sábado, 23 de abril de 2016

¡A HACER PUÑETAS!





No lo tomes como una ofensa, ni como un calentón de los míos. Cuando vivía en Getafe, a un pestañeo de Madrid, yo era de la parroquia de un bar-cafetería que se llamaba Lido, un quiero y no puedo ochentero muy propio de un pueblo que iba para ciudad y que se colmaba de aspirantes a nuevo rico. Me refiero a un tipo de carroñera que no sobrevuela los campos en busca de carcasas putrefactas, sino de fincas recalificables. De ese hedor aún no se ha librado buena parte de los ayuntamientos españoles, ¡qué te voy a contar que tú no sepas!

El caso es que aquel bar tenía una especialidad: patatas fritas, de las de bolsa, con una pella de ensaladilla rusa encima. Vete a saber por qué, el dueño las bautizó como "puñetas". ¡Qué aperitivazo! Te las ponían como pincho, pero las podías pedir por raciones y medias raciones. ¡Cómo entraban las cañas con semejante invento! Por eso, cuando el propietario, siempre en la barra, mandaba a un camarero a hacer puñetas, no lo estaba despidiendo...

Yo tampoco te despido a ti... me despido a mí y a este blog que, en los últimos meses, se ha llenado de GUIRIS CON PUÑETAS. Resulta que ellos y yo nos vamos a la ídem. No es -solo- porque Blogger o G+, o ambos, o uno más que otro, nos estén tomando a los bloggers por niños que nos chupamos el dedo. Llevan semanas restándonos los signos que muestran y demuestran la actividad de nuestras bitácoras y, cuando nos quejamos, nos dan respuestas robotizadas, como Rajoy y sus ministros a la ciudadanía. Tampoco es porque se me hayan acabado las ideas: ya me conoces, sabes que no, las comadrejas de biblioteca no paramos de serpentear por este o por aquel agujero documental en busca de alimento. No me he cansado, ¡ni de lejos!, de esta aventura que empezó el 4 de febrero de 2013 con un saludo a mi primera novela publicada, El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café). Y que suspendí, por impaciente y soberbio, un año después, y sin haberme prodigado mucho, la verdad. Mi despedida fue otra bienvenida, a mi segundo libro: Sálvame: la telebasura como autoayuda.

Retomé esta bitácora al final del verano de 2014 prometiendo humildad y constancia, dispuesto al pico y pala; por entonces no llegaba a los cien seguidores, que ya me parecían una barbaridad. Empecé, tímidamente, con curiosidades históricas sobre el siglo XVIII, la época en la que se desarrollan las aventuras de mi primer protagonista dado a luz, Yago Valtrueno. En febrero del año pasado cambié las anécdotas de aquí y de allá por otras sobre el café, autorizadas con citas de personajes célebres: CITA EXPRÉS. Ocho meses más tarde, me mudé de los cafés a los talleres de puñetas que adornaban las bocamangas dieciochescas; y a las imprentas de los antiguos libros de viajes, llenos, a la par, de mala baba y de amable comprensión para España. Unos y otras, talleres e imprentas, me han traído hasta aquí, a un puerto al que arribo con casi 800 amigos, conocidos y seguidores. Muchas gracias: por tu interés, por tu tiempo, por tus comentarios, por tus correcciones, por tus sugerencias, por tus colaboraciones, por tu cariño, gracias por todo eso y más.

El blog que nació para apoyar una novela, y que creció apoyándome a mí con inacabables dosis de curiosidad y entusiasmo, descansará a partir de ahora en el varadero de las bitácoras que tuvieron una buena vida. No se le pudrirán las cuadernas porque yo seguiré pendiente de su baqueteado esqueleto. Y porque sus entradas pasarán, y ahora viene la primera de las verdaderas causas de este final, a mi futura web, una de autor, que me está ayudando a poner en pie Víctor J. Sanz, el editor de mi última novela, En un maldito lugar de la Mancha. Queríamos que la disfrutaras en un par de semanas, pero la vida tiene sus propias derrotas, que no son fracasos, sino rutas marineras...

