sábado, 19 de marzo de 2016

GUIRIS CON PUÑETAS

Donde esté la española... (1)


"Las tomaréis por santas,
pero son hechiceras del amor"



¿Y qué opinaban los guiris con puñetas de las mujeres españolas?... "¡Ajá!, ahí te quería yo ver", me diréis, queridas lectoras, con mucha razón y una pizca de malicia, de esa misma que los extranjeros achacaban a vuestras trastatarabuelas. Pues lo que digan será cosa de ellos, opiniones personales e intransferibles, como el D.N.I. ¿Quiere decir esto que os ponen de chupa de dómine? Hay de todo, como en las antiguas boticas y en los modernos chinos.

¿Y por dónde empiezo? ¡Pues por dónde va a ser! Por el rey de los seductores, Giacomo Casanova de Seingalt, que pasó un año en España entre noviembre de 1767 y diciembre de 1768.

Casanova encontró en Madrid
la horma de su zapato italiano.
Casanova inauguró esta serie titulada GUIRIS CON PUÑETAS. En sus memorias recuerda que los varones españoles están llenos de prejuicios, pero que ellas, "aunque ignorantes, son por lo general discretas", amén de inteligentes y apasionadas. Ten en cuenta que "discreción" no significa solo prudencia o sensatez, sino también ingenio, agudeza y don de la oportunidad, cualidades muy bien vistas en los salones mundanos, en los bailes o a la salida de misa en aquella España del siglo XVIII, beata y lúbrica a un tiempo.

Tres años antes de la estancia española del campeón de los engatusadores, otro guiri, el dramaturgo francés Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro, tuvo que cruzar los Pirineos. Y digo "tuvo" con todo rigor: Beaumarchais vino a apretarle las clavijas a José Clavijo, periodista y escritor, un auténtico punto filipino. Era la respuesta urgente a la demanda de auxilio de una de sus hermanas, residente en Madrid: "Lisette ha sido ultrajada por un hombre reputado como peligroso. Dos veces...", le escribió ella. Resulta que una de las cinco hermanas del francés, Marié-Louise, fue seducida y abandonada por el español, canario por más señas y pichabrava de vocación, tras habérsela camelado con una promesa de matrimonio. "Pero una vez he metido, de lo prometido me olvido", parece que resolvió el isleño ilustrado.

Ahí tienes a Beaumarchais,
mirando hacia otro lado...

(Jean-Marc Nattier, 1755)
Al final, todo se arregló con una confesión pública de Clavijo que le hizo caer en desgracia en la corte de Carlos III por tres años. En esa temporada madrileña del año 1764, a Beaumarchais le dio tiempo a concluir lo que sigue sobre las españolas, recogido en una carta al duque de La Vallière, su mecenas: 
"No hay ninguna mujer de sociedad en el mundo que goce de tan gran desahogo como las de esta capital, y no se oye que descuiden las ventajas de esa suave libertad". Y añade que, en general, el pueblo español conjuga "una devoción supersticiosa con una corrupción de costumbres bastante grande". Consejos doy y para mí no tengo. De vuelta en Francia, Beaumarchais rompió su compromiso con Pauline Le Breton, indiana azucarera. Cuando el granuja se enteró de que la novia no era tan rica como había calculado se hizo el sueco. Cosa que no tenía que fingir el conde Gustavo Felipe Creutz, embajador en Madrid del rey Adolfo Federico de Suecia entre 1763 y 1766.

