan le femmine, Viva il buon vino! Sostegno e gloria d'umanità! Y, claro, ¡viva Don Giovanni! mmm.

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    1. ¡Viva, viva! A mí tampoco me cae muy bien, pero yo creo que es por envidia de macho beta. Vete a saber. Un beso y gracias por tu comentario. Por cierto, para la semana que viene tengo ilustraciones de Somov.

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    2. ¡Yupi!
      Aprovechando que siguen sesteando, te cuento un secreto: don Giacomo no era gran cosa en ciertos menesteres. Mucho ruido y pocas nueces. No me preguntes cómo lo sé, porque se descubrirá el pastel de mis vidas dieciochescas y mis disolutas costumbres (¡entonces, que ahora soy una santa!).

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    3. Lo sé, lo sé. Lo uno y lo otro: mucho lirili y poco lerele, hermanita.

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  2. Muy bueno. Últimamente leo muchas cosas que van aclarando en qué momento se jodió España, cosa tras la que ando hace ya muchos años. Cada vez se aclara más y como ya no tengo veinte años ahora sé que nunca se aclarará del todo. pero cada vez tengo por más cierto que entre la corona, el altar y la espada, lo más determinante ha sido el altar y, sobre todo lo relativo al sexo visto desde el altar.
    Y de sestear, nada. he ido de excursión por la costa cántabra y he comido un arroz que me ha hecho pensar: "¿pero es que voy a tener que ir a Valencia para comer un buen arroz fuera de casa". De esa que se deshace en la boca, que para un solomillo, puede estar bien, pero para un arroz es lo peor que le puede pasar. José Juan, ¿qué tal los arroces por Galicia?
    Bueno ya os dejo. Voy a compartirte Picos Freire (eso te pasa por macho beta)
    Un beso.

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    1. Pues mira, como en todos lados, unas veces buenos y otras malos. ¿A que me ha quedado de lo más gallego? Pues con marisco y caldosos, de lo mejor. Y sí, lo de la Iglesia no nos ha hecho nada de bien; además, con el complejo de culpa y los remordimientos, no dejamos de mirar atrás y eso sí es malo, muy malo.
      Muchas gracias, Rosa. Un beso.

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  3. Después de leer la entrada y los comentarios de las dos hembras matriarcas de la manada de este blog, me he quedado con la sensación de que me he perdido muchas cosas en la vida. Creo que nunca tuve etapa vital deciochesca (quizás por haber tenido una educación cercana a la de la "Santa") pero, además, tampoco he probado un arroz cántabro. Una lástima.
    Cada vez estoy más convencida de que viajar en el espacio resulta menos interesante que viajar en el tiempo. Cuando me preguntan cual me gustaría que fuera mi próximo destino siempre digo: la Historia. Así que, con tus posts me haces viajar y, ya sabes que para alguien como yo, eso es como insuflarle vida. Gracias, don Giovanni Picos-Freire

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    1. Me encanta tener un blog que es una agencia de cronoviajes. Y en cuanto a echar un vistazo por el XVIII, siempre hay tiempo. Si además tienes en cuenta que nos parecemos a ellos más de lo que creemos, tampoco te has perdido tanto. Gracias por tu comentario, Elisenda. Un beso, viajera.

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  4. Vaya, vaya.. Nuestra, nooo, la España de siempre..
    Tu desenvoltura para contarlo lo hace muy ameno...
    Un abrazo

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    1. Tienes razón, "la de siempre". Y muchas gracias, Suni. Otro para ti.

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