sábado, 16 de abril de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS


La danza del diablo



Esta es otra de esas entradas corales, como las que dediqué a los saraos chocolateros o a la pasión de las mujeres españolas. La gran mayoría de los guiris con puñetas del siglo XVIII coincide en señalar con dedo inquisitorial un baile que, por resumir, califican de engendro de los tablaos de Belcebú. También es verdad que no lo señalan de oídas, sino porque se dejaron invitar, y no tan a disgusto, a más de una juerga flamenca, ya fuera en el Sacromonte granadino, en la Puerta de Tierra gaditana o en el sevillano barrio de Triana. Para mí que la impresión que se llevaron fue la misma que tuvo san Antonio cuando se le aparecieron todos los demonios, y no por lo horribles que fueran, sino por lo tentadores...


La tentación de san Antonio, Lovis Corinth (1897).

Compara el cuadro de Corinth con el siguiente grabado de Gustavo Doré, ambientado en una academia de baile de Sevilla a la que ha llegado una cuadrilla de patilludos viajeros anglosajones: solo falta pintarles baberos y esperar que no se les salten los botones de las braguetas... por si dejan tuerta a la bailarina, digo.


Una academia de baile, en Sevilla. G. Doré, 1874.

Y es que la muy desvergonzada les muestra no solo el tobillo, sino también las pantorrillas, Mother of the Beautiful Love! Where do we go to arrive to!... Pues bien, esa danza sinuosa, descarada, incitante, que desbarataba vidas, esquilmaba fortunas y escandalizaba a nuestros guiris, no era otra que el fandango. Ya en 1735 aparecía en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia: "Baile introducido por los que han estado en los reinos de Indias, que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo". Por las fechas, hablamos de una danza -aún no había versiones cantadas- que debió de llegar a España en el siglo XVII, inspirada por los ritmos de los esclavos africanos; incluso se atribuye el nombre a un dialecto de la lengua bantú: fandang. Otros niegan, cómo no, su origen trasatlántico y reivindican la raíz andalusí o calé. A otro perro con ese hueso de la polémica, que ni lo sé ni viene a cuento aquí.

Uno de los más señalados guiris puñeteros, Giacomo Casanova, quedó tan admirado por el fandango que no dudó en contratar los servicios de un profesor para que le enseñara a bailarlo. Y bien que lo disfrutó, "con notable éxito", en los bailes de máscaras del madrileño teatro de los Caños del Peral en las carnestolendas de 1768.


Baile de candil. A. Chaman.

Tal danza no provocó la misma admiración en un británico, el mayor Dalrymple, quien en 1774 la definía así: "Danza lasciva que viene de las Indias Occidentales, por la que los españoles se muestran tan apasionados como los ingleses por la pipa. Creo que esa danza procede de la costa de Guinea, porque he observado que, en Tetuán, los soldados negros del emperador de Marruecos bailan un baile muy semejante, con castañuelas en sus manos".


Boceto de una fiesta en Alcoy. G. Doré, 1874.

Opinión gemela tiene del fandango, "baile lascivo", el embajador sueco Gustavo Felipe Creutz, quien pasó tres años en Madrid, de 1763 a 1766: "Las mujeres de calidad no ponen reparo ninguno en bailar esa danza en los bailes públicos. Es una danza inventada en los serrallos". Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, el autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro, llegado a Madrid en 1764 para lavar una ofensa, describió el fandango en una carta a su mecenas, el duque de la Vallière. 


El olé gaditano. G. Doré, 1874.
Le cuenta que es una "danza obscena" protagonizada por una joven provocadora y flexible: "Cuando el hombre está rendido llega otro ante la mujer, que, cuando es ágil danzarina, de ese modo agota a siete u ocho, uno tras otro. Hay también duquesas y otras danzarinas muy distinguidas cuya reputación no tiene límites en el fandango".

El escándalo de los viajeros ante un fandango se acentuaba porque los saraos en los que se bailaba terminaban con el alba; por eso era llamado baile de candil. A uno de ellos asistió en Cádiz el caballero Henry Swinburne; fue en marzo de 1776: "Todos se ponen en pie, y la sala entera resuena con el estruendo de los taconeos y las palmas. Los dos sexos son igualmente hábiles en la danza".


Un baile de candil en el barrio de Triana. G. Dor.e, 1874.

El fandango no subió de las tabernas a los palacios, sino que fue baile galante y luego tabernario. Bien se le podrían adaptar los versos del Tenorio: "Yo a los palacios subí, yo a las cabañas bajé". Y también a los viajeros europeos: "Y en todos ellos dejé amarga memoria de mí". Por quitarle drama al asunto, y como muestra de la popularidad de aquel baile, te dejo con un vídeo donde podrás disfrutar del cuarto movimiento, Fandango, del quinteto para guitarra de Boccherini. Y si quieres, ¡baila!... Si Nina Corti, la bailaora del vídeo, puede palillear con esa gracia suiza, ¿qué no podrás hacer tú?


Si quieres leer la entrada anterior de este blog:

¿Quieres ser testigo de la VIDA SECRETA de QUIJANO y CERVANTES?



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8 comentarios:

  1. ¡Muy bueno José Juan! ¡Un millón de felicitaciones!
    ¡Saludos!

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    1. Pues un millón de gracias y un saludo para ti también.

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  2. Sólo diré tres palabras: olé, olé olé.

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  3. Mañana mismo empiezo con eso de las castañuelas, la gracia gitana ya no me hace falta que la llevo puesta. Tacones y una bata de volantes y me arranco con lo que sea.
    Si es que soy una catalana atípica... muero por el flamenco!!!
    Y es oir un fandango, una soleà o unos tanguillos y se me ponen los pelos de punta.
    Gracias mil por hacernos este regalo.
    Genial

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    1. ¡Ole, ole y ole! ¡Arsa, mi niña! Gracias a ti por tus comentarios.

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  4. Sosa es hasta cansarse la bailaora del vídeo, pero yo creo que lo soy más, así que haré mutis por el foro. La Duquesa de Alba, que en paz descanse, sí que entendía de estas cosas y, aunque sobrada de décadas a sus espaldas, habrá dejado a más de uno boquiabierto con sus bailes. No me extraña que haya tenido tres maridos. Seguro que los encandilaba con estas artes. Gracias por tu entrada, José Juan

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    1. Pues, por aquella época, a su antepasada le iba la marcha tanto o más. Se vestía de maja y no se perdía un sarao. Gracias a ti, Carmela.

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