Gustavo Felipe Creutz en un retrato
de Johan Gustaf Sandberg (1832).
Creutz distingue con nitidez a la madrileña de la provinciana. Estas son, para el sueco, "bellas y modestas [...] Pero, en la capital, la pérdida de las costumbres se ha declarado. La corrupción es allí horrible y la relajación marcha con la cabeza levantada. La generación actual se parece a una raza de enanos lisiados". 
Al diplomático y poeta boreal le repugna, sobre todo, la moda capitalina de los acompañantes estrechos, y no de miras, sino de distancias:
"Cada mujer, de cualquier condición que sea, se acompaña tan públicamente de un amante llamado cortejo, que es al mismo tiempo su esclavo y su señor".
Las madrileñas, y otras damas de ciudad señera, se dejaban querer a dos bandas: por su marido o su novio y por un querido, con la anuencia, e incluso la complicidad, de ambos. A Casanova lo trajo de cabeza una madrileña cuyo prometido le sacaba los cuartos al italiano por las molestias y para la dote. 
¿Quién más rendido?, grabado #27 de
la serie Los Caprichos, de Francisco
de Goya (1799).
Hablamos de un siglo consumista y ostentoso, en el que la vida empieza a convertirse en la pasarela, o en la pantalla, que hoy es. El mayor pecado social era pasar por antigualla y no echarse encima los atavíos más avant-garde aderezados con las palabrejas más infames con tal de que sonaran a parisién


Yago Valtrueno, protagonista de mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café) pinta así a los cortejos:
"En la Cádiz cosmopolita e ilustrada de entonces, nada había de peor tono que aparecer como un marido celoso, que era lo mismo que decir antiguo, incivil y miserable. Y si, al fin y al cabo, aquellos gentilhombres pagaban con generosidad a los peluqueros de sus esposas para que les armasen tocados babélicos, ¿por qué no habrían de lucir ellos una espléndida cornamenta como testigo de su adhesión a los tiempos nuevos?
Así que, por no escandalizar y exponerse a la pública vergüenza, los maridos gaditanos –y los madrileños, sevillanos, condales y vallisoletanos– consentían con la moda de los entretenedores. También es verdad que el cortejo había de ir a escote con los gastos, así que los burgueses daban la bienvenida a nuevos socios en su empresa conyugal". 
No es la primera vez que aquí lo recomiendo, pero insisto: hay un libro delicioso de Carmen Martín Gaite sobre la moda de los cortejos, Usos amorosos del XVIII en España. Mucha Inquisición y mucha garambaina, pero nos sonrojarían. Otro viajero, el artillero y espía William Dalrymple, destinado en Gibraltar, ajusta aún más el término y el uso:
"[El cortejo] es el agradable empleo de los cadetes de las guardias de palacio que, en general, no son muy acomodados [...] entre las gentes de calidad es un motivo de gasto en el que no ahorran nada". 
Y que, según Dalrymple, lleva a las familias a la ruina y al mal francés, una penitencia muy corriente en España:
"He sido presentado en casa de un título [nobiliario] que estaba casi por entero podrido de ese mal [sífilis...] y su mujer, que era muy guapa y muy amable, se moría de la misma enfermedad". 

"A Dios rogando, y con el mazo dando",
resumen moral de la España del XVIII.

De su paso por Córdoba saca esta conclusión de la hipocresía moral de las españolas:
"En la iglesia, en las calles y en todos los sitios públicos, las tomaréis por santas; pero aún no se ha puesto el sol cuando cada pájaro encuentra su hembra. No hay señora que se atreva a salir sin su dueña, pero esa guardia ordinariamente es una vieja que favorece las intrigas amorosas".
Según Dalrymple, que viajó por España en 1774, los artificios de las españolas vienen de que su única formación es la paterna y que, por ello, "son fértiles en recursos, educadas en la reserva, y detrás de rejas en el alojamiento, o rodeadas de espías en el exterior; el exceso de violencia las invita a hallar los medios de engañar la vigilancia de los guardianes y a romper las trabas en que las retienen".

Granadinas a salvo del sol y las miradas, según Doré.

Madame D'Aulnoy ya se fijó un siglo antes en "el ingenio muy agudo" de la hispana. Pero ella no achacaba la extensión de la sífilis a las mujeres, sino a la costumbre masculina, muy arraigada en tiempos de los Austrias, de mantener, desde los trece o catorce años, una manceba, que podía tener otros galanteos. Tal apaño continuaba tras su boda con la esposa que su familia le escogía. La mujer se convertía en víctima de la plaga sin pretenderlo y la enfermedad pasaba a los hijos. La viajera francesa afirma, eso sí, que en asuntos galantes, las españolas eran "muy arrebatadas".

