sábado, 24 de octubre de 2015


GUIRIS CON PUÑETAS

Giacomo Casanova (y 3)



No, pero sí; sí, pero no...


Una de las lecciones de Ciencias Naturales que se me quedó grabada en el colegio fue aquella de que las rocas montañosas se quebraban y pulverizaban por el contraste entre el frío nocturno y el calor diurno. Y la he vuelto a recordar con las peripecias amorosas de Giacomo Casanova en Madrid. Ya te conté que el veneciano estimaba a las mujeres españolas por considerarlas apasionadas y más inteligentes que los varones de la tierra:
"El amante que esté dispuesto a desafiar el peligro será siempre el preferido. En los paseos, en la iglesia, en los espectáculos, hablan con la mirada a quien quieren y dominan a la perfección tan seductor lenguaje. El hombre al que va dirigido, si sabe aprovechar el momento y valerse de él, tiene la certeza de alcanzar la dicha y no ha de esperar resistencia alguna. Si desdeña la oportunidad, o si no la aprovecha, no se la vuelvan a ofrecer".
Cuando llega el Carnaval de 1768, Casanova lleva unos meses en Madrid. La pudicia arquitectónica e inquisitorial del Teatro de los Caños del Peral esconde entonces su fea estampa bajo un dominó, y se tapa los ojos escandalizada por las piruetas eróticas de los bailarines de fandangos. Tan arrebatada le parece al italiano esa danza española que contrata a un bailarín para que se la enseñe. Y con notable éxito, según el testimonio del propio alumno.

Rumba flamenca según la plumilla de Gustavo Doré.

Casanova asiste sin acompañante a los bailes de máscaras de los Caños hasta que un Grande de España, el Duque de Medinaceli, le avisa: "No creo que me equivoque si digo que ahora hay en la Villa cuatro mil muchachas que lloran o suspiran en sus casas porque no tienen un galán que las traiga". Con el aviso ganaba el extranjero, al que le cobraban cuatro doblones de entrada por ir de solateras, el cuádruple que a las parejas; e iría en góndola, como quien dice, la madrileña elegida, pues no se permitía la entrada a las mujeres que no llevaran cortejo.

Mujeres castellanas "sentadas" en misa.

El duque le explica cómo hacerlo y Casanova sigue fielmente sus instrucciones:

  • Va a misa. En la Iglesia de la Soledad se fija en "una muchacha alta y hermosa". El italiano se extraña de la incómoda postura de las feligresas españolas, un poco moruna para su gusto: se sientan sobre las piernas en el suelo sacro. Y con sorprendente agilidad se arrodillan, se alzan y vuelta a empezar.
  • Espera a que la joven se vaya en paz -demos gracias Dios- y la sigue hasta que entra en su casa. Pasea media hora por su calle, la del Desengaño, y llama a la puerta.
  • Según le recomendó Medinaceli, el seductor se presenta y le ofrece sus señas al padre de la moza y le pregunta si tiene alguna hija a la que pueda llevar al baile, como si no la hubiera visto nunca.
  • Tras un regateo galante, el padre de la pretendida le promete responder a su pretensión en breve plazo. Su hija, cuya gracia es Ignacia, se come las uñas hasta el codo, a punto de pedir las sales por el sofocón. El sofocón de que su padre diga que no, claro. 
  • Ese mismo día, a la hora de comer, el guardián de aquel tesoro de virtud femenil que se pirra por asistir a una mascarada con un desconocido que no habla español visita a Casanova en la Posada de la Cruz. Condiciones: costear dos disfraces, el de la niña y el de la madre, que irá de carabina; hará falta un coche de cuatro plazas para que vayan cómodos y para que la señora se quede en él mientras ellos bailan. El ágape en el teatro, a tutiplén, se da por descontado.
El pasmo de Casanova ante el estrambótico galanteo hispano se queda en nada cuando se entera del oficio de aquel tratante de virtudes: es zapatero. Pero, ¡mucho ojo!, "remendón". El veneciano no concibe por qué en Madrid un zapatero que remienda botas es más respetable que uno que las fabrica.
"Soy hidalgo, caballero: para tomar medidas a alguien tendría que tocarle el pie y eso me degradaría. Al ser remendón, no he de rebajarme"

"Remendón", Antonio Rotta.

No hay que comentar los chistes buenos, y los muy buenos, menos. Y sí, somos de chiste: cuando alguien alardea a mi lado de que tiene "clase", veo al remendón de Casanova. 

El caso es que el pretendiente de doña Ignacia, al que se le supone mucho mundo, se gasta un dineral en disfraces, viandas, propinas y carruajes sin pasar de lo que un lord llamaría petting y un chispero magreo: "Sois dueño de seducirme, pero, si me amáis, debéis evitarme tal vergüenza", le suelta la muy frívola un día que todos sus parientes los han dejado solos en la casa paterna. "La ataqué entonces con suavidad, pero ella se defendió con fuerza y con una seriedad que me cohibía", se lamenta el crápula ilustrado. No, pero sí; sí, pero no...