... Después de cuatro años alejado de la TV, me acaban de hacer una oferta que no puedo rechazar. Me gustan los líos y suelen llamarme para desenredarlos -"Es un tipo que resuelve", dijo de mí un jefe que tuve, Carlos Berbell-, así que me voy a Mérida a arrimar el hombro en la puesta en marcha de un programa de sobremesa (¡Ay, Mari!) para el canal autonómico. Por un par de meses dejo los aires marinos de Coruña para llenarme de los extremeños, que huelen a jamón, a cerezas y a sangre vertida de héroes griegos y porqueros conquistadores. Cuando vuelva al Norte, curado como una buena caña de lomo, habremos construido e inaugurado una web que será mi hogar literario y el tuyo. Eso sí, mientras tanto, podrás disfrutar, en lo que me deje la televisión, de mi otro sitio, -istoria sin H.

Termino. Y lo hago tal y como empecé esta segunda etapa de mi blog, con mi cita favorita, una de Amin Maalouf para León el Africano: "Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía". Gracias por todo. Te deseo, desde este blog que descansa, lo mismo que quiero para mí: salud y éxito.


Ilustración de apertura: Caravana en el desierto, Alberto Pasini (1867).

Si quieres leer la entrada anterior de este blog:

¿Quieres ser testigo de la VIDA SECRETA de QUIJANO y CERVANTES?



¿Quieres probar mi novela con AROMA DE CAFÉ?

sábado, 16 de abril de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS


La danza del diablo



Esta es otra de esas entradas corales, como las que dediqué a los saraos chocolateros o a la pasión de las mujeres españolas. La gran mayoría de los guiris con puñetas del siglo XVIII coincide en señalar con dedo inquisitorial un baile que, por resumir, califican de engendro de los tablaos de Belcebú. También es verdad que no lo señalan de oídas, sino porque se dejaron invitar, y no tan a disgusto, a más de una juerga flamenca, ya fuera en el Sacromonte granadino, en la Puerta de Tierra gaditana o en el sevillano barrio de Triana. Para mí que la impresión que se llevaron fue la misma que tuvo san Antonio cuando se le aparecieron todos los demonios, y no por lo horribles que fueran, sino por lo tentadores...


La tentación de san Antonio, Lovis Corinth (1897).

Compara el cuadro de Corinth con el siguiente grabado de Gustavo Doré, ambientado en una academia de baile de Sevilla a la que ha llegado una cuadrilla de patilludos viajeros anglosajones: solo falta pintarles baberos y esperar que no se les salten los botones de las braguetas... por si dejan tuerta a la bailarina, digo.


Una academia de baile, en Sevilla. G. Doré, 1874.

Y es que la muy desvergonzada les muestra no solo el tobillo, sino también las pantorrillas, Mother of the Beautiful Love! Where do we go to arrive to!... Pues bien, esa danza sinuosa, descarada, incitante, que desbarataba vidas, esquilmaba fortunas y escandalizaba a nuestros guiris, no era otra que el fandango. Ya en 1735 aparecía en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia: "Baile introducido por los que han estado en los reinos de Indias, que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo". Por las fechas, hablamos de una danza -aún no había versiones cantadas- que debió de llegar a España en el siglo XVII, inspirada por los ritmos de los esclavos africanos; incluso se atribuye el nombre a un dialecto de la lengua bantú: fandang. Otros niegan, cómo no, su origen trasatlántico y reivindican la raíz andalusí o calé. A otro perro con ese hueso de la polémica, que ni lo sé ni viene a cuento aquí.

Uno de los más señalados guiris puñeteros, Giacomo Casanova, quedó tan admirado por el fandango que no dudó en contratar los servicios de un profesor para que le enseñara a bailarlo. Y bien que lo disfrutó, "con notable éxito", en los bailes de máscaras del madrileño teatro de los Caños del Peral en las carnestolendas de 1768.


Baile de candil. A. Chaman.

Tal danza no provocó la misma admiración en un británico, el mayor Dalrymple, quien en 1774 la definía así: "Danza lasciva que viene de las Indias Occidentales, por la que los españoles se muestran tan apasionados como los ingleses por la pipa. Creo que esa danza procede de la costa de Guinea, porque he observado que, en Tetuán, los soldados negros del emperador de Marruecos bailan un baile muy semejante, con castañuelas en sus manos".


