sábado, 23 de abril de 2016

¡A HACER PUÑETAS!





No lo tomes como una ofensa, ni como un calentón de los míos. Cuando vivía en Getafe, a un pestañeo de Madrid, yo era de la parroquia de un bar-cafetería que se llamaba Lido, un quiero y no puedo ochentero muy propio de un pueblo que iba para ciudad y que se colmaba de aspirantes a nuevo rico. Me refiero a un tipo de carroñera que no sobrevuela los campos en busca de carcasas putrefactas, sino de fincas recalificables. De ese hedor aún no se ha librado buena parte de los ayuntamientos españoles, ¡qué te voy a contar que tú no sepas!

El caso es que aquel bar tenía una especialidad: patatas fritas, de las de bolsa, con una pella de ensaladilla rusa encima. Vete a saber por qué, el dueño las bautizó como "puñetas". ¡Qué aperitivazo! Te las ponían como pincho, pero las podías pedir por raciones y medias raciones. ¡Cómo entraban las cañas con semejante invento! Por eso, cuando el propietario, siempre en la barra, mandaba a un camarero a hacer puñetas, no lo estaba despidiendo...

Yo tampoco te despido a ti... me despido a mí y a este blog que, en los últimos meses, se ha llenado de GUIRIS CON PUÑETAS. Resulta que ellos y yo nos vamos a la ídem. No es -solo- porque Blogger o G+, o ambos, o uno más que otro, nos estén tomando a los bloggers por niños que nos chupamos el dedo. Llevan semanas restándonos los signos que muestran y demuestran la actividad de nuestras bitácoras y, cuando nos quejamos, nos dan respuestas robotizadas, como Rajoy y sus ministros a la ciudadanía. Tampoco es porque se me hayan acabado las ideas: ya me conoces, sabes que no, las comadrejas de biblioteca no paramos de serpentear por este o por aquel agujero documental en busca de alimento. No me he cansado, ¡ni de lejos!, de esta aventura que empezó el 4 de febrero de 2013 con un saludo a mi primera novela publicada, El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café). Y que suspendí, por impaciente y soberbio, un año después, y sin haberme prodigado mucho, la verdad. Mi despedida fue otra bienvenida, a mi segundo libro: Sálvame: la telebasura como autoayuda.

Retomé esta bitácora al final del verano de 2014 prometiendo humildad y constancia, dispuesto al pico y pala; por entonces no llegaba a los cien seguidores, que ya me parecían una barbaridad. Empecé, tímidamente, con curiosidades históricas sobre el siglo XVIII, la época en la que se desarrollan las aventuras de mi primer protagonista dado a luz, Yago Valtrueno. En febrero del año pasado cambié las anécdotas de aquí y de allá por otras sobre el café, autorizadas con citas de personajes célebres: CITA EXPRÉS. Ocho meses más tarde, me mudé de los cafés a los talleres de puñetas que adornaban las bocamangas dieciochescas; y a las imprentas de los antiguos libros de viajes, llenos, a la par, de mala baba y de amable comprensión para España. Unos y otras, talleres e imprentas, me han traído hasta aquí, a un puerto al que arribo con casi 800 amigos, conocidos y seguidores. Muchas gracias: por tu interés, por tu tiempo, por tus comentarios, por tus correcciones, por tus sugerencias, por tus colaboraciones, por tu cariño, gracias por todo eso y más.

El blog que nació para apoyar una novela, y que creció apoyándome a mí con inacabables dosis de curiosidad y entusiasmo, descansará a partir de ahora en el varadero de las bitácoras que tuvieron una buena vida. No se le pudrirán las cuadernas porque yo seguiré pendiente de su baqueteado esqueleto. Y porque sus entradas pasarán, y ahora viene la primera de las verdaderas causas de este final, a mi futura web, una de autor, que me está ayudando a poner en pie Víctor J. Sanz, el editor de mi última novela, En un maldito lugar de la Mancha. Queríamos que la disfrutaras en un par de semanas, pero la vida tiene sus propias derrotas, que no son fracasos, sino rutas marineras...

... Después de cuatro años alejado de la TV, me acaban de hacer una oferta que no puedo rechazar. Me gustan los líos y suelen llamarme para desenredarlos -"Es un tipo que resuelve", dijo de mí un jefe que tuve, Carlos Berbell-, así que me voy a Mérida a arrimar el hombro en la puesta en marcha de un programa de sobremesa (¡Ay, Mari!) para el canal autonómico. Por un par de meses dejo los aires marinos de Coruña para llenarme de los extremeños, que huelen a jamón, a cerezas y a sangre vertida de héroes griegos y porqueros conquistadores. Cuando vuelva al Norte, curado como una buena caña de lomo, habremos construido e inaugurado una web que será mi hogar literario y el tuyo. Eso sí, mientras tanto, podrás disfrutar, en lo que me deje la televisión, de mi otro sitio, -istoria sin H.