Entrado el XIX, Lord Byron no difería de la opinión de la D'Aulnoy. Al romántico inglés le pasó lo que a Casanova: se amilanó ante el empuje de las españolas; una de ellas lo embistió con tanta fuerza que Byron buscó el burladero. Dejó dicho que eran intrigantes en sumo grado: "No es la discreción un adorno de las mujeres españolas; muy guapas, y de grandes y bellos ojos [...] están hechas para las hechiceras artes del amor". Eso sí, en comparación con sus compatriotas, "la mujer de un duque tiene la misma educación que una campesina".

¡Vaya!, parece que en esta primera entrega haya habido más arena que cal. ¿Era esta la imagen que tenías de la mujer española del siglo XVIII? Bueno, es lo que tienen los tópicos, que son como el algodón de azúcar,  teñidos, insustanciales y sin alimento. Yo prefiero las sombras de la Historia, ¿y tú?...


Continuará...

SI QUIERES LEER LA ENTRADA ANTERIOR DE ESTE BLOG:

sábado, 12 de marzo de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS 

Jacobo Sobieski



"España da ganas de escupir"



Y eso que don Jacobo, de la muy señoreada casa de los Sobieski, era diplomático de profesión. Y eso que vino a España a hacer el Camino de Santiago, que era lo que hacían los devotos que, humildes, ansiaban darse croques contra la frente de piedra del santo. Y eso que don Jacobo era tocayo del Apóstol. ¡Pues menos mal!... Y sin embargo, y a riesgo de que dejes de leer aquí mismo, no le faltaba razón al hombre.

Me temo que pan Jakub -"pan" es "don" o "señor" en eslavo (¿Te acuerdas de Pan Tau?)- escarmentó de una vez por todas nada más entrar en los dominios de Felipe III y nos aplicó aquello de Quien roba a un ladrón... Y nos robó la buena fama como a él le robaron sus escudos. Pero voy a rebobinar, que te estoy poniendo el postre y aún no te he servido la sopa.

Don Tau en la serie checa Pan Tau (1967).

Jakub Sobieski de Janina (1580-1646) era noble de cuna y fue duque de Rutenia (suena a El prisionero de Zenda), castellano de Cracovia, diplomático a su modo, parlamentario, militar, viajero y escritor. Nació en Polonia, pero no en la que hoy conocemos. Desde 1569 hasta que Prusia, Rusia y Austria se la repartieron en 1795, Polonia formaba parte de una república aristocrática federal llamada Mancomunidad de Polonia-Lituania o República de las Dos Naciones. Su cabeza política era un monarca controlado por la nobleza, reunida en Dietas representativas; recibía los títulos de Rey de Polonia y Gran Duque de Lituania. Aquel estado federal incluía, además, a Bielorrusia, parte de Ucrania, Letonia, Estonia y enclaves en Rusia.

Territorios de la República de las Dos Naciones (s. XVII).

El trajín bélico-diplomático que fue su vida adulta no le quitó tiempo a pan Jakub para engendrar a un rey de la República (¡vaya oxímoron!) de las Dos Naciones. Hablo del más famoso de ellos, Juan III Sobieski, al que adornan con el título de Salvador de Europa; de ahí que a la mancomunidad bajo su cetro se la llamara Antemurale Christianitatis, "Baluarte de la Cristiandad". Aprovecho para recordar que eso te lo conté en una entrada de aquellas que yo hacía sobre el café -CITAS EXPRÉS-. Allí te hablé de la batalla de los Altos de Kahlenberg (1683), a las afueras de Viena. Los húsares alados de Juan Sobieski escabechinaron a los jenízaros de Mehmed IV, impidiendo que la Media Luna otomana avanzara invicta por el Viejo Continente. En el asedio de la capital del Sacro Imperio se distinguió un aventurero, Jerzy Kulczycki, del que se dice que inventó el café vienés y los cruasáns.

Húsar alado polaco-lituano arrolla a un arcabucero jenízaro.
Ilustración de Angus McBride.