Boceto de una fiesta en Alcoy. G. Doré, 1874.

Opinión gemela tiene del fandango, "baile lascivo", el embajador sueco Gustavo Felipe Creutz, quien pasó tres años en Madrid, de 1763 a 1766: "Las mujeres de calidad no ponen reparo ninguno en bailar esa danza en los bailes públicos. Es una danza inventada en los serrallos". Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, el autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro, llegado a Madrid en 1764 para lavar una ofensa, describió el fandango en una carta a su mecenas, el duque de la Vallière. 


El olé gaditano. G. Doré, 1874.
Le cuenta que es una "danza obscena" protagonizada por una joven provocadora y flexible: "Cuando el hombre está rendido llega otro ante la mujer, que, cuando es ágil danzarina, de ese modo agota a siete u ocho, uno tras otro. Hay también duquesas y otras danzarinas muy distinguidas cuya reputación no tiene límites en el fandango".

El escándalo de los viajeros ante un fandango se acentuaba porque los saraos en los que se bailaba terminaban con el alba; por eso era llamado baile de candil. A uno de ellos asistió en Cádiz el caballero Henry Swinburne; fue en marzo de 1776: "Todos se ponen en pie, y la sala entera resuena con el estruendo de los taconeos y las palmas. Los dos sexos son igualmente hábiles en la danza".


Un baile de candil en el barrio de Triana. G. Dor.e, 1874.

El fandango no subió de las tabernas a los palacios, sino que fue baile galante y luego tabernario. Bien se le podrían adaptar los versos del Tenorio: "Yo a los palacios subí, yo a las cabañas bajé". Y también a los viajeros europeos: "Y en todos ellos dejé amarga memoria de mí". Por quitarle drama al asunto, y como muestra de la popularidad de aquel baile, te dejo con un vídeo donde podrás disfrutar del cuarto movimiento, Fandango, del quinteto para guitarra de Boccherini. Y si quieres, ¡baila!... Si Nina Corti, la bailaora del vídeo, puede palillear con esa gracia suiza, ¿qué no podrás hacer tú?


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sábado, 9 de abril de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS

Jean-François Peyron


"¿Y qué nación no tiene vicios?"



"Nos han pintado ya y muy a menudo a los españoles; pero cada provincia os ofrece un carácter particular". ¡No me digas! ¿Pero qué nos va a contar Juan Francisco Peyron (1748-84), francés, embajador y viajero, que no sepamos nosotros desde que Viriato era cabo furriel? Pues como quien oye llover, él, a lo suyo: 
"Esas provincias, que formaban en otro tiempo casi otros tantos reinos, parecen conservar el mismo espíritu de odio más o menos fuerte, en razón del alejamiento o la proximidad".
Esas son un par de pinceladas del fresco que Peyron hace de España en su libro de viajes Nouveau voyage en Espagne fait en 1777 et 1778. Nótese que usa el novedoso término "provincia", pieza básica del puzzle territorial borbónico. No hay ya, como los había con los Austrias, un reino de Castilla y otro de Aragón, así por lo grueso, sino un país centralizado bajo el poder absoluto del monarca soberano. Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares se convierten en provincias bajo mando militar por su apoyo al pretendiente austracista en la Guerra de Sucesión. Navarra conserva su condición de reino y Álava, Guipúzcoa y Vizcaya mantienen, como "provincias exentas", sus privilegios fiscales. Andalucía se divide en cuatro -Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada- y Galicia en siete: Orense, Tuy, Lugo, Santiago, Betanzos, La Coruña y Mondoñedo. Por lo demás, y simplificando, Castilla es Nueva y Vieja.

División territorial de España tras la Guerra de Sucesión.
Fuente: www.geografiainfinita.com

De aquellas pinceladas de Peyron pasamos a los brochazos. El español del siglo XVIII era, desde el punto de vista del viajero francés, religioso, pero supersticioso; paciente, pero holgazán; decente, pero altivo; caritativo, pero vengativo; leal, pero orgulloso; penetrante, pero ignorante. Eso sí, "no se advierte en el español el aire aturdido, las carcajadas ruidosas, tan comunes en Francia; ni el aire excéntrico, burlón y cáustico de los ingleses; ni el tono servil, falso y halagador del italiano". Concluye Peyron, por tanto, que el hispano tiene sus vicios, pero nos disculpa: "¿Cuál es la nación, cuál es el hombre que no los tiene?".