Termino. Y lo hago tal y como empecé esta segunda etapa de mi blog, con mi cita favorita, una de Amin Maalouf para León el Africano: "Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía". Gracias por todo. Te deseo, desde este blog que descansa, lo mismo que quiero para mí: salud y éxito.


Ilustración de apertura: Caravana en el desierto, Alberto Pasini (1867).

Si quieres leer la entrada anterior de este blog:

¿Quieres ser testigo de la VIDA SECRETA de QUIJANO y CERVANTES?



¿Quieres probar mi novela con AROMA DE CAFÉ?

sábado, 16 de abril de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS


La danza del diablo



Esta es otra de esas entradas corales, como las que dediqué a los saraos chocolateros o a la pasión de las mujeres españolas. La gran mayoría de los guiris con puñetas del siglo XVIII coincide en señalar con dedo inquisitorial un baile que, por resumir, califican de engendro de los tablaos de Belcebú. También es verdad que no lo señalan de oídas, sino porque se dejaron invitar, y no tan a disgusto, a más de una juerga flamenca, ya fuera en el Sacromonte granadino, en la Puerta de Tierra gaditana o en el sevillano barrio de Triana. Para mí que la impresión que se llevaron fue la misma que tuvo san Antonio cuando se le aparecieron todos los demonios, y no por lo horribles que fueran, sino por lo tentadores...


La tentación de san Antonio, Lovis Corinth (1897).

Compara el cuadro de Corinth con el siguiente grabado de Gustavo Doré, ambientado en una academia de baile de Sevilla a la que ha llegado una cuadrilla de patilludos viajeros anglosajones: solo falta pintarles baberos y esperar que no se les salten los botones de las braguetas... por si dejan tuerta a la bailarina, digo.


Una academia de baile, en Sevilla. G. Doré, 1874.

Y es que la muy desvergonzada les muestra no solo el tobillo, sino también las pantorrillas, Mother of the Beautiful Love! Where do we go to arrive to!... Pues bien, esa danza sinuosa, descarada, incitante, que desbarataba vidas, esquilmaba fortunas y escandalizaba a nuestros guiris, no era otra que el fandango. Ya en 1735 aparecía en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia: "Baile introducido por los que han estado en los reinos de Indias, que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo". Por las fechas, hablamos de una danza -aún no había versiones cantadas- que debió de llegar a España en el siglo XVII, inspirada por los ritmos de los esclavos africanos; incluso se atribuye el nombre a un dialecto de la lengua bantú: fandang. Otros niegan, cómo no, su origen trasatlántico y reivindican la raíz andalusí o calé. A otro perro con ese hueso de la polémica, que ni lo sé ni viene a cuento aquí.

Uno de los más señalados guiris puñeteros, Giacomo Casanova, quedó tan admirado por el fandango que no dudó en contratar los servicios de un profesor para que le enseñara a bailarlo. Y bien que lo disfrutó, "con notable éxito", en los bailes de máscaras del madrileño teatro de los Caños del Peral en las carnestolendas de 1768.


Baile de candil. A. Chaman.

Tal danza no provocó la misma admiración en un británico, el mayor Dalrymple, quien en 1774 la definía así: "Danza lasciva que viene de las Indias Occidentales, por la que los españoles se muestran tan apasionados como los ingleses por la pipa. Creo que esa danza procede de la costa de Guinea, porque he observado que, en Tetuán, los soldados negros del emperador de Marruecos bailan un baile muy semejante, con castañuelas en sus manos".


Boceto de una fiesta en Alcoy. G. Doré, 1874.

Opinión gemela tiene del fandango, "baile lascivo", el embajador sueco Gustavo Felipe Creutz, quien pasó tres años en Madrid, de 1763 a 1766: "Las mujeres de calidad no ponen reparo ninguno en bailar esa danza en los bailes públicos. Es una danza inventada en los serrallos". Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, el autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro, llegado a Madrid en 1764 para lavar una ofensa, describió el fandango en una carta a su mecenas, el duque de la Vallière. 


El olé gaditano. G. Doré, 1874.
Le cuenta que es una "danza obscena" protagonizada por una joven provocadora y flexible: "Cuando el hombre está rendido llega otro ante la mujer, que, cuando es ágil danzarina, de ese modo agota a siete u ocho, uno tras otro. Hay también duquesas y otras danzarinas muy distinguidas cuya reputación no tiene límites en el fandango".

El escándalo de los viajeros ante un fandango se acentuaba porque los saraos en los que se bailaba terminaban con el alba; por eso era llamado baile de candil. A uno de ellos asistió en Cádiz el caballero Henry Swinburne; fue en marzo de 1776: "Todos se ponen en pie, y la sala entera resuena con el estruendo de los taconeos y las palmas. Los dos sexos son igualmente hábiles en la danza".


Un baile de candil en el barrio de Triana. G. Dor.e, 1874.