Polish winged hussar (Osprey Publishing)

Y hasta aquí el aperitivo, vamos ya con el plato fuerte. Todavía en la veintena, Jacobo Sobieski se aprestó a realizar lo que más tarde se llamó Grand Tour, el viaje iniciático, paso de la juventud a la madurez, que disfrutaban los aristócratas europeos del Antiguo Régimen. En 1607, el  hidalgo polaco llegó a París, meca política y cultural de sus paisanos. Ya sabía entonces varios idiomas, incluido el latín, que aún funcionaba como lengua franca en toda Europa, pero, a mayores, en París aprendió el castellano. Así provisto, el primero de marzo de 1611 entra en España por Bayona de Francia, como solían llamarla, supongo que por distinguirla de la gallega, también fronteriza. Desde allí tomó camino a la capital de Navarra, Pamplona. Reinaba Felipe III y virreinaba en la provincia Alonso de Idiáquez de Butrón y Mújica, colmado de títulos y tildes. Puedes verlo en la ilustración inferior retratado por Otto van Veen en 1589.

De lo que viene ahora, el viajero dejó constancia en sus Diarios, testimonio de su periplo de seis años por Francia, Inglaterra, España, Portugal e Italia. Las páginas españolas son las menos y las más agrias. 

La primera, en la frente, como a Goliat: Navarra le parece árida y montañosa, "después de ver las alegres provincias de Francia". Suerte que no desembarcó en Almería. Llegado a Pamplona, "aquí me ocurrió un accidente muy desagradable", continúa Sobieski. Se acomoda en una posada que era de un militar ya licenciado, pero que gobernaban su mujer y su hija. El posadero le entrega las llaves de un armario donde el viajero piensa guardar sus caudales. Seguro de que no hay copias, Jacobo Sobieski sale a dar un paseo. Cuando vuelven, su criado, llamado Piestrzyck, da la alarma: ¡los han dejado sin blanca! La patrona y su hija se suman al griterío, se desarman el moño, se tiran de los pelos y se apalean los pechos con golpes de Yo, pecador

Sobieski se va derechito al castillo del virrey, que estaba jugando a las cartas, ¡qué oportuno el guiri! Pero don Alonso de Idiáquez no lo manda a hacer puñetas, sino que, complacido por el buen español del extranjero, manda que un juez "muy anciano" y un justicia lo acompañen a la posada. Y dan con el ladrón:
"Mientras se estaba ventilando la cuestión, Dios quiso confundir a la culpable, porque en el momento de haberse descubierto el robo y su consiguiente clamoreo, [la posadera] asustada dejó su llave misma en un pequeño bulto nuestro".
El criado descubre aquella copia de la llave del armario, se la entrega al juez y este arroja a la posadera y a su hija a una mazmorra. De aquel tiempo debía de ser este refrán tan ilustrativo, que hoy nadie soltaría en un brunch dominical: "Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija", con perdón de los tiempos. Aún así, y muy en su papel, el juez exige que el hidalgo polaco certifique su identidad y la propiedad de la bolsa. Sobieski ha de mostrarle un pasaporte firmado y sellado por su rey, Segismundo III, otro del rey de Francia, Enrique IV, y dos cartas de cambio, una para Lisboa y otra para Sevilla, expedidas por un comerciante de París. Y luego nos quejamos hoy de la seguridad en los aeropuertos. A pesar de las trabas forenses, el aristócrata no le guardó rencor al puntilloso magistrado, seguramente tan hidalgo como él, que para eso era navarro y español:
"Luego, dándome abrazos, pidió que no le tomara a mal estos procedimientos ni la desconfianza que observó conmigo, ni la escrupulosidad en las indagaciones".
Pero el obispo de Pamplona, Antonio Venegas y Figueroa, también mete baza en la cuestión, y le ruega que no exija la muerte de las dos ladronas. El viajero, más práctico que todo eso, le asegura que no quiere más que su dinero. Porque, a esas alturas y tras haber probado que era suyo, aún no se lo han devuelto. Satisfecho el prelado con la clemencia del aristócrata, ordena a su mayordomo que le reembolse lo hurtado. Sobieski, aliviado, sale a escape, ¡pies para que os quiero!, de Pamplona:
"No sé lo que pasó con la posadera y su hija; en cuanto al posadero, este era inocente e ignoraba todo; era un hombre honrado, un viejo militar, pero le cayó en suerte una mujer de poca honradez, distinguida por su demasiada vivacidad, y ella fue la que hizo toda la obra con su hija".