Esta ilustración y la que abre esta entrada son
de Konstantin Somov: Book of the Marchese.
Mientras la madre de la fingidora va a alquilar un disfraz con un doblón que le da Casanova, este aprovecha y vuelve a la carga: "La besé y, con mano temeraria, logré mucho: las suyas me dejaron el campo abierto", pero hasta un límite, caballero. Sí, pero no; no, pero sí...

A todo esto, un enjambre de moscones acude al dorado panal del dadivoso pagafantas. El italiano se agencia un paje "que no hace servicios ni recados y que era feo total", pero que cobra por tocarse las narices. También aparece un celestino, Marazzani, que mamporrea de acá para allá. Y, como no, el galán, es decir, el novio de doña Ignacia, Francisco de Ramos, quien, de parte de ella, le pide a Casanova cien doblones para la boda, pues le consta que siente por su prometida "un afecto paternal; entre los dos sabremos cómo hacerla dichosa".


"Baile de máscaras en el Teatro del Príncipe", Luis Paret y Alcázar, 1767.

Tras el último baile de carnestolendas, en vísperas del Miércoles de Ceniza, doña Ignacia consiente en acompañar al mujeriego a su posada: "La naturaleza ardiente de las castellanas, junto con el amor propio, la convencía de que debía pensar únicamente en retenerme". Y el amor a la pródiga bolsa del guiri panoli, no te digo. Pero, una vez más, su gozo en un pozo, porque en el café de la Cruz se encuentran con don Paquillo, el novio de la interfecta, quien le fastidia la noche a don Giacomo haciendo de sujetavelas un buen rato, hasta que se da cuenta de que peligra la dote. Eso sí, la coqueta castiza interpreta un alarde de indignación hiperbólica y, cuando el otro se va, le permite tocamientos a Casanova, pero lo frena a tiempo con un "¡Alto ahí, señor! ¿A dónde va su merced?, que si me encuentra lo que anda buscando, me lo pierde y me pierde" [esto no lo cuenta el veneciano, lo interpreto yo de una larga parrafada].

En fin, que don Jacobo del Sumo Calentón, pues tal fue su apellido en Madrid, debió decirse para su magín lo que dicen en Caracas, que es román paladino: "Mire usté, si no va a planchar, no arrugue". Con las mismas, devolvió a casa de sus señores padres a doña Ahí no me toque, que me da la risa y se volvió a su aposento con la hinchazón propia del caso, esa con la que los pardillos salíamos de la disco a los quince años después de bailar lento. ¡Este no es mi Casanova, que me lo han cambiao! Pero lo peor aún estaba por caer...


Palacio del Buen Retiro de Madrid a principios del siglo XVIII.

Como si fuera penitencia de Cuaresma, a la mañana siguiente del recalentón un oficial llega a la posada para detener al extranjero. ¿Los cargos? Posesión de armas, tanto blancas como de fuego. Mentira no era, el veneciano podía viajar sin caballos, sin dinero y sin ganas, pero nunca sin su espada, sus pistolas y una carabina, arsenal que guardaba tras la estufa que le fabricó el latonero. Con toda cortesía por ambas partes, pero con la prohibición de mandar una nota al embajador veneciano, Casanova es conducido al Buen Retiro, que ya no era residencia de los reyes, sino de reos con boleta para presidios africanos o galeras.

Allí se pasa dos o tres días entre "un hedor que asfixiaba" y "cubierto de esa plaga de piojos que parece endémica en España". Eran treinta presos, casi todos soldados, para doce camas. El italiano, muy pardillo para mi gusto a estas alturas, no tiene otra ocurrencia que pedirle papel, pluma y tinta a un guardia; y, para más inri, le suelta un duro de propina: "Lo tomó riéndose, se fue y no le volví a ver. Aquellos a quienes se me ocurría preguntar se reían de mí en mis narices".

Soldados españoles del siglo XVIII.
Para entonces ya sabe que lo ha delatado el paje que contrató, a quien también tienen preso. ¡Vaya malhechores de baratillo! Casanova amenaza, pierde los estribos, ofende al inquisidor que lo interroga y, tras muchos ¡Me cago en tó! en italiano, consigue pluma y papel y manda cuatro cartas, una de ellas al embajador de la Serenísima y otra al poderoso Conde de Aranda, quien hace y deshace a su gusto como si fuera un valido de los Austrias. Escribirlas fue otro suplicio, pues los demás presos le apagaban la vela y exigían que les tradujera lo que decían. Uno de ellos le pidió otro duro a cambio de protegerlo. Para colmo, doña Ignacia, hecha un beatona, se presenta con su padre y con un repertorio de mohines y cucamonas de sainete.