El fandango no subió de las tabernas a los palacios, sino que fue baile galante y luego tabernario. Bien se le podrían adaptar los versos del Tenorio: "Yo a los palacios subí, yo a las cabañas bajé". Y también a los viajeros europeos: "Y en todos ellos dejé amarga memoria de mí". Por quitarle drama al asunto, y como muestra de la popularidad de aquel baile, te dejo con un vídeo donde podrás disfrutar del cuarto movimiento, Fandango, del quinteto para guitarra de Boccherini. Y si quieres, ¡baila!... Si Nina Corti, la bailaora del vídeo, puede palillear con esa gracia suiza, ¿qué no podrás hacer tú?


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sábado, 9 de abril de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS

Jean-François Peyron


"¿Y qué nación no tiene vicios?"



"Nos han pintado ya y muy a menudo a los españoles; pero cada provincia os ofrece un carácter particular". ¡No me digas! ¿Pero qué nos va a contar Juan Francisco Peyron (1748-84), francés, embajador y viajero, que no sepamos nosotros desde que Viriato era cabo furriel? Pues como quien oye llover, él, a lo suyo: 
"Esas provincias, que formaban en otro tiempo casi otros tantos reinos, parecen conservar el mismo espíritu de odio más o menos fuerte, en razón del alejamiento o la proximidad".
Esas son un par de pinceladas del fresco que Peyron hace de España en su libro de viajes Nouveau voyage en Espagne fait en 1777 et 1778. Nótese que usa el novedoso término "provincia", pieza básica del puzzle territorial borbónico. No hay ya, como los había con los Austrias, un reino de Castilla y otro de Aragón, así por lo grueso, sino un país centralizado bajo el poder absoluto del monarca soberano. Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares se convierten en provincias bajo mando militar por su apoyo al pretendiente austracista en la Guerra de Sucesión. Navarra conserva su condición de reino y Álava, Guipúzcoa y Vizcaya mantienen, como "provincias exentas", sus privilegios fiscales. Andalucía se divide en cuatro -Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada- y Galicia en siete: Orense, Tuy, Lugo, Santiago, Betanzos, La Coruña y Mondoñedo. Por lo demás, y simplificando, Castilla es Nueva y Vieja.

División territorial de España tras la Guerra de Sucesión.
Fuente: www.geografiainfinita.com

De aquellas pinceladas de Peyron pasamos a los brochazos. El español del siglo XVIII era, desde el punto de vista del viajero francés, religioso, pero supersticioso; paciente, pero holgazán; decente, pero altivo; caritativo, pero vengativo; leal, pero orgulloso; penetrante, pero ignorante. Eso sí, "no se advierte en el español el aire aturdido, las carcajadas ruidosas, tan comunes en Francia; ni el aire excéntrico, burlón y cáustico de los ingleses; ni el tono servil, falso y halagador del italiano". Concluye Peyron, por tanto, que el hispano tiene sus vicios, pero nos disculpa: "¿Cuál es la nación, cuál es el hombre que no los tiene?".


"Religiosos, pero supersticiosos".
En una entrada anterior, otro guiri con puñetas, el caballero inglés Henry Swinburne, nos ofrecía un catálogo de las virtudes y los vicios hispánicos clasificados por provincias; aquí voy a repetir esa experiencia, pero según las impresiones de otro aristócrata, aunque este francés. Sigamos el orden por el que Jean-François Peyron se adentró en la Península Ibérica, por entonces exótica y asilvestrada, por mucho que hubiera sido la dueña de Europa, o casi. 

Puesto que entró por Cataluña, conozcamos, en primer lugar, su opinión sobre los naturales de esta región, "la más industriosa, la más activa, la más trabajadora", aunque sea "un pueblo aparte, siempre dispuesto a rebelarse". Sin embargo, hablamos de "la cuna española de las artes y los oficios: hay allí un grado de perfección que no se encuentra en el resto del reino"; lo que no quita para que el catalán sea "rudo, grosero, ambicioso, celoso e interesado", lo que no es óbice para que pueda convertirse en un "franco y buen amigo".

Campesino catalán,
por A. C. Andros (1860).
Siempre según Peyron, los valencianos son "astutos, falsos y más suaves en sus maneras [que los catalanes...]. El individuo más holgazán y más acomodaticio que existe", para rematar que "todos los volatineros, los santones y los charlatanes de España salen del reino de Valencia".

A los andaluces los define con una sentencia que está a medio camino entre la alabanza y el sarcasmo: "No tiene nada suyo, ni su lengua". Los compara con los franceses de la Gascuña, región de la que procedía el literario aspirante a mosquetero D'Artagnan: "Por la réplica, la rivalidad, la fanfarronería: se le distingue en medio de cien españoles", como supongo que a los sanguíneos gascones se les distinguiría entre cien galos.