Posada española en la visión de Gustavo Doré.

Con tales antecedentes, ¿qué iba a decir el bueno de Jacobo Sobieski de nuestro país? Pues, a brochazos, lo que sigue:
"Los posaderos son ladrones: fuera de vestirse y adornarse para la apariencia exterior, discurrir sobre las guerras y los monarcas, y con perjuicio al servicio propio de su estado, no saben nada más".
"...que robar", podría haber rematado. No es extraño que el noble polaco concluya lo siguiente:
"Este reino de España es fastidioso; hasta se tiene ganas de escupir atravesando sus montañas, rocas y desiertos; lo único que distrae algo es el mar".
Y suma y sigue. Porque pasa a Portugal y le encanta: "Lisboa es populísima, rica, comercial. [Sus alrededores] son muy agradables, hermosos, llenos de huertos jardines, bosques de naranjos, limoneros, olivos y viñas en todas partes". Cuando, camino de la frontera con Francia, sale de Madrid en pleno mes de julio, se despide así:
"Hacía un calor horroroso; a mediodía y por la tarde temprano no se ve en las calles a nadie; las riegan arrastrando toneles de agua sobre carros con bueyes".
Hasta Bayona viajó de noche y durmió de día. Y eso que aún no había empezado el cambio climático ni la capa de ozono estaba hecha un colador... ¿Que si volvió a España? ¿Tú volverías?



sábado, 5 de marzo de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS 

Henry Swinburne



"Cataluña es la nación 

más rebelde de Europa"



Las cosas como son, planeé esta serie de artículos titulada GUIRIS CON PUÑETAS con el ánimo sincero de desmentirme, de quitarme la razón, de achantar la muí de acá para los restos. Y todo por sentenciar, tal y como sentencio en la presentación de este blog, que "trescientos años no es nada". O sea, que somos, como decía la abuela de Agamenón en el tebeo Tío Vivo, "igualicos, igualicos que el defunto de su agüelico". Por eso empecé a recopilar opiniones de viajeros extranjeros de la Ilustración, para hacerme con un punto de vista que contradijera los tópicos que almaceno, con o sin conciencia de ello, sobre mi propio país, España (con perdón).



Tío Vivo, almanaque 1967. 
Autor: Nené Estivill. Ed. Bruguera.

De ahí que me sintiera muy aliviado cuando encontré esta perla de sensatez de parte de uno de los más ilustres y concienzudos viajeros hispanistas, míster Henry Swinburne:
"Soy consciente de cuán imperfecta es la idea que uno se puede hacer de un país tras un viaje de unos pocos meses [...] No me avergüenza confesar mi ignorancia, así que no puedo ofrecer una idea satisfactoria del carácter español"
¡Albricias!, qué alma tan ecuánime, qué espíritu tan alejado del prejuicio y el lugar común, qué preclara muestra de imparcialidad suprapirenaica... Y hasta aquí la alegría, que me duró lo que dura en la casa de un pobre. Y es que, tras una introducción tan bien templada y afinada, el caballero Swinburne se larga treinta y tres páginas donde define, del derecho y del revés (más del revés), el carácter de nuestros trastatarabuelos. Por si alguien quiere comprar la pieza, yo le ofrezco un retal...
"... como la mayoría de los sureños, son gente sucia y pulgosa".
¡Toma, Geroma, pastillas de goma! En rigor, no dice "pulgosa", sino "llena de bichos", pero creo que mi traducción es más ajustada a la intención del autor y solo comparable a "gente piojosa". Y no solo nos adjetiva en general, sino que elabora un catálogo por regiones, de esos que abren heridas y echan sal dentro.


Mendigos españoles retratados por Gustavo Doré.

