sábado, 2 de abril de 2016

GUIRIS CON PUÑETAS

Donde esté la española... (y 2)


"Nada más conmovedor
que una española de 15 años"



¡Uf!, con semejante titular, no creas que las tengo todas conmigo... ¿Estaré infringiendo alguna ley? ¡Ah!, que acabo de caer en que no lo digo yo, que lo dice un francés del XVIII, entonces sí... 

Quien así se expresa es Jean-François Peyron (1748-1784), diplomático de profesión y erudito de vocación, que pintó España para los europeos en su libro de viajes Nouveau voyage en Espagne fait en 1777 et 1778. Con rigor, es esto lo que dice:
"Nada es más conmovedor que una joven española de quince años [...] incluso en el campo. Un rostro de un óvalo perfecto; cabellos de un hermoso castaño claro [...] la piel blanca y fina; los ojos negros y bien hendidos; una boca llena de gracia; una actitud siempre modesta [...] una mano pequeña y perfectamente dibujada; todo encanto en esas jóvenes vírgenes".

Remata Peyron declarando que las mujeres de España "son la clase más interesante de la nación", y ya desde que apenas han salido de la infancia. No es tan escandaloso si tenemos en cuenta que a los cuarenta años una persona ya era vieja, y es que la esperanza de vida no era la de hoy, una época en la que los corsarios de cuello blanco que sufrimos se empeñan en quitarle esperanza a nuestros años. Así que una mujer lista para engendrar podía ser objeto de la admiración de caballeros como Peyron.

Cualquiera diría que estoy intentando compensar el artículo anterior a este, en el que las españolas no quedaban bien paradas en manos de un puñado de guiris con puñetas. Si así fuera, el diplomático francés me ofrece munición, pues subraya un adorno con el que las féminas ibéricas aventajan a sus compatriotas francesas: "La viruela hace aquí, sin duda, muchos menos desastres que en Francia; es raro ver a una mujer con sus huellas".

El barón de Bourgoing, otro Juan Francisco (1748-1811), amén de embajador, también compara a las hispanas con las galas, pero tomándolas por la coquetería, que es "más franca, menos premeditada que la de otras mujeres. La española no tiene tanto interés en gustar a todos". Añade que debe poco a "los recursos de tocador", pues su blancura es natural y su arrobo también. Ahora, eso sí, puede llegar a ser "tan decidida y mortificante en su desdén como seductora si os da alguna esperanza". Pero ¡ay! del infeliz que caiga en la red de sus encantos, pues "el amor de una española es placer y condena", infierno y paraíso.



Sin embargo, el barón de Bourgoing entiende que, en según que cosas, es más el ruido que las nueces en la España galante:
"Cosa singular en un país donde tan común es la vida disipada y donde hay tanto rico ocioso: no se da el tipo de cortesana que ostente con lujo el salario de su lubricidad". 
Como pasa en Versalles, le faltó decir. Es lo que tiene la campechanía patria, esa virtud con la que tantos periodistas cortesanos de hoy en día adornan, a pesar de los hechos machacones, al Borbón emérito. Y es que por estos pagos nos gusta ufanarnos de ser muy de calle y, por lo que se ve, tan poco prácticos entonces como ahora. Lo de ser callejeros, e incluso arrabaleros, lo confirma Bourgoing en otro párrafo; las españolas perdonaban los equívocos, los retruécanos salaces y las indiscreciones: 
"He visto acoger, y hasta permitirse, un lenguaje que hombres poco delicados hubiesen reservado para sus orgías [...] ¿Pero qué vamos a esperar cuando las vemos abandonadas casi exclusivamente a la tutela de los criados, incluso en casas opulentas".
El conde Creutz, otro diplomático, pero este sueco, asegura que la española del XVIII se entregaba con "facilidad y fidelidad". Ahora bien, si era abandonada, veía partir a su amante "sin pena y sin verter una lágrima, arreglándose enseguida para ocupar la plaza vacante [...] basta que sea un ser masculino, lo demás no está sometido a examen". ¡Uf!, entre eso y decir que con cualquier cosa se apañaban, no mediaba ni un paso.

Voy a cerrar con Bourgoing, que paseó la piel de toro durante los años de la Revolución Francesa, y con lo que él toma por nítida muestra de cariño:
"Todo extranjero que haya viajado por España, y especialmente por Castilla, habrá observado esos grupos de gente del pueblo que, sentados al sol, entretienen su pereza matándose los piojos. Entre amantes de esta clase es una demostración de mutua ternura".

Vieja despiojando a un niño, de Murillo (1670).

En vez de pétalos de margarita, piojillos: "Me quiere, no me quiere; me quiere, no me quiere...". Ternura racial y, sí, un poco rancia, pero profiláctica, de eso no cabe duda.


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4 comentarios:

  1. Siempre es curioso conocer lo que ciudadanos de otros países opinan del nuestro, incluso en tiempos pasados. Ahora, esto es, en general, muy subjetivo. Gracias por la entrada. Un saludo.

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    1. Sí, son muy parciales en general, y en blog resultan aún más, por el poco espacio. Sin embargo, ayudan a que nos miremos desde otra perspectiva y nos sacudamos un poco nuestros propios prejuicios. Gracias por tu comentario, Luy.

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  2. "...incluso en el campo". Pues sería una joven de la nobleza paseando al atsrdecer porque las campesinas "incluso con quince años" no creo que tuvieran la piel muy blanca y fina que de resolver esa cuestión ya se encargaba el sol patrio éste sí, muy campechano.
    Buenísimo tu final con los piojillos... me quiere, no me quiere. ¡¡País!!
    Un beso.

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    1. Estoy de acuerdo contigo. Yo creo que estos GUIRIS hablaban a veces de oídas, muy de oídas. Gracias. Un beso.

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