"Andaluces: pasión y placer".
Peyron considera a los sureños "hiperbólicos" y también falsos, como a los valencianos: "Tan pronto te ofrece su vida como se arrepiente"; y muy apegados a lo suyo, como el catalán; pero valientes, joviales, amables y pasionales como ellos solos. Y, a mayores, "bien formados y amantes de todos los placeres".

Los castellanos, sin que el viajero francés llegue a distinguir entre viejos y nuevos, son "altivos y graves", tal que viejos hidalgos. Su aire es "contemplativo, discreto y desconfiado". Amable, pero frío; frío, pero no afectado. Su juicio es sólido, su alma fuerte, su genio profundo: "Son aptos para las ciencias".

Con el gallego usa otra comparación con los naturales de otra región francesa, Auvernia, pues ambos se ven empujados a trabajar lejos de sus hogares. No andan lejos los asturianos, a los que Peyron considera fieles, pero "poco inteligentes", por lo que "casi todos son criados" en muchas casas de España.


Santiago de Compostela: los peregrinos llegan; los gallegos se van.

Tras semejante repaso, Peyron menciona un feo vicio que arruina vidas a lo largo y ancho de Europa, el de las cadenas que atan a un hombre, y a muchas mujeres y niños de la época, a una botella. Asegura el viajero que no se puede hallar en la lista de los pecados españoles el de la embriaguez, "pues en tal nación se odia a los borrachos", sentencia el francés. ¡Brindo por eso! ¿Hacen unos vermucitos? ¿O unas cañitas?


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sábado, 2 de abril de 2016

GUIRIS CON PUÑETAS

Donde esté la española... (y 2)


"Nada más conmovedor
que una española de 15 años"



¡Uf!, con semejante titular, no creas que las tengo todas conmigo... ¿Estaré infringiendo alguna ley? ¡Ah!, que acabo de caer en que no lo digo yo, que lo dice un francés del XVIII, entonces sí... 

Quien así se expresa es Jean-François Peyron (1748-1784), diplomático de profesión y erudito de vocación, que pintó España para los europeos en su libro de viajes Nouveau voyage en Espagne fait en 1777 et 1778. Con rigor, es esto lo que dice:
"Nada es más conmovedor que una joven española de quince años [...] incluso en el campo. Un rostro de un óvalo perfecto; cabellos de un hermoso castaño claro [...] la piel blanca y fina; los ojos negros y bien hendidos; una boca llena de gracia; una actitud siempre modesta [...] una mano pequeña y perfectamente dibujada; todo encanto en esas jóvenes vírgenes".

Remata Peyron declarando que las mujeres de España "son la clase más interesante de la nación", y ya desde que apenas han salido de la infancia. No es tan escandaloso si tenemos en cuenta que a los cuarenta años una persona ya era vieja, y es que la esperanza de vida no era la de hoy, una época en la que los corsarios de cuello blanco que sufrimos se empeñan en quitarle esperanza a nuestros años. Así que una mujer lista para engendrar podía ser objeto de la admiración de caballeros como Peyron.

Cualquiera diría que estoy intentando compensar el artículo anterior a este, en el que las españolas no quedaban bien paradas en manos de un puñado de guiris con puñetas. Si así fuera, el diplomático francés me ofrece munición, pues subraya un adorno con el que las féminas ibéricas aventajan a sus compatriotas francesas: "La viruela hace aquí, sin duda, muchos menos desastres que en Francia; es raro ver a una mujer con sus huellas".

El barón de Bourgoing, otro Juan Francisco (1748-1811), amén de embajador, también compara a las hispanas con las galas, pero tomándolas por la coquetería, que es "más franca, menos premeditada que la de otras mujeres. La española no tiene tanto interés en gustar a todos". Añade que debe poco a "los recursos de tocador", pues su blancura es natural y su arrobo también. Ahora, eso sí, puede llegar a ser "tan decidida y mortificante en su desdén como seductora si os da alguna esperanza". Pero ¡ay! del infeliz que caiga en la red de sus encantos, pues "el amor de una española es placer y condena", infierno y paraíso.



Sin embargo, el barón de Bourgoing entiende que, en según que cosas, es más el ruido que las nueces en la España galante:
"Cosa singular en un país donde tan común es la vida disipada y donde hay tanto rico ocioso: no se da el tipo de cortesana que ostente con lujo el salario de su lubricidad". 
Como pasa en Versalles, le faltó decir. Es lo que tiene la campechanía patria, esa virtud con la que tantos periodistas cortesanos de hoy en día adornan, a pesar de los hechos machacones, al Borbón emérito. Y es que por estos pagos nos gusta ufanarnos de ser muy de calle y, por lo que se ve, tan poco prácticos entonces como ahora. Lo de ser callejeros, e incluso arrabaleros, lo confirma Bourgoing en otro párrafo; las españolas perdonaban los equívocos, los retruécanos salaces y las indiscreciones: 
"He visto acoger, y hasta permitirse, un lenguaje que hombres poco delicados hubiesen reservado para sus orgías [...] ¿Pero qué vamos a esperar cuando las vemos abandonadas casi exclusivamente a la tutela de los criados, incluso en casas opulentas".
El conde Creutz, otro diplomático, pero este sueco, asegura que la española del XVIII se entregaba con "facilidad y fidelidad". Ahora bien, si era abandonada, veía partir a su amante "sin pena y sin verter una lágrima, arreglándose enseguida para ocupar la plaza vacante [...] basta que sea un ser masculino, lo demás no está sometido a examen". ¡Uf!, entre eso y decir que con cualquier cosa se apañaban, no mediaba ni un paso.