Pero, antes de liarnos, sepamos quién fue Henry Swinburne, hidalgo de Bristol, nacido en 1743 y fallecido en la colonia de Trinidad en 1803. Estuvo en España cuando Carlos III llevaba dieciséis años en el trono, experiencia que describió en un libro, Viajes por España en los años 1775 y 1776. Aunque es prolijo en la descripción de la España monumental, lo que aquí nos interesa es lo que en la época se llamó "el genio español", entendido como nuestra idiosincrasia, si es que tenemos de eso. Un genio exótico, propio de un país casi bárbaro, prácticamente africano desde el punto de vista de los naturales de la Pérfida Albión. ¡Vamos al lío!

Dice Swinburne que España "es una nación grave y melancólica, sumida en la miseria y el descontento, reforzada por el terror que inspira la Inquisición". A ver, para ser rigurosos, la Inquisición no tuvo con Carlos III el mismo poder que había ostentado; y no porque el Borbón fuese un déspota ilustrado, sino porque era muy celoso de su soberanía y mantuvo con Roma y su Iglesia un pulso enconado acerca de quién mandaba en España y en su imperio. Verbigracia, ya no eran los censores de tonsura y sotana los que tachaban líneas y párrafos, sino los de peluca y casaca (más gente puñetera). Aclarado esto, y como paradoja, Swinburne considera a los españoles "ruidosos, vehementes y gesticulantes, más que los franceses o los italianos". Vaya, vaya, mucho me temo que no llevamos camino de salir de Villatópico de Abajo.


Boceto de una fiesta en Alcoy. Gustave Doré.

Lo que sigue tiene menos broma que lo anterior. Dice el caballero inglés que, amén de la gravedad sombría, son la apatía, la indolencia y la pereza el trío de ases que manda en el garito español, pues son las cartas y los dados el vicio patrio:
"Miles de hombres por toda la nación matan el día envueltos en sus capas, recostados contra los muros y paredes, o sesteando bajo un árbol"
¿No resuenan esas palabras en la cueva de tópicos que hoy nosotros, dignos europeos, convertidos en turistas privilegiados, soltamos a la primera de cambio sobre africanos o caribeños? ¿Y no es lo mismo que ciertos políticos vascos o catalanes han afirmado o sugerido sobre andaluces o extremeños? Sabemos que el norte está arriba y el sur abajo porque los norteños siempre miran desde arriba a los meridionales. Aquí, allá y acullá...


Puerta del Perdón de Sevilla, por Samuel Manning (1870).

Según la visión de Henry Swinburne, España sería la encarnación terrenal de los Campos de Asfódelos del Hades griego, un páramo inmenso donde fantasmas desmemoriados -la mayoría de los muertos- vagan entre monotonía y tedio. En comparación, es infinitamente peor que la vida mortal. Podemos entender, en conclusión, que para los viajeros europeos del XVIII atravesar los Pirineos sería como embarcarse con Caronte y cruzar el río Estigia. Sigue Swinburne:
"Malamente parecen esperar [los españoles], o vislumbrar cualquier mejora en su continuo vegetar" [...] los pobres de España no trabajan, a menos que la necesidad los espolee, porque entienden que no hay ganancia en afanarse [...] Su ración diaria de alimento no requiere esfuerzo".
Sentencia el viajero que a aquella gente no le importaba "la riqueza o la gloria de su país". Solo encontraba Swinburne dos acicates que espolearan a los españoles:
"Sin embargo, estoy convencido de que la pereza no es innata en el genio español. Es imposible, sin verlos, concebir con qué avidez persiguen sus gustos, con qué pasión los disfrutan, cómo se lanzan a un ruedo o llegan a matar en su vicio nacional, el juego" 

Baratero exigiendo el barato, por Doré (1862).
Un hampón de garito pide, navaja en mano,
su propina a los jugadores.

