jueves, 24 de diciembre de 2015

Un cuento de Navidad, más o menos, de El viento de mis velas 

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Hoy no te traigo una entrada; prefiero contarte un cuento. Lo escribí para mi primera novela publicada, El viento de mis velas, y ahora lo adapto para este blog. Hay en él brasas de hogar, humo de pipa, fraternidad ante la fría noche de ahí fuera y espectros, como en todo cuento de Navidad que se precie. Hoy, día de Nochebuena, te ofrezco la primera parte y te deseo una noche colmada de serenidad, que bien te la mereces.


Palabra de irlandés

La Coruña,  año de Nuestro Señor de 176...
Cuando diluviaba, don Gaspar se quedaba a dormir en la librería. Esas noches las recuerdo como si fueran vísperas de patrón. Yo le buscaba la pipa sin que nadie me mandara y él sacaba una botella esmerilada llena de aguardiente mezclado con guindas. Después de atizar el brasero nos acomodábamos, el librero en un butacón orejero y yo en un recuncho que me hacía con pellejos de borrego. Desde allí me aseguraba de que el ajo macho del ama y los palitos de serbal siguieran de guardia en el primer escalón.
Don Gaspar, con la pipa entre los dientes y humeando como una casa caliente en Nochebuena, acercaba con cuidado una palmatoria y hojeaba algunos libros que tenía a mano, apilados a diestra y siniestra. Después escogía uno. De su boca conocí a Robinsón Crusoe y a Tristán Shandy y viajé con el doctor Lemuel Gulliver al país de los houyhnhnm, los caballos virtuosos que se gobernaban a sí mismos y que despreciaban a los yahoo, hombres indecentes y viciosos; y también aprendí algunas moralejas gracias a mesié La Fontaine y al maestro Samaniego. Años después disfruté de sus cuentos libertinos, de los de ambos. Puede que, por haber comparado fábulas y picardías de los mismos autores, se me figure la Razón ronzal; con ella se quiere atar al sátiro pánico que sus mercedes y yo guardamos dentro, sin que se pueda evitar que por algún lado se eche otra vez al monte.
Una noche de otoño llovía tanto que si un cardumen de delfines hubiese aparecido frente a la ventana no me habría espantado yo. Ya saben sus mercedes lo que se dice: Para San Eugenio, las castañas al fuego, la leña en el hogar y las ovejas a encerrar. Pues por esas alturas del año andaríamos.
Un fusilero del Regimiento de Irlanda, un escoto de pelambrera blonda con crines de jabalí rubio en las mejillas, se acomodó con nosotros. En un suspiro suyo había más licor que en la Armada entera de Su Graciosa Majestad. Juraba que su madre trasegó tanta cerveza negra para recuperarse del parto, que él nunca llegó a conocer el sabor de la leche.
Don Gaspar tenía siempre un hueco en su tienda y un aparte en sus horas para atender a cualquiera que hubiera visto su primera luz en la Verde Erín. Sentíase a gusto con esa categoría de paisanos, pues guardaba la convicción de que Galicia era la Irlanda de los Borbones tanto como Irlanda era la Galicia de los Hannover. Y es verdad, que, con los años, hemos llegado a parecernos los gallegos de allá y los irlandeses de acá, hasta el punto, creo yo, de convertirnos ambas razas fatalistas en una misma especie de impenitentes comedores de patatas, bendito fruto que de tanta mala hambre nos ha librado.
En cuanto les desvele la historia de aquel soldado blondo se darán cuenta, como me di cuenta yo, de que fue sin duda un pecador cum laude. ¿Pero quién no ha pecado alguna vez, y hasta dos, en toda su vida? Si beber, fumar o desear a la mujer de otro es pecado, entonces seremos casi todos magníficos pecadores. Y yo el alférez de todos. Eso sí, al irlandés nadie pudo echarle en cara ser un panza al trote, porque, a donde fuere, cargaba con su propia castaña de whiskey –con e, así lo decía él– y su petaquilla de picadura, sin que se le viera jamás beber o fumar de gorra.
