sábado, 12 de marzo de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS 

Jacobo Sobieski



"España da ganas de escupir"



Y eso que don Jacobo, de la muy señoreada casa de los Sobieski, era diplomático de profesión. Y eso que vino a España a hacer el Camino de Santiago, que era lo que hacían los devotos que, humildes, ansiaban darse croques contra la frente de piedra del santo. Y eso que don Jacobo era tocayo del Apóstol. ¡Pues menos mal!... Y sin embargo, y a riesgo de que dejes de leer aquí mismo, no le faltaba razón al hombre.

Me temo que pan Jakub -"pan" es "don" o "señor" en eslavo (¿Te acuerdas de Pan Tau?)- escarmentó de una vez por todas nada más entrar en los dominios de Felipe III y nos aplicó aquello de Quien roba a un ladrón... Y nos robó la buena fama como a él le robaron sus escudos. Pero voy a rebobinar, que te estoy poniendo el postre y aún no te he servido la sopa.

Don Tau en la serie checa Pan Tau (1967).

Jakub Sobieski de Janina (1580-1646) era noble de cuna y fue duque de Rutenia (suena a El prisionero de Zenda), castellano de Cracovia, diplomático a su modo, parlamentario, militar, viajero y escritor. Nació en Polonia, pero no en la que hoy conocemos. Desde 1569 hasta que Prusia, Rusia y Austria se la repartieron en 1795, Polonia formaba parte de una república aristocrática federal llamada Mancomunidad de Polonia-Lituania o República de las Dos Naciones. Su cabeza política era un monarca controlado por la nobleza, reunida en Dietas representativas; recibía los títulos de Rey de Polonia y Gran Duque de Lituania. Aquel estado federal incluía, además, a Bielorrusia, parte de Ucrania, Letonia, Estonia y enclaves en Rusia.

Territorios de la República de las Dos Naciones (s. XVII).

El trajín bélico-diplomático que fue su vida adulta no le quitó tiempo a pan Jakub para engendrar a un rey de la República (¡vaya oxímoron!) de las Dos Naciones. Hablo del más famoso de ellos, Juan III Sobieski, al que adornan con el título de Salvador de Europa; de ahí que a la mancomunidad bajo su cetro se la llamara Antemurale Christianitatis, "Baluarte de la Cristiandad". Aprovecho para recordar que eso te lo conté en una entrada de aquellas que yo hacía sobre el café -CITAS EXPRÉS-. Allí te hablé de la batalla de los Altos de Kahlenberg (1683), a las afueras de Viena. Los húsares alados de Juan Sobieski escabechinaron a los jenízaros de Mehmed IV, impidiendo que la Media Luna otomana avanzara invicta por el Viejo Continente. En el asedio de la capital del Sacro Imperio se distinguió un aventurero, Jerzy Kulczycki, del que se dice que inventó el café vienés y los cruasáns.

Húsar alado polaco-lituano arrolla a un arcabucero jenízaro.
Ilustración de Angus McBride.

Polish winged hussar (Osprey Publishing)

Y hasta aquí el aperitivo, vamos ya con el plato fuerte. Todavía en la veintena, Jacobo Sobieski se aprestó a realizar lo que más tarde se llamó Grand Tour, el viaje iniciático, paso de la juventud a la madurez, que disfrutaban los aristócratas europeos del Antiguo Régimen. En 1607, el  hidalgo polaco llegó a París, meca política y cultural de sus paisanos. Ya sabía entonces varios idiomas, incluido el latín, que aún funcionaba como lengua franca en toda Europa, pero, a mayores, en París aprendió el castellano. Así provisto, el primero de marzo de 1611 entra en España por Bayona de Francia, como solían llamarla, supongo que por distinguirla de la gallega, también fronteriza. Desde allí tomó camino a la capital de Navarra, Pamplona. Reinaba Felipe III y virreinaba en la provincia Alonso de Idiáquez de Butrón y Mújica, colmado de títulos y tildes. Puedes verlo en la ilustración inferior retratado por Otto van Veen en 1589.

De lo que viene ahora, el viajero dejó constancia en sus Diarios, testimonio de su periplo de seis años por Francia, Inglaterra, España, Portugal e Italia. Las páginas españolas son las menos y las más agrias. 

La primera, en la frente, como a Goliat: Navarra le parece árida y montañosa, "después de ver las alegres provincias de Francia". Suerte que no desembarcó en Almería. Llegado a Pamplona, "aquí me ocurrió un accidente muy desagradable", continúa Sobieski. Se acomoda en una posada que era de un militar ya licenciado, pero que gobernaban su mujer y su hija. El posadero le entrega las llaves de un armario donde el viajero piensa guardar sus caudales. Seguro de que no hay copias, Jacobo Sobieski sale a dar un paseo. Cuando vuelven, su criado, llamado Piestrzyck, da la alarma: ¡los han dejado sin blanca! La patrona y su hija se suman al griterío, se desarman el moño, se tiran de los pelos y se apalean los pechos con golpes de Yo, pecador