"Religiosos, pero supersticiosos".
En una entrada anterior, otro guiri con puñetas, el caballero inglés Henry Swinburne, nos ofrecía un catálogo de las virtudes y los vicios hispánicos clasificados por provincias; aquí voy a repetir esa experiencia, pero según las impresiones de otro aristócrata, aunque este francés. Sigamos el orden por el que Jean-François Peyron se adentró en la Península Ibérica, por entonces exótica y asilvestrada, por mucho que hubiera sido la dueña de Europa, o casi. 

Puesto que entró por Cataluña, conozcamos, en primer lugar, su opinión sobre los naturales de esta región, "la más industriosa, la más activa, la más trabajadora", aunque sea "un pueblo aparte, siempre dispuesto a rebelarse". Sin embargo, hablamos de "la cuna española de las artes y los oficios: hay allí un grado de perfección que no se encuentra en el resto del reino"; lo que no quita para que el catalán sea "rudo, grosero, ambicioso, celoso e interesado", lo que no es óbice para que pueda convertirse en un "franco y buen amigo".

Campesino catalán,
por A. C. Andros (1860).
Siempre según Peyron, los valencianos son "astutos, falsos y más suaves en sus maneras [que los catalanes...]. El individuo más holgazán y más acomodaticio que existe", para rematar que "todos los volatineros, los santones y los charlatanes de España salen del reino de Valencia".

A los andaluces los define con una sentencia que está a medio camino entre la alabanza y el sarcasmo: "No tiene nada suyo, ni su lengua". Los compara con los franceses de la Gascuña, región de la que procedía el literario aspirante a mosquetero D'Artagnan: "Por la réplica, la rivalidad, la fanfarronería: se le distingue en medio de cien españoles", como supongo que a los sanguíneos gascones se les distinguiría entre cien galos.

"Andaluces: pasión y placer".
Peyron considera a los sureños "hiperbólicos" y también falsos, como a los valencianos: "Tan pronto te ofrece su vida como se arrepiente"; y muy apegados a lo suyo, como el catalán; pero valientes, joviales, amables y pasionales como ellos solos. Y, a mayores, "bien formados y amantes de todos los placeres".

Los castellanos, sin que el viajero francés llegue a distinguir entre viejos y nuevos, son "altivos y graves", tal que viejos hidalgos. Su aire es "contemplativo, discreto y desconfiado". Amable, pero frío; frío, pero no afectado. Su juicio es sólido, su alma fuerte, su genio profundo: "Son aptos para las ciencias".

Con el gallego usa otra comparación con los naturales de otra región francesa, Auvernia, pues ambos se ven empujados a trabajar lejos de sus hogares. No andan lejos los asturianos, a los que Peyron considera fieles, pero "poco inteligentes", por lo que "casi todos son criados" en muchas casas de España.


Santiago de Compostela: los peregrinos llegan; los gallegos se van.

Tras semejante repaso, Peyron menciona un feo vicio que arruina vidas a lo largo y ancho de Europa, el de las cadenas que atan a un hombre, y a muchas mujeres y niños de la época, a una botella. Asegura el viajero que no se puede hallar en la lista de los pecados españoles el de la embriaguez, "pues en tal nación se odia a los borrachos", sentencia el francés. ¡Brindo por eso! ¿Hacen unos vermucitos? ¿O unas cañitas?


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sábado, 2 de abril de 2016

GUIRIS CON PUÑETAS

Donde esté la española... (y 2)


"Nada más conmovedor
que una española de 15 años"



¡Uf!, con semejante titular, no creas que las tengo todas conmigo... ¿Estaré infringiendo alguna ley? ¡Ah!, que acabo de caer en que no lo digo yo, que lo dice un francés del XVIII, entonces sí... 