He de confesarles, por cierto, que años más tarde llegó a complacerme esa destilación norteña que él bebía, pero yo a ella no. Con el primer vaso, el güisqui se portaba conmigo como una madre, porque me regañaba; en la segunda ronda era una amante rendida que me calentaba y embriagaba; pero, a la de tres, se volvía un carcelero crudelísimo que dejaba abiertas las mazmorras más oscuras de mi alma, aquellas en las que viven las bestias a las que no queremos mirar. Con el tercer vaso de güisqui yo pasaba, sin ocaso, del día a la más oscura noche.
La pipa del fusilero Sean Green –Xan para nosotros–no era de arcilla, como la de mi maestro, sino de espuma de mar. Tenía pinta de ser muy vieja, porque el tiempo, el humo y el calor la habían bronceado, echando una pátina sobre el blanco de su estreno. La boquilla recordaba a una página del Corán, llena de muescas ilegibles escritas no con un cálamo, sino con los dientes. Pero lo que más me gustaba de ella era la cazoleta, a la que se abrazaban y enroscaban nereidas desnudas talladas con una mixtura de primor y deseo.
Mano a mano, pipa a pipa, el librero y el soldado se envolvieron aquella noche de temporal en una niebla mágica y aromática, mitad abrigo y mitad sésamo etéreo, cambiante con cada chupada. Yo sentía colmada aquella bruma con todos los personajes escalofriantes que poblaban los libros de mi maestro, prestos a sobresaltarme apareciendo por ensalmo ante mí.
Xan apuraba cada vaso de whiskey y don Gaspar, moroso, sorbía licor de guindas de una copita que había sobrevivido a sus mellizas. Yo picaba de una ración de guindas rezumantes de aguardiente, saboreándolas una por una; les sacaba todo el jugo y las masticaba hasta la semilla. Cuando quise darme cuenta, estaba ya medio peneque.
Los dos hombres dormitaban, aunque no dejaban de dar pacíficas chupadas. El único ruido era el de los güitos que yo hacía crujir y la única luz la del ojo encarnado del brasero, afincado en el suelo entre los tres. El resto de la estancia era oscuridad, humo y aromas. De súbito, estalló un trueno como el que avisó a Noé de que tenía que embarcar. De vaina no se me sale el corazón por la boca.
Ahí rompió a susurrar el fusilero, poniéndome firmes todos los pelos del cuerpo y de la misma lengua si los hubiere tenido allí. Les juro que prefiero una noche de truenos y centellas en el corazón de un cementerio que el hilo de voz espectral de aquel invitado. Parecía poseído, pero no por el espíritu del whiskey, sino por todos los espectros que el ama Gumersinda veía en la escalera tapiada. Así empezó a contar su historia. Debía de ser cierta, porque lo juró por la salud de sus bastardos.
–Si digo que fui un tahúr contumaz, me quedo corto. Le doy mi palabra, mi buen don Gaspar, y a ti también, malandrín –y el irlandés me señaló sin abrir los ojos–, de que los naipes, recién salidos de fábrica, soñaban con la caricia de mis yemas pecadoras. Si han oído que un servidor de ustedes le alzó la falda y le bajó las enaguas a la mismísima reina de corazones, no lo tomen por jactancia. Y, menos aún, si les cuentan que a ella le gustó.
Según tuvo a bien ilustrarnos, Xan se manejaba con pareja destreza en todos los juegos de manos, lo mismo naipe francés que baraja española o dados napolitanos.
–Hijo de Villán y ahijado de Juan Tarafe, pues –acotó el librero, acordándose de los patrones infernales de todo tahúr que se precie de serlo.
–De haber tenido un gemelo, habría organizado timbas en el vientre de mi señora madre –se ufanaba el muy vicioso, aunque luego se persignase.
Antes de cumplir los diecisiete ya había multiplicado la exigua renta que su padre –misionero anglicano en furibundos páramos católicos– le dejó al irse al otro barrio. El joven Xan ganó mucho real, es cierto, pero también una recua de enemigos que principiaron su acoso tachándolo de jardinero, o lo que es lo mismo, de experto en flores, que es el nombre que se da a las trampas floridas. Como de tonto no tenía ni las intenciones, tomó en consideración prevenir los acasos que su finura con los naipes le pudieran traer. Y cambió de aires: los salutíferos de la campiña irlandesa por los pestíferos de Londres.