Por fin, la presencia del Conde de Aranda y del asistente -y amante- del embajador de Venecia, el conde Manuzzi, avalan al distinguido preso, que es liberado. Antes le devuelven la propina robada por el soldado, a quien propinan un soberana tunda reglamentaria delante de Casanova. Con eso da por satisfecho.

No terminan aquí las desventuras del patrón de los seductores en España, pero tres entregas me parecen suficientes de momento. Sin duda volveremos a encontrarnos con él, pero la nómina de GUIRIS CON PUÑETAS es larga y todos merecen su espacio en este blog. Te dejo, no obstante, con una sentencia de Casanova sobre Carlos III:
"Testarudo como una mula, débil como una mujer, sensual como un holandés, muy devoto y decidido a morir antes que macular su alma con el menor pecado mortal". 
¿A tal rey tales súbditos? Esa parece ser la opinión del viajero tras conocer nuestro país: "He de acordarme de lo que pasé cuando en el resto de Europa me encuentre con personas libres que sientan la tentación de viajar por aquí".


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14 comentarios:

  1. ¡Hombre! Hay una cosa en la que, por fin, debo darle la razón a Casanova. Adivinad cuál ;)
    Deliciosas las imágenes de Konstantin Somov, con su toque falsamente ingenuo. Y esta frase es impagable: "entre los dos sabremos cómo hacerla dichosa".
    Me ha encantado, José Juan. Estamos disfrutando con tus guiris con puñetas. Y como, además, seguimos utilizando a escondidas tu cafetera, el placer se incrementa. ¿No has notado cierta merma en tus provisiones de café?

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    1. No he notado merma porque, sin que os diérais cuenta, había almacenado más. Estaba todo previsto. Yo también estoy disfrutando con estos viajeros que a veces parecen articulistas de hoy mismo. ¡Muacs!

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  2. Espléndido texto. Enhorabuena, amigo. Leer las aventuras de Casanova en España es casi como leer el periódico del día: corruptos, cornudos, comisionistas, traficantes de influencias, creidos, pagafantas, beatos, alucinados.... Vamos, como La Vanguardia, el ABC, el País, el Mundo y Sálvame de hoy.
    Gracias, mil gracias por dedicarnos tu tiempo. Mil besos. Tienes el café puesto y se te está enfriando.

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    1. Muchas gracias, Elisenda. Y sí, trescientos años no son nada, parece mentira. Y no, imposible que se enfríe el café con el calor de vuestro cariño. Dos mil besos.

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  3. No..buenísimo... yo me sentí leyendo las crónicas picarescas de la Santafé de Bogotá, del siglo XVIII... España nos dejó mucho... pero mucho mucho.. ya se de donde viene esa ironía, esa gozadera malsana, ese chismorreo estatal, la pesadilla de salón, la malparides nacional!!!...jajajaj.. buenísimo... gracias ancestros!! gracias!!..no se que sería de la vida de nosotros sin esa sal, ese sabor español...que viva España y ole!!!

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    1. Muchas gracias, Magdalena. Tengo que felicitarte yo a ti, porque viví tres meses en Bogotá y disfrute del castellano tan rico y tan fresco que habláis por allá. Un saludo.

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  4. Pobre Casanova. En menudo berenjenal se metió. ¿Es que nadie le había hablado de la proverbial picaresca española? ¿de la Inquisición a la que daba bola hasta el ilustrado Carlos III?
    Muy bueno Josevi. Aquí quedamos esperando más puñetas y más guiris.

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    1. ¿Por qué me llamas Josevi?, Mari Puri... Muchas gracias, habrá más. ¡Muac!

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  5. ¡Oh, pobre Casanova! Jeje ...
    Muy amena situación. :)
    Buen cafe aromático, te acompañe Jose Juan. :-)

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    1. A mi no me da tanta pena, Encarni. Muchas gracias e igualmente.

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  6. Lo siento Jose Juan; plasmar mi ironía resulta difícil; imposible que me de pena, un ser tan 'pedante' y soberbio,omito otros calificativos.
    Me interesa la historia y me gusta como la cuentas.
    Muchas gracias. Saludos, de una seguidora novata.

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    1. No, al contrario, la ironía era mía y no me he explicado bien. A ti te he entendido perfectamente. Es lo que pasa con estas conversaciones por escrito, que nos falta el tono y la comunicación no verbal, que son fundamentales, ¿verdad? Muchas gracias por tu comentario, insisto, y por tu interés. Un saludo, Encarni.

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  7. Disfrutando, como siempre, de estos relatos tan interesantes, tan llenos de ti y a la vez con unas historias ficticias o no, pero un placer leerlas..
    Un abrazo

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    1. Es verdad que a veces no se distingue Historia y ficción, por eso me gusta este juego. De todos modos, y con semejantes lectores, no me puedo deslizar ni un poquito. Gracias, Suni. Un abrazo.

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