Voy a cerrar con Bourgoing, que paseó la piel de toro durante los años de la Revolución Francesa, y con lo que él toma por nítida muestra de cariño:
"Todo extranjero que haya viajado por España, y especialmente por Castilla, habrá observado esos grupos de gente del pueblo que, sentados al sol, entretienen su pereza matándose los piojos. Entre amantes de esta clase es una demostración de mutua ternura".

Vieja despiojando a un niño, de Murillo (1670).

En vez de pétalos de margarita, piojillos: "Me quiere, no me quiere; me quiere, no me quiere...". Ternura racial y, sí, un poco rancia, pero profiláctica, de eso no cabe duda.


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sábado, 19 de marzo de 2016

GUIRIS CON PUÑETAS

Donde esté la española... (1)


"Las tomaréis por santas,
pero son hechiceras del amor"



¿Y qué opinaban los guiris con puñetas de las mujeres españolas?... "¡Ajá!, ahí te quería yo ver", me diréis, queridas lectoras, con mucha razón y una pizca de malicia, de esa misma que los extranjeros achacaban a vuestras trastatarabuelas. Pues lo que digan será cosa de ellos, opiniones personales e intransferibles, como el D.N.I. ¿Quiere decir esto que os ponen de chupa de dómine? Hay de todo, como en las antiguas boticas y en los modernos chinos.

¿Y por dónde empiezo? ¡Pues por dónde va a ser! Por el rey de los seductores, Giacomo Casanova de Seingalt, que pasó un año en España entre noviembre de 1767 y diciembre de 1768.

Casanova encontró en Madrid
la horma de su zapato italiano.
Casanova inauguró esta serie titulada GUIRIS CON PUÑETAS. En sus memorias recuerda que los varones españoles están llenos de prejuicios, pero que ellas, "aunque ignorantes, son por lo general discretas", amén de inteligentes y apasionadas. Ten en cuenta que "discreción" no significa solo prudencia o sensatez, sino también ingenio, agudeza y don de la oportunidad, cualidades muy bien vistas en los salones mundanos, en los bailes o a la salida de misa en aquella España del siglo XVIII, beata y lúbrica a un tiempo.

Tres años antes de la estancia española del campeón de los engatusadores, otro guiri, el dramaturgo francés Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro, tuvo que cruzar los Pirineos. Y digo "tuvo" con todo rigor: Beaumarchais vino a apretarle las clavijas a José Clavijo, periodista y escritor, un auténtico punto filipino. Era la respuesta urgente a la demanda de auxilio de una de sus hermanas, residente en Madrid: "Lisette ha sido ultrajada por un hombre reputado como peligroso. Dos veces...", le escribió ella. Resulta que una de las cinco hermanas del francés, Marié-Louise, fue seducida y abandonada por el español, canario por más señas y pichabrava de vocación, tras habérsela camelado con una promesa de matrimonio. "Pero una vez he metido, de lo prometido me olvido", parece que resolvió el isleño ilustrado.

Ahí tienes a Beaumarchais,
mirando hacia otro lado...

(Jean-Marc Nattier, 1755)
Al final, todo se arregló con una confesión pública de Clavijo que le hizo caer en desgracia en la corte de Carlos III por tres años. En esa temporada madrileña del año 1764, a Beaumarchais le dio tiempo a concluir lo que sigue sobre las españolas, recogido en una carta al duque de La Vallière, su mecenas: 
"No hay ninguna mujer de sociedad en el mundo que goce de tan gran desahogo como las de esta capital, y no se oye que descuiden las ventajas de esa suave libertad". Y añade que, en general, el pueblo español conjuga "una devoción supersticiosa con una corrupción de costumbres bastante grande". Consejos doy y para mí no tengo. De vuelta en Francia, Beaumarchais rompió su compromiso con Pauline Le Breton, indiana azucarera. Cuando el granuja se enteró de que la novia no era tan rica como había calculado se hizo el sueco. Cosa que no tenía que fingir el conde Gustavo Felipe Creutz, embajador en Madrid del rey Adolfo Federico de Suecia entre 1763 y 1766.