Una vez en la capital de la perfidia, se convirtió en el príncipe de los tahúres de Covent Garden, acompañado –era guapo y afortunado– por un cortejo de rameras que no lo tuvo igual Nabucodonosor. También le sobraban los entretenidos que vivían del barato; por una propina le evitaban dejar las partidas sirviéndole tacillas de café y trayéndole emparedados de pernil, empanadas de riñones y, cuando le urgía, la bacinilla. De milagro no le sacudían el basto cuando terminaba de orinar.
Un garitero cockney, advertido en un plis de la habilidad del mozo, le dio puesto y crédito con la condición de que se metiera sólo en lances de sangría lenta, convenientes para tener a los jugadores atados a la mesa y a su voluntad.
–No había partida de piquet, que ustedes llaman "de cientos", que yo no gobernase con guante de seda y manos de hierro, que casi todas las ganaba. Y digo "casi" porque perdía con astucia para tentar a primos y desesperados y para no asustar al resto, ardid al que le dicen acá "lamer al palomo".
Nada obstaba para que jugase con la misma soltura e idéntico resultado a los lances de estocada rápida, que para que se hagan una idea son la equivalencia de la pinta en la del punto o el reparólo.
–De unas y otras artes, dada mi maña, me convertí en pedagogo para lindos noblecitos, que me pagaban en contante o con infinidad de regalos, incluyendo las gamuzas velludas o los gazapos lampiños de hermosas primas suyas, de esas que viven y reciben en meras enaguas.
En fin, que Xan Green era un consumado lector de lo que en toda biblioteca de mandrachos se conoce como libros impresos con licencia de Su Católica Majestad. Porque así es como titulan los tahúres a las barajas y naipes, que, igual que los tabacos, se elaboran en reales fábricas y cuyas rentas pertenecen también al rey. Tienen tantas cosas los príncipes soberanos en la cabeza y un imperio tan vasto que gobernar que a veces se les olvida que viven también de los vicios de sus amados hijos. Y entonces firman algún bando prohibiendo tales o cuales juegos o cerrando alguna que otra biblioteca de cartoncillos que no tardan en dejar abrir con otro lema. Quedan entonces de mil amores con la Iglesia, guiñan el ojo a la germanía y aquí paz y después gloria.
–En cada naipe que sujetaba o en los dados que tiraba no veía figura o punto, sino cornucopias ubérrimas que volcaban sus cosechas en los bolsos de mi casaca, llevando a la ruina y al Támesis a los desahuciados.
Por aquellos cuernos de la abundancia caían guineas y florines, garañones y fincas, carruajes y lacayos, esposas e hijas, cuerpos y almas. Salvo la parte que su mecenas tomaba con rigurosa puntualidad y sin perdonar un penique, el resto pasaba por sus manos como la arena de un reloj. Propiedades y dinero volvían a la mesa, eslabones de una cadena de la que no se adivinaba el último. Y las mujeres cuya honestidad arrojaban padres y esposos a los tapetes, como a esclavas en los mercados de Argel, cedían –y algunas muy a gusto– a las caricias del invencible tahúr, saliendo de su alcoba tan ajadas como los naipes de Barrabás.
–Como ya daba mi alma por desahuciada, aliñaba cada mano con versiones impías de los salmos o con algún fragmento de los sermones de mi señor padre, que Dios tenga en Su gloria, y que yo retorcía aviesamente.
Al recordar aquello, el veterano fusilero abrió los ojos, dejó de chupar y se santiguó; yo miré de reojo la escalera, invisible en la negrura de la librería. Un escalón crujió y me cubrí con el pellejo. Xan retomó su historia. Una madrugada, cerca ya del alba, en la que los triunfos huían de él por primera vez desde que puso el pie en Londres, se le dio por burlarse del Cielo en una medida que el mismísimo Judas habría tenido por impía.