Sobieski se va derechito al castillo del virrey, que estaba jugando a las cartas, ¡qué oportuno el guiri! Pero don Alonso de Idiáquez no lo manda a hacer puñetas, sino que, complacido por el buen español del extranjero, manda que un juez "muy anciano" y un justicia lo acompañen a la posada. Y dan con el ladrón:
"Mientras se estaba ventilando la cuestión, Dios quiso confundir a la culpable, porque en el momento de haberse descubierto el robo y su consiguiente clamoreo, [la posadera] asustada dejó su llave misma en un pequeño bulto nuestro".
El criado descubre aquella copia de la llave del armario, se la entrega al juez y este arroja a la posadera y a su hija a una mazmorra. De aquel tiempo debía de ser este refrán tan ilustrativo, que hoy nadie soltaría en un brunch dominical: "Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija", con perdón de los tiempos. Aún así, y muy en su papel, el juez exige que el hidalgo polaco certifique su identidad y la propiedad de la bolsa. Sobieski ha de mostrarle un pasaporte firmado y sellado por su rey, Segismundo III, otro del rey de Francia, Enrique IV, y dos cartas de cambio, una para Lisboa y otra para Sevilla, expedidas por un comerciante de París. Y luego nos quejamos hoy de la seguridad en los aeropuertos. A pesar de las trabas forenses, el aristócrata no le guardó rencor al puntilloso magistrado, seguramente tan hidalgo como él, que para eso era navarro y español:
"Luego, dándome abrazos, pidió que no le tomara a mal estos procedimientos ni la desconfianza que observó conmigo, ni la escrupulosidad en las indagaciones".
Pero el obispo de Pamplona, Antonio Venegas y Figueroa, también mete baza en la cuestión, y le ruega que no exija la muerte de las dos ladronas. El viajero, más práctico que todo eso, le asegura que no quiere más que su dinero. Porque, a esas alturas y tras haber probado que era suyo, aún no se lo han devuelto. Satisfecho el prelado con la clemencia del aristócrata, ordena a su mayordomo que le reembolse lo hurtado. Sobieski, aliviado, sale a escape, ¡pies para que os quiero!, de Pamplona:
"No sé lo que pasó con la posadera y su hija; en cuanto al posadero, este era inocente e ignoraba todo; era un hombre honrado, un viejo militar, pero le cayó en suerte una mujer de poca honradez, distinguida por su demasiada vivacidad, y ella fue la que hizo toda la obra con su hija".

Posada española en la visión de Gustavo Doré.

Con tales antecedentes, ¿qué iba a decir el bueno de Jacobo Sobieski de nuestro país? Pues, a brochazos, lo que sigue:
"Los posaderos son ladrones: fuera de vestirse y adornarse para la apariencia exterior, discurrir sobre las guerras y los monarcas, y con perjuicio al servicio propio de su estado, no saben nada más".
"...que robar", podría haber rematado. No es extraño que el noble polaco concluya lo siguiente:
"Este reino de España es fastidioso; hasta se tiene ganas de escupir atravesando sus montañas, rocas y desiertos; lo único que distrae algo es el mar".
Y suma y sigue. Porque pasa a Portugal y le encanta: "Lisboa es populísima, rica, comercial. [Sus alrededores] son muy agradables, hermosos, llenos de huertos jardines, bosques de naranjos, limoneros, olivos y viñas en todas partes". Cuando, camino de la frontera con Francia, sale de Madrid en pleno mes de julio, se despide así:
"Hacía un calor horroroso; a mediodía y por la tarde temprano no se ve en las calles a nadie; las riegan arrastrando toneles de agua sobre carros con bueyes".
Hasta Bayona viajó de noche y durmió de día. Y eso que aún no había empezado el cambio climático ni la capa de ozono estaba hecha un colador... ¿Que si volvió a España? ¿Tú volverías?



6 comentarios:

  1. Desde luego, creo que volvería. Estos guiris puñeteros son muy dados a tomar la parte por el todo. Le robaron en Pamplona, pero pudieron robarle en cualquier otro sitio. A mí sólo me han robado una vez en un viaje y fue en un camping en ¡Copenhague!, en la muy civilizada y honrada Dinamarca. Y volvería, vaya si volvería.
    Pobre Polonia. Lo que ha hecho la Historia (ésta con H) con ese país, no tiene nombre. La han cosido y descosido varias veces y, finalmente, no se sabe muy bien con qué trozo se ha quedado.
    Muy instructiva tu entrada como siempre, y muy divertida.
    Un beso.

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    1. Sí, de ahí la amargura y la altanería con que a veces se pinta a los polacos. Es una de las naciones más dañadas de Europa, sin duda. Y, por lo demás, en todas partes cuecen habas, las cosas como son. Muchas gracias, Rosa, y buen sábado.

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  2. Menos mal que el mar le distraía o le gustaba..
    Magnifica entrada.
    Besos.

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    1. Gracias, Suni. Este, por lo menos, no se metió con la comida, que era una obsesión de estos viajeros... Un beso y buena semana.

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  3. hola. te cuento que no conocia esto pero gracias a ti me desago un poco de telarañas, siempre encuentro maravillosos blogs como este tan inteligente. dejanos quedarnos cerca y te agradeceria tu visita por el nuestro si deseas hacerlo. gracias por tan brillante reseña.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. Claro que visitaré el vuestro, descuida. Un saludo.

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