sábado, 19 de marzo de 2016

GUIRIS CON PUÑETAS

Donde esté la española... (1)


"Las tomaréis por santas,
pero son hechiceras del amor"



¿Y qué opinaban los guiris con puñetas de las mujeres españolas?... "¡Ajá!, ahí te quería yo ver", me diréis, queridas lectoras, con mucha razón y una pizca de malicia, de esa misma que los extranjeros achacaban a vuestras trastatarabuelas. Pues lo que digan será cosa de ellos, opiniones personales e intransferibles, como el D.N.I. ¿Quiere decir esto que os ponen de chupa de dómine? Hay de todo, como en las antiguas boticas y en los modernos chinos.

¿Y por dónde empiezo? ¡Pues por dónde va a ser! Por el rey de los seductores, Giacomo Casanova de Seingalt, que pasó un año en España entre noviembre de 1767 y diciembre de 1768.

Casanova encontró en Madrid
la horma de su zapato italiano.
Casanova inauguró esta serie titulada GUIRIS CON PUÑETAS. En sus memorias recuerda que los varones españoles están llenos de prejuicios, pero que ellas, "aunque ignorantes, son por lo general discretas", amén de inteligentes y apasionadas. Ten en cuenta que "discreción" no significa solo prudencia o sensatez, sino también ingenio, agudeza y don de la oportunidad, cualidades muy bien vistas en los salones mundanos, en los bailes o a la salida de misa en aquella España del siglo XVIII, beata y lúbrica a un tiempo.

Tres años antes de la estancia española del campeón de los engatusadores, otro guiri, el dramaturgo francés Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro, tuvo que cruzar los Pirineos. Y digo "tuvo" con todo rigor: Beaumarchais vino a apretarle las clavijas a José Clavijo, periodista y escritor, un auténtico punto filipino. Era la respuesta urgente a la demanda de auxilio de una de sus hermanas, residente en Madrid: "Lisette ha sido ultrajada por un hombre reputado como peligroso. Dos veces...", le escribió ella. Resulta que una de las cinco hermanas del francés, Marié-Louise, fue seducida y abandonada por el español, canario por más señas y pichabrava de vocación, tras habérsela camelado con una promesa de matrimonio. "Pero una vez he metido, de lo prometido me olvido", parece que resolvió el isleño ilustrado.

Ahí tienes a Beaumarchais,
mirando hacia otro lado...

(Jean-Marc Nattier, 1755)
Al final, todo se arregló con una confesión pública de Clavijo que le hizo caer en desgracia en la corte de Carlos III por tres años. En esa temporada madrileña del año 1764, a Beaumarchais le dio tiempo a concluir lo que sigue sobre las españolas, recogido en una carta al duque de La Vallière, su mecenas: 
"No hay ninguna mujer de sociedad en el mundo que goce de tan gran desahogo como las de esta capital, y no se oye que descuiden las ventajas de esa suave libertad". Y añade que, en general, el pueblo español conjuga "una devoción supersticiosa con una corrupción de costumbres bastante grande". Consejos doy y para mí no tengo. De vuelta en Francia, Beaumarchais rompió su compromiso con Pauline Le Breton, indiana azucarera. Cuando el granuja se enteró de que la novia no era tan rica como había calculado se hizo el sueco. Cosa que no tenía que fingir el conde Gustavo Felipe Creutz, embajador en Madrid del rey Adolfo Federico de Suecia entre 1763 y 1766.

Gustavo Felipe Creutz en un retrato
de Johan Gustaf Sandberg (1832).
Creutz distingue con nitidez a la madrileña de la provinciana. Estas son, para el sueco, "bellas y modestas [...] Pero, en la capital, la pérdida de las costumbres se ha declarado. La corrupción es allí horrible y la relajación marcha con la cabeza levantada. La generación actual se parece a una raza de enanos lisiados". 
Al diplomático y poeta boreal le repugna, sobre todo, la moda capitalina de los acompañantes estrechos, y no de miras, sino de distancias:
"Cada mujer, de cualquier condición que sea, se acompaña tan públicamente de un amante llamado cortejo, que es al mismo tiempo su esclavo y su señor".
Las madrileñas, y otras damas de ciudad señera, se dejaban querer a dos bandas: por su marido o su novio y por un querido, con la anuencia, e incluso la complicidad, de ambos. A Casanova lo trajo de cabeza una madrileña cuyo prometido le sacaba los cuartos al italiano por las molestias y para la dote. 
¿Quién más rendido?, grabado #27 de
la serie Los Caprichos, de Francisco
de Goya (1799).
Hablamos de un siglo consumista y ostentoso, en el que la vida empieza a convertirse en la pasarela, o en la pantalla, que hoy es. El mayor pecado social era pasar por antigualla y no echarse encima los atavíos más avant-garde aderezados con las palabrejas más infames con tal de que sonaran a parisién