–Aquella noche aciaga escupí sobre el Padrenuestro. Quizá tuvieran que ver en ello los tres seises que junté en una mano.
El tahúr se alzó de su cátedra para rogarle al oscuro Villán que reuniera en sus dedos una jugada maestra y definitiva. Mirando con ojos febriles las sombras de la leonera en la que jugaba –más que con las cartas, con su alma– y señalando el suelo con los índices y los meñiques extendidos, recitó su plegaria negra.
–Padre Villán, que bebéis azufre, santificados sean vuestros lances; tráigame vuestra garra una buena mano y hágase un hueco en las chirlatas del Infierno para el pan vuestro de cada día: las almas de los suicidas que habré de enviaros. Dejadme, pues, caer en la tentación y, mi Señor, no me libréis del mal. Atended mi ruego por los siglos de los siglos. Amén, Luzbel...
Nadie se rió tras oír la nefanda oración. Solo un jugador, en el que ninguno había reparado hasta entonces, sonrió con la tristeza infinita de quien no puede morir. O eso le pareció al blasfemo tahúr, al que la sangre le huyó del rostro. ¿Cómo es que no se acordaba de aquel levantino de piel parda y ojos de ágata que fumaba un cigarro negro sentado a su misma mesa? ¿En qué momento de la noche había reunido tantas monedas, relojes de cadena, dijes, camafeos con retratos de doncellas, títulos y pagarés que era imposible verle las manos tras aquella muralla de oro?
El extraño, sin dejar de sonreír, empujó al centro del paño toda su fortuna, tan rutilante en aquel tugurio como el brasero en la oscuridad de la librería. Ante él quedaban sus cartas, boca abajo. Con una uña larga y afilada como garra de lechuza empezó a rascar, uno a uno, el envés de cada naipe, arrancándoles lamentos que parecían venir de los pasillos más oscuros del Infierno, como si en vez de arañar papel, raspase las almas de los condenados.
El joven Sean Green enflaquecía con cada aliento, sofocado como si Londres ardiera de nuevo por sus cuatro costados, de Pudding Lane a Smithfield. El guapo tahúr, que también tenía sus cartas del revés, les dio entonces la vuelta. Y creyó morir, arrastrado a las calderas eternas por la legión de afligidos a los que envió a beberse el Támesis o a morder el cañón de una pistola.
–Los naipes cambiaban de forma ante mí como elfos burlones, sin que yo me atreviese a ponerles una mano encima. Sentía los ojos resecos, y no por las muchas horas jugando o por el humo del tabaco, sino porque estaban a punto de salírseme de la órbitas. Cuando las figuras de los cartoncillos dejaron de rodar, llenándome de culpa y pavor, había en ellas más reyes que en los nichos de Westminster.
»Salté como si la baraja fuese nido de viruelas, derribando silla y azafate, botando por tierra tazas y cafetera. Miré al levantino y él, sin dar la vuelta a sus naipes, los arrojó al centro de la pirámide de riquezas. «A veces, hay que perder una mano para ganar un alma», sentenció. Me lancé a buscar sus cartones para saber qué jugada le había hecho retirarse, pero no pude alcanzarlos, despeñados entre las riquezas que sobre el tapete se acumulaban. El vértigo del que mira el abismo me sobrecogió. Y el abismo abrió la boca.
Yo miré, aprensivo, la mancha de la escalera. Xan cerró los ojos y se encogió, partido en dos por la punzada que le sobrevino en el lugar donde ustedes y yo tenemos el corazón.
Continuará en Nochevieja...


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4 comentarios:

  1. Una inquietante historia. Espero expectante su continuación en noche vieja.
    Que pases una buenas fiestas. Un abrazo

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  2. ¡Felices espectros, amigos! Y que no os asusten las navidades. Hala, ya me he vuelto a liar. ¡Menos mal que me entendéis!

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    1. De sobra, Carmen, de sobra te entendemos. Lo mismo te deseo si lo mismo quieres...

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