El otro estímulo es la guerra. Los paisanos de Swinburne, y quizá él mismo, tenían grabado en la memoria común un dicho sobre los Tercios hispanos: "Españoles en la mar quiero, porque, si es en tierra, que San Jorge nos proteja". Lo confirma el viajero:
"Sus soldados son bravos y sufridos [...] encaran la adversidad sin rechistar y soportan la fatiga con increíble perseverancia. Duermen en el suelo envueltos en sus capas y son frugales, más por su cotidiana indigencia que por evitar la gula [...] Son capaces de arrojarse, a una orden, sobre la boca de un cañón. Pero si su oficial no va el primero, nadie arranca".
En este punto, como en otros que siguen, no oculta el británico su admiración por los catalanes...

Fusilero de montaña catalán, 1714.
Ilustrador: Pablo Outeiral.
Desperta ferro, Historia Moderna #10.
Afirma que son magníficos infantes ligeros, o cazadores, como también se llamaban tales unidades, basadas en los populares migueletes. Por cierto, muy al norte en la costa oeste norteamericana, casi en Alaska, hubo en 1790 un puesto avanzado español, el fuerte de San Miguel de Nutka, defendido por cazadores catalanes, la I Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña. Sin duda, merecerán una entrada en mi otro blog, -istoria sin H.

Afirma Henry Swinburne que los catalanes "son de ánimo violento" y que eso, junto a su "irreductible pasión por la libertad", los ha llevado a la guerra civil y a las matanzas: "Su rebeldía ha sido más frecuente que en el resto de Europa. Sin embargo, los avatares de la guerra no los han favorecido". Y concluye que la Guerra de Sucesión fue "en el lenguaje de un republicano, el colmo de la obstinación catalana por romper sus cadenas y llegar a ser una nación" (al final voy a tener razón: trescientos años no es nada). Viene a cuento recordar que la flota británica, cuyo gobierno tomó partido por los austracistas y se enfrentó a Felipe V en aquella guerra dinástica, abandonó en 1714 a los barceloneses sitiados por las tropas borbónicas tras conseguir ventajas y concesiones del nuevo rey. Swinburne no lo dice, pero yo sí.


Cala de los Amigos en la entrada a la colonia de Santa Cruz de Nutka (1790). Hoy pertenece a la Columbia Británica canadiense.

Y aquí llegamos a eso que tan odioso resulta menos cuando buscamos una ganga o envidiamos el coche nuevo del vecino: las comparaciones. Swinburne se queda a gusto con un catálogo de ellas que aquí resumo (y menos mal que el caballero no se atrevía a definirnos):

-Catalanes: "Los más trabajadores y diligentes; los mejor dispuestos para los negocios, los viajes y la industria".
-Valencianos: "Gente hosca, hecha a labrar la tierra y, por ello, poco dispuesta a dejar su terruño. Mucho más tímidos y más suspicaces que los catalanes".
-Andaluces: "Los más charlatanes y fanfarrones de España".
-Castellanos (en general): "Son francos y fiables".
-Castellanos viejos (Guadarrama arriba): "Trabajadores y sencillos a la vieja usanza".
-Castellanos nuevos (Guadarrama abajo): "Son los menos industriosos de toda la nación" [Tierra reconquistada por hombres de armas, aventureros y mercenarios ennoblecidos].


Boceto en Valdepeñas. G. Doré.

-Aragoneses: "Una mezcla de castellanos y catalanes, pero más inclinados hacia los primeros" [¡No sé yo!].
-Gallegos: "Paisanos laboriosos y sufridos que recorren España ganándose la vida con muchos apuros y penalidades".
-Vizcaínos: "Agudos, diligentes e impulsivos. Recuerdan más a una colonia republicana que a una provincia de una monarquía absoluta" [En la época, "vizcaíno" era sinónimo de "vasco"].

¿Creía Henry Swinburne, caballero de Bristol, que España y los españoles tenían solución? ¡Vaya preguntita! .... La verdad es que lo creía a duras penas. Ahí va su conclusión:
"Solo saldrían de su letargo con un buen gobierno, una tarea muy difícil, que parece una utopía más que una revolución necesaria que nunca se hará".
¿Has seguido el debate de investidura de Pedro Sánchez y la charlatanería de mercado persa previa? ¿Sí? Pues eso...