Quien así se expresa es Jean-François Peyron (1748-1784), diplomático de profesión y erudito de vocación, que pintó España para los europeos en su libro de viajes Nouveau voyage en Espagne fait en 1777 et 1778. Con rigor, es esto lo que dice:
"Nada es más conmovedor que una joven española de quince años [...] incluso en el campo. Un rostro de un óvalo perfecto; cabellos de un hermoso castaño claro [...] la piel blanca y fina; los ojos negros y bien hendidos; una boca llena de gracia; una actitud siempre modesta [...] una mano pequeña y perfectamente dibujada; todo encanto en esas jóvenes vírgenes".

Remata Peyron declarando que las mujeres de España "son la clase más interesante de la nación", y ya desde que apenas han salido de la infancia. No es tan escandaloso si tenemos en cuenta que a los cuarenta años una persona ya era vieja, y es que la esperanza de vida no era la de hoy, una época en la que los corsarios de cuello blanco que sufrimos se empeñan en quitarle esperanza a nuestros años. Así que una mujer lista para engendrar podía ser objeto de la admiración de caballeros como Peyron.

Cualquiera diría que estoy intentando compensar el artículo anterior a este, en el que las españolas no quedaban bien paradas en manos de un puñado de guiris con puñetas. Si así fuera, el diplomático francés me ofrece munición, pues subraya un adorno con el que las féminas ibéricas aventajan a sus compatriotas francesas: "La viruela hace aquí, sin duda, muchos menos desastres que en Francia; es raro ver a una mujer con sus huellas".

El barón de Bourgoing, otro Juan Francisco (1748-1811), amén de embajador, también compara a las hispanas con las galas, pero tomándolas por la coquetería, que es "más franca, menos premeditada que la de otras mujeres. La española no tiene tanto interés en gustar a todos". Añade que debe poco a "los recursos de tocador", pues su blancura es natural y su arrobo también. Ahora, eso sí, puede llegar a ser "tan decidida y mortificante en su desdén como seductora si os da alguna esperanza". Pero ¡ay! del infeliz que caiga en la red de sus encantos, pues "el amor de una española es placer y condena", infierno y paraíso.



Sin embargo, el barón de Bourgoing entiende que, en según que cosas, es más el ruido que las nueces en la España galante:
"Cosa singular en un país donde tan común es la vida disipada y donde hay tanto rico ocioso: no se da el tipo de cortesana que ostente con lujo el salario de su lubricidad". 
Como pasa en Versalles, le faltó decir. Es lo que tiene la campechanía patria, esa virtud con la que tantos periodistas cortesanos de hoy en día adornan, a pesar de los hechos machacones, al Borbón emérito. Y es que por estos pagos nos gusta ufanarnos de ser muy de calle y, por lo que se ve, tan poco prácticos entonces como ahora. Lo de ser callejeros, e incluso arrabaleros, lo confirma Bourgoing en otro párrafo; las españolas perdonaban los equívocos, los retruécanos salaces y las indiscreciones: 
"He visto acoger, y hasta permitirse, un lenguaje que hombres poco delicados hubiesen reservado para sus orgías [...] ¿Pero qué vamos a esperar cuando las vemos abandonadas casi exclusivamente a la tutela de los criados, incluso en casas opulentas".
El conde Creutz, otro diplomático, pero este sueco, asegura que la española del XVIII se entregaba con "facilidad y fidelidad". Ahora bien, si era abandonada, veía partir a su amante "sin pena y sin verter una lágrima, arreglándose enseguida para ocupar la plaza vacante [...] basta que sea un ser masculino, lo demás no está sometido a examen". ¡Uf!, entre eso y decir que con cualquier cosa se apañaban, no mediaba ni un paso.

Voy a cerrar con Bourgoing, que paseó la piel de toro durante los años de la Revolución Francesa, y con lo que él toma por nítida muestra de cariño:
"Todo extranjero que haya viajado por España, y especialmente por Castilla, habrá observado esos grupos de gente del pueblo que, sentados al sol, entretienen su pereza matándose los piojos. Entre amantes de esta clase es una demostración de mutua ternura".

Vieja despiojando a un niño, de Murillo (1670).

En vez de pétalos de margarita, piojillos: "Me quiere, no me quiere; me quiere, no me quiere...". Ternura racial y, sí, un poco rancia, pero profiláctica, de eso no cabe duda.


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