Yago Valtrueno, protagonista de mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café) pinta así a los cortejos:
"En la Cádiz cosmopolita e ilustrada de entonces, nada había de peor tono que aparecer como un marido celoso, que era lo mismo que decir antiguo, incivil y miserable. Y si, al fin y al cabo, aquellos gentilhombres pagaban con generosidad a los peluqueros de sus esposas para que les armasen tocados babélicos, ¿por qué no habrían de lucir ellos una espléndida cornamenta como testigo de su adhesión a los tiempos nuevos?
Así que, por no escandalizar y exponerse a la pública vergüenza, los maridos gaditanos –y los madrileños, sevillanos, condales y vallisoletanos– consentían con la moda de los entretenedores. También es verdad que el cortejo había de ir a escote con los gastos, así que los burgueses daban la bienvenida a nuevos socios en su empresa conyugal". 
No es la primera vez que aquí lo recomiendo, pero insisto: hay un libro delicioso de Carmen Martín Gaite sobre la moda de los cortejos, Usos amorosos del XVIII en España. Mucha Inquisición y mucha garambaina, pero nos sonrojarían. Otro viajero, el artillero y espía William Dalrymple, destinado en Gibraltar, ajusta aún más el término y el uso:
"[El cortejo] es el agradable empleo de los cadetes de las guardias de palacio que, en general, no son muy acomodados [...] entre las gentes de calidad es un motivo de gasto en el que no ahorran nada". 
Y que, según Dalrymple, lleva a las familias a la ruina y al mal francés, una penitencia muy corriente en España:
"He sido presentado en casa de un título [nobiliario] que estaba casi por entero podrido de ese mal [sífilis...] y su mujer, que era muy guapa y muy amable, se moría de la misma enfermedad". 

"A Dios rogando, y con el mazo dando",
resumen moral de la España del XVIII.

De su paso por Córdoba saca esta conclusión de la hipocresía moral de las españolas:
"En la iglesia, en las calles y en todos los sitios públicos, las tomaréis por santas; pero aún no se ha puesto el sol cuando cada pájaro encuentra su hembra. No hay señora que se atreva a salir sin su dueña, pero esa guardia ordinariamente es una vieja que favorece las intrigas amorosas".
Según Dalrymple, que viajó por España en 1774, los artificios de las españolas vienen de que su única formación es la paterna y que, por ello, "son fértiles en recursos, educadas en la reserva, y detrás de rejas en el alojamiento, o rodeadas de espías en el exterior; el exceso de violencia las invita a hallar los medios de engañar la vigilancia de los guardianes y a romper las trabas en que las retienen".

Granadinas a salvo del sol y las miradas, según Doré.

Madame D'Aulnoy ya se fijó un siglo antes en "el ingenio muy agudo" de la hispana. Pero ella no achacaba la extensión de la sífilis a las mujeres, sino a la costumbre masculina, muy arraigada en tiempos de los Austrias, de mantener, desde los trece o catorce años, una manceba, que podía tener otros galanteos. Tal apaño continuaba tras su boda con la esposa que su familia le escogía. La mujer se convertía en víctima de la plaga sin pretenderlo y la enfermedad pasaba a los hijos. La viajera francesa afirma, eso sí, que en asuntos galantes, las españolas eran "muy arrebatadas".

Entrado el XIX, Lord Byron no difería de la opinión de la D'Aulnoy. Al romántico inglés le pasó lo que a Casanova: se amilanó ante el empuje de las españolas; una de ellas lo embistió con tanta fuerza que Byron buscó el burladero. Dejó dicho que eran intrigantes en sumo grado: "No es la discreción un adorno de las mujeres españolas; muy guapas, y de grandes y bellos ojos [...] están hechas para las hechiceras artes del amor". Eso sí, en comparación con sus compatriotas, "la mujer de un duque tiene la misma educación que una campesina".

¡Vaya!, parece que en esta primera entrega haya habido más arena que cal. ¿Era esta la imagen que tenías de la mujer española del siglo XVIII? Bueno, es lo que tienen los tópicos, que son como el algodón de azúcar,  teñidos, insustanciales y sin alimento. Yo prefiero las sombras de la Historia, ¿y tú?...


Continuará...

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2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. No sabes cómo me alegra leerte, porque creo que, además de no registrar los +1, G+ no está mostrando los comentarios. ¡Qué lío!, pero no me rendiré. ¡Muchas gracias y un saludo!

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