Gustavo Felipe Creutz en un retrato
de Johan Gustaf Sandberg (1832).
Creutz distingue con nitidez a la madrileña de la provinciana. Estas son, para el sueco, "bellas y modestas [...] Pero, en la capital, la pérdida de las costumbres se ha declarado. La corrupción es allí horrible y la relajación marcha con la cabeza levantada. La generación actual se parece a una raza de enanos lisiados". 
Al diplomático y poeta boreal le repugna, sobre todo, la moda capitalina de los acompañantes estrechos, y no de miras, sino de distancias:
"Cada mujer, de cualquier condición que sea, se acompaña tan públicamente de un amante llamado cortejo, que es al mismo tiempo su esclavo y su señor".
Las madrileñas, y otras damas de ciudad señera, se dejaban querer a dos bandas: por su marido o su novio y por un querido, con la anuencia, e incluso la complicidad, de ambos. A Casanova lo trajo de cabeza una madrileña cuyo prometido le sacaba los cuartos al italiano por las molestias y para la dote. 
¿Quién más rendido?, grabado #27 de
la serie Los Caprichos, de Francisco
de Goya (1799).
Hablamos de un siglo consumista y ostentoso, en el que la vida empieza a convertirse en la pasarela, o en la pantalla, que hoy es. El mayor pecado social era pasar por antigualla y no echarse encima los atavíos más avant-garde aderezados con las palabrejas más infames con tal de que sonaran a parisién


Yago Valtrueno, protagonista de mi novela histórica El viento de mis velas (Peripecias de un empedernido bebedor de café) pinta así a los cortejos:
"En la Cádiz cosmopolita e ilustrada de entonces, nada había de peor tono que aparecer como un marido celoso, que era lo mismo que decir antiguo, incivil y miserable. Y si, al fin y al cabo, aquellos gentilhombres pagaban con generosidad a los peluqueros de sus esposas para que les armasen tocados babélicos, ¿por qué no habrían de lucir ellos una espléndida cornamenta como testigo de su adhesión a los tiempos nuevos?
Así que, por no escandalizar y exponerse a la pública vergüenza, los maridos gaditanos –y los madrileños, sevillanos, condales y vallisoletanos– consentían con la moda de los entretenedores. También es verdad que el cortejo había de ir a escote con los gastos, así que los burgueses daban la bienvenida a nuevos socios en su empresa conyugal". 
No es la primera vez que aquí lo recomiendo, pero insisto: hay un libro delicioso de Carmen Martín Gaite sobre la moda de los cortejos, Usos amorosos del XVIII en España. Mucha Inquisición y mucha garambaina, pero nos sonrojarían.

Sir Hew W. Dalrymple,
por John Jackson (1831).
Otro viajero, el mayor sir Hew Whitefoord Dalrymple, militar británico destinado en Gibraltar, ajusta aún más el término y el uso:

"[El cortejo] es el agradable empleo de los cadetes de las guardias de palacio que, en general, no son muy acomodados [...] entre las gentes de calidad es un motivo de gasto en el que no ahorran nada". 
Y que, según Dalrymple, lleva a las familias a la ruina y al mal francés, una penitencia muy corriente en España:
"He sido presentado en casa de un título [nobiliario] que estaba casi por entero podrido de ese mal [sífilis...] y su mujer, que era muy guapa y muy amable, se moría de la misma enfermedad". 

"A Dios rogando, y con el mazo dando",
resumen moral de la España del XVIII.

De su paso por Córdoba saca esta conclusión de la hipocresía moral de las españolas:
"En la iglesia, en las calles y en todos los sitios públicos, las tomaréis por santas; pero aún no se ha puesto el sol cuando cada pájaro encuentra su hembra. No hay señora que se atreva a salir sin su dueña, pero esa guardia ordinariamente es una vieja que favorece las intrigas amorosas".
Según Dalrymple, que viajó por España en 1774, los artificios de las españolas vienen de que su única formación es la paterna y que, por ello, "son fértiles en recursos, educadas en la reserva, y detrás de rejas en el alojamiento, o rodeadas de espías en el exterior; el exceso de violencia las invita a hallar los medios de engañar la vigilancia de los guardianes y a romper las trabas en que las retienen".

Granadinas a salvo del sol y las miradas, según Doré.

Madame D'Aulnoy ya se fijó un siglo antes en "el ingenio muy agudo" de la hispana. Pero ella no achacaba la extensión de la sífilis a las mujeres, sino a la costumbre masculina, muy arraigada en tiempos de los Austrias, de mantener, desde los trece o catorce años, una manceba, que podía tener otros galanteos. Tal apaño continuaba tras su boda con la esposa que su familia le escogía. La mujer se convertía en víctima de la plaga sin pretenderlo y la enfermedad pasaba a los hijos. La viajera francesa afirma, eso sí, que en asuntos galantes, las españolas eran "muy arrebatadas".

Entrado el XIX, Lord Byron no difería de la opinión de la D'Aulnoy. Al romántico inglés le pasó lo que a Casanova: se amilanó ante el empuje de las españolas; una de ellas lo embistió con tanta fuerza que Byron buscó el burladero. Dejó dicho que eran intrigantes en sumo grado: "No es la discreción un adorno de las mujeres españolas; muy guapas, y de grandes y bellos ojos [...] están hechas para las hechiceras artes del amor". Eso sí, en comparación con sus compatriotas, "la mujer de un duque tiene la misma educación que una campesina".

¡Vaya!, parece que en esta primera entrega haya habido más arena que cal. ¿Era esta la imagen que tenías de la mujer española del siglo XVIII? Bueno, es lo que tienen los tópicos, que son como el algodón de azúcar,  teñidos, insustanciales y sin alimento. Yo prefiero las sombras de la Historia, ¿y tú?...


Continuará...

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sábado, 12 de marzo de 2016


GUIRIS CON PUÑETAS 

Jacobo Sobieski



"España da ganas de escupir"



Y eso que don Jacobo, de la muy señoreada casa de los Sobieski, era diplomático de profesión. Y eso que vino a España a hacer el Camino de Santiago, que era lo que hacían los devotos que, humildes, ansiaban darse croques contra la frente de piedra del santo. Y eso que don Jacobo era tocayo del Apóstol. ¡Pues menos mal!... Y sin embargo, y a riesgo de que dejes de leer aquí mismo, no le faltaba razón al hombre.

Me temo que pan Jakub -"pan" es "don" o "señor" en eslavo (¿Te acuerdas de Pan Tau?)- escarmentó de una vez por todas nada más entrar en los dominios de Felipe III y nos aplicó aquello de Quien roba a un ladrón... Y nos robó la buena fama como a él le robaron sus escudos. Pero voy a rebobinar, que te estoy poniendo el postre y aún no te he servido la sopa.

Don Tau en la serie checa Pan Tau (1967).

Jakub Sobieski de Janina (1580-1646) era noble de cuna y fue duque de Rutenia (suena a El prisionero de Zenda), castellano de Cracovia, diplomático a su modo, parlamentario, militar, viajero y escritor. Nació en Polonia, pero no en la que hoy conocemos. Desde 1569 hasta que Prusia, Rusia y Austria se la repartieron en 1795, Polonia formaba parte de una república aristocrática federal llamada Mancomunidad de Polonia-Lituania o República de las Dos Naciones. Su cabeza política era un monarca controlado por la nobleza, reunida en Dietas representativas; recibía los títulos de Rey de Polonia y Gran Duque de Lituania. Aquel estado federal incluía, además, a Bielorrusia, parte de Ucrania, Letonia, Estonia y enclaves en Rusia.

Territorios de la República de las Dos Naciones (s. XVII).

El trajín bélico-diplomático que fue su vida adulta no le quitó tiempo a pan Jakub para engendrar a un rey de la República (¡vaya oxímoron!) de las Dos Naciones. Hablo del más famoso de ellos, Juan III Sobieski, al que adornan con el título de Salvador de Europa; de ahí que a la mancomunidad bajo su cetro se la llamara Antemurale Christianitatis, "Baluarte de la Cristiandad". Aprovecho para recordar que eso te lo conté en una entrada de aquellas que yo hacía sobre el café -CITAS EXPRÉS-. Allí te hablé de la batalla de los Altos de Kahlenberg (1683), a las afueras de Viena. Los húsares alados de Juan Sobieski escabechinaron a los jenízaros de Mehmed IV, impidiendo que la Media Luna otomana avanzara invicta por el Viejo Continente. En el asedio de la capital del Sacro Imperio se distinguió un aventurero, Jerzy Kulczycki, del que se dice que inventó el café vienés y los cruasáns.

Húsar alado polaco-lituano arrolla a un arcabucero jenízaro.
Ilustración de Angus McBride.

Polish winged hussar (Osprey Publishing)

Y hasta aquí el aperitivo, vamos ya con el plato fuerte. Todavía en la veintena, Jacobo Sobieski se aprestó a realizar lo que más tarde se llamó Grand Tour, el viaje iniciático, paso de la juventud a la madurez, que disfrutaban los aristócratas europeos del Antiguo Régimen. En 1607, el  hidalgo polaco llegó a París, meca política y cultural de sus paisanos. Ya sabía entonces varios idiomas, incluido el latín, que aún funcionaba como lengua franca en toda Europa, pero, a mayores, en París aprendió el castellano. Así provisto, el primero de marzo de 1611 entra en España por Bayona de Francia, como solían llamarla, supongo que por distinguirla de la gallega, también fronteriza. Desde allí tomó camino a la capital de Navarra, Pamplona. Reinaba Felipe III y virreinaba en la provincia Alonso de Idiáquez de Butrón y Mújica, colmado de títulos y tildes. Puedes verlo en la ilustración inferior retratado por Otto van Veen en 1589.

De lo que viene ahora, el viajero dejó constancia en sus Diarios, testimonio de su periplo de seis años por Francia, Inglaterra, España, Portugal e Italia. Las páginas españolas son las menos y las más agrias. 

La primera, en la frente, como a Goliat: Navarra le parece árida y montañosa, "después de ver las alegres provincias de Francia". Suerte que no desembarcó en Almería. Llegado a Pamplona, "aquí me ocurrió un accidente muy desagradable", continúa Sobieski. Se acomoda en una posada que era de un militar ya licenciado, pero que gobernaban su mujer y su hija. El posadero le entrega las llaves de un armario donde el viajero piensa guardar sus caudales. Seguro de que no hay copias, Jacobo Sobieski sale a dar un paseo. Cuando vuelven, su criado, llamado Piestrzyck, da la alarma: ¡los han dejado sin blanca! La patrona y su hija se suman al griterío, se desarman el moño, se tiran de los pelos y se apalean los pechos con golpes de Yo, pecador

Sobieski se va derechito al castillo del virrey, que estaba jugando a las cartas, ¡qué oportuno el guiri! Pero don Alonso de Idiáquez no lo manda a hacer puñetas, sino que, complacido por el buen español del extranjero, manda que un juez "muy anciano" y un justicia lo acompañen a la posada. Y dan con el ladrón:
"Mientras se estaba ventilando la cuestión, Dios quiso confundir a la culpable, porque en el momento de haberse descubierto el robo y su consiguiente clamoreo, [la posadera] asustada dejó su llave misma en un pequeño bulto nuestro".
El criado descubre aquella copia de la llave del armario, se la entrega al juez y este arroja a la posadera y a su hija a una mazmorra. De aquel tiempo debía de ser este refrán tan ilustrativo, que hoy nadie soltaría en un brunch dominical: "Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija", con perdón de los tiempos. Aún así, y muy en su papel, el juez exige que el hidalgo polaco certifique su identidad y la propiedad de la bolsa. Sobieski ha de mostrarle un pasaporte firmado y sellado por su rey, Segismundo III, otro del rey de Francia, Enrique IV, y dos cartas de cambio, una para Lisboa y otra para Sevilla, expedidas por un comerciante de París. Y luego nos quejamos hoy de la seguridad en los aeropuertos. A pesar de las trabas forenses, el aristócrata no le guardó rencor al puntilloso magistrado, seguramente tan hidalgo como él, que para eso era navarro y español:
"Luego, dándome abrazos, pidió que no le tomara a mal estos procedimientos ni la desconfianza que observó conmigo, ni la escrupulosidad en las indagaciones".
Pero el obispo de Pamplona, Antonio Venegas y Figueroa, también mete baza en la cuestión, y le ruega que no exija la muerte de las dos ladronas. El viajero, más práctico que todo eso, le asegura que no quiere más que su dinero. Porque, a esas alturas y tras haber probado que era suyo, aún no se lo han devuelto. Satisfecho el prelado con la clemencia del aristócrata, ordena a su mayordomo que le reembolse lo hurtado. Sobieski, aliviado, sale a escape, ¡pies para que os quiero!, de Pamplona:
"No sé lo que pasó con la posadera y su hija; en cuanto al posadero, este era inocente e ignoraba todo; era un hombre honrado, un viejo militar, pero le cayó en suerte una mujer de poca honradez, distinguida por su demasiada vivacidad, y ella fue la que hizo toda la obra con su hija".

Posada española en la visión de Gustavo Doré.

Con tales antecedentes, ¿qué iba a decir el bueno de Jacobo Sobieski de nuestro país? Pues, a brochazos, lo que sigue:
"Los posaderos son ladrones: fuera de vestirse y adornarse para la apariencia exterior, discurrir sobre las guerras y los monarcas, y con perjuicio al servicio propio de su estado, no saben nada más".
"...que robar", podría haber rematado. No es extraño que el noble polaco concluya lo siguiente:
"Este reino de España es fastidioso; hasta se tiene ganas de escupir atravesando sus montañas, rocas y desiertos; lo único que distrae algo es el mar".
Y suma y sigue. Porque pasa a Portugal y le encanta: "Lisboa es populísima, rica, comercial. [Sus alrededores] son muy agradables, hermosos, llenos de huertos jardines, bosques de naranjos, limoneros, olivos y viñas en todas partes". Cuando, camino de la frontera con Francia, sale de Madrid en pleno mes de julio, se despide así:
"Hacía un calor horroroso; a mediodía y por la tarde temprano no se ve en las calles a nadie; las riegan arrastrando toneles de agua sobre carros con bueyes".
Hasta Bayona viajó de noche y durmió de día. Y eso que aún no había empezado el cambio climático ni la capa de ozono estaba hecha un colador... ¿Que si volvió a España? ¿